Ciiencia y normatividad sexual


A estas alturas ya se ha escrito mucho acerca del carácter ideológico y de instrumento político que tiene la ciencia, pero lo cierto es que en los últimos años las explicaciones biologicistas de la conducta humana han vuelto a resurgir con fuerza inusitada hasta el punto de que estamos asistiendo a una ofensiva profundamente reaccionaria contra el carácter fundamentalmente construido de nuestra conducta. Una ofensiva que tiene que ver el resurgir de posiciones neoconservadoras en cuanto a asuntos tales como la igualdad entre los sexos o entre homo y heterosexuales.
Para desacreditar los argumentos científicos relativos al comportamiento humano debería bastar con echar un vistazo al pasado para comprobar cómo la ciencia ha sido históricamente una herramienta que se ha utilizado siempre en contra de los avances sociales hacia la igualdad. En muchas ocasiones es cierto que estamos hablando de falsa ciencia, es decir, de supuesta ciencia que, sometida a sus propios parámetros de control, no se sostiene. Pero éste no es siempre el caso. A veces no se trata de falsa ciencia, sino simplemente de saber que la presunta objetividad de las ciencias naturales exige reflexión. Porque… ¿de qué están hechas las verdades biológicas que se nos presentan como tales? Lo que llamamos “hechos” respecto al mundo vivo no son verdades universales sino que inevitablemente están atravesados por determinada historia, prácticas, lenguajes y personas concretas y mediadas también por componentes políticos, ideológicos, sociales, morales, religiosos, éticos, etc.
Cualquier comportamiento humano interactúa con todas esas variables en medidas algunas controlables y otras incontrolables: el científico es una persona con sus propios prejuicios, la mayor parte de lo que se investiga depende de que alguien pague la investigación y, evidentemente, no se paga para que se investigue en general, sino para que se investigue algo en concreto y buscando también unos determinados resultados; de la misma manera no se divulga todo sino sólo lo que convenga a quien convenga. El simple hecho de investigar una cosa y no otra ya implica un sesgo ideológico.

En todo caso, es evidente en nuestra cultura que entre las ciencias sociales y las ciencias naturales estas últimas tienen un marchamo de verdaderas que no tienen las sociales. Las ciencias naturales ejercen su poder de manera menos visible, menos evidente y siempre a través de determinadas estructuras de dominación, de prioridades, de prácticas y de un lenguaje particular y específico que no se presenta al alcance de todo el mundo, pero ejercen su poder de manera más eficaz porque ese marchamo de objetividad hace muy difícil derribar las “verdades” que se presentan como científicas. No se trata de estar en contra de las ciencias naturales. La biología, evidentemente, es una realidad, pero es una realidad a la que hay que enfrentarse con el mismo criterio ético que a cualquier otra ciencia; los datos están ahí pero lo que importa es el significado que les demos. Los datos, sin seres humanos que los comprendan, no son nada.
Habiendo sido puesto de manifiesto por los científicos sociales que la ciencia ha sido uno de los instrumentos más importantes para justificar el orden establecido, la desconfianza hacia la misma, hacia la información que nos llega al menos, ha sido muy grande en la izquierda desde los años 60. Especialmente en lo que se refiere a la interrelación de la biología con la conducta. “La biología no es un destino”, dijeron las feministas para librarse del uso de aquella como justificadora universal de la desigualdad. Y, sin embargo, la biología ha vuelto. Evidentemente somos biología, pero reducir la conducta humana a ésta es reduccionista y esta aproximación se hace siempre con una intención, consciente o inconscientemente, conservadora. La conducta humana se debe a una amalgama de factores, indistinguibles unos de otros y muchos de ellos construidos cultural e individualmente.

Finalmente, desde un pensamiento de izquierdas no se puede renunciar a lo más humano que tenemos, a la voluntad de ser libres,
o no seríamos humanos. Estudiar lo que la ciencia ha dicho a lo largo de la historia acerca de las mujeres o de otras razas, o de otras culturas, o de determinadas minorías o individuos, debería ser obligatorio en la escuela como manera de prevenir a los futuros ciudadanos acerca de las explicaciones científicas y de formarlos acerca del papel que ha jugado la ciencia en nuestra historia social. De la inmensa bibliografía que hay sobre este tema sólo voy a citar un libro que, además de divertido, es fundamental: Ehrenreich, B y English, D., Por su propio bien. 150 años de consejos de expertos a las mujeres. Ed. Taurus, Madrid, 1990.

Somos humanos porque modificamos la naturaleza y esa modificación puede ser juzgada éticamente. Inocular virus a una población con el fin de inmunizarla ante las enfermedades no es muy natural, pero es bueno. Dejar que la malaria mate puede ser natural pero es malo. Y, aun así, el mito de la naturaleza como ordenadora del mundo, como superior e inmodificable, como portadora de la verdad, sigue siendo muy poderoso y, como decíamos antes, está de regreso. Los científicos pretenden crear verdades políticas acerca de determinadas realidades sociales, especialmente en lo que se refiere al cuerpo, la sexualidad o el género. Nuestros cuerpos incorporan y confirman esas verdades y esas verdades se esculpen en el conocimiento social. La ciencia demostró que los negros eran inferiores hasta que los negros conquistaron la igualdad suficiente como para poder demostrar que eran iguales. Y no sólo eso, sino que han conseguido que nadie se dedique a la tarea de buscar diferencias biológicas entre las razas y se ha llegado incluso a la conclusión de que, biológicamente, no existen. Podríamos decir que la interpretación ideológica ha cambiado lo que se sabe sobre las razas.

Los científicos llevan siglos creando verdades acerca de la sexualidad y de las diferencias entre hombres y mujeres y esas investigaciones alcanzan carácter de obsesión en los últimos años. Así podemos leer constantemente en los medios de comunicación artículos acerca de investigaciones que recalcan las diferencias biológicas, cerebrales casi siempre, entre hombres y mujeres. Estas investigaciones quieren demostrar que las diferencias entre los sexos tienen una base genética y por tanto son inmodificables. Son utilizadas para justificar las diferencias que todavía persisten entre los sexos. Teniendo en cuenta que la diferenciación sexual sostiene el orden social, atraviesa todas las culturas, todas las clases, toda la humanidad, es normal que todas las ciencias naturales, especialmente la biología, lleven siglos dedicándose a justificarla. El simple hecho de investigar las presuntas diferