Una aproximación política al lesbianismo


Esta ponencia es parte de un capítulo que forma parte de un libro que publicaré con la editorial Gedisa en 2006 y que se titula: “Sexualidades en tránsito. Una aproximación política al lesbianismo”. Tanto el libro como esta ponencia son una aproximación a un tema que es central en las tesis de la llamada teoría feminista lesbiana: la posibilidad que las mujeres tienen, todas las mujeres, de optar por un estilo de vida y una sexualidad lesbiana. Defendiendo un  construccionismo radical de la sexualidad, tal como defendía el feminismo en los años 60 y 70 reflexiono  sobre esta posibilidad, defiendo que es algo que está al alcance de cualquier mujer, que es una opción que puede resultar liberadora y reflexiono también sobre las causas que han hecho que dicha posibilidad haya desaparecido del panorama interpretativo de la realidad que hace en la actualidad el feminismo.

1. Una aproximación política al lesbianismo

Mi intención al escribir esta ponencia es aproximarme a una cuestión que es crucial para mí como feminista lesbiana: explicar que el lesbianismo tiene una dimensión política que aunque en la actualidad ha desaparecido del panorama interpretativo, las feministas lesbianas tratamos de rescatar. Según esto, el lesbianismo no es sólo una manera de vivir la sexualidad tal como parece la única manera de entenderlo hoy día, sino que puede ser también una opción política o vital. Para poder llegar a comprender esta perspectiva es imprescindible asumir que homosexualidad y heterosexualidad no son equivalentes, ni son distintas maneras de vivir la sexualidad sin más, sino que son regímenes que cumplen distintas funciones sociales. La heterosexualidad, el régimen regulador por excelencia, no es la manera natural de vivir la sexualidad, sino que es una herramienta política y social con una función muy concreta que las feministas denunciaron hace décadas: subordinar las mujeres a los hombres; un régimen regulador de la sexualidad que tiene como finalidad contribuir a distribuir el poder de manera desigual entre mujeres y hombres construyendo así una categoría de opresores, los hombres, y una de oprimidas, las mujeres. Y si reconocemos que el poder masculino se ha ejercido sobre las mujeres, sobre todas las mujeres, a través de la institución de la heterosexualidad, es lógico esperar encontrar resistencia a esta institución en cualquier época; y así ha sido. La heterosexualidad es la herramienta principal del patriarcado y la resistencia de las mujeres a esta institución comienza con el cuerpo, puesto que es el cuerpo el que está en juego; la resistencia comienza con un cuerpo que se niega y que dice “No” a la opresión[1]. El lesbianismo es pues, una forma, entre otras, de decir No a la opresión. Y así ha sido históricamente, y así puede seguir siendo hoy día.

Esto, que resulta difícil de comprender hoy día, era sin embargo inteligible para las mujeres que militaban en el movimiento feminista en las décadas de los 60 y 70, incluso aun en los años 80. Después, el posmodernismo, la teoría queer, han hecho ímprobos esfuerzos por despolitizar la sexualidad de manera que se aleje de cualquier teoría del poder y la opresión. Las relaciones de poder entre hombres y mujeres, lo que antes se conocía como patriarcado, pero que cada vez más cuesta llamar así, ha sido literalmente borrado del mapa y con ello la posibilidad de enfrentarse políticamente a ello. En los últimos años, el capitalismo ha emprendido el proceso destinado a acabar con cualquier cuestionamiento político de la sexualidad y, de paso, con la posibilidad de cuestionar la institución conocida como “heterosexualidad obligatoria”, el régimen regulador de la sexualidad [2]en occidente. Ha desaparecido cualquier análisis sobre los hombres como grupo detentador de mayor poder que las mujeres, así como la reflexión sobre el lugar que unos y otras ocupan y el papel que la sexualidad juega en la distribución inequitativa de este poder. Pero si analizamos el lesbianismo sin tener en cuenta las relaciones de poder que el patriarcado ha establecido entre mujeres y hombres, sin tener en cuenta quiénes son los beneficiarios de la institución de la heterosexualidad y quienes son sus víctimas, no podremos entender casi nada de lo que ser lesbiana significa para muchas mujeres y de lo que ha significado a lo largo de la historia.

Históricamente han sido muchas las mujeres que han rechazado la heterosexualidad por entenderla, por experimentarla, como una institución opresiva, no únicamente sexual, que han creado un espacio que ha sido identificado históricamente desde fuera como el espacio de la lesbiana y que han ocupado ese espacio buscando beneficios personales y una mejor calidad de vida en la mayoría de los casos. Los límites de ese espacio han ido cambiando a lo largo del tiempo, y se ha ido definiendo de diversas maneras hasta llegar al momento presente en el que se define por eso que ahora se llama “orientación sexual”, algo sobre lo que las personas no tienen ningún control. Pero las feministas lesbianas defendemos que el lesbianismo es una opción de vida. Por supuesto que la mayoría de los gays no lo viven de esta manera, ellos suelen sentir que han nacido así y que no han podido elegir. Naturalmente, porque… ¿quién elegiría ser gay? Y es precisamente la posibilidad de hacer esa pregunta la principal diferencia entre ser gay y ser lesbiana porque lo cierto es que mientras el lesbianismo puede vivirse como una condición liberadora, esto es imposible para los hombres. La condición masculina significa la pertenencia al género que detenta todo el poder. Ser gay significa renunciar, o ser privado, de alguno de los privilegios masculinos,  aunque nunca de todos o de ninguno en el caso de que la homosexualidad no se haga visible. Para un hombre gay “conformarse es recoger las gratificaciones que les esperan como hombres”[3]; mientras que para una mujer heterosexual conformarse es aceptar la desigualdad, mientras que rebelarse es moverse hacia el lesbianismo, llegar a un espacio que ofrece importantes beneficios, luego también razones de sobra para posicionarse en él.

El espacio del lesbianismo no ha sido siempre exclusivamente sexual, a veces no ha sido sexual en absoluto, sino que ha sido fundamentalmente un espacio simbólico y social que no inventaron, por cierto, las mismas mujeres, ni siquiera las mismas lesbianas. En muchas ocasiones el espacio de la lesbiana no ha sido sino el lugar reservado al castigo en el que la sociedad patriarcal colocaba a determinadas mujeres que no se ajustaban tan bien como debieran al rol femenino. Lugar de castigo, sí, pero también inevitablemente lugar de liberación, cosa que evidentemente no ha ocurrido ni puede ocurrir con la homosexualidad masculina. La homosexualidad masculina no trae ventajas de ningún tipo a los hombres ni siquiera en aquellas sociedades en las cuales era o es admitida socialmente, puesto que en ninguna sociedad conocida la heterosexualidad ha estado penalizada.El lesbianismo se ha configurado para algunas como un espacio ambivalente, de estigma por un lado, pero también como ese lugar (lugar físico, del cuerpo, pero también lugar simbólico, lugar social) en el que es posible mejorar las condiciones de existencia. Y en tanto que situación más deseable que otras, dentro de las escasas opciones que han tenido las mujeres, han sido muchas las que a lo largo de la historia, y aun ahora, pudieran haber optado por ocuparlo voluntaria y conscientemente.

  El lesbianismo como opción vital y de resistencia tiene cientos de años de historia, pero sólo en el siglo XX esta idea puede articularse ideológicamente y convertirse en una posición política. Aunque han sido muchas las mujeres que, a lo largo de la historia ocuparon, voluntaria o involuntariamente, ese espacio que hoy llamaríamos del lesbianismo a causa de la opresión que sufrían como mujeres, las lesbianas feministas fueron las primeras, ya a mediados del siglo XX, que articularon sus motivos y que crearon un corpus ideológico coherente sobre ello. No existe, ni ha existido nunca ninguna barrera infranqueable entre las lesbianas y las demás mujeres a pesar de los esfuerzos de los moralistas, de los expertos y, por último, de los militantes gays por separarnos. Las mujeres siempre hemos sabido que esa frontera es muy permeable y, en realidad, los hombres lo saben también. Olvidar que en la mayor parte de los periodos históricos las mujeres, si hubieran podido elegir, hubieran escogido no mantener relaciones sexuales con los hombres[4] , no vivir con ellos, no relacionarse con ellos, es olvidar algo fundamental en la historia de las mujeres (y de los hombres). Y en la actualidad, el lesbianismo como estilo de vida sigue teniendo algo que ofrecer a las mujeres. Somos muchas las que creemos, las que sabemos, que el régimen de la heterosexualidad obligatoria sigue siendo una de las herramientas principales que usa el patriarcado para oprimir a las mujeres; no la única desde luego, pero sí una de las más importantes. Cierto que el problema es el patriarcado y no la práctica de la heterosexualidad en sí, pero también es cierto que es la heterosexualidad la que,  verdaderamente, se clava en las vidas y en los cuerpos de las mujeres. Situarse en el espacio físico del lesbianismo puede resultar liberador en tanto que se asume una posición de outsider respecto de la heterosexualidad,  en tanto que el cuerpo se siente más libre y respira, en tanto que una puede observar(se) desde fuera, y hacerse más consciente de los mecanismos de opresión que operan sobre nosotras.

La heterosexualidad no está naturalmente más extendida que le homosexualidad, ni es la manera en la que la mayoría de los seres humanos están condenados a relacionarse. La heterosexualidad no sólo se enseña, sino que además, se hacen ímprobos esfuerzos para que la mayoría de las mujeres sientan que no tienen otra opción; la heterosexualidad está fuertemente inducida, y de ahí los múltiples mecanismos destinados a sustentarla, a enseñarla, a favorecerla, a castigar la disidencia, a presionar a las mujeres para que se hagan heterosexuales en definitiva: mecanismos psicológicos, sociales, económicos, políticos. Si la heterosexualidad fuese natural, o siquiera beneficiosa para las mujeres, no necesitaría de los enormemente complejos mecanismos que se emplean para mantenerlas dentro de ella. El feminismo lucha con denuedo para limitar los daños que la heterosexualidad provoca en las mujeres, lucha por el derecho al aborto, pero no enseña a las mujeres que el mejor método anticonceptivo, el menos dañino para ellas, es no practicar el coito; combate para que ninguna mujer sea maltratada, para que no pierdan sus energías intelectuales y/o afectivas con los hombres, para que no dejen que sus parejas masculinas les roben su autoestima o su tiempo, pero no considera siquiera como una opción que muchas mujeres tendrían mucho que ganar si existiera una ecuación que pusiera en pie de igualdad homo y heterosexualidad o que incluso fomentara la no heterosexualidad. Se nos enseña como limitar los problemas de salud física y mental, económicos, políticos y personales, pero nada se nos dice de que estos problemas también podrían ser combatidos viviendo un estilo de vida lesbiano [5].

            ¿Cómo hemos pasado de considerar que la sexualidad es una construcción política y social a considerar que es algo incontrolable? Ha habido varios factores que han contribuido a despolitizar el régimen de nuestro deseo. Entre ellos la lucha por los derechos de los gays no es el menor. La lucha por los derechos de los gays se ha hecho utilizando, entre otras cosas, la idea de que nadie es responsable de su orientación sexual y por tanto nadie puede ser penalizado por ello. Lo que en los años 60 y 70 era opción sexual, pasó a llamarse “orientación”. Pero a pesar de sus beneficios estratégicos, con el triunfo de ese flujo misterioso que parece ser la orientación sexual y que decide el régimen de nuestro deseo y de nuestros afectos, se está negando una parte  muy importante de la historia de las mujeres y de su voluntad de resistencia. Lesbiana ha sido siempre una palabra, o un concepto no nombrado, para expresar la resistencia femenina a la opresión masculina, y justo en el momento en que más perturbador puede resultar escoger un estilo de vida lésbico, es cuando, empujadas por la política gay, nos encontramos con nuestra experiencia reducida a una orientación inmodificable que no depende para nada de nuestra voluntad. Las lesbianas feministas sabemos que el heteropatriarcado construye no sólo las prácticas sexuales, sino fundamentalmente el deseo y que éste puede cambiarse hacia una construcción sexual, afectiva y vital más justa para tod@s. 

A lo largo de la historia las relaciones entre mujeres no han sido nunca especialmente reprimidas si las comparamos con la represión que se ha ejercido contra los hombres que practicaban la homosexualidad. Lo cierto es que las leyes represivas contra las mujeres no eran necesarias porque por una parte las mujeres no tienen poder para hacer que sus actos signifiquen, y por otra, la represión se ha ejercido sobre sus vidas de manera absoluta. ¿Qué importa lo que una mujer sienta o piense si finalmente necesita adaptarse a la heterosexualidad para sobrevivir? ¿Qué importa las relaciones que establezca con otras mujeres si se ve obligada a casarse para poder comer? ¿Qué importa lo que hagan, piensan, digan o escriban las mujeres si lo que cuenta es que la heterosexualidad regula las relaciones sociales y económicas de todas ellas? Cualquier desviación de la norma, en el caso de las mujeres, como no puede tener consecuencias, es considerada un divertimento sin importancia, una estrategia personal para crear pequeños espacios en los que poder respirar. Incluso a partir del siglo XVII las relaciones entre mujeres son sexualizadas desde el deseo masculino que las convierte así en un aspecto más de su imaginería erótica. Después de todo, hicieran lo que hicieran las mujeres, excepto un número insignificante de privilegiadas, no tenían escapatoria.

Pero esta situación cambia a partir del siglo XIX. En ese momento las mujeres comienzan a conquistar, gracias al impacto del Movimiento feminista, espacios reales de autonomía. Las mujeres comienzan a acceder a la universidad y al trabajo y es en ese momento cuando las relaciones entre mujeres se hacen peligrosas de verdad puesto que, como dijo un comentarista de finales del XIX protestando por la creciente incorporación femenina al trabajo “¿Qué puede ofrecer ahora la vida matrimonial a una mujer liberada?” Efectivamente, ¿por qué aguantar un régimen de subordinación, como lo es la heterosexualidad obligatoria, si no es necesario para sobrevivir? De repente, como atestiguan muchas noticias de la época las mujeres que son capaces de mantenerse a sí mismas  comienzan a desdeñar el matrimonio. Y se produce la reacción. Las relaciones entre mujeres, en el peor de los casos ignoradas y en el mejor sancionadas socialmente (como era el caso de los llamados “matrimonios bostonianos) son consideradas una enfermedad social y las mujeres que rechazan la heterosexualidad obligatoria son consideradas enfermas. Y así nos encontramos que durante el siglo XIX y hasta la segunda mitad del XX se abre paso el modelo patológico de la lesbiana que sirve para explicar la disidencia siempre como una cuestión[6] individual, una patología personal, evitando así  que se convierta en social.

Pero a pesar de las presiones las mujeres siguieron su camino liberador y para los años 60 del siglo XX, gracias al Movimiento Feminista, se había superado el modelo patológico en la mayoría de las instancias. Así, las feministas concebían el lesbianismo como una opción que estaba al alcance de cualquier mujer, era una opción política liberadora con un enorme potencial de cambio. Pero fue un breve intermedio que suscitó inmediatamente una reacción furibunda por parte de la sociedad, y en esta ocasión como cómplices de la reacción aparecía el movimiento gay que tenía sus propios intereses que defender. El interés de los homosexuales varones pasa por despatologizar la homosexualidad masculina, pero por despolitizarla también, puesto que ellos, como varones, no tienen nada que ganar con la desaparición del patriarcado. Es cierto que la heterosexualidad oprime también a los gays, pero ese es precisamente el objetivo del movimiento de liberación homosexual: que deje de oprimirles en tanto que gays, pero que deje incólumes los beneficios que reciben en tanto que varones. Por tanto la operación política consiste en convertir su deseo, el deseo en general, en algo que escapa a la voluntad individual de cada uno, en algo de lo que nadie es responsable. El modelo que se impone a partir de los años 80 es el modelo sexológico, el marco interpretativo propio del capitalismo liberal, contrario a cualquier interpretación política de la sexualidad. Es el modelo en el que nos movemos actualmente y que explica la homosexualidad en base a una llamada “orientación sexual”. No es un cambio baladí  sino que es un cambio estratégico que tiene muchas ventajas aparentes, entre ellas la de convertir la homosexualidad en algo socialmente aceptable por todos y de lo que nadie es “culpable”, despojándola, al mismo tiempo, de cualquier razón política y por tanto de su potencial revolucionario. 

Porque es un cambio que presenta ciertas ventajas inmediatas en la lucha por los derechos es por lo que el movimiento gay,  los científicos gays, la intelectualidad gay en general, se ha puesto a la tarea  -impensable hace un par de décadas- de demostrar que la homosexualidad tiene su origen en alguna particularidad biológica. Los científicos se esfuerzan por demostrar que, puesto que la homosexualidad no se elige, nadie es culpable de nada. Los homosexuales son, simplemente, un tipo especial de persona que no merecen que sobre ellos recaiga ningún estigma. Cuando el estigma de la homosexualidad desaparezca y aparezca el estigma de la homofobia, los gays serán más libres, pero las lesbianas continuarán siendo mujeres que ocupan el lugar que esta sociedad reserva a las mujeres. Por eso el modelo de la orientación sexual no nos vale a las lesbianas feministas que seguimos considerándonos mujeres que rechazamos la institución política de la heterosexualidad obligatoria, más que un tipo especial de mujer o que mujeres sexualmente diferentes.

