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El derecho al aborto hay que pelearlo cada día

Ojalá no tuviéramos que seguir dándole vueltas a este derecho fundamental para las mujeres, ojalá llegara el día que pudiéramos decir “aborto, fin de la historia”, pero ese momento está aun muy lejos. Vamos y venimos. Nos hemos llevado la inmensa alegría de ver cómo se aprobaba en Argentina y el disgusto de ver cómo se restringía aún más en Honduras y acabamos de ver cómo se restringe también hasta la casi prohibición total en Polonia, un país de la Unión Europea, un espacio que se supone que vela por los derechos de las mujeres, como tiene que hacerlo una democracia. En España vivimos hace relativamente poco tiempo un ataque frontal a este derecho y, en todo caso, lo que seguimos viendo es que la derecha sigue sin aceptarlo con normalidad democrática.

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Envejecer

Envejecer es difícil, lo puedo asegurar. Y para las mujeres lo es mucho más. No es difícil sólo por lo que la vejez significa en términos de acortamiento del tiempo vital y los miedos que esto trae consigo; ni por lo que significa en términos meramente físicos, de salud, de energía, de capacidad. Es difícil porque para las mujeres no hay un espacio social que podamos habitar en estos años excepto aquel que se construye como lucha contra la edad. Y ese es un espacio de negación, y no se puede estar bien en un espacio de negación de nosotras mismas.

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Con Argentina estamos todas

No es posible minimizar lo que significa la conquista del derecho al aborto en Argentina. El derecho al aborto es la clave de bóveda de todos los derechos de las mujeres. No es el final, pero sin eso no hay nada. Todas las feministas sabemos lo que significa y por eso todas hemos vibrado y llorado en esta noche.

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Artículo navideño. Se avecina Pedroche

Cristina Pedroche, en el programa de TV 'El Hormiguero', con algunos de los vestidos que ha llevado en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja.
Cristina Pedroche, en el programa de TV ‘El Hormiguero’, con algunos de los vestidos que ha llevado en la retransmisión de las campanadas de Nochevieja.

1-Estamos a poco tiempo de que en las redes se desate el anual debate sobre si el vestido de Cristina Pedroche es (anti)feminista, si lo es ella o si merece la pena discutir sobre este asunto. De hecho, una amiga me preguntó ayer que qué opinaba. Le dije que sí, que es importante discutir sobre el asunto porque la cuestión de la apariencia femenina, del significado que tiene en nuestras vidas, no es otra cosa que una discusión sobre los mandatos de género, su vigencia, su importancia. Así pues, sí, uno de los temas feministas por excelencia. Pero es injusto que sea Cristina Pedroche la que se convierta en protagonista de este encendido debate cuando en realidad, el mismo podría tenerse casi todo el tiempo, cada vez que una actriz/presentadora/mujer pública va semidesnuda en pleno invierno o va enfundada en un vestido (o semivestido) cuyo sentido, sin discusión, es presentarla como un objeto sexual y como un modelo, inalcanzable de cómo deben ser las mujeres de verdad. Y podríamos tenerlo cada vez que todas nos depilamos, nos maquillamos, nos ponemos tacones y vestidos sexys y nos gustan, y nos sentimos bien, y nos suben la autoestima. Porque no podemos evitar tener interiorizado el sentirnos mejor cuanto más deseables (para los hombres) resultemos, cuánto más guapas nos sintamos según un canon estético que, desde luego no hemos construido nosotras mismas. Y si, además, ese aspecto va ligado a tu trabajo, la cosa se entiende aún mejor.

Saldrán feministas diciendo que sí, que encarnar voluntariamente el prototipo sexual es feminista por empoderante (lo del capital erótico, ya saben) y otras que la criticaran negando que ella haya elegido libremente enfundarse en ese vestido y en esa situación; y es que, como dice Nancy Fraser, en los debates feministas o bien delimitamos las constricciones de las estructuras de género tan bien que la posibilidad de actuación de las mujeres desaparece por completo, o hacemos un retrato tal de las capacidades de las mujeres para ejercer control sobre sus vidas, que el poder de la subordinación se evapora. Todo lo que sea someterse a las dinámicas de poder y asumir un lugar prefijado por otros, que detentan el verdadero poder, puede que empodere a unas pocas (ya sabemos que siempre hay unas cuantas a las que se permite entrar en el Olimpo) Se trata de una coartada para poder dejar a la mayoría fuera o, para impedir que la entrada de todas, obligue a repartir capitales de todo tipo: materiales y simbólicos.  La fetichización de la elección individual borra el contexto y el hecho de que el patriarcado es un sistema de poder. Así que el vestido de Pedroche no es feminista y nadie se empodera desde la subordinación, pero ella bien podría serlo porque ella no es diferente de la mayoría de nosotras.

