El otro día, en la penumbra de una reunión nocturna, hablando de esas cosas que no suelen mencionarse a plena luz del día, varias amigas terminamos hablando con franqueza absoluta de la maternidad. Y tras la charla, fuimos varias también las que acabamos coincidiendo en que al feminismo le queda mucho por decir acerca de la maternidad, aun cuando se pudiera pensar que ya lo ha dicho todo; al fin y al cabo, la maternidad es uno de sus temas de siempre.
Categoría: Artículos
El abuso sexual contra niños y niñas es un crimen mucho más extendido de lo que parece. Posiblemente nos quedaríamos pasmados si supiéramos cuántas mujeres de las que conocemos tienen recuerdos bloqueados o dolorosamente conscientes de un padre, un abuelo, un hermano o un amigo de la familia que la daba besos un poco más cerca de la boca de lo normal, de una mano que se posaba descuidadamente en el muslo y desde ahí subía mucho más de lo que ella encontraba normal, o de episodios directa, brutal y claramente sexuales. O quizá no se produciría ese pasmo que supongo; quizá se sepa y no importe, porque lo cierto es que el secreto ayuda a ignorarlo y a no convertirlo en una preocupación social, tampoco personal. Mientras siga siendo un secreto seguirá estando, naturalmente, muy extendido.
Cambiar Europa haciendo otra política
Ya sabemos dónde estamos: en un momento en el que se ha producido un cambio radical en las condiciones del contrato social simbólico que ciudadanía europea, élites económicas y poder político habían firmado después de la II Gran Guerra.
Ya tenía en mente escribir sobre el trabajo doméstico remunerado cuando, leyendo el libro ‘Cómo ser mujer’ de Caitlin Moran, que me habían recomendado algunas amigas, me encontré con la siguiente opinión de la autora: “Tener una empleada del hogar no tiene nada que ver con el feminismo” (p. 99). Y me di cuenta de que esta es una opinión muy extendida, muchas amigas feministas piensan así. Casi al mismo tiempo, revisando algunos textos, me encontré con que en Suecia la socialista Kristina Hultman se hacía la siguiente pregunta: “¿Pueden las mujeres que contratan a otras mujeres para que limpien sus casas ser llamadas feministas?”. Estas dos opiniones, ambas expresadas por mujeres feministas, me sirven para enmarcar un debate que siempre he considerado fundamental y que, aunque se abordó muy ampliamente en los años 80, en España hace tiempo que está silenciado.
El PP ha planteado una contrareforma de la ley del aborto que es completamente infumable incluso para el PP. No sé si las resistencias a la ley entraban dentro de un plan previo para primero tensar la cuerda y después hacerse los centristas y demostrar voluntad de diálogo y moderación; si se trataba desde el principio de presentar una ley tan restrictiva que cualquier pequeña modificación posterior de la misma ayudara a hacerla digerible o si se trata verdaderamente de la personalidad megalómana de Gallardón, que tira a lo grande lo mismo para construir un túnel que para hacer una reforma legal que tumbe derechos consolidados o consensos sociales. En todo caso el debate parece haberse centrado en el supuesto de malformación del feto, tan unánimemente criticado que es posible que finalmente se suavice.
Es una ley de vergüenza
Como estábamos avisadas no ha sido una sorpresa, sino lo esperado. Las mujeres españolas somos desde hoy menos ciudadanas y menos libres que las mujeres europeas que viven en democracias laicas y consolidadas. Y usted, Sr. Gallardón es el responsable. Nos acordaremos de usted por esto; vaya donde vaya las mujeres, por encima de nuestra ideología y del partido al que votemos, nos vamos a acordar de usted por esto. Ya no podrá nunca más ser de centro, ni un verso suelto, ni siquiera un tipo culto y leído; para siempre va a ser usted la mano ejecutora de un grupo pequeño de reaccionarios católicos obsesionados con los derechos y la libertad de las mujeres; esos que no pueden soportar la idea de que las mujeres son iguales a ellos porque su frágil ego no se lo permite; esos que no entienden nada de derechos, de democracia, de libertades; esos que sólo entienden de gobiernos autoritarios en los que se imponga -a la fuerza- su oscura, estrecha y pobre visión de la vida. Esos que necesitan que las mujeres, su cuerpo, su sexualidad, sus decisiones, dependan de ellos.
