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La reforma laboral: una experiencia subjetiva

Normalmente las personas que escriben acerca de economía o de política en los medios de comunicación  son personas que, a menudo, no padecen personalmente la degradación de las condiciones de trabajo en toda su intensidad. Eso no quita verdad a los análisis, pero es una característica de los mismos. Yo también escribo en los medios  pero mi medio de vida, mi único medio de vida,  es el salario que cobro por un trabajo que nada tiene que ver con mi trabajo intelectual o político. Soy una trabajadora corriente de una empresa pública y soy, además, desde hace muchos años delegada sindical. Y desde esta perspectiva quiero referirme a una cuestión que puede parecer secundaria ante asuntos que afectan a nuestra vida de manera tan determinante como el paro, la bajada de los salarios, la pérdida de derechos…pero que tiene que ver con todos ellos: el cambio que la reforma laboral del Partido Popular ha traído en las relaciones humanas entre empresarios y trabajadores/as, un cambio que no es una casualidad sino que es una consecuencia lógica y, al mismo tiempo, una condición previa, de la misma. El objetivo principal de la reforma laboral no es otro que el de desempoderar a los trabajadores y trabajadoras lo que implica, o incluso necesita, un desmpoderamiento también en lo personal, porque no es posible separar el cuerpo que trabaja del cuerpo que vive,  que respira, en el lugar de trabajo.

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¡Qué juerga lo de Mandela!

Sólo ayer jueves parece que Mandela recibió, por fin, el consuelo de la tierra y, quizá, la despedida de los suyos, de la gente corriente que le ha llorado y que ha recordado su lucha, que fue la de todo un pueblo. Porque desde el lunes que comenzó la juerga, digo el funeral, sólo las macarradas de Montoro nos han resultado igual de animadas. Una se teme que si el Che se hubiera muerto ahora de muerte natural a su funeral hubieran acudido desde los jeques de Kuwait hasta el inevitable Bono (el cantante, no el de aquí), pasando por Beyoncé que compra toneladas de diamantes a su pequeña hija y también los dueños de las minas en las que se extraen con sangre esos diamantes. Como el Che ya se ha muerto (bueno, le mataron) sólo puede aspirar a estar en los cuadernos de algunas niñas pijas. Visto lo visto con Mandela podemos jugar a imaginar el siguiente tráfago de líderes mundiales en busca de un buen funeral. Se admiten apuestas. Yo apuesto por el Dalai Lama que al ser pacifista congregará a la ONU en pleno, la jet society encabezada por Richard Gere, todos los príncipes árabes, la realeza reinante y los príncipes destronados que pululan por el mundo buscando un evento social que echarse a la boca, desde Constantino de Grecia, a los de Bulgaria, Rumania o Albania; al fin y al cabo, los destronados viven de que alguien se acuerde de ellos y les llame cada vez que se produce una aglomeración de líderes mundiales.

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Ellos y nosotros

Los ataques a los parados son una constante desde el comienzo de la ofensiva destinada a acabar con el estado del medio-bienestar, una constante imprescindible para la imposición de este régimen neoliberal. Se pretende, por una parte, demonizar a los pobres, hacerles culpables de su situación de manera que sea más fácil justificar un nivel creciente y sin precedentes de desigualdad social. Se pretende que la gente se acostumbre a convivir con normalidad con un número escandaloso de parados y de pobres sin que eso se considere una anomalía social, sin que la situación de estas personas genere rabia o solidaridad. Se pretende afianzar la sensación de que hay un “ellos” y un “nosotros”, los que no estamos parados, los que no somos pobres.

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Ni putas ni sumisas

Ni putas ni sumisas es el título de un libro de la francesa-argelina Fadela Amara que se convirtió en un fenómeno social que dio lugar a un grupo feminista con el mismo nombre. Un nombre perfectamente adecuado; las mujeres siempre nos encontramos en esas, entre putas y sumisas. Y si hay quien cree que eso está superado que lea los periódicos de estas dos últimas semanas en las que nos hemos visto entre el libro Cásate y sé sumisa y el manifiesto francés No toques a mi puta, de los autodenominados 343 cabrones.

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Hacia un nuevo debate sobre la prostitución

Después de que el feminismo lleve más de 40 años debatiendo, a veces agriamente, sobre la prostitución, creo que es el momento de hacer una revisión de las posiciones que mantenemos las feministas y del debate en sí mismo. Para empezar, porque la prostitución que cuestionaron las feministas de la Segunda Ola tiene hoy unos rasgos muy diferentes de aquella que era objeto de su crítica; en segundo lugar, porque la sociedad en la que la prostitución se inserta ha cambiado también radicalmente en estas cuatro décadas, especialmente en la consideración que hace de la sexualidad, que ha pasado de ser un tabú o un estigma a ser una permanente celebración de la que resulta difícil entresacar ningún rasgo negativo o siquiera político. Y, por último, porque las feministas que pensamos que regular la prostitución sería un paso atrás en la igualdad y en la situación de todas las mujeres deberíamos preocuparnos porque estamos perdiendo el debate social, especialmente entre sectores del feminismo más joven, el que debería ser la punta de lanza de una generación que considerara intolerable la actual normalización de la prostitución.