2-Bel Olid, en su libro A contrapelo habla de todo eso de una manera muy contundente y yo diría que inapelable. Nos sentimos mejor si nos depilamos porque, sí, nuestra autoestima en este sistema depende de ser calificadas como deseables por los hombres. El inconveniente es que es una lucha perdida porque el éxito total no existe. Nunca somos lo bastante femeninas, nunca lo bastante delgadas, nunca lo bastante jóvenes ni lo bastante guapas  y porque si no construimos un espacio para aceptar y querer el cuerpo que cada una tiene, la autoestima no será duradera ni será fuerte. Depender de la mirada ajena todo el tiempo imposibilita la creencia en el propio valor. Las mujeres tenemos que aprender a construir nuestra autoestima con otros mimbres.

Y sí, se nos dice que todo eso, el vestido de Pedroche, y las depilaciones de cualquiera de nosotras, los tacones… todo eso lo hacemos porque queremos, y es verdad. Pero la pregunta, como dice Olid, no es por qué hacemos lo que hacemos, sino por qué queremos hacer lo que hacemos; por qué queremos hacer algo que nos cuesta dinero, tiempo, dolor y una permanente sensación de ser nunca bastante. Y la respuesta es obvia: porque hay un sistema social que exige que las mujeres se adecúen a una estética que las convierte en objetos de deseo masculino (una estética, además, históricamente cambiante). Dice Martha Nussbaum que las preferencias siempre responden a las condiciones sociales y que cuando la sociedad niega ciertas cosas a ciertas personas, estas aprenden a no desearlas. Por eso mismo cuando la sociedad premia ciertos comportamientos estos se hacen deseables. A las mujeres se nos premia cuando cumplimos con ciertos mandatos que nos llevan a intentar cambiar nuestros cuerpos y someterlos a tratamientos que, como poco, nos obligan a dedicar a ello interés, tiempo, dinero y mucho esfuerzo.  Se nos exige que nos dediquemos a construir nuestra feminidad tal como ha sido definida desde fuera de nosotras mismas. Para ser valoradas tenemos que ser como, en realidad, ninguna somos. En términos de construcción del yo, es desolador.

3-Y aunque en último lugar, todo esto apareció en mi cabeza mientras acababa de ver la serie Undoing. Mientras la veía pensaba que estaba contemplando exactamente lo que significa ser un hombre y una mujer (triunfadores ambos) en esta sociedad. Hugh Grant, se nos presenta aquí como un señor atractivo. Los primeros planos le muestran como es, con sus arrugas, una piel imperfecta, el pelo canoso…parece que tiene 60 años (que son los que tiene) y el papel que hace es el de un hombre sexualmente atractivo con el que se obsesiona una mujer muy joven. Y nada de esto chirría especialmente. En la serie está casado con Nicole Kidman, que muestra un rostro en el que no hay una sola marca, de nada. No tiene ni siquiera las pequeñas marcas de expresión que hacen atractivo y distinto un rostro. Su piel es incapaz de reflejar ninguna edad (54 años) y da la sensación de que cualquier edad sería posible. Resulta imposible mirarla y no pensar que está irreconocible, que tiene un gesto rarísimo. Produce extrañeza porque no parece joven, pero tampoco vieja y, en todo caso, no parece ella. Está claro que Nicole Kidman no se gusta tal como es, está claro que ha emprendido una lucha condenada al fracaso por parecer 30 años más joven. Está claro que se mira al espejo y siente angustia si se le señala la más ligera marca de expresión. Está claro que está ejemplificando que las mujeres tienen que dedicarse a esa lucha sin cuartel contra ellas mismas.

En esta cultura, afirma Olid, para que una mujer sea deseable tiene que parecer que tiene 20 años si tiene 40, quince si tiene veinte y nunca más de 30. Pero es que después de cumplir los 30 (y 40 y 50…) las mujeres seguimos fuertes y vivas; y queremos seguir sintiéndonos guapas sin odiar nuestro verdadero cuerpo, nuestro verdadero aspecto y sin tener que dedicarnos a cambiarlo.