Normalmente las personas que escriben acerca de economía o de política en los medios de comunicación son personas que, a menudo, no padecen personalmente la degradación de las condiciones de trabajo en toda su intensidad. Eso no quita verdad a los análisis, pero es una característica de los mismos. Yo también escribo en los medios pero mi medio de vida, mi único medio de vida, es el salario que cobro por un trabajo que nada tiene que ver con mi trabajo intelectual o político. Soy una trabajadora corriente de una empresa pública y soy, además, desde hace muchos años delegada sindical. Y desde esta perspectiva quiero referirme a una cuestión que puede parecer secundaria ante asuntos que afectan a nuestra vida de manera tan determinante como el paro, la bajada de los salarios, la pérdida de derechos…pero que tiene que ver con todos ellos: el cambio que la reforma laboral del Partido Popular ha traído en las relaciones humanas entre empresarios y trabajadores/as, un cambio que no es una casualidad sino que es una consecuencia lógica y, al mismo tiempo, una condición previa, de la misma. El objetivo principal de la reforma laboral no es otro que el de desempoderar a los trabajadores y trabajadoras lo que implica, o incluso necesita, un desmpoderamiento también en lo personal, porque no es posible separar el cuerpo que trabaja del cuerpo que vive, que respira, en el lugar de trabajo.
¡Qué juerga lo de Mandela!
Sólo ayer jueves parece que Mandela recibió, por fin, el consuelo de la tierra y, quizá, la despedida de los suyos, de la gente corriente que le ha llorado y que ha recordado su lucha, que fue la de todo un pueblo. Porque desde el lunes que comenzó la juerga, digo el funeral, sólo las macarradas de Montoro nos han resultado igual de animadas. Una se teme que si el Che se hubiera muerto ahora de muerte natural a su funeral hubieran acudido desde los jeques de Kuwait hasta el inevitable Bono (el cantante, no el de aquí), pasando por Beyoncé que compra toneladas de diamantes a su pequeña hija y también los dueños de las minas en las que se extraen con sangre esos diamantes. Como el Che ya se ha muerto (bueno, le mataron) sólo puede aspirar a estar en los cuadernos de algunas niñas pijas. Visto lo visto con Mandela podemos jugar a imaginar el siguiente tráfago de líderes mundiales en busca de un buen funeral. Se admiten apuestas. Yo apuesto por el Dalai Lama que al ser pacifista congregará a la ONU en pleno, la jet society encabezada por Richard Gere, todos los príncipes árabes, la realeza reinante y los príncipes destronados que pululan por el mundo buscando un evento social que echarse a la boca, desde Constantino de Grecia, a los de Bulgaria, Rumania o Albania; al fin y al cabo, los destronados viven de que alguien se acuerde de ellos y les llame cada vez que se produce una aglomeración de líderes mundiales.
Ellos y nosotros
Los ataques a los parados son una constante desde el comienzo de la ofensiva destinada a acabar con el estado del medio-bienestar, una constante imprescindible para la imposición de este régimen neoliberal. Se pretende, por una parte, demonizar a los pobres, hacerles culpables de su situación de manera que sea más fácil justificar un nivel creciente y sin precedentes de desigualdad social. Se pretende que la gente se acostumbre a convivir con normalidad con un número escandaloso de parados y de pobres sin que eso se considere una anomalía social, sin que la situación de estas personas genere rabia o solidaridad. Se pretende afianzar la sensación de que hay un “ellos” y un “nosotros”, los que no estamos parados, los que no somos pobres.
Ni putas ni sumisas
Ni putas ni sumisas es el título de un libro de la francesa-argelina Fadela Amara que se convirtió en un fenómeno social que dio lugar a un grupo feminista con el mismo nombre. Un nombre perfectamente adecuado; las mujeres siempre nos encontramos en esas, entre putas y sumisas. Y si hay quien cree que eso está superado que lea los periódicos de estas dos últimas semanas en las que nos hemos visto entre el libro Cásate y sé sumisa y el manifiesto francés No toques a mi puta, de los autodenominados 343 cabrones.
