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La discapacidad: una experiencia desde el margen

 

Todavía es relativamente extraño que alguien, incluidos activistas sociales o políticos, entienda que la discapacidad es un discurso y una práctica política de exclusión y de opresión y no una situación objetiva de enfermedad o de tragedia personal. Resulta muy difícil en un artículo de estas características desmontar dicha práctica discursiva porque es enormemente compleja  y porque interactúa, además, con otros discursos igualmente opresivos y complejos. Es especialmente difícil porque mientras que los discursos y políticas de género, de raza, de clase o de sexualidad son viejos conocidos que llevan ya décadas siendo objeto de estudio y de crítica y, por tanto, casi todos nosotros manejamos las herramientas conceptuales que los conforman, eso no ocurre con el discurso sobre la discapacidad, que es relativamente nuevo y poco conocido en este país. La discapacidad como discurso resulta también muy difícil de aislar de otros discursos contemporáneos, especialmente los que se refieren al cuerpo y la salud y que tienen que ser leídos ambos en el marco de los discursos generales sobre la corporalidad propios del capitalismo tardío en los que el cuerpo se configura como una metáfora del sistema social.

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Las consecuencias de la ley de matrimonio

Hace poco más de un año que se aprobó en el Congreso de los Diputados la Ley de modificación del Código Civil en materia de matrimonio que es como técnicamente se llama la ley a la que todo el mundo se refiere como  la ley “de matrimonio homosexual”. Esta ley significa, en la práctica,  acabar con la única discriminación legal que nos quedaba a gays y lesbianas para poder ejercer la ciudadanía plena. En esos días aparecieron en todos los diarios y revistas del país y de fuera de él multitud de reportajes, declaraciones, entrevistas, de distintas personalidades públicas y políticas que opinaban sobre la ley y sus consecuencias; sobre la enorme trascendencia social que tendría una medida de estas características. Los políticos profesionales se han convertido en los interlocutores para todo tipo de temas que, finalmente, tienen que pasar por el Parlamento lo cual, aunque previsible, implica una cierta injusticia con los verdaderos actores y actrices de cualquier proceso social.

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Ciiencia y normatividad sexual

A estas alturas ya se ha escrito mucho acerca del carácter ideológico y de instrumento político que tiene la ciencia, pero lo cierto es que en los últimos años las explicaciones biologicistas de la conducta humana han vuelto a resurgir con fuerza inusitada hasta el punto de que estamos asistiendo a una ofensiva profundamente reaccionaria contra el carácter fundamentalmente construido de nuestra conducta. Una ofensiva que tiene que ver el resurgir de posiciones neoconservadoras en cuanto a asuntos tales como la igualdad entre los sexos o entre homo y heterosexuales.

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Matrimonio: Historia de una lucha

En los últimos meses, desde que la ley de matrimonio entre personas del mismo sexo salió definitivamente del Congreso de los Diputados he participado en muchos cursos y conferencias en las que se me ha pedido qué explique, en mi calidad de Presidenta de la FELGT cual ha sido el proceso que ha llevado a España ha conseguir una de las leyes más avanzadas del mundo en este terreno. En estos cursos he coincidido con otros activistas, con políticos de diversos partidos, profesores de derecho, profesionales de los medios de comunicación, líderes de la comunidad LGTB etc., que han ido dando cada uno su propia visión de la realidad. Con el tiempo se corre el peligro de que la realidad se desdibuje y que cualquiera pueda apropiársela. Lo cierto es que la historia ha sido como ha sido y, aunque el resultado nos pertenece a todos, la lucha la han encabezado sólo alguno@s. Por eso creo que, en espera de que se escriba una historia que hable con los protagonistas, los que estuvimos allí tenemos el deber de escribirlo para que no lo hagan otros por nosotros.

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Diferencia y discapacidad

Como han hecho notar muchos investigadores la homosexualidad y la discapacidad, especialmente la sordera, tienen muchas cosas en común. Comparten una historia de persecución. A las personas que nacían con una discapacidad se las convertía en culpables; en muchas culturas, la discapacidad  era considerada signo de pecado, pecado de los padres, de uno mismo, pecado en esta vida o en otra anterior; signo, en todo caso, de algo oscuro y pernicioso. No han sido pocos los que lo han pagado con su vida su diferencia. Después, la discapacidad fue considerada una enfermedad, al igual que la homosexualidad. Las personas con discapacidad fueron internadas en hospitales y asilos de por vida. Pero mientras que los homosexuales conseguimos organizarnos y dar  cauce político a nuestra reivindicación fundamental a la igualdad, las personas con discapacidad estamos lejos de poder hacer lo mismo con nuestra diversidad funcional. Porque los prejuicios que se asocian a la discapacidad están más vivos que nunca.