Pero para poder llegar a imponer esta explicación, la suya, los científicos tenían que borrar antes todo lo que las feministas lesbianas sabemos acerca del lesbianismo. Muchos trabajos que pretenden hacer un acercamiento explicativo a la realidad homosexual, sea cual sea la parcela de la realidad que estudien,  comienzan con unos cuantos capítulos que recogen las diferentes teorías que se han venido formulando acerca de las causas de la homosexualidad. La eterna pregunta de las causas de la homosexualidad está más en boga que nunca. Todos se la hacen. Si el autor es él mismo gay, como es el caso en la mayoría de las ocasiones, su posición suele ser la de explicar que de todas las teorías, que él mismo recoge exhaustivamente, ninguna ha podido ser probada hasta el punto de poder considerarla como la causa de la homosexualidad. Finalmente, la mayoría de los autores afirman que lo más probable es que la homosexualidad no responda a una sola causa, sino a un conjunto de factores: educacionales, ambientales y de predisposición genética, pero misteriosamente esa predisposición genética se convierte al final en determinación genética y que, además, parece afectar sólo a los hombres, lo cual suscita a su vez muchas preguntas.  Muchos autores, cegados por el androcentrismo, no se molestan en explicitar que todas estas teorías se están refiriendo únicamente a la homosexualidad masculina, aunque una vez que se lee el trabajo, se percibe que, en realidad, es así. Algunos autores, más honrados o más cuidadosos con sus propios datos, se preocupan por lo menos por dejar claro que las causas mencionadas y siempre buscadas de la homosexualidad, sean o no ciertas, explicarían en todo caso sólo la homosexualidad masculina. Por el contrario, las autoras lesbianas no suelan incluir en sus investigaciones búsqueda alguna, ni repaso tampoco, de las posibles causas de la homosexualidad; se diría que no les preocupa. Desde luego ellas no buscan en el cerebro, ni en los genes, ni en las hormonas, las causas de la homosexualidad femenina, pero no importa porque sus aportaciones no pasan a formar parte del acerbo de conocimientos científicos acerca de la homosexualidad.

Al mismo tiempo que descubren que la homosexualidad es plenamente natural desde el punto de vista de la biología, los mismos descubrimientos conducen a los expertos (varones) a afirmar, sin que se sepa por qué, que los hombres son más propensos a la homosexualidad que las mujeres. Y aquí nos encontramos con una cuestión que merece la pena reseñar: cuando los investigadores explican, o buscan siquiera, el origen de la homosexualidad ¿Es normal que den por hecho que la homosexualidad masculina tiene una génesis y un desarrollo diferente de la femenina y no se dedique ni una línea a explicar por qué razón esto es así? ¿Por qué que no existe una teoría general que acerque las teorías acerca de la génesis del lesbianismo a las teorías sobre la génesis de la homosexualidad masculina? Aunque parezca una explicación simplista, (la misoginia no requiere de una gran complicación conceptual) lo más probable es que al omnipresente pensamiento androcéntrico le baste con pensar una teoría acerca de la homosexualidad masculina y que después simplemente se conforme con elevarla a la categoría de general, no importa que la realidad de las mujeres no se ajuste a dicho marco explicativo. La no adecuación a una explicación de más de la mitad de la humanidad no parece ser suficiente para invalidar la generalidad de una teoría. Mondidore, por ejemplo, después de escribir un libro para demostrar el origen biológico de la homosexualidad, y llenar páginas y páginas de hormonas, genes, hipotálamos, cromosomas… tiene que pararse por un momento ante la realidad de que las lesbianas no parecen ajustarse en nada a sus teorías, problema que despacha con la siguiente frase: “La orientación sexual en las mujeres parece seguir un programa menos rígido que en los hombres y conformarse más a las experiencias de relación”[7]. ¿Por qué? ¿Qué programa es ese? ¿Y que consecuencias tiene entonces para las mujeres?. No parece que le importe. 

Curiosamente, el empeño de los gays por naturalizar la homosexualidad masculina por una parte, junto al empeño de las feministas lesbianas por mantener una explicación social para el lesbianismo, así como los restos de las antiguas explicaciones que desde el XIX se utilizaron para despolitizar el lesbianismo y patologizar la desviación femenina, ha determinado que en la actualidad las causas fisiológicas se reserven cada vez más a explicar la etiología de la homosexualidad masculina, mientras que para el lesbianismo siguen usándose explicaciones de tipo psicologicista. Esta situación es ciertamente paradójica porque es en sí misma una contradicción con uno de los pilares de la construcción de las diferencias de género: el que a lo largo de la historia ha sostenido como una verdad indiscutible que las mujeres son más dependientes de la biología que los hombres. Suponemos que esta nueva perspectiva de la cuestión no es más que una consecuencia no deseada de tratar de naturalizar de manera obsesiva la orientación sexual en los hombres. Pero lo cierto es que, desde el siglo XIX las causas de la homosexualidad femenina no se buscan tanto en la biología como en el psicoanálisis. De hecho el psicoanálisis es casi una teoría acerca de la homosexualidad femenina, mientras que siempre encontró problemas para teorizar acerca de la masculina. Hay que recordar que el psicoanálisis no se ocupó de la homosexualidad femenina porque estuviera muy interesado en ella, sino que su función era la de convertirse en el marco interpretativo e ideológico que viniera a ocuparse de la urgente tarea de poner a las mujeres disidentes en su lugar, en el lugar que les correspondía y del que a principios del XIX parecían querer escapar. Así es perfectamente lógico y consecuente que en la historia del psicoanálisis “la homosexualidad de la mujer se teorice casi exclusivamente en términos de lo que es “pre”: lo preedípico, lo presimbólico, la pre-ley, lo prematuro e incluso lo presexual. El psicoanálisis en general, pero la teoría de la homosexualidad femenina en particular, posiciona a sus sujetos como sujetos fundamentales, elementales, primitivos, y en definitiva, como sujetos anteriores a las operaciones normativas y heterosexualizantes del complejo de Edipo, esa coordenada legal y legalizante”[8] que instaura la civilización.  Si bien en su origen el psicoanálisis buscaba explicar la homosexualidad tanto en hombres como en mujeres, la homosexualidad femenina se convirtió pronto en el objeto fundamental de estudio de esta disciplina. El estudio de la inversión en mujeres es primordial en Freud, pero absoluto en Lacan de quien Diana Fuss, parafraseando la observación de Catherine Climent (1983) que afirma que “al principio a Lacan únicamente le interesaban las mujeres”, dice: “al principio a Lacan únicamente le interesaban las mujeres homosexuales”. En todo caso, desde Freud hasta Julia Kristeva, la fase preedípica ha venido definiendo la organización psíquica fundamental del sujeto homosexual femenino que, según parece, nunca pudo acceder del todo a su posición como sujeto y permanece, por tanto, en ese espacio ambiguo de lo precultural. El espacio en el que nos habían colocado de todas formas mucho antes de que existiese el psicoanálisis.

            Aunque reseñado hasta la saciedad por las feministas, a los psicoanalistas no parece haberles hecho mella la llamada de atención acerca de que ni las teorías biologicistas ni las psicológicas tienen en cuenta el rol que el patriarcado, las condiciones sociales y materiales juegan en este tablero y que convierte a los hombres, sean o no gays, en los beneficiarios de la institución heterosexual, y a las mujeres en sus víctimas. Para afirmar por ejemplo, como suelen hacer todos los investigadores, que la incidencia de la homosexualidad es mucho mayor entre los hombres que entre las mujeres (sin que este hecho suscite, por otra parte, la necesidad de buscar ninguna explicación) suelen basarse en el informe Kinsey (1953) del que extraen la concusión de que la cifra de lesbianas sería  del 6%, frente al 10% de gays. Durante mucho tiempo las lesbianas feministas han acusado a Kinsey de ser ciegamente androcéntrico al no considerar los factores sociales que impedían a las mujeres de los años 50 imaginar siquiera el lesbianismo, lo que dificultaría sin duda que pudieran declararse como tal ni siquiera de manera confidencial; también se ha acusado a Kinsey durante mucho tiempo de no cruzar los datos de lesbianismo con los de de insatisfacción sexual de las mujeres que mantenían prácticas sexuales heterosexuales y que son muy altos. Sin embargo, el enfado de las feministas contra Kinsey es injustificado puesto que él fue en realidad uno de los pocos investigadores de la sexualidad que sí se planteó la cuestión de la heterosexualidad como institución muy poco satisfactoria para las mujeres.  Fueron los seguidores del científico americano los que, en plena época de puritanismo sexual, se encargaron de hacer el “borrado”. Respecto a los mayores índices de heterosexualidad en las mujeres en comparación con los hombres, Kinsey dice lo siguiente: “Quizá la incidencia de mayor heterosexualidad en las mujeres refleje simplemente una historia de acomodación a los hombres en un determinado contexto social o de conformismo con determinadas expectivas sociales”[9], nada de misteriosos flujos interiores, nada de biología. Y en cuanto a las altas cifras de insatisfacción sexual en las mujeres heterosexuales, Kinsey quizá no llegó a cruzar los datos, pero afirmó claramente que las lesbianas eran las mujeres más satisfechas sexualmente y que las mujeres que habían practicado sexo lésbico alguna vez eran mucho más capaces de disfrutar de su sexualidad y de su cuerpo. Además, Kinsey demostró que un alto porcentaje de mujeres habían tenido experiencias sexuales lésbicas (un 28% de las entrevistadas en los años 50)  y aseguró que la frecuencia de deseos homoeróticos entre las mujeres, así como la frecuencia con la que se deba el sexo lésbico, impedía decir que la lesbiana fuera un tipo especial de mujer. Para Kinsey no hay lesbianas, sino experiencias sexuales lésbicas de las que cualquier mujer puede disfrutar. También dice lo mismo de los hombres y de la homosexualidad masculina. La diferencia es que los índices de insatisfacción sexual entre las mujeres que practican el sexo heterosexual son muy altos, tan altos que combinadas con las también muy altas cifras de satisfacción sexual en las lesbianas, podrían permitir afirmar que para disfrutar del sexo, hacerse lesbiana es casi una garantía[10].

