Supongo que no soy nada original ni especialmente brillante si digo que la exposición Tiempos inciertos, Alemania de entreguerras me encogió el corazón por las evidentes similitudes con los tiempos actuales. De más está decir que ningún tiempo es igual que otro y que las diferencias también son apreciables, depende de dónde se ponga el foco. Me pasó, hablando con amigas que también habían ido a verla, cuando me di cuenta de que habíamos puesto diferentes miradas sobre la misma realidad. Yo me quedé toda la expo enganchada de la primera imagen que se nos ofrecía antes de empezar el recorrido, a modo de prólogo o, quizá, incluso de título. En una sala que simulaba ser un salón de principios de siglo se proyectaba en las paredes, convertidas en pantalla, la imagen de la primera representación, en 1913, de La consagración de la primavera de Stravinski.
