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El feminismo es la casa común

Estaba leyendo por segunda o tercera vez uno de mis libros preferidos: “El mundo de ayer” de Stefan Zweig y me detuve en las páginas en las que describe cómo entró la guerra en la conciencia de los europeos; cómo de un día para otro, se desató el odio basado en bulos y en mentiras y cómo en el otoño de 1914 la mayoría de los escritores “se desgañitaban proclamando su odio, se escupían y ladraban unos a otros”. Y continúa explicando cómo, antes de que llegaran las bombas y las muertes, los antaño ricos debates intelectuales entre, muchas veces compañeros y amigos, se habían transformado en un griterío en el que únicamente se trataba de demostrar que “todas las injusticias, todos los males venían de la parte contraria y que el derecho a la verdad absoluta eran exclusivos de la nación propia”.

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El algoritmo machista

Hace unas semanas programamos un seminario sobre género e Inteligencia artificial que, como suele ser habitual despertó las risotadas en las redes. Salió el asunto del algoritmo y el sexismo y ¡qué risa, un algoritmo sexista! Tampoco, más allá de las expertas solemos encontrarnos a muchas feministas preocupadas por esta cuestión que debería ser una preocupación importante por varias razones.

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Una verdad común

En los últimos años estamos asistiendo a un ataque a la democracia que ya no se hace con tanques ni soldados, sino que se hace destruyendo la base de verdad común que todos compartíamos. Eso, en un momento, además en que la realidad factual parece que se ha trasladado a las redes, ha cambiado el marco político. Si desaparecen los códigos compartidos mediante los que nos relacionamos, si la realidad constatable desaparece y no hay manera de encontrar cómo llegar a ella e incluso, al contrario, “otra” verdad parece de fácil acceso, se mete en tu casa, el mundo se convertirá en un terreno salvaje en que gane el que tenga más capacidad para esparcir mentiras. No es que sea nuevo que los poderosos siempre han controlado la información y que siempre han mentido, pero nunca se han tenido medios técnicos tan sofisticados como para meter dicha información en cada casa, para amplificarla hasta el infinito por medio de cada persona con un ordenador. Eso ocurre al mismo tiempo que la ofensiva polarizante, que no es sino una ofensiva brutal por el poder, socaba las instituciones democráticas, la separación de poderes así como la independencia informativa.

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En defensa de los estudios feministas

Hace unos días presentamos, desde el Instituto de la Mujer, un estudio sobre las campañas de publicidad de los juguetes. El estudio, de más de 200 páginas, analizaba catálogos, anuncios de televisión, los envoltorios de los juguetes…no tanto los juguetes en sí, sino como se presentan ante sus destinatarios. Es decir, lo que queríamos estudiar, aprovechando la campaña de Navidad, es hasta qué punto sigue estando vigente la idea de que hay que enseñar a niños y niñas a jugar con juguetes no sólo diferentes sino no intercambiables, y de qué manera el marketing publicitario se emplea en esa cuestión.

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Un cuarto propio con una puerta que se pueda cerrar

El expolio máximo al que son sometidas la mayoría de las mujeres a lo largo de sus vidas es el del tiempo, un bien muy precioso que hombres y mujeres no poseemos ni en la misma cantidad ni de la misma calidad. El llamado altruismo de las mujeres, ese “ser para otros”, tan bien conceptualizado por las feministas, supone, resumiendo, la entrega del tiempo; ese bien limitado, irrecuperable, finito. En cierto sentido ser mujer supone vivir luchando para conquistar un tiempo propio. No hay habitación propia que valga si no se dispone del tiempo para ocuparla. El tiempo es siempre un campo de batalla para las mujeres que se pasan la vida buscando un equilibrio entre el tiempo que entregan y el tiempo que buscan o desearían para sí mismas.

