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Entre risas y aplausos

Al PP le hace falta un director de escena. Si yo fuera Soraya, que es la que lo hace todo, contrataba a un director que pusiera firmes a los diputados/as y que les enseñara a mantener un rictus de grave preocupación por la situación de tanta gente que sufre. Ahora mismo están asilvestrados y en cuanto se relajan un poco se les escapa un “que se jodan los parados” o una carcajada ante un niño hambriento. No queda bien, hasta ellos deben saberlo. Lo que pasa es que no tienen disciplina ni saben nada del método Stanislavski.

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Tarjetas opacas: pago por los servicios prestados

«En aquellos años parecía que el dinero era infinito»,  explica un analista de El País sobre cómo se pudo producir el caso de las tarjetas opacas. Al principio parece una frase ajustada a lo que pasó. Tal y como dice Íñigo de Barrón podríamos tener la sensación de que, efectivamente, hubo unos años en los que parecía que el dinero era infinito. Pero esa es una imagen trampa de la realidad. Es una idea que se repite para que esa repetición termine construyendo una realidad que no ha existido nunca. Al leer esa frase yo me detuve a pensar: ¿Ha existido algún momento en el que yo pensara que el dinero era infinito? ¿Tengo algún conocido o amigo que pensara que el dinero era infinito? ¿Hemos hecho nosotros uso del dinero como si fuera infinito? Esa idea del dinero infinito que ahora muchos utilizan como explicación de tantas cosas es el equivalente del «hemos vivido por encima de nuestras posibilidades».

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El ébola como metáfora

Para defenderse de las acusaciones de ineficacia y las peticiones de dimisión realizadas a Ana Mato, Rajoy exclamó: “¡Dejen trabajar a los expertos!”, como si esta crisis hubiera dependido en algún momento de los expertos. Como no ha sido así, como nunca ha dependido de los expertos, sino sólo de los malos políticos, esta crisis es claramente política. Y es, además, una metáfora perfecta de lo que ocurre.

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Todo era Marbella

Cuando en los años 90 Jesús Gil llegó a la alcaldía de Marbella y hacía política metido en una bañera con unas chicas en bikini, aquello parecía un episodio de una saga de gangsters. Y vaya si lo fue. Al alcalde de la bañera le siguió Julián Muñoz con el pantalón por las axilas, un secretario de ayuntamiento con un Van Gogh en el cuarto de baño y varias folclóricas. Durante años seguimos sus andanzas, sus líos, sus amoríos y, al final, les vimos entrar a (casi) todos ellos en la cárcel.  Era evidente que en Marbella todo estaba podrido y era evidente que todos aquellos personajes que durante años nos entretuvieron por los programas de televisión eran, en realidad, delincuentes. Aun así, los veíamos como algo exótico, lejano, algo que tenía que ver con una España de pandereta en retirada o con el carácter de Jesús Gil, un mafioso sin complejos. Lo que no sabíamos es que, en realidad, aquello no era una España en retirada, sino una avanzadilla de lo que venía. No es que Marbella no fuera España, es que toda España era Marbella.

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Rosa Díez, UPyD y el populismo

Rosa Díez, líder de UPyD pronunció sobre Podemos la siguiente frase: «La alternativa a la democracia de baja calidad no es el POPULISMO. Es la democracia de alta calidad.» Esa frase, que ella dirigía a Podemos, sólo demuestra el impudor de una de las políticas más groseramente populistas del espectro político. Una política cuya suerte podría estar acabándose gracias al cambio regenerador –este sí- que viene gestándose en la política española. También demuestra (por si quedaba alguna duda) cómo la palabra “populismo” sólo es un arma dialéctica que se usa siempre desde el poder y siempre contra los que desafían ese poder, lo que no es el caso de Rosa Diez, firmemente establecida en el establishment por mucho que ella se presente como outsider.

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Una Omertá vomitiva

El presidente de la Generalitat durante 23 años supuestamente puso a toda su familia a cobrar comisiones de las obras públicas a la manera de una familia mafiosa. Y el negocio se les debió de dar muy bien, porque esta familia ha amasado –supuestamente– una enorme fortuna que ha ido poniendo a buen recaudo en paraísos fiscales. Este asunto escandaloso ha estado unos pocos días en la prensa y… ya. Ahora traen a un contagiado de ébola, montan un espectáculo completamente innecesario que roza lo ridículo, y consiguen llevarse todos los titulares además de ofrecer una imagen de eficacia que no se corresponde con la realidad. Es posible que hasta el PP haya considerado que lo de Pujol ya ha hecho el efecto deseado, tampoco hay que pasarse. Ahora a ver qué hace Mas, a quien en último caso va dirigida la andanada.

