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La verdad del documental sobre Rocío Carrasco

Hace años escribí un libro, La construcción de la lesbiana perversa, sobre cómo los medios de comunicación serios (entonces eran serios) construyeron a Dolores Vázquez como la asesina perfecta de Rocío Wanninkhof. Comienzo contando en el libro que, al principio, yo misma pensé que Dolores Vázquez era la asesina. Si la habían detenido, si la fiscalía la acusaba de algo tan grave como el asesinato de una menor, alguna prueba debían tener. No puse demasiada atención en aquella historia.

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It’s a Sin y las gafas moradas

Las tan manidas gafas moradas que permiten desvelar aquello que se oculta a la mirada no entrenada en feminismo son una realidad pero también llegan a ser un martirio. Todas las que las llevamos puestas lo sabemos. Porque no te las puedes quitar. Y ver siempre más allá de lo que la mayoría de la gente ve, ver una realidad -que es dolorosa casi siempre- tener esa especie de “mirada rayos X”, no es siempre agradable ni cómodo. Todas quisiéramos a veces poder ver el mundo sin tanta complejidad y, sobre todo, sin tener que estar obligadas a ver, siempre, los materiales de los que está hecho cuando de mujeres y hombres se trata. Porque estos materiales tienen que ver siempre con la desigualdad. Una desigualdad que se esconde, que se naturaliza, que mucha gente no percibe. Así es la cosa: una vez que entrenas la mirada, ya no puedes dejar de verla.

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Artículo navideño. Se avecina Pedroche

Cristina Pedroche, en el programa de TV 'El Hormiguero', con algunos de los vestidos que ha llevado en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja.
Cristina Pedroche, en el programa de TV ‘El Hormiguero’, con algunos de los vestidos que ha llevado en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja.

1-Estamos a poco tiempo de que en las redes se desate el anual debate sobre si el vestido de Cristina Pedroche es (anti)feminista, si lo es ella o si merece la pena discutir sobre este asunto. De hecho, una amiga me preguntó ayer que qué opinaba. Le dije que sí, que es importante discutir sobre el asunto porque la cuestión de la apariencia femenina, del significado que tiene en nuestras vidas, no es otra cosa que una discusión sobre los mandatos de género, su vigencia, su importancia. Así pues, sí, uno de los temas feministas por excelencia. Pero es injusto que sea Cristina Pedroche la que se convierta en protagonista de este encendido debate cuando en realidad, el mismo podría tenerse casi todo el tiempo, cada vez que una actriz/presentadora/mujer pública va semidesnuda en pleno invierno o va enfundada en un vestido (o semivestido) cuyo sentido, sin discusión, es presentarla como un objeto sexual y como un modelo, inalcanzable de cómo deben ser las mujeres de verdad. Y podríamos tenerlo cada vez que todas nos depilamos, nos maquillamos, nos ponemos tacones y vestidos sexys y nos gustan, y nos sentimos bien, y nos suben la autoestima. Porque no podemos evitar tener interiorizado el sentirnos mejor cuanto más deseables (para los hombres) resultemos, cuánto más guapas nos sintamos según un canon estético que, desde luego no hemos construido nosotras mismas. Y si, además, ese aspecto va ligado a tu trabajo, la cosa se entiende aún mejor.

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El cuento de la criada

Pocas veces hemos las feministas hablado tanto de una serie de televisión como lo hemos hecho las últimas semanas sobre El cuento de la criada. Aunque el libro de Margaret Atwood es antiguo, 1985, es la serie la que lo ha restado de un cierto olvido mayoritario. No voy a entrar aquí en la calidad literaria ni en discutir qué es mejor, si el libro o la serie, diré que son muy diferentes. Únicamente voy a comentar la serie y algunas cuestiones que me ha suscitado desde el punto de vista feminista. Es verdad que la serie resulta impactante en un primer momento por su factura técnica y artística. Está muy hermosamente rodada. La fotografía, con esos colores, con esos interiores que evocan a Vermeer, son tremendamente evocadores. La crueldad está rodada con una limpieza estilística, con una sencillez expresiva que golpea.

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El otro debate. El de Salvados

Antes del debate final del bipartidismo hubo otra posibilidad de ver a los dos partidos que nos llevan gobernando, desde que la mayoría recordamos, en acción. Y pudimos verles, no sólo consigo mismos, echando mano de todos sus trucos, sino que tuvimos la suerte de poder verles al lado de la nueva política que ha venido para sustituirles. El programa Salvados del domingo pasado fue mucho más interesante que el debate “Cara a Cara” que se celebró al día siguiente; mucho más interesante para poder confrontar el pasado y el futuro de este país en el mismo plano, para poder comparar y para poder elegir. Al fin y al cabo, el debate Cara a Cara no dejó de ser un teatrillo en el que dos candidatos fosilizados en otro tiempo que ya se ha ido se lanzaban argumentos preparadísimos por sus asesores durante días; argumentos trillados y que ya hemos sufrido durante años. En todo caso Pedro Sánchez salió a matar y casi mató, lo cual no era muy difícil encontrándose ante una persona de una mediocridad intelectual comprobada y ante el jefe del partido más corrupto de la democracia española. Ahora entendemos lo del plasma. Pero eso fue lo único que hizo Pedro Sánchez, abatir a Rajoy, lo que casi hubiera hecho cualquier persona con dos dedos de frente.

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La caridad televisada de la derecha

A la derecha la solidaridad y la organización popular le produce urticaria; a pocas cosas le tiene tanto miedo como a que la gente piense, imagine, se organice, conquiste espacios comunes y de solidaridad. Toda su estructura económica, política y social se basa en fomentar el individualismo y la competencia de todos contra todos. Para paliar la mala conciencia o para “luchar” (es un decir) contra las situaciones más terribles fomentan la caridad que tratan de hacer pasar como aquello a lo que la gente debe aspirar si quiere mejorar su situación. El  neoliberalismo pretende que la gente se olvide de que tiene derechos. La ofensiva ideológica camina en este sentido, no se tiene derecho a nada, cada uno que se arregle como pueda y, con suerte, que espere que le caiga una limosna.