Nada de esto es citado por los seguidores de Kinsey o por investigadores posteriores, que se aferran a la cifra del 6% de lesbianas. Tampoco recogen los seguidores de Kinsey que en su informe muchas más mujeres que hombres se colocan hacia la mitad de su escala e informan de oscilaciones importantes a lo largo de su vida que van incluso de un extremo de la escala al otro (de la heterosexualidad exclusiva a la homosexualidad exclusiva). A pesar de que las conclusiones realmente revolucionarias del informe Kinsey nunca han sido tomadas en cuenta, y mucho menos incorporadas a la sabiduría o a la ciencia sexual, queda claro que, al menos en las mujeres, el deseo es fluido y que incluso “en algunas personas es tan variable como el tiempo”[11]. Aunque tergiversado y nunca asumido del todo, el informe Kinsey continúa siendo la fuente más citada para dar cifras de lesbianismo, y eso es así porque la cifra del 6% es más asumible que las mucho más altas que salen en otros estudios, como el Informe Hite. El Informe Hite, publicado en 1976[12] hubiera debido convertirse en la fuente principal sobre sexualidad femenina ya que está dedicado a ésta en exclusiva. Hite afirma que, aun siendo cierto que la cifra de prácticas lésbicas es baja en relación al porcentaje de hombres que tienen prácticas homosexuales, sin embargo, al contrario que aquellos, la mayoría de las mujeres sienten curiosidad por las relaciones lésbicas y son muy pocas las que manifiestan sentimientos de asco o repugnancia ante este tipo de sexualidad, mientras que en este aspecto las cifras se invierten en relación a los hombres; es decir, que mientras que hay menos mujeres que hombres que tienen experiencias homosexuales, son muchas más en cambio las que manifiestan curiosidad o cierta apetencia por estas prácticas, así como muchas menos las que manifiestan repugnancia. Miremos hacia donde miremos, la mayoría de los estudios, conocidos o no conocidos, dan cuenta también de la enorme cantidad de mujeres que experimentan deseos lésbicos, número que es inversamente proporcional al de aquellas mujeres que gozan de la suficiente autonomía, personal y social, como para llevar estos deseos a la práctica. Por ejemplo y por citar un estudio poco conocido, el español Ramón Serrano Vicens en 1961 [13] estudia a 1471 mujeres de las cuales seis de cada diez admite haber tenido alguna vez deseo de mantener relaciones sexuales con alguna amiga o conocida, aunque sólo tres de cada diez tuvo oportunidad de hacerlo. Lo que es interesante de este estudio –y en esto coincide con otros muchos- es que se les pregunta a las mujeres entrevistadas qué buscan de las relaciones homosexuales, pregunta que se formula pocas veces teniendo en cuenta que al parecer nadie duda de que lo que se busca en el sexo es placer o, como dice Oscar Guash, orgasmos, y que esto se hace siguiendo un incontrolable y atávico instinto. Pues bien, cuando esta pregunta se le formula a las mujeres, y así lo recoge el estudio de Serrano Vicens, ellas afirman que lo que buscan en el sexo con otras mujeres son caricias, palabras y actitudes que no les pueden ofrecer los hombres. Es decir, que las mujeres son capaces de encontrar explicaciones racionales a su deseo, no lo achacan a una orientación de nacimiento y buscan mucho más que orgasmos: buscan, entre otras cosas, palabras.

Y mientras los expertos hablan de “factores desconocidos” y el modelo de explicación sexológica se impone, lo cierto es que se sabe que cualquier mujer puede ser lesbiana, aunque no se lleve ese conocimiento hasta sus últimas consecuencias[14]. Por ejemplo, ¿son lesbianas las mujeres que tienen sexo con mujeres en las películas porno? ¿Y las mujeres que practican el sexo lésbico a petición de sus maridos?  ¿Son lesbianas las mujeres que en la publicidad se acarician, se besan, se buscan, dejando entrever que hay algo más, algo morbosamente excitante, detrás de esas caricias? En la vida real no son pocos los maridos o compañeros a los que les gustaría que sus mujeres participen en dúos lésbicos –y muchos lo consiguen-;  De hecho esta es una de las fantasías masculinas heterosexuales más recurrentes. ¿Qué papel juega la mujer en esta fantasía? Ser objeto, suponemos, y nunca sujeto; ser objeto sin capacidad de disfrute autónomo pues caso de que así fuera podría darse la circunstancia de que el marido instigador de la fantasía terminara descubriendo que su mujer disfruta mucho más con la relación lésbica que con la que mantiene con él. Esa fantasía sólo puede mantenerse en tanto exista también la fantasía –o la realidad-  de mantener a las mujeres como objetos y no sujetos. ¿Por qué, por el contrario, no es imaginable que un hombre tenga sexo gay sólo para dar satisfacción a su mujer, cuando se tiene constancia también de que presenciar escenas de sexo gay resulta excitante para la mayoría de las mujeres? Esto no es imaginable por varias razones; por una parte no es posible cosificar a los hombres ni siquiera en la imaginación, desde luego no en el imaginario colectivo; por otra cada actuación de la sexualidad masculina es un ejercicio de reafirmación de la identidad masculina, lo que no ocurre con la sexualidad femenina, siempre vicaria. 

Ciertamente, la heterosexualidad está más rígidamente ligada a la masculinidad que a la identidad femenina, pues aquella se construye en negativo: “No soy un marica, no soy una mujer”, mientras que no hay una construcción ideológica rígida de la feminidad; no es necesaria, el único requisito de la feminidad es que ésta este supeditada en cada momento histórico a los deseos masculinos. Esa es su única condición. La sexualidad de las mujeres no tiene tanto que ver con su identidad como con su rol social.  Como afirma el teórico gay John Stoltenberg la sexualidad de los varones está estrechamente vinculada a sentirse “como un hombre de verdad”. Sentirse como un hombre de verdad es ser activo, follar a una mujer, mientras que por el contrario, sentirse una mujer de verdad no te convierte en sujeto, sino más bien en objeto; aquella es una frase que a los hombres les gustaría que pronunciasen las mujeres cuando ellos las follan. De ahí que dicha frase  se pueda proferir como amenaza: voy a hacer que te sientas una mujer de verdad, es decir, voy a violarte, a follarte, a enseñarte lo que es ser dominada, mientras que voy a hacer que te sientas un hombre de verdad implica voy a ofrecerme a ti para que me folles.

El modelo sexológico, el de la orientación sexual, es en sí un modelo rígido y conservador que los propios gays deberían rechazar porque sanciona la heterosexualidad obligatoria en lugar de cuestionarla, pero lo cierto es que el movimiento gay no ha demostrado ninguna resistencia al mismo, como hemos hecho las lesbianas feministas. Al asimilar el discurso lésbico al gay, y al convertir la orientación sexual en una esencia inmutable que afecta a unas determinadas personas, la consecuencia inevitable en lo que se refiere a las lesbianas es que se impide identificar a éstas como mujeres, ya que no son sino un grupo especial de personas, inofensivas además,  puesto que son y serán muy pocas; es inútil hacer proselitismo, o se es o no se es. Y es así como el lesbianismo pierde el componente de resistencia y de desestabilización que ha tenido a lo largo de la historia.  Lo cierto es que los activistas y teóricos gays suelen fijarse más en las ventajas  que el modelo sexológico proporciona, entre ellas la de favorecer el desarrollo de  un movimiento a favor de los derechos de los gays [15] que en las desventajas, quizá porque las desventajas afectan en mucho mayor medida a las lesbianas que a los gays.  Al fin y al cabo, la condición de minoría sexual no es tan mala para los gays a comienzos del siglo XXI cuando han conseguido alejar de ellos el fantasma de la feminización, el mariquita oprimido, y ahora el gay es más macho que nadie. La categorización del lesbianismo como una orientación sexual que queda fuera de la voluntad de las personas (lo que no ha sido nunca), se constituye así como un mecanismo de control para reducir su posible impacto como arma política. A cambio de reconocer la existencia de una minoría de lesbianas, a las que se reconocen ciertos derechos, se reduce el impacto del  feminismo, de la solidaridad y el amor entre mujeres y de la posibilidad de que las mujeres decidan dejar de lado la heterosexualidad, así como minimiza o invisibiliza la existencia de las mujeres en el pasado que lucharon contra la heterosexualidad como institución. La ideología liberal “saca” la acción amenazante, en este caso el rechazo activo de la sexualidad heterosexual, del campo de la política en donde las feministas lo habían colocado y la mete en el campo de lo privado, liberando así a la heterosexualidad obligatoria de cualquier responsabilidad en el problema de la desigual situación de las mujeres. Sin duda, la aceptación casi sin oposición del modelo sexológico tiene que ver con la institucionalización de la ideología liberal en las democracias occidentales, con el triunfo de un discurso que se aleja de cualquier posibilidad de crítica a la inequidad básica de las relaciones entre hombres y mujeres[16]. La ideología liberal y sus discursos, entre ellos el de las diferentes orientaciones sexuales, aparece como una verdad indiscutible que no nos permite ser conscientes de los mecanismos de opresión que sustentan esta realidad, aparentemente liberadora[17]. Es el reaganismo en su máxima expresión, donde el individuo es el único responsable de sí mismo y donde las condiciones sociales no desaparecen. El contexto de explotación, opresión y discriminación de las mujeres dentro de la institución de la heterosexualidad desaparece del análisis para convertirse en una tendencia privada y, por tanto, inocua. A cambio de la despolitización, se gana en respetabilidad y en derechos individuales. Se consolida el derecho inalienable a ser así. Este es un discurso que, sin duda, es liberador para algunos ya que ahora todos los comportamientos privados pasan a ser aceptables, todos tienen su espacio, y asistimos así a un despliegue de comportamientos sexuales que dejan de ser perversiones para pasar a ser perfectamente respetables, con sus clubes, sus asociados, sus practicantes públicos y privados etc.

