No olvidemos
El lunes de esta misma semana se han cumplido dos años de una de las leyes más crueles, injustas y repugnantes de todas las que ha aprobado el PP. El Real Decreto 6/2012 que dejó sin tarjeta sanitaria a unas 800.000 personas, la mayoría inmigrantes sin permiso de residencia, pero no sólo a estos.
Rosa Díez, UPyD y el populismo
Rosa Díez, líder de UPyD pronunció sobre Podemos la siguiente frase: «La alternativa a la democracia de baja calidad no es el POPULISMO. Es la democracia de alta calidad.» Esa frase, que ella dirigía a Podemos, sólo demuestra el impudor de una de las políticas más groseramente populistas del espectro político. Una política cuya suerte podría estar acabándose gracias al cambio regenerador –este sí- que viene gestándose en la política española. También demuestra (por si quedaba alguna duda) cómo la palabra “populismo” sólo es un arma dialéctica que se usa siempre desde el poder y siempre contra los que desafían ese poder, lo que no es el caso de Rosa Diez, firmemente establecida en el establishment por mucho que ella se presente como outsider.
No es No. También en Málaga
Uno de los mitos más persistentes del patriarcado es aquel que describe la sexualidad masculina como una potente fuerza de la naturaleza, como un torrente que arrolla todo lo que se encuentre a su paso, como una fuerza que una vez puesta en marcha es difícil de detener. Según el mito, si una mujer no quiere mantener relaciones sexuales, lo mejor que puede hacer es no provocar al monstruo; no poner en marcha esa maquinaria, no abrir las compuertas del torrente. Es una sexualidad que algunas feministas han descrito usando la metáfora de “sexualidad hidráulica”. El patriarcado nos presenta a los hombres como a personas que, llegadas a un momento en la excitación sexual, ya no pueden parar. De ahí todos los mitos preventivos de la violación que siguen a la orden del día: no les provoques, no te expongas, no pongas en marcha la maquinaria. Lo que en definitiva quiere decir esto es que como un hombre tenga una erección y como la mujer haya colaborado en provocar esa erección…luego que no se queje. Llega un momento en el que él ya no tiene la culpa. Pero naturalmente que la tiene, la erección es una reacción involuntaria, lo que un hombre haga con su cuerpo es algo de lo que es enteramente responsable, en cualquier momento. Una erección no daña a nadie, es el violador o el abusador el que daña a la víctima.
El Ministerio del Interior ofrece en su web unos consejos antiviolación a las mujeres que deben parecerse mucho a los que se daban a los posibles blancos de ETA para evitar que les mataran: «Cambie de itinerario cada cierto tiempo; cierre las ventanillas de su casa; no pasee de noche por calles solitarias, ni sola ni acompañada; antes de aparcar su coche mire alrededor por si ve personas sospechas…» . Aquel que recomendaba a concejales o políticos vascos que miraran los bajos de su coche antes de subirse al mismo, se parece mucho a este otro: «Antes de subir a su vehículo observe su interior. Podría encontrarse algún intruso agazapado en la parte trasera». La enorme diferencia entre aquellos consejos y estos es que en el caso de las personas amenazadas por el terrorismo todo el mundo percibía la situación como lo que era y el Ministerio del Interior, además de consejos, perseguía con todos los medios a su alcance al grupo terrorista. Era una amenaza cierta, real, y para salvar la vida las personas amenazadas tenían que renunciar a una parte muy importante de su libertad. Pero, además de estos consejos, todas las instituciones del Estado estaban volcadas en la lucha contra ETA.
Ezanga (solidaridad)
Dijo Marx que son las condiciones materiales las que determinan la conciencia, y no al revés. Y esta es una de las cosas más importantes de las muchas cosas importantes que dijo. He pensado en eso en estos dos días pasados leyendo las cosas que se han dicho sobre Miguel y Juliana, las dos personas retornadas a España para ser tratados de ébola. Me parece evidente que en una época de recortes brutales en servicios básicos y en derechos las conciencias se adecúan y se van acostumbrando a la situación. Según va pasando el tiempo el mayor peligro es que la mayoría de la gente termine por acostumbrarse a lo que hay y por ver normal lo que debería verse y vivirse como insoportable.
Una Omertá vomitiva
El presidente de la Generalitat durante 23 años supuestamente puso a toda su familia a cobrar comisiones de las obras públicas a la manera de una familia mafiosa. Y el negocio se les debió de dar muy bien, porque esta familia ha amasado –supuestamente– una enorme fortuna que ha ido poniendo a buen recaudo en paraísos fiscales. Este asunto escandaloso ha estado unos pocos días en la prensa y… ya. Ahora traen a un contagiado de ébola, montan un espectáculo completamente innecesario que roza lo ridículo, y consiguen llevarse todos los titulares además de ofrecer una imagen de eficacia que no se corresponde con la realidad. Es posible que hasta el PP haya considerado que lo de Pujol ya ha hecho el efecto deseado, tampoco hay que pasarse. Ahora a ver qué hace Mas, a quien en último caso va dirigida la andanada.
Después de las elecciones que se han celebrado en el PSOE no es necesario ser muy inteligente para darse cuenta de que el aparato ha entendido que la exigencia de “cambio”, supuestamente demandada por las bases tras la debacle electoral, se refería a un cambio de caras y a un relevo generacional. Hago referencia a “supuestas exigencias de cambio” porque los militantes tuvieron opción de votar y se decantaron, claramente, por la opción que menos significaba un cambio real —si es que alguna lo hacía— de las tres que se presentaban. Así que es posible que quizá, efectivamente, el cambio demandado por las bases se refería a esto. Ya podemos decir que se ha desinflado ese mantra que repetía, al parecer sin fundamento, que el PSOE es un partido que hace políticas de derechas pero cuya militancia es de izquierdas. Ha quedado comprobado que este es el PSOE que quieren al menos la mayoría de sus militantes, está por demostrar si los ciudadanos y ciudadanas le encuentran a este partido alguna utilidad. El nuevo secretario general ha concedido varias entrevistas esta semana en las que opina que luchar por la justicia social es populismo, demagogia y “engañar a los españoles”. Declaraciones políticamente banales, complejidad intelectual más bien escasa, apelaciones constantes al centro y a la clase media: discurso viejo, repetido, mascado y ya escupido por esos mismos españoles. Esta ha sido mi desesperanzada impresión.
No me gustó nada el supuesto debate entre Pablo Iglesias y Esperanza Aguirre el pasado sábado en La Sexta Noche. Afortunadamente, unos días después fue el propio Pablo Iglesias el que dijo en la misma cadena que a él tampoco le gustó. Creo que se enredó y que, aun así, salió vivo del envite. Aguirre también salió viva, eso es lo malo. Aunque no creo que ni Aguirre ni Pablo Iglesias atrajeran a su bando a nadie que no estuviera previamente convencido, lo cierto es que hay que romper ya, como sea, con estos debates en los que el PP consigue no debatir de nada de lo que interesa pero, en cambio, impone sus marcos morales e ideológicos. Por más sorprendente que nos parezca a estas alturas, sus marcos morales se reducen a ETA y Venezuela. Lo de ETA es más o menos esperable (al fin y al cabo, la hemos sufrido de manera dolorosa), pero lo de Venezuela espero que alguien en alguna universidad haga un estudio. Si George Lakoff conociera los argumentos del PP en lugar de su famoso libro No pienses en un elefante, escribiría “No cites a Venezuela”, o algo así. Por mi parte, tengo un amigo venezolano que no da crédito.
¿Democracia?
María Dolores de Cospedal acaba de perpetrar un golpecillo de estado en la comunidad que gobierna con la intención de asegurarse de que seguirá gobernándola mucho tiempo más. Ha cambiado la ley electoral de manera que ha barrido el pluralismo político que a los líderes del PP no se les cae de la boca. El PP amenaza con hacer algo así en toda España, cambiar la ley electoral para intentar asegurarse su continuar en el poder. Es decir, que nuestros votos cada vez valgan menos. Asegurarse, en definitiva, de que no se puedan cambiar las cosas de ninguna manera y desde luego, no con los votos.
