Me puse la foto de los siete violadores de la Universidad de Cornell durante un rato y los miré fijamente. Creo que intentaba ver en ellos algún rasgo que les delatara como monstruos, a pesar de saber de sobra que no lo voy a encontrar; que tengo ante mí los rostros de siete violadores, criminales, que son chicos normales. Miro esas fotos y veo a un asiático, varios negros y latinos. Seres humanos que son a menudo cosificados y agredidos por una cultura que es estructuralmente racista y que, sin embargo, viven su normalidad sexual en el pacto deshumanizador con otros hombres.