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Los timadores triunfantes

Hace un par de días estuve en Galicia y cuando paseaba por la calle de una de sus capitales escuché unos pitos y un barullo ante el que nadie se sorprendía. Después, ante cierta indiferencia general, presencié un desfile de personas la mayoría mayores y –no había más que verlas- trabajadoras, de las que se han dejado la vida en el trabajo. Los manifestantes eran gente de esa que hasta ahora no era habitual de las manifestaciones: señoras y señores mayores con aspecto de no meterse en política o, al menos, de no hacerlo de manera muy habitual. Pero allí estaban, denunciando con pitos que han sido víctimas del timo de la estampita versión bancos y Cajas: las preferentes. A estas personas los bancos les han robado sus ahorros. En total casi 30.000 millones de euros en preferentes y unos 16.000 en deuda subordinada. Y se lo han robado mediante una estafa perfectamente organizada por los dueños de estos bancos y cajas. Y además, a muchos de ellos no sólo no les van a devolver lo robado, sino que Europa ha puesto como una de sus condiciones inhumanas que no se lo devuelvan o que les devuelvan sólo una parte.

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Abramos los ojos de una vez

«No tocaré la sanidad, la educación, las pensiones», eso es sagrado, dijeron. Y las tres cosas están en liquidación. La sanidad pública se privatiza, se trocea, se degrada; se regala a empresas privadas para que hagan negocio con ella. La educación pública se degrada también hasta niveles inimaginables. Miles de niños y niñas no tienen libros, cientos de miles de estudiantes universitarios tienen que abandonar la carrera que estudiaban por no poder pagarla; se reduce el número de profesores, la educación que se ofrece es de mucha peor calidad y mientras, los colegios concertados reciben más dinero, terrenos, prebendas de todo tipo. El sistema público de pensiones comienza también su liquidación y no se hace por ahorrar, sino porque es un negocio enorme en el que todavía no han metido mano las financieras. Los bancos que han quebrado por su mala gestión, que han timado, estafado y especulado reciben subvenciones de cientos de miles de millones a fondo perdido y sus responsables, lejos de ir a la cárcel, son contratados como «asesores» de no sé sabe qué por cientos de miles de euros. El paro crece, el despido se abarata y se facilita. La vivienda sigue siendo un bien inalcanzable para la mayoría y los que no pueden hacer frente a las deudas contraídas con engaños son expulsados de sus casas. La pobreza se extiende por millones de hogares.

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La caridad televisada de la derecha

A la derecha la solidaridad y la organización popular le produce urticaria; a pocas cosas le tiene tanto miedo como a que la gente piense, imagine, se organice, conquiste espacios comunes y de solidaridad. Toda su estructura económica, política y social se basa en fomentar el individualismo y la competencia de todos contra todos. Para paliar la mala conciencia o para “luchar” (es un decir) contra las situaciones más terribles fomentan la caridad que tratan de hacer pasar como aquello a lo que la gente debe aspirar si quiere mejorar su situación. El  neoliberalismo pretende que la gente se olvide de que tiene derechos. La ofensiva ideológica camina en este sentido, no se tiene derecho a nada, cada uno que se arregle como pueda y, con suerte, que espere que le caiga una limosna.

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Comida de segunda para ciudadanxs de segunda

La venta de alimentos pasados de fecha en Grecia supone un paso cualitativo importante en el descenso de Grecia a los infiernos del saqueo neoliberal. Un descenso que es el de todos los países del sur pero que se clava especialmente en todas las personas en situación de pobreza de los países de la unión Europea. El aumento del número de pobres ha venido acompañado, como no podía ser de otra manera, de una operación ideológica que convierte a los pobres en personas de otra clase, en peligrosos sociales, en apestados.

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¿Se puede? No lo sé

Voy a ser muy incorrecta, voy a decir algo que es casi un tabú político, pero quiero defender el derecho al pesimismo. Confieso que estoy cansada de ese optimismo que la izquierda ha convertido en un eslogan, en parte de su patrimonio ideológico hasta llegar a ser, en algunas ocasiones, obligatorio. Ya sé que las arengas son necesarias para animar a la tropa ante el combate o el sacrificio, pero a mí no me gusta la tropa, sino la gente que se lo cuestiona todo. La culpa de mi pesimismo inveterado la tiene mi abuelo que siempre que escuchaba ese lema que la República transmitió al mundo en español, el “No pasarán”,  decía por lo bajo: “pero pasaron”. Y vaya sí pasaron. Pasaron, se quedaron y siguen aquí.  Así que yo soy de las que piensa que casi siempre pasan, por mucho que cantemos canciones de esperanza y tengamos de nuestro lado a la poesía.