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Una aproximación política al lesbianismo

El presente artículo es una aproximación a un tema que es central en las tesis de la llamada teoría feminista lesbiana: la posibilidad que las mujeres tienen, todas las mujeres, para optar por un estilo de vida y una sexualidad lesbiana. Defendiendo un  construccionismo radical de la sexualidad, tal como defendía el feminismo en los años 60 y 70. La autora reflexiona sobre esta posibilidad, defiende que es algo que está al alcance de cualquier mujer, que es una opción que puede resultar liberadora y reflexiona también sobre las causas que han hecho que dicha posibilidad haya desaparecido del panorama interpretativo de la realidad que hace en la actualidad el feminismo.

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Familias homoparentales

 

En relativamente poco tiempo hemos asistido en occidente a la desaparición del concepto de familia que se ha estado manejando durante siglos.  Este concepto de familia ya no responde a la realidad pero sin embargo observamos como el reconocimiento de este cambio no se ha producido en la misma medida. Al contrario, observamos como algunas instituciones y sectores sociales han depositado en el no reconocimiento de las nuevas familias “las esencias” de una determinada ideología. Han hecho de este reconocimiento una especie de tabú. Algo que nos demuestra que es mucho lo que se está jugando en este tema. Es cierto que algunas familias no tradicionales van poco a poco incorporándose a lo que se entiende por familia, pero a pesar de esta lenta incorporación a la nueva definición la familia oficial continúa siendo una. Que se está jugando mucho lo podemos ver claramente en el debate que se está produciendo acerca del matrimonio homosexual y de la adopción de niños por parte de las parejas gays y lesbianas. Vemos que lo que se debate no es sólo la extensión de unos determinados derechos, que quizá podrían conseguirse por otra vía, sino que fundamentalmente nos encontramos debatiendo la propiedad del término familia, qué significa, a quién pertenece, quién y cómo se va a usar.

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La iglesia y la nueva ciudadanía

 

El gobierno Zapatero ha puesto en marcha una serie de medidas de las llamadas “sociales” que se presentarán en otoño y que han puesto en pie de guerra a la Jerarquía de la Iglesia católica que, según muchos, se dispone a hacer de altavoz de la derecha política en estas cuestiones. Nosotros no lo creemos. Creemos, por el contrario, que la derecha tratará de sacar tajada de las feroces críticas que la Iglesia y otros sectores confesionales harán al gobierno, pero que no se implicará a fondo en el debate. En nuestra opinión, la derecha preferiría que este debate pasese lo más desapercibido posible y mostrará un perfil bajo y moderado. El Partido Popular ha pasado de negarse a discutir siquiera una ley de parejas en las legislaturas de Aznar a presentar una avanzada ley de parejas y a decir en el Parlamento (yo estaba allí) que siempre han estado a favor de nuestros derechos: de los derechos de lesbianas, gays y transxuales.  El Partido Popular sabe de sobra que en estas cuestiones de los derechos civiles es la izquierda la impulsora de su regulación, pero es toda la sociedad la que da su aprobación.

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La iglesia y la ciudadanía

Después de pasarse el verano lanzando mensajes apocalípticos de todo tipo que van desde la quiebra de la Seguridad Social, la destrucción de la familia o el secuestro de la democracia por parte de lobbys tan poderosos como para socavar la influencia milenaria y millonaria de la Iglesia, pero no lo suficiente al parecer como para acabar, en cambio, con las discriminaciones que les afectan, el obispo de Mondoñedo, ha dicho al fin una cosa que es cierta: que la sociedad se ha secularizado y que el mensaje de la Iglesia ha perdido su capacidad de influencia social. Por fin alguien lo dice, porque con la iglesia pasa lo que con el traje del emperador, que nadie se atreve a decir que está desnudo. De manera que sigue funcionando “como si”, como si representara a alguien, como si sus mensajes tuvieran influencia, como si mantuviera su capacidad de influencia e interlocución política. Claro que el obispo abomina de esta situación y le echa la culpa a los medios de comunicación (querrá decir, supongo, los medios de comunicación que no son suyos), pero el diagnóstico en sí es acertado. Conociendo como funciona la Iglesia, habrá que esperar 500 años a que admita que tiene buena parte de culpa en su declive. Y puede que para entonces sea demasiado tarde y se hayan convertido en una organización residual.

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Las lesbianas y el holocausto

En los últimos años, y de forma paralela a la consecución de derechos por parte de la comunidad gay, se ha producido un esfuerzo por recuperar la memoria de la persecución nazi sobre los homosexuales. Paradójicamente este recordatorio, necesario y justo, ha contribuido a perpetuar la invisibilidad de las lesbianas.

Históricamente, la presunción de heterosexualidad sobre las mujeres, y la persecución y control sobre su sexualidad han sido tan fuertes, que las acciones explícitas sobre aquellas que disienten, pueden no ser tan siquiera necesarias. En 1935 el ministro de Justicia se negó a incluir a las lesbianas en la ley que penalizaba la homosexualidad masculina. Esencialmente arguyó que las lesbianas eran muy difíciles de detectar. En realidad eso no tenía importancia porque las que eran muy fáciles de detectar eran las mujeres. Los nazis creían más en el poder de la intimidación que en el de la legislación. Los lugares de reunión de lesbianas fueron cerrados y ellas obligadas a parecerse al ideal de feminidad nazi. El camuflaje se hizo necesario para la supervivencia. Después de 1933 muchas lesbianas se casaron para evitar la presión social sobre las mujeres solteras. Pero ser mujer era peligroso en el régimen nazi.