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¿Quién controla al controlador?

A los neoliberales les encanta referirse a eso que llaman «capitalismo popular» y que puso de moda Margaret Thatcher; la idea de que la gente corriente puede invertir en bolsa, tener valores, ser propietaria, accionista, beneficiarse del capitalismo, en definitiva… La realidad es que «capitalismo» y «popular» son términos antitéticos por más que muy a menudo se pretenda que vayan juntos. Al fin y al cabo todo esto trata de que el capitalismo, un sistema que está diseñado para que unos pocos se hagan ricos a costa de la mayoría, no sea contestado y, por el contrario, sea refrendado cada vez que pasamos por las urnas. Pero no, lo cierto es que la gente corriente, las clases trabajadoras, no pueden invertir porque las inversiones no están diseñadas para que ellos ganen dinero sino para que lo ganen los ricos; ni pueden ser propietarios de nada, sino sólo deudores de los bancos, ni tampoco pueden hacer que sus ahorros crezcan lo suficiente como para asegurarles una vejez digna; por el contrario es muy posible que al intentar invertir en algo los ahorros, al intentar asegurar una pensión, ocurra lo contrario: que los ahorros mengüen, cuando no desaparezcan directamente por culpa de una crisis, de una quiebra, de cualquier circunstancia que los volatilice. Lo único que podemos hacer las personas corrientes que no somos ricas es tratar de no creer nada de lo que nos venden y luchar porque se hagan políticas en beneficio de la mayoría, y no al revés.

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Empresario modelo, modelo de empresario

Supongo que el título de este post es facilón, pero resultaba irresistible. La elección de un presunto delincuente como presidente de los empresarios madrileños y la subsiguiente defensa del elegido por parte del presidente de los empresarios españoles es una metáfora perfecta de la situación. No son empresarios, son aprendices de delincuentes o defensores de delincuentes y son los amigos y parientes de los políticos que nos gobiernan. En realidad, son los mismos. Son los que entienden la política como el trabajo perfecto para enriquecerse por medio de chanchullos y los que entienden las empresas como una manera de –a través de los amiguetes políticos- saltarse las leyes y…sí, enriquecerse.

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Certeza de la corrupción

Aunque el paro es la primera preocupación de los españoles (y es normal, tiene que ver con poder comer) la corrupción se ha convertido en su principal certeza, muy por delante de cualquier otra fe compartida. El 95% de los españoles cree que la corrupción es generalizada. Y que el 95% lo crea significa que lo creen los hombres y las mujeres, las amas de casa y los parados, las adolescentes y los disc-jockeys, los médicos y los empresarios, las funcionarias y los albañiles. Creemos en la generalización de la corrupción mucho más que en dios, en la patria o en la familia, entes difusos o invisibles. La corrupción no se imagina, se ve, se palpa, la leemos en los periódicos bien como asuntos judiciales o bien cómo loterías que siempre tocan a los mismos; o bien en forma de mansiones que se compran o se edifican alcaldes de pueblo, ex políticos  o empresarios que dejan de pagar los salarios a sus trabajadores. La corrupción la vemos –o la olemos- en cada recalificación, en cada presupuesto, en cada prejubilación fastuosa, en todas las pensiones millonarias; la corrupción la imaginamos en todos los consejos de administración, en el deporte y en la política, en las empresas y en las obras públicas y privadas.

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La marca España en Panamá

La Marca España no vale un euro. El fiasco de Sacyr en Panamá demuestra que por ahí fuera no es tan sencillo dar el timo como aquí dentro y que las no- reglas a las que aquí nos quieren acostumbrar son vistas fuera como lo que son: tomaduras de pelo y corruptelas intolerables. En España es más que habitual que una empresa presente un presupuesto irrisorio para llevarse cualquier obra pública (o privada); un presupuesto que después se triplica o cuadriplica sin que nadie diga nada. El país está lleno de auditorios, carreteras, aeropuertos, hospitales…que acabaron costando cuatro veces más de su presupuesto inicial. Claro que en ese camino, desde que se adjudica hasta que se termina la obra (si es que se termina) se han forrado algunos y nos hemos empobrecido la mayoría. Las pérdidas y los sobrecostes de fiascos, timos y estafas tenemos la costumbre de socializarlas. Marca España.

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