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Los cuidados, un vector de desarrollo social y democrático

La división sexual del trabajo es, seguramente, la principal causa de la desigualdad de las mujeres y a combatirla lleva el feminismo dedicado mucho tiempo. La división sexual del trabajo es tan profunda que es un pilar de toda cultura, construye el mundo y construye subjetividades. Es lo que hace que las mujeres nos dediquemos a cuidar de manera supuestamente desinteresada, que nos construyamos como seres para otros y que la idea de cuidarnos y querernos a nosotras mismas parezca egoísta. Esa división sexual del trabajo supone que las mujeres pongan el cuidado de otras personas por delante de todo, por supuesto, de su propio bienestar. Decía Rousseau que el altruismo femenino es un pilar socialmente necesario, así pues, según el filósofo, es obligatorio.

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La pandemia y la post pandemia tienen sexo

Por lo general y por desgracia las crisis no arreglan las desigualdades sino que las hacen más visibles y, a menudo, las agrandan. Por eso, entre otras cosas, para el feminismo esta crisis sanitaria, social y económica es un aldabonazo que debe requerir mucha de nuestra energía, porque si no la afrontamos con perspectiva de género y si no peleamos porque cada una de las medidas que se tome tenga en cuenta el impacto en la desigualdad previa, nos vamos a encontrar con un aumento espectacular de la misma y una peligrosa erosión de nuestros derechos. También suele decirse que toda crisis conlleva una oportunidad pero, para que lo sea, creo sinceramente que las feministas debemos empeñarnos en ello y recuperar una cierta unidad de acción y un replanteamiento de la agenda inmediata. Si hablamos de derechos de las mujeres hablamos también de justicia social para toda la población y, para ello, para salir con más justicia social del periodo de la post pandemia el feminismo es una herramienta imprescindible que ofrece importantes aportaciones teóricas y políticas capaces de explicar el mundo que vivimos y también el que necesitamos. El feminismo tiene capacidad para explicar las crisis en las que nos vamos a ver inmersos quizá porque, en realidad las mujeres siempre hemos estado en crisis, aunque únicamente cuando éstas afectan a la mayoría de los hombres, se consideran como tales.

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¿En qué momento vamos a cambiar de rumbo?

Nadie puede saber ahora lo que pasará cuando esto acabe, si seremos capaces de construir una sociedad mejor o no. Si no lo hacemos ahora tenemos que saber que las mismas cuestiones que se han planteado en esta crisis se volverán a plantear muy pronto, quizá en otoño, quizá el año que viene. Tendremos que cambiar ahora o más adelante y aun no está escrito hacía dónde vamos a cambiar. O salimos con más justicia social o con autoritarismo, recorte de derechos y directos al colapso global. Será ahora o luego, pero tendrá que ser.

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Nos lo debemos

Durante muchos años, los debates que se venían sucediendo en la universidad sobre el feminismo no parecían tener mucha relación con los profundos cambios que estaban experimentando las vidas de las mujeres; cambios que iban a tener efectos incalculables en esas vidas que ya partían de una desigualdad muy acusada. Los cambios venían por la mal llamada crisis y la imposición del neoliberalismo y su recua de privatizaciones y desregulaciones; por las profundas transformaciones vividas en la familia (con la incorporación masiva de las mujeres en el mercado laboral) y el consiguiente agravamiento de la crisis de cuidados; por la extrema cosificación de las mujeres que fue la respuesta que dio el sistema a la revolución sexual protagonizada por aquellas…Mientras esto ocurría, la universidad se centraba en algunos debates de corte teórico y parecía despreciar otros que eran muy necesarios.

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El fascismo era esto y así entró.

Protestaron los medios (los serios y los otros) al día siguiente del debate de candidatos a la presidencia del gobierno porque estos no se enfrentaron directamente a Abascal dejando muy claro que mentía. El País, muy preocupado, llegó incluso a publicar un editorial en el que se lamentaba que los candidatos no le hubieran enterrado en cifras y datos que pusieran de manifiesto todas las mentiras que dijo. Al día siguiente todo el mundo se quejaba porque a los fascistas hay que ponerles en evidencia y demostrar que mienten.