Las antiguas anormalidades sexuales han saltado hechas pedazos y hay una nueva normalidad sexual: no importa qué tipo de sexo se practique siempre que se practique, ya que ahora la única anormalidad es no manifestar suficiente interés por el sexo.  No se trata de borrar el lesbianismo, sino de hacerlo políticamente inocuo. Kitzinguer[18] sostiene que el antiguo método por el que se patologizaban las relaciones lésbicas operaba de la manera contraria a como opera ahora la ideología liberal. Entonces se trataba de personalizar la política, mientras que ahora se trata de despolitizar la subjetividad. La psicología moderna construye  las subjetividades poniendo el énfasis en “lo personal” como opuesto a lo político. El individuo es absolutamente responsable de sí mismo y si algo falla o es disfuncional siempre puede acudir al psicólogo para que le ayude; así podrá dejar de fumar, de drogarse, aprenderá a ser asertivo, podrá abandonar la timidez, dejar de comer, buscar pareja, superar inhibiciones sexuales, conseguir el orgasmo, superar la impotencia…el psicólogo se encargará de borrar todo rastro de explicación política a cualquier subjetividad disfuncional. Si el 60% de las mujeres tienen dificultades para tener un orgasmo en sus relaciones heterosexuales, mientras que prácticamente todas lo consiguen cuando tienen relaciones homosexuales, a nadie se le ocurrirá decir que la culpa es de la heterosexualidad. Se buscarán pastillas, terapias, fórmulas mágicas que consigan el milagro, pero lo cierto es que el número de mujeres que no tiene un orgasmo en sus relaciones heterosexuales sigue siendo altísimo varias décadas después de la revolución sexual que venía a reivindicar el placer sexual en las mujeres.

2. Pero… ¿Es posible elegir?

Todo lo dicho hasta este momento no es más que una línea de argumentación clásica del feminismo lesbiano. Ante la misma, las feministas heterosexuales suelen argumentar que, aun compartiendo que la sexualidad es una construcción social y que la heterosexualidad obligatoria es una herramienta del patriarcado para poner a las mujeres en una posición subordinada respecto a los hombres, de ahí no puede deducirse que el  deseo pueda modificarse a voluntad. Quizá sea difícil de entender para los hombres, cuyo deseo está, como hemos visto, rígidamente anclado a su subjetividad, pero no tiene que serlo tanto para las mujeres para quienes el deseo es un componente fluido de su personalidad.

Carla Golden, que ha estudiado la formación de la identidad lésbica afirma: “La cuestión de la identidad sexual y cómo se forma no está definida ni entendida. Las presunciones y asunciones habituales no hacen justicia a la complejidad del proceso”[19]. Lo cierto es que asumimos de manera simplista que las personas experimentan atracción sexual por uno u otro sexo como algo personal e intransferible que no tiene que ver con nada. Existe una evidente presión social para que deseo, actividad sexual e identidad sean congruentes e inmodificables. En la concepción tradicional de la homosexualidad el deseo condiciona la llamada orientación sexual, pero sin embargo, esa es una concepción ajena a la experiencia de muchas mujeres. Muchas mujeres, aun ahora, se definen como lesbianas sólo después de comprometerse con grupos feministas o con otras mujeres y eso aunque no hubieran pensado antes en sí mismas como lesbianas, aunque no hubieran tenido nunca relaciones sexuales con otras mujeres, e incluso aunque no hubieran sentido antes deseo sexual por las mujeres sino, por los hombres. Muchas de estas mujeres terminan viendo como después de establecer un nexo relacional fuerte con otras mujeres, su deseo parece cambiar de objeto. Para muchas mujeres “lesbiana” se convierte en un momento concreto de sus vidas en una subjetividad con la que se sienten más cómodas. Para muchas, la convivencia con otras mujeres, el compromiso, el darse la posibilidad de aprender, de trabajar, de vivir o de gozar con otras mujeres, puede ampliar su autoconciencia; puede ampliar también sus posibilidades vitales, incluyendo el descubrimiento de una amplia variedad de opciones y de posibilidades sexuales para ellas. 

Esto lo sabemos las mujeres, pero los hombres se resisten a recogerlo en sus estudios o trabajos. En un reciente trabajo de campo realizado sobre 40 lesbianas, Markowe recoge como muchas de ellas vivían su lesbianismo como una opción[20]. Mientras que algunas mujeres de este estudio, un poco más de la mitad, sentían que no habían podido elegir y se decantaban por el “soy así, nací así”, otras sentían que pudieron elegir y que lo hicieron. En encuestas o trabajos similares el porcentaje de gays que declaran haber hecho una elección es prácticamente nulo. A pesar de que son muchas las lesbianas que en multitud de estudios se decantan por definirse como lesbianas por elección, dicha posibilidad es borrada de las conclusiones, o no es tomada nunca en cuenta a la hora de hacer una teoría general sobre la homosexualidad (salvo en el caso de que la autora del estudio sea una feminista lesbiana), quizá porque eso obligaría a replantear la teoría general que se da como válida hasta ahora (teoría general que abarca sólo la homosexualidad masculina) y no parece que estemos cerca del momento histórico en el que puedan hacerse teorías generales a partir de modelos explicativos que se refieren a las mujeres. Son muchas las lesbianas que afirman haber escogido serlo o bien por razones políticas o, si bien no conciencian esa elección, dicen haber llegado a la conclusión de que como lesbianas son más felices, ya que encuentran que las relaciones entre mujeres están dotadas de cualidades que no encuentran en los hombres. Algunas sienten que se pueden relacionar sexual y afectivamente con hombres y con mujeres, muchas saben que antes de ser lesbianas han sido heterosexuales. Muchas otras sienten que elegir una vida lesbiana es elegir una vida que se aleje de la que han llevado sus madres y por último muchas otras sienten que su atracción por las mujeres es exclusivamente sexual y que siempre ha estado ahí.

         Aun cuando se hagan intentos conscientes por despolitizar el lesbianismo y por sexualizarlo a la manera masculina, es decir, por despojarlo de la vinculación emocional y por potenciar los otros factores (y nunca hemos sido las feministas las que hemos negado la importancia del sexo, del orgasmo para ser más precisas), lo cierto es que los estudios que se hacen sobre lesbianas siguen mostrando que el patrón de desarrollo y aceptación de la homosexualidad es diferente en hombres y mujeres y que no es posible que ambos procesos sean considerados equivalentes. Los hombres homosexuales sienten deseo sexual por otros hombres y a partir de ahí buscan a otros hombres para satisfacerlo. Las mujeres se implican emocionalmente en una relación y, a partir de ahí, aunque nunca hubieran sentido deseo sexual homosexual, pueden llegar a sentirlo y a desarrollar una identidad lésbica. Sin embargo, la autoconciencia y la conciencia colectiva de que se puede desarrollar deseo sexual homosexual y una identidad lésbica a partir de la voluntad de vincularse con mujeres y no con hombres, comienza a perderse. Como el discurso mayoritario y omnipresente, el que hace inteligible el deseo, es el de la orientación sexual fija e inmutable  la mayoría de las mujeres sienten que su deseo sexual es algo que escapa sus deseos. No obstante, en todos los grupos de lesbianas puede hacerse, todavía hoy,  una distinción entre aquellas que creen que ser lesbiana es algo que escapa a sus deseos y su control y aquellas otras que piensan que ha sido una elección consciente[21].

