Es hora de que las feministas críticas con la institución prostitucional cambiemos completamente de paradigma argumentativo en relación con uno de los debates más antiguos, más enconados, más crispados y, quizá, más confusos que se vienen manteniendo dentro del feminismo. Nunca he podido entender cómo es posible que uno de los ejemplos más claros de mercantilización del ser humano pudiera ser defendido por personas que se dicen profundamente anticapitalistas, ni entiendo tampoco cómo es posible que uno de los negocios más lucrativos del mundo y más explotadores, uno de los que genera más dinero a las mafias, no sea ardorosamente atacado por personas que se dicen de izquierdas. También me cuesta entender cómo una institución creada por el patriarcado como uno de sus pilares, una institución que juega un papel fundamental en determinada construcción sexual y de los géneros, ha terminado siendo defendida por feministas. A estas alturas del debate ya sabemos que las posturas favorables a la prostitución son mayoritarias en los ambientes más radicales, de izquierdas, alternativos o queer. Las personas que las defienden, radicales en todo y con voluntad rupturista en la política, no sólo no se manifiestan en contra de la prostitución como institución, sino que suelen entenderla como inevitable (y de aquí parece derivarse que es aceptable): su acercamiento a ella es opuesto a su acercamiento a otras instituciones políticas que, a pesar de parecer también inevitables, son, en cambio, combatidas con convicción. Por el contrario, parecen estar furiosamente en contra de la prostitución las meapilas, las feministas aburridas, institucionales y conservadoras, la gente conservadora en general y nuestros padres y abuelos. Con estos adversarios, si una quiere ser moderna o políticamente radical, no parece quedar otra opción que estar a favor de la prostitución.
Entrada completa: SaraMago Fanzine