Cualquier mujer podía ser detenida y encarcelada por casi cualquier cosa. como ocurre todavía, cualquier mujer independiente puede ser tachada de lesbiana. Lo peligroso no eran las lesbianas, sino las mujeres, el sexo de las mujeres, la independencia de las mujeres. Cualquier marido podía denunciar a su mujer por lesbiana, por prostituta, por no cumplir con sus deberes de buena alemana. Cualquier mujer no casada, cualquiera que no tuviera hijos, cualquiera que fuera promiscua o lo pareciera, era sospechosa, sino culpable. El crimen era ser mujer en una sociedad misógina, ser lesbiana un agravante,  una circunstancia más. Las mujeres, las lesbianas, eran identificadas en los campos de concentración con el triángulo negro de las “asociales”, el color que los nazis adjudicaban a los socialmente desajustados, y dentro de esta categoría entraba cualquier mujer que desafiara las normas. Su crimen era su propia existencia. Su crimen no era un crimen identificable como el de los gays.

Poco después de que se decidiera erigir en Berlín un monumento a los homosexuales víctimas del nazismo, las disensiones se hicieron patentes en la comunidad gay. Lo que se discutía era si las lesbianas debían ser incluidas como víctimas. Mientras algunos hacían notar que las leyes contra la homosexualidad fueron empleadas específicamente sólo contra los gays, las mujeres enfatizaban que las lesbianas habían vivido en el terror.

El problema es que las lesbianas a veces vienen a subvertir lo que la mayoría de la gente entiende por homosexualidad. Por decirlo simplemente, no todos los homosexuales son hombres y esto no siempre es bien comprendido. Por ejemplo, en el Museo del Holocausto que hay en los EE.UU, las lesbianas no existen más que en relación a los gays . En la Enciclopedia que allí se puede consultar, la palabra “lesbiana” remite invariablemente a la palabra gay. El triángulo rosa y el párrafo 175 de la ley antihomosexualidad de Alemania aparece en la pantalla, asumiendo que el triángulo y la ley hacían referencia a las lesbianas.

Los historiadores también se han negado a comprender la realidad de las lesbianas en los campos y, muy a menudo, explican las relaciones lésbicas que allí se desarrollaban como provocadas por la falta de hombres: “como en muchas prisiones, en los campos de concentración mujeres que en cualquier otra situación hubieran aborrecido el lesbianismo, podían aquí gradualmente deslizarse hacia una aceptación de dichas prácticas”. Esta explicación es tan corriente que las mismas lesbianas han acabado por creerla. Annalise W. Es una superviviente del campo para mujeres de Ravenbruck que escribe “…había muchas lesbianas allí, pero no sé si éramos antes así o fue el hecho de estar allí encerradas lo que nos hizo así”.

Si entendiéramos la heterosexualidad como resultado de la vivencia de una situación desesperada, nuestro recuerdo de Ana Frank se vería considerablemente alterado. Después de todo ella escribió en su diario que, antes de vivir encerrada, se sentía activamente atraída por las chicas. Esta parte del diario ha sido convenientemente ignorada, pero conviene recordarla en toda su extensión.

“Ya había tenido ese tipo de sentimientos inconscientes antes de estar aquí porque recuerdo que, una vez, mientras dormía con una amiga, sentí un fuerte deseo de besarla y lo hice. Me sentía terriblemente curiosa con respecto a su cuerpo. Pero ella lo mantenía siempre oculto y escondido para mí. Le pedí que, como prueba de amistad, nos tocáramos una a otra el pecho. Ella se negó. Entro en éxtasis cada vez que veo a una mujer desnuda, como a Venus por ejemplo. Me parece tan maravilloso y tan exquisito que tengo dificultad para controlar las lágrimas. ¡Ojalá tuviera una novia!»

No había una novia para Ana en su escondite. En cambio estaba su mejor amigo y pronto adorado Peter Van Daan. El día después de escribir lo anteriormente expuesto, Ana confesaba: “mi necesidad de hablar con alguien ha llegado a ser tan intensa que de alguna manera me he convencido de que he elegido a Peter”, la elección de esta compañía la repelía al principio: “cuando estoy en la cama y pienso en la situación, la encuentro lejos de ser estimulante, y la idea de tener que rogar a Peter, me parece simplemente repelente”.

No obstante todo lo anterior, la relación de Ana Frank con Peter nunca ha sido minimizada por ser considerada propia de una adolescente o causada por las circunstancias o por la falta de compañía femenina. Ana Frank vivió y murió en un mundo similar al nuestro, un mundo que presume que ella era (y debía ser) heterosexual.

Este artículo está basado en uno de Amy Elman “Lesbians and the Holocaust”

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