Emakumeen berdintasunerako eta Jabekuntzarako Eskola / Escuela para la Igualdad y el Empoderamiento de las Mujeres
Vitoria: diciembre 2014
Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.
Emakumeen berdintasunerako eta Jabekuntzarako Eskola / Escuela para la Igualdad y el Empoderamiento de las Mujeres
Vitoria: diciembre 2014
Tiene razón el eurodiputado de Podemos, Pablo Echenique, cuando dice que las primeras elecciones de España se celebran a finales de enero en Grecia. En realidad, a finales de enero se celebran en Grecia unas elecciones que van a determinar no sólo el futuro de los griegos, sino el futuro de Europa entera y, sobre todo, de la democracia. Lo que está en juego no es sólo si los griegos van a vivir mejor o van a seguir hundidos en la pobreza; lo que está en juego no es si eligen a un partido o a otro. Lo que está en juego es si en el futuro podremos seguir hablando de democracia o no.
Los fanatismos, cualquier fanatismo, aguanta mucho mejor un sesudo ensayo que un chiste. Eso es porque el fanatismo, el integrismo, no se mide en las mismas coordenadas que la razón. Una reflexión inteligente, seria, profunda, puede ser muy importante y necesaria, pero también puede ocurrir que confrontada al fanatismo, a este le resbale. Los fanáticos son inmunes a la inteligencia sin aditamentos, pero no tanto a la inteligencia con humor. El fanatismo, el integrismo religioso, son trágicos porque nunca son pacíficos, porque cuestan vidas y porque, en todo caso, acarrean mucho dolor. Pero si pudiéramos por un momento hacer abstracción de sus consecuencias terribles, veríamos que sus planteamientos son risibles, ridículos, que lo sorprendente es que nadie medianamente normal se los tome en serio. Eso es lo que hace el humor, despojar a cualquier ideología, a cualquier planteamiento, o a cualquier creencia de todos sus aditamentos sagrados, serios, o siquiera importantes, y así mostrarlos en su, a veces ridícula, desnudez. Por eso el fanatismo se revuelve ante el humor que lo deja inerme y que lo muestra ante el mundo tal como es, y que lo hace, además, en un idioma fácil de entender. No todo el mundo entiende un tratado laicista, pero todo el mundo puede reírse con La vida de Brian.
La semana pasada volvía a Madrid en avión y, por la razón que fuera, tuvimos que dar unas vueltas antes de tomar tierra. Mirando por la ventanilla, a esa altura en la que se ven los huesos y las venas de las ciudades, e incluso se distinguen los coches, lo que se distinguía muy claramente era una línea de cemento que como un río tranquilo se delineaba al lado de las autopistas atestadas. Una línea larga, ancha y completamente vacía que discurría en muchos tramos paralela a la otra vía llena de coches. Y al final de ambas esperaba el atasco de entrada a Madrid en hora punta. Era evidente que nadie iba a pagar por llegar un poco antes al atasco de entrada, era evidente que las radiales de pago iban a ser un fracaso, era evidente que se hicieron no por necesidad, sino por la razón por la que en España se vienen haciendo las obras públicas desde hace mucho, por dinero: dinero que se va distribuyendo por medio de comisiones entre muchos actores opacos, dinero de sobreprecios, dinero del rescate con intereses que se pacta desde el comienzo de la obra. El final es ya conocido: la obra es un inmenso fiasco, pero no importa porque los que hacen negocio se han enriquecido un poco más y porque al final el fiasco lo pagamos nosotros y nosotras.
Hay frases que se repiten como un mantra para resultar consoladoras. Y hay frases también que son eslóganes políticos que, de tanto repetirlas y aunque no se convierten en verdad, acabamos por creerlas y construimos la realidad a partir de esa creencia. Una de estas “frase-consuelo o frase eslogan es esta, que repiten muchos políticos del PP y del PSOE: “Tenemos la mejor sanidad del mundo”. Eso pudo acercarse en algún momento a ser una realidad, pero hace mucho que ha dejado de ser cierto. El PSOE lo sigue repitiendo para tratar de ocultar que fue el partido que comenzó a privatizar servicios y que aprobó las leyes que abrieron las puertas a la privatización. También porque entre sus planes no está el de revertir las privatizaciones.
Estoy de vacaciones y llevo unos días sin ver los informativos ni leer la prensa. Pero no me puedo desligar de la realidad del país, es imposible. Estoy viajando por diversas ciudades y allí donde me detengo y quedo con amigas el eterno tema de conversación no es otro que el descenso radical en la calidad de vida de las personas. En todas partes me cuentan que no hay guarderías infantiles, que la sanidad se ha deteriorado hasta límites insoportables, que los colegios públicos no disponen de nada, que los niños y niñas pasan frío o calor, que están hacinados; desaparecen los lugares comunitarios donde se reunían las asociaciones , apenas hay actividades culturales… Todo está así. Y no estoy refiriéndome ahora a situaciones dramáticas de desempleo o incluso de hambre. La gente está harta y desesperada.
Basta que 20 personas pretendan concentrarse para pedir una medicina para la hepatitis C, por ejemplo, o que 250 ancianos se manifiesten para pedir que les devuelvan sus ahorros para que la calle sea tomada por cientos de policías. Basta con que cuatro personas convoquen por las redes una manifestación o concentración pacífica para que toda la calle aparezca llena de “lecheras” intimidantes. Cada vez que yo acudo, ejerciendo un derecho fundamental, a una concentración o manifestación pacífica, me siento intimidada por la policía, que nos acosa, no nos deja movernos y nos rodea. Desde hace años, cada vez que voy a una manifestación siento miedo de la policía.
Debo ser de las pocas personas que cree que algo hay de verdad en lo que dice Nicolás. Su historia es delirante sí, pero es que así de delirante es la política que hace el partido Popular. Nicolás exagera, claro; o quizá se le ha ido la cabeza: demasiado joven para tanta influencia. Por supuesto que se da a sí mismo mucho más importancia de la que realmente tiene o tenía pero lo cierto es que las reuniones, los conocidos, los contactos, la posibilidad de hacer negocio, todo eso es verdad.
Yo nunca he dicho que las feministas del PSOE no fueran feministas. Es más, he defendido que el PSOE estaba lleno de importantes feministas y jamás he dejado de reconocer la importancia o los avances de alguna de sus políticas en lo que respecta al feminismo. Es de justicia.
Hay corrupciones grandes, tramas de miles de millones; hay corrupciones famosas, hay corrupciones medianas y corrupciones pequeñas. Hay corrupciones llamativas y corruptelas que pasan sin pena ni gloria por los medios de comunicación porque ese día ha aparecido una corrupción grande que implica a un miembro de la familia real o a un ministro. Hay corrupciones que además de por dinero, que siempre es un elemento imprescindible, se dan también por clasismo. Porque la corrupción española se sustenta sobre esos dos pilares: afán de lucro personal y profundo desprecio por lo público, que aquí se identifica como cosa de pobres. Y ya sabemos lo que la derecha piensa de los pobres, que se jodan.