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Bueno, da igual, hasta luego, paso

En el Pleno de la Asamblea del jueves 11 de noviembre, a una pregunta sobre las víctimas del covid de su negligente gestión de las residencias de mayores en Madrid, Díaz Ayuso estaba repitiendo su discurso de siempre y, de repente, pareció un muñeco que se queda sin pilas. Ella, hasta ahora inalcanzable a cualquier desaliento, terminó abruptamente diciendo con cara de asco: “Bueno, da igual, paso, hasta luego” y se sentó entre los aplausos de su grupo.
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Las viejas feministas

No he leído todavía el libro de Anna Freixas (Yo, vieja publicado por Capitán Swing) así que pido que en ningún caso se interprete este artículo como una crítica al mismo. Sí que he leído muchas de las entrevistas que se le han hecho a la autora en estos días alrededor de su libro. En todo caso, antes de leerlo ya agradezco que se haya adentrado en el tabú de la vejez de las mujeres y que aplique el feminismo a esta etapa de la vida, que piense en viejas feministas, que haga gerontología crítica feminista. El feminismo le sienta bien a cualquier cosa, pero la vejez no le sienta bien a casi nada, ni a esta cultura, ni al sistema. Si no fuera porque Freixas ha escrito este libro, que ha tenido muy buena acogida, puede que yo no hubiera escrito este artículo o, al menos, no le hubiera puesto este título. Titular un artículo «viejas» es un ejercicio de alto riesgo, lo leerá mucha menos gente. Podía intentar ponerle un título engañoso, claro, pero no me da la gana.
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Envejecer

Envejecer es difícil, lo puedo asegurar. Y para las mujeres lo es mucho más. No es difícil sólo por lo que la vejez significa en términos de acortamiento del tiempo vital y los miedos que esto trae consigo; ni por lo que significa en términos meramente físicos, de salud, de energía, de capacidad. Es difícil porque para las mujeres no hay un espacio social que podamos habitar en estos años excepto aquel que se construye como lucha contra la edad. Y ese es un espacio de negación, y no se puede estar bien en un espacio de negación de nosotras mismas.

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Artículo navideño. Se avecina Pedroche

Cristina Pedroche, en el programa de TV 'El Hormiguero', con algunos de los vestidos que ha llevado en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja.
Cristina Pedroche, en el programa de TV ‘El Hormiguero’, con algunos de los vestidos que ha llevado en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja.

1-Estamos a poco tiempo de que en las redes se desate el anual debate sobre si el vestido de Cristina Pedroche es (anti)feminista, si lo es ella o si merece la pena discutir sobre este asunto. De hecho, una amiga me preguntó ayer que qué opinaba. Le dije que sí, que es importante discutir sobre el asunto porque la cuestión de la apariencia femenina, del significado que tiene en nuestras vidas, no es otra cosa que una discusión sobre los mandatos de género, su vigencia, su importancia. Así pues, sí, uno de los temas feministas por excelencia. Pero es injusto que sea Cristina Pedroche la que se convierta en protagonista de este encendido debate cuando en realidad, el mismo podría tenerse casi todo el tiempo, cada vez que una actriz/presentadora/mujer pública va semidesnuda en pleno invierno o va enfundada en un vestido (o semivestido) cuyo sentido, sin discusión, es presentarla como un objeto sexual y como un modelo, inalcanzable de cómo deben ser las mujeres de verdad. Y podríamos tenerlo cada vez que todas nos depilamos, nos maquillamos, nos ponemos tacones y vestidos sexys y nos gustan, y nos sentimos bien, y nos suben la autoestima. Porque no podemos evitar tener interiorizado el sentirnos mejor cuanto más deseables (para los hombres) resultemos, cuánto más guapas nos sintamos según un canon estético que, desde luego no hemos construido nosotras mismas. Y si, además, ese aspecto va ligado a tu trabajo, la cosa se entiende aún mejor.

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De la vejez y el dinero

Mariano Rajoy pagó un mes las facturas de los cuidados que necesita su padre y se debió quedar asustado de su montante, por lo que decidió cargar los gastos a Moncloa; es decir, que también pagamos nosotros y nosotras el cuidado del padre del Presidente. Entre 3600 y 5000 euros al mes cuesta dicho cuidado. Comprendo la angustia del Presidente al comprobar lo que cuesta mantener a un anciano enfermo con dignidad, y más aun si es tu padre, tu madre o un ser querido.

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Vejez y orientación sexual

 

I-Introducción: la vejez inexistente
Dentro de 50 años seremos 2000 millones de personas mayores en todo el
planeta y más o menos 200 millones de ellos serán gays o lesbianas. El 22% de
los habitantes del planeta tendrá entonces más de 65 años.
Hay pocos temas que hayan suscitado en los últimos años una bibliografía tan
amplia como el de la vejez. Basta echar un vistazo a cualquier biblioteca o
centro de documentación especializado en temas sociales o demográficos para
comprobar que los informes, estudios o libros sobre las personas mayores de
65 años ocupan una parte importantísima de las investigaciones en los últimos
años. Sin embargo, de manera inversamente proporcional a esta ingente
cantidad de estudios, la presencia real y la influencia de las personas mayores
en la cultura actual es prácticamente inexistente. Y su importancia política,
cultural o social disminuye rápidamente. La vejez no es considerada
socialmente como lo que verdaderamente es: un éxito; uno de los hechos más
positivos de los últimos tiempos ya que, en realidad, se ha conseguido
democratizar la esperanza de vida y que cualquier español al nacer tenga
ante sí una esperanza de vida semejante independientemente del medio
social en el que nazcai[2]. Y sin embargo, en lugar celebrar ese éxito que nos
iguala, y aunque cada vez se vive más tiempo, parece que las personas
mayores molestan y que nada está preparado para ellos. Es el de los viejos un
tema que interesa a los investigadores y a los políticos (que nunca se olviden
de hacer «guiños” electorales a los votantes de esa edad), pero no al resto de
los ciudadanos, o a la cultura, que ha instaurado una especie de «amnesia»
social que nos hace pensar que nunca vamos a llegar a viejos.

 

Lectura íntegra: informe-mayores-lgtb

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Lesbianismo y vejez : una combinación no demasiado mala.

Vivimos en una época que ha convertido la vejez en una palabra sucia. La gente gasta mucho dinero, esfuerzo, tiempo, salud, en parecer más joven de lo que es realmente. Operaciones, cosméticos, tratamientos muy costosos y dolorosos… en una loca carrera para huir de algo que, indefectiblemente, nos terminará alcanzando. El mito de la juventud se ha instalado definitivamente entre los gays, quienes han creado y sostienen una subcultura en la que se rinde culto a la juventud y en la que se desprecia y se denosta, hasta límites increibles, a los ancianos.  He escrito recientemente un artículo referido a la discriminación que los gays ancianos padecen, tanto entre la propia comunidad gay como en la sociedad heterosexual en general; en este artículo hacía referencia a los estudios y a los artículos que se han escrito sobre el tema de la vejez entre los gays en los últimos años.