Si, todas lo hacen porque quieren, todas lo hacemos porque queremos, ninguna es culpable y nadie es menos feminista o más por presentarse ante el mundo de una u otra manera. Cada una hacemos lo que podemos con nosotras mismas en un sistema social que nos deja poco margen no ya para elegir, sino para amarnos. Dejemos de discutir si las mujeres hacen lo que hacen porque quieren y pasemos a preguntarnos por qué quieren lo que quieren y, sobre todo,  si eso nos hacen más iguales o menos.

Y, al final, todo se reduce a quién tiene el poder de nombrar el mundo. Y por si no quedara claro veamos el caso de Losantos llamando fea a… cualquier ser humano. Así pues la pregunta es cómo arrebatamos el poder de ser como somos y gustarnos.

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Cobardes

Me levanto cualquier día. Desayuno y abro ordenador y teléfono. El sistema de alerta me dice que algún medio habla del Instituto de las Mujeres que dirijo o del Ministerio de Igualdad. En los panfletos que todos conocemos, el Ministerio y/o el Instituto y sus titulares estamos en la portada un día sí y al siguiente también; ya sea porque saquemos un contrato para arreglar los ascensores o porque aprobemos medidas contra la violencia de género. En todo caso, visto que hablan de nosotras sé lo que me espera hoy, que es muy parecido a lo que me encontré ayer. Abro las redes y mi blog. Tengo más de 100 mensajes hoy.
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La muerte pública de Maradona

Iba a escribir un largo artículo sobre Maradona pero al final no lo voy a hacer porque ya lo han hecho otras antes que yo. Llegaría tarde, así que dejo por aquí un pequeño apunte. Pero, efectivamente, Maradona viene a recordarnos dónde estamos, por si alguna nos confundimos. (sigue abajo)

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El feminismo es la casa común

Estaba leyendo por segunda o tercera vez uno de mis libros preferidos: “El mundo de ayer” de Stefan Zweig y me detuve en las páginas en las que describe cómo entró la guerra en la conciencia de los europeos; cómo de un día para otro, se desató el odio basado en bulos y en mentiras y cómo en el otoño de 1914 la mayoría de los escritores “se desgañitaban proclamando su odio, se escupían y ladraban unos a otros”. Y continúa explicando cómo, antes de que llegaran las bombas y las muertes, los antaño ricos debates intelectuales entre, muchas veces compañeros y amigos, se habían transformado en un griterío en el que únicamente se trataba de demostrar que “todas las injusticias, todos los males venían de la parte contraria y que el derecho a la verdad absoluta eran exclusivos de la nación propia”.

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El algoritmo machista

Hace unas semanas programamos un seminario sobre género e Inteligencia artificial que, como suele ser habitual despertó las risotadas en las redes. Salió el asunto del algoritmo y el sexismo y ¡qué risa, un algoritmo sexista! Tampoco, más allá de las expertas solemos encontrarnos a muchas feministas preocupadas por esta cuestión que debería ser una preocupación importante por varias razones.

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Una verdad común

En los últimos años estamos asistiendo a un ataque a la democracia que ya no se hace con tanques ni soldados, sino que se hace destruyendo la base de verdad común que todos compartíamos. Eso, en un momento, además en que la realidad factual parece que se ha trasladado a las redes, ha cambiado el marco político. Si desaparecen los códigos compartidos mediante los que nos relacionamos, si la realidad constatable desaparece y no hay manera de encontrar cómo llegar a ella e incluso, al contrario, “otra” verdad parece de fácil acceso, se mete en tu casa, el mundo se convertirá en un terreno salvaje en que gane el que tenga más capacidad para esparcir mentiras. No es que sea nuevo que los poderosos siempre han controlado la información y que siempre han mentido, pero nunca se han tenido medios técnicos tan sofisticados como para meter dicha información en cada casa, para amplificarla hasta el infinito por medio de cada persona con un ordenador. Eso ocurre al mismo tiempo que la ofensiva polarizante, que no es sino una ofensiva brutal por el poder, socaba las instituciones democráticas, la separación de poderes así como la independencia informativa.

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En defensa de los estudios feministas

Hace unos días presentamos, desde el Instituto de la Mujer, un estudio sobre las campañas de publicidad de los juguetes. El estudio, de más de 200 páginas, analizaba catálogos, anuncios de televisión, los envoltorios de los juguetes…no tanto los juguetes en sí, sino como se presentan ante sus destinatarios. Es decir, lo que queríamos estudiar, aprovechando la campaña de Navidad, es hasta qué punto sigue estando vigente la idea de que hay que enseñar a niños y niñas a jugar con juguetes no sólo diferentes sino no intercambiables, y de qué manera el marketing publicitario se emplea en esa cuestión.

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