               En los años 60 y 70 eran más las que se inclinaban por la segunda opción, pero en la actualidad, en la medida en que el feminismo ya no ocupa un sitio importante en la vida de las jóvenes, es más difícil encontrar a jóvenes que definan su lesbianismo como una opción. No es difícil, sin embargo, encontrar mujeres que se definieron como feministas en su juventud y que ahora tienen 45 o 50 años o más, que afirmen haber escogido el lesbianismo como forma de vida. Por el contrario, aquellas que dicen que han sido siempre lesbianas manifiestan que desde niñas se sentían diferentes a las demás niñas. Estas mujeres no sienten que hayan elegido ser lesbianas. Por el contrario dicen haber nacido lesbianas y normalmente no entienden a aquellas otras que manifiestan haber hecho una elección. Carla Golden llama a estas lesbianas “primarias”. Las otras, serían aquellas para quienes su identidad lesbiana es una elección o una elaboración posterior. La diferencia fundamental entre uno y otro grupo es la cuestión de si perciben su lesbianismo como una experiencia inmodificable o si bien lo perciben como fluido y dinámico. Por su parte, los gays no entienden estas diferencias por lo que la presencia de este tipo de lesbianas en las asociaciones mixtas suele ser minimizada, o sus voces suelen ser acalladas. Los gays incluso suelen recibir ese discurso con suspicacia por creerlo negativo para la reivindicación de derechos, por lo que las lesbianas por elección además de invisibilizadas por la investigación suelen terminar ocultando su historia a no ser en ambientes claramente favorables, como los grupos de feministas lesbianas.

La identidad sexual, por tanto, no tiene por qué estar definida por el comportamiento sexual, ni siempre hay congruencia entre deseos, práctica e identidad y aunque hay muchas mujeres a las que no les preocupa esta aparente disconformidad, lo ciento es que existe una enorme presión para hacer que deseo, identidad, práctica e identidad sean coincidentes. Puesto que la orientación sexual parece más rígida entre los gays, la posibilidad de que esa rigidez no se de entre las mujeres no es estudiada ni abordada sino como una curiosidad particular que no alcanza la categoría de general. Además, al sistema patriarcal tampoco le interesa indagar ni promocionar la posibilidad de que la identidad lésbica sea una manera (factible) de escapar o de rechazar la heterosexualidad[22]. La gama de sentimientos y experiencias gays se aplican a las lesbianas, con lo que la presión para considerar que la verdadera experiencia homosexual es la masculina es constante y muy fuerte.

Los sexólogos y psicólogos, los “expertos” que en el pasado se empeñaron en curar la homosexualidad, dedican hoy sus esfuerzos a conseguir que la gente se defina y que se sitúe en un lado o en otro de la línea. Si una mujer no se define, o no acepta que su deseo sea fijo e inmutable, si alguna manifiesta su deseo de elegir ser lesbiana, lo más probable es que algún terapeuta trate de arreglar esa confusión. El hecho de que muchas mujeres no sientan deseo sexual lésbico hasta el momento en que se enamoran de otra mujer, hace decir a los autores varones que se trata de una estrategia autojustificativa, mientras que la mayoría de las mujeres lo percibe más bien como algo que las separa de manera fundamental del mundo gay[23] .  La manera en la que las activistas lesbianas que militamos en asociaciones mixtas hemos aceptado unificar las homosexualidades masculina y femenina es una más de nuestras renuncias.  

Pero finalmente, todo esto no hace más que explicar la situación, pero no aclara la pregunta fundamental ¿Puede de verdad elegirse la orientación del deseo? Decir que algunas lo hacen no aclara del todo la cuestión, porque parece que hay una mayoría que no pueden hacerlo. Además, si admitimos que es posible experimentar la orientación sexual como una elección, esto debería ser así tanto en las mujeres como en los hombres, y sin embargo parece que los hombres experimentan su orientación sexual como fija e inmutable. Hay dos razones fundamentales por las que la sexualidad de las mujeres se experimenta como más fluida que la de los hombres: la construcción social de la maternidad (la división sexual del trabajo dentro de la familia) y la construcción social de la masculinidad y de la feminidad.

Las teorías de las relaciones de objeto explican claramente por qué las mujeres tienen unos límites sexuales y emocionales más flexibles que los hombres. Haciendo un esfuerzo para simplificar teorías psicológicas muy complejas que excederían del ámbito de este trabajo podríamos decir que es en la construcción social de la maternidad, en la elección del primer objeto de amor, que es casi siempre una mujer para niños y niñas, unido a la brutal represión que en los niños se hace de cualquier comportamiento o sentimiento de naturaleza homosexual, lo que no sucede en las niñas, -para quienes sí se permite una sexualidad dinámica siempre que acabe por fijarse socialmente como heterosexual- lo que permite esa cierta fluidez del deseo femenino. Son muchos los psicólogos, especialmente psicólogas, los que piensan que dado el background familiar, es la heterosexualidad de las adolescentes la que necesita una explicación y ya hay trabajos enfocados a estudiar el desarrollo de los jóvenes que muestran los procesos sociales, psicológicos y culturales a través de los cuales se dirige a las jóvenes hacia la heterosexualidad [24].

A pesar de que Dorothy Dinnerstein[25]explicó claramente en los años 70 de qué manera el ejercicio de la maternidad tal como se construye en esta cultura tiene por fuerza que dejar latente en las mujeres una homosexualidad potencial y a pesar de que lo mismo hizo de manera incontrovertible Nancy Chodorow[26]  (aunque ésta no se atreviera a llegar hasta el final en su propuesta), la mayoría de los científicos e investigadores posteriores no tienen en cuenta esta circunstancia. Ya Groddeck en 1923 consideraba que, desde una perspectiva psicoanalítica, lo normal es que las niñas sean lesbianas y que se conviertan en heterosexuales sólo después de múltiples presiones en ese sentido al llegar a la pubertad, presiones que buscan hacerlas cambiar de objeto amoroso y desviarlo hacia los hombres. También en 1964 Mc Dougall[27] realiza uno de los primeros estudios sobre mujeres lesbianas para afirmar que el lesbianismo es un componente normal de la vida de todas las mujeres, aunque advierte que éstas deben aprender a integrarse en la vida heterosexual. En 1971, la doctora Charlotte Wolf publica “amor entre mujeres”, un estudio con 108 testimonios de lesbianas[28]. Para Wolf, la esencia del lesbianismo es el incesto emocional con la madre, mientras que la imagen paterna lo que hace es reforzar o atenuar esa tendencia según sea la imagen negativa o positiva.

Ha sido quizá Nancy Chodorow con su libro Ejercicio de la maternidad quien ha ejercido una influencia que ha ido más allá de lo que ella pretendía. Su libro proporcionará una de las claves fundamentales a las lesbianas feministas y permitirá que otras teóricas desarrollen lo que, esbozado por otros antes, ella no se atrevió a llevar hasta sus últimas consecuencias. Su estudio pretende explicar no la causa de la homosexualidad femenina, sino la razón de que sean las mujeres las que desempeñan las funciones maternales en todas las culturas, y por qué encuentran esto natural. Tratando de desenmascarar la trama que se oculta detrás de cualquier explicación naturalista, Chodorow emprende una indagación psicoanalítica y sociológica para explicar el llamado “instinto maternal”. Según Chodorow, casi todo lo que somos proviene de la primera relación de los bebés con otro ser humano que es, con casi toda seguridad, una mujer. Y según Chodorow esto no es, no puede ser, indiferente. Curiosamente, el mismo Freud, contradiciendo su propia teoría acerca de la génesis de la homosexualidad, recomendaba para garantizar la heterosexualidad que los niños fueran criados por mujeres y las niñas por hombres. Chodorow recoge que la teoría psicoanalítica reconoce, explicita o implícitamente, que las niñas nunca cambian absolutamente de objeto. Las niñas llegan a la pubertad en un estadio de indefinición sexual o bisexualidad, y es a partir de ahí cuando tienen que resolver el conflicto. Nosotras diríamos que es a partir de ahí cuando las presiones que conducirán a la chica hacia la heterosexualidad se multiplican. En todo caso, lo cierto es que se sabe que la preferencia heterosexual aparece relativamente tarde en el desarrollo de la chica pubescente y que la preferencia homosexual aparece más tarde aún, mucho más tarde por lo general que en los gays. Chodorow afirma que las niñas comienzan a recibir presiones para que se feminicen, lo que significa que se heterosexualicen, pero el relato clínico deja muy claro que no hay nada inevitable que conduzca a las niñas hacia ese destino heterosexual, y que éstas no abandonan el apego a sus madres, ni se comprometen nunca definitiva y absolutamente con el amor heterosexual en tanto que componente emocional, y esto ocurre así se comprometan o no en elecciones objetales de tipo genital. No se trata pues de interpretaciones psicoanalíticas muy complejas. Se trata, simplemente, del hecho cierto de que los bebés tocan, maman, chupan, besan y son besados, acariciados, cuidados más por las madres, o por mujeres, que por los padres, por hombres. Lo que hay que explicar por tanto es por qué después las niñas se comprometen con la heterosexualidad y cómo se produce este proceso. .

Además del anterior hay otros factores, ligados al género, que influyen en la construcción del deseo. Los hombres son socializados para conceder mucha importancia a los factores de género y/o biológicos a la hora de escoger a sus compañeras sexuales. Por eso ellos se fijan en que su compañera sea atractiva, joven y femenina, mientras que las mujeres son socializadas aprendiendo a dar más importancia a la relación y menos a los factores biológicos o de género, lo que hace que puedan encontrar atractivos como compañeros sexuales a hombres mayores o poco atractivos si este escaso atractivo es compensado por factores de calidad en la relación (calidad subjetiva: bienestar, o calidad cuantificable: acceso a determinado estatus o a determinados bienes). Es una diferente socialización que propicia que para las mujeres sea más importante la calidad de la relación que los factores propiamente de género. Así, muchas mujeres encontraran que dicha calidad en la relación sólo se la puede proporcionar otras mujeres. De hecho, es un lugar común que las mujeres se muestran descontentas de la calidad de sus relaciones con los hombres;  la queja hacia esta situación es ya un clásico en las relaciones heterosexuales. Asimismo, a los chicos se les ponen barreras infranqueables en su relación con otros hombres, y la propia construcción de su identidad masculina se construye sobre la base de la negación de posibles lazos homoeróticos, cosa que no ocurre con las chicas, cuya identidad deja muchos flecos sueltos al homoerotismo y a los lazos entre mujeres.

Todas estas explicaciones no son siempre aceptadas por la teoría feminista o por la generalidad de las lesbianas. De Lauretis, por ejemplo, señala que la teoría feminista tiene mucho cuidado en no calificar esto como lesbianismo. Aunque ella misma no pone en duda esta relación preedípica con la madre, se encarga de hacer notar que  se trataría en última instancia de una relación de tipo psicoanalítico y desexualizada, deserotizada y metafórica[29]. De Lauretis se queja de que en la teoría feminista lesbiana no hay diferencia entre decir que las mujeres pueden acostarse con mujeres y que, efectivamente, se acuestan con mujeres. Para De Lauretis este es el problema. Según ella “esa metáfora homosexual-maternal proyecta en la sexualidad femenina ciertos rasgos de una idealizada socialización (no jerárquica, una ética de la compasión, una hermandad entre las mujeres) que atrae a lesbianas feministas, así como a feministas heterosexuales”. Para ella esta metáfora crea un tipo particular de lesbianismo, una configuración diferente del deseo, que es sexual, pero que también es sociosimbólico y que borra la especificidad sexual del deseo lesbiano y sus efectos en el cuerpo, en la subjetividad. Esta es la razón, según De Lauretis, por la que algunas lesbianas aborrecen esta explicación y quieran desmarcarse del deseo “maternal”, menos sexual; la razón también de que muchas de estas lesbianas hayan recibido la teoría queer con alegría, como aquella teoría que ofrece una alternativa más sensualizada al deseo lésbico.

Esto que algunas representantes de la teoría queer ven como un problema es, sin embargo, para las lesbianas feministas la solución. Para empezar, es evidente que el deseo, todo deseo, se construye de alguna manera. Nadie sostiene que la matrisexualidad sea la única influencia en la construcción del deseo lesbiano. La explicación de una de las muchas influencias en la construcción del deseo en las mujeres no lo hace menos sexual. Las lesbianas feministas sí distinguimos entre aquellas mujeres que se acuestan con mujeres, que son las lesbianas, y todas aquellas que podrían acostarse con mujeres y escapar así de una institución opresiva para ellas.  Al tener la conciencia de que esta posibilidad es factible, las feministas lesbianas somos partidarias de explicar y hacer apología de esta posibilidad. Lo que queremos es que todas las que pueden acostarse con mujeres, se acuesten efectivamente con mujeres, que gocen sexualmente con mujeres. El deseo sexual de las mujeres puede orientarse hacia una posibilidad que serviría para liberar a las mujeres de la institución opresiva de la heterosexualidad; esa posibilidad liberadora no lo hará menos sexual; que el deseo sexual de las mujeres pueda contener un potencial revolucionario y feminista, no lo hará menos sexual. De nuevo nos encontramos ante el aparente olvido de la verdadera situación de las mujeres en la sociedad, de su situación como clase sexual subordinada, y en muchos lugares auténticamente esclavizada. La práctica del lesbianismo serviría, pues de manera inmediata, para mejorar la calidad de vida de muchas mujeres y hacerlas más libres. 

 Conferencia pronunciada en las I Jornadas de políticas Lésbicas de la FELGTB

 

NOTAS

1 Marlene Faith, “Ressistence. Lessons from Foulcault and Feminism” en Power/ Gender. SocialRelations in Theory and Practice. H. Lorraine Radtke y Henderikus J. Stan. London: SAGE Publications 1994.

2 Rosemary Hennessy. Profit and Pleasure. Sexual Identities in Late Capitalism.  London/ New York: Routledge 2000

3 Leo Bersani. Homos Buenos Aires: Manantial 1995

4 Sarah B. Pomeroy. Dioses, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüedad Clásica. Madrid: Akal Universitaria 1987

5 Marilyn Frye  The Politics of reality: Essays in Feminist Theory. Freedom. California. The Crossing Press 1983.

6 Celia Kitzinger. The Social Construction of Lesbianism.  London:  SAGE Publications 1988

7 Francis M. Mondidore  Una historia natural de la homosexualidad. Barcelona. Paidós  1988. pag 209

8 Diana Fuss “Las mujeres caidas de Freud: Identificación, deseo y un caso de homosexualiad en una mujer” en Identidades transgresoras: una antología de estudios queer. Rafael Mérida Jiménez (de.) Barcelona: Icaria 2002.

9 Sexual Behavior in the Human Female: By the Staff of the Institute for Sex Research, Indiana University, Alfred C. Kinsey … Et Al. ; With a New Introduction by John Bancroft. Indiana University Press 1998 Final del formulario

 

10 También en P. Blumstein y P. Schwartz    American Couples. New York: Pockets Books 1985 o en el informe Hite (Shere Hite El informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina Madrid: Punto de lectura 2002) se refleja este dato. La heterosexualidad en ningún momento histórico parece ser capaz de proporcionar placer a las mujeres. Ni siquiera  en la actualidad a pesar de la propaganda (40% de anorgasmia según todos los estudios) No queremos afirmar que, de por sí, el sexo homosexual sea superior al heterosexual, sino que todos los condicionantes patriarcales que arrastra la heterosexualidad obligatoria no permiten que las mujeres se sitúen en una situación de igualdad frente a los hombres, tampoco en el terreno de la sexualidad. Final del formulario

 

11 DeCecco J.P “Definitions and Meanings of Sexual Orientation”.  1981

12 Shere Hite El informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina Madrid: Punto de lectura 2002

13  Por citar un informe alejado de las corrientes científicas al uso. Este informe lo reseña Fernando Olmeda en El latigo y la pluma: Homosexualidad en la España de Franco. Madrid : Oberón 2004  P.59

14 Para el tema de la variabilidad y fluidez del deseo sexual femenino en “Diversity and Variability in Women´s Sexual Identities”  Carla Golden en Lesbian Psychologies Urban University of Illinois Press. 1987.

15 Las ventajas de este modelo las desarrolla J. Weeks en El malestar de la sexualidad. Significados, mitos y sexualidades modernas. Madrid : Talasa 1993

16 La relación del patriarcado con el capitalismo lo desarrolla Rosemary Hennessy Profit and Pleausure. Sexual Identities in the late Capitalism.London/ New York  Routledge 2000

17 K.F Koerner “Introduction: Liberalism and the End of Ideology” en K.F Koerner Liberalism and its Critics 1985

18 Celia Kitzinger The Social Construction of Lesbianism London: Sage Publications 1987

19 Carla Golden “Diversity and Variability in Women Sexual Identities “en Lesbian Psychologies. Explorations and Challenges. University of Illinois Press. Casell 1996

20 Laura A. Markowe “Coming out as a lesbian” Lesbian and Gay Psychology: New Perspectives. Adrian Coyle y Celia Kitzinger (comps) Oxford: BPS Blakwell 2002.

21 Olga Viñuales en Identidades lésbicas, un estudio realizado en una asociación de lesbianas, menciona esta posibilidad entre lo que significa ser lesbiana hoy para las integrantes de este colectivo: “para algunas es un determinismo biológico, para otras, ser lesbiana a finales del siglo XX es una gozada, una perspectiva personal y psicológica de las relaciones que, como otras, brinda la posibilidad de ser feliz, y para otras, el lesbianismo es un posicionamiento político” (Pág. 49) Sin embargo, a pesar de que todas las autoras recogen estos posicionamientos, éstos nunca se recogen cuando se trata de teorías generales.

22  Germaine Greer La mujer completa. Barcelona: Ed Cairos, 2000

23 Olga Viñuales 1999

24 Christine Griffin “Girls Friendships and the Formation of Sexual Identities” Lesbian and Gay Psychology. Adrian Coyle y Celia Kitzinger (comps) Oxford: Blakwell Publishers 2003

25 Dorothy Dinnerstein. The Marmaid and the Minotaur: Sexual Arragements and Human Malaise. New York: Harper and Row 1976

26 Nancy Chodorow El ejercicio de la maternidad. Psicoanálisis y Sociología de la Maternidad y Paternidad en la crianza de los hijos. Barcelona: Gedisa 1984

27 Citado en  Rosanna Fiocheto La amante celeste. Ed. Horas y horas. Madrid 1993

28 Citado en La amante celeste 1993

29 Teresa de Lauretis  “Fem/Les Scramble” en Cross Puposes. Lesbians, Feminists and the Limits of Alliance » Dana Heller (ed). Indiana University Pess 1997

 

 


[1] Marlene Faith, “Ressistence. Lessons from Foulcault and Feminism” en Power/ Gender. SocialRelations in Theory and Practice. H. Lorraine Radtke y Henderikus J. Stan. London: SAGE Publications 1994.

[2] Rosemary Hennessy. Profit and Pleasure. Sexual Identities in Late Capitalism.  London/ New York: Routledge 2000

[3] Leo Bersani. Homos Buenos Aires: Manantial 1995

[4] Sarah B. Pomeroy. Dioses, rameras, esposas y esclavas. Mujeres en la antigüedad Clásica. Madrid: Akal Universitaria 1987

[5] Marilyn Frye  The Politics of reality: Essays in Feminist Theory. Freedom. California. The Crossing Press 1983.

[6] Celia Kitzinger. The Social Construction of Lesbianism.  London:  SAGE Publications 1988

[7] Francis M. Mondidore  Una historia natural de la homosexualidad. Barcelona. Paidós  1988. pag 209

[8] Diana Fuss “Las mujeres caidas de Freud: Identificación, deseo y un caso de homosexualiad en una mujer” en Identidades transgresoras: una antología de estudios queer. Rafael Mérida Jiménez (de.) Barcelona: Icaria 2002.

[9]Sexual Behavior in the Human Female: By the Staff of the Institute for Sex Research, Indiana University, Alfred C. Kinsey … Et Al. ; With a New Introduction by John Bancroft. Indiana University Press 1998Final del formulario

 

Final del formulario

 

[10] También en P. Blumstein y P. Schwartz    American Couples. New York: Pockets Books 1985 o en el informe Hite (Shere Hite El informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina Madrid: Punto de lectura 2002) se refleja este dato. La heterosexualidad en ningún momento histórico parece ser capaz de proporcionar placer a las mujeres. Ni siquiera  en la actualidad a pesar de la propaganda (40% de anorgasmia según todos los estudios) No queremos afirmar que, de por sí, el sexo homosexual sea superior al heterosexual, sino que todos los condicionantes patriarcales que arrastra la heterosexualidad obligatoria no permiten que las mujeres se sitúen en una situación de igualdad frente a los hombres, tampoco en el terreno de la sexualidad.

[11] DeCecco J.P “Definitions and Meanings of Sexual Orientation”.  1981

[12]Shere Hite El informe Hite. Estudio de la sexualidad femenina Madrid: Punto de lectura 2002

[13] Por citar un informe alejado de las corrientes científicas al uso. Este informe lo reseña Fernando Olmeda en El latigo y la pluma: Homosexualidad en la España de Franco. Madrid : Oberón 2004  P.59

[14] Para el tema de la variabilidad y fluidez del deseo sexual femenino en “Diversity and Variability in Women´s Sexual Identities”  Carla Golden en Lesbian Psychologies Urban University of Illinois Press. 1987.

[15] Las ventajas de este modelo las desarrolla J. Weeks en El malestar de la sexualidad. Significados, mitos y sexualidades modernas. Madrid : Talasa 1993

[16] La relación del patriarcado con el capitalismo lo desarrolla Rosemary Hennessy Profit and Pleausure. Sexual Identities in the late Capitalism.London/ New York  Routledge 2000

[17] K.F Koerner “Introduction: Liberalism and the End of Ideology” en K.F Koerner Liberalism and its Critics 1985

[18] Celia Kitzinger The Social Construction of Lesbianism London: Sage Publications 1987

[19] Carla Golden “Diversity and Variability in Women Sexual Identities “en Lesbian Psychologies. Explorations and Challenges. University of Illinois Press. Casell 1996

[20] Laura A. Markowe “Coming out as a lesbian” Lesbian and Gay Psychology: New Perspectives. Adrian Coyle y Celia Kitzinger (comps) Oxford: BPS Blakwell 2002.

[21] Olga Viñuales en Identidades lésbicas, un estudio realizado en una asociación de lesbianas, menciona esta posibilidad entre lo que significa ser lesbiana hoy para las integrantes de este colectivo: “para algunas es un determinismo biológico, para otras, ser lesbiana a finales del siglo XX es una gozada, una perspectiva personal y psicológica de las relaciones que, como otras, brinda la posibilidad de ser feliz, y para otras, el lesbianismo es un posicionamiento político” (Pag 49) Sin embargo, a pesar de que todas las autoras recogen estos posicionamientos, éstos nunca se recogen cuando se trata de teorías generales.

[22]  Germaine Greer La mujer completa. Barcelona: Ed Cairos, 2000

[23] Olga Viñuales 1999

[24] Christine Griffin “Girls Friendships and the Formation of Sexual Identities” Lesbian and Gay Psychology. Adrian Coyle y Celia Kitzinger (comps) Oxford: Blakwell Publishers 2003

[25] Dorothy Dinnerstein. The Marmaid and the Minotaur: Sexual Arragements and Human Malaise. New York: Harper and Row 1976

[26] Nancy Chodorow El ejercicio de la maternidad. Psicoanálisis y Sociología de la Maternidad y Paternidad en la crianza de los hijos. Barcelona: Gedisa 1984

[27] Citado en La amante celeste

 

 

4 comentarios

  1. El texto es muy largo y a lo mejor me he lo he perdido, pero creo que al final no contestas a la pregunta: “Pero… ¿Es posible elegir?” o por lo menos yo no he sido capaz de encontrar una inclinación afirmativa o negativa que vaya más allá del “algunas lo hacen”.

    Me queda la duda por tanto de que sea una generalización, es decir, que algunas lo hagan no implica, ni mucho menos, que todas las mujeres puedan hacerlo.

    Y si no se responde a esa pregunta de forma satisfactoria, eso invalida, en mi opinión, todo el texto. Es decir, si no establecemos claramente que SI que es posible elegir y que todas las mujeres son, de hecho, capaces de elegir (el texto ya establece que los hombres no pueden), entonces el lesbianismo es imposible que sea una opción. Solo podrá serlo si todas las mujeres pueden elegir, si existe realmente un condicionante no social por el que determinadas mujeres solo se sienten atraidas por hombres que afecte a un número significativo de mujeres, la “elección” se transforma en un opción válida para solo una parte de las mujeres y por lo tanto no es, en justicia, una opción.

    Por tanto, ¿se responde a esa pregunta en el texto? No he sabido encontrar una conclusión clara y no se si se deja al lector el análisis y decisión sobre el extremo.

    Un saludo y gracias por un artículo interesante (y detallado). Hay un montón de perspectivas aquí que nunca me había parado a considerar (como hombre, blanco y heterosexual que soy, con todos los privilegios…)

  2. […] A pesar de que muchas mujeres lesbianas (homosexuales) son conscientes de ello desde temprana edad y sienten que han nacido así, sin opción a elegir, otras muchas [mujeres hasta el momento heterosexuales] terminan viendo como después de establecer un nexo relacional fuerte con otras mujeres, su deseo [sexual] parece cambiar de objeto. (…) Para muchas, la convivencia con otras mujeres, el compromiso, el darse posibilidad de aprender, de trabajar, de vivir o de gozar con otras mujeres, puede ampliar su autoconciencia(…) A diferencia de la mayoría de hombres homosexuales que primeramente, y generalmente a edades más tempranas, sienten deseo por otros hombres y a consecuencia de ello los buscan para satisfacerlo.[4] […]

  3. Reconozco que me gusta poco hablar en primera persona, pero estas cosas me tocan muy de cerca, como mujer que soy, dado que muchas veces tengo la impresión de que ser lesbiana o heterosexual no es una cuestión de elección, sino de imposición social e institucional, especialmente si tenemos una discapacidad y nos declaramos lesbianas. es tal la presión social de tipo heterosexual que se nos impone, avalada por las propias instituciones que nos representan, que sentimos que nos están violentando constantemente, y nos sentimos indefensas ante ciertas situaciones de la vida cotidiana que escapan a nuestro control, debido precisamente a esta discapacidad que padecemos. ¿No será esto otra forma de violencia hacia nosotras?
    para garantizar nuestro derecho al trabajo, debemos ser, en el mejor de los casos y según dichas instituciones, bisexuales, de forma que, aunque teóricamente y según las leyes ordinarias podamos elegir libremente y no debamos ser intimidadas por cuestiones de este tipo ni por personas no deseadas, la realidad nos demuestra otra cosa. Insisto, ¿no co0nstituyen estas actitudes formas muy finas de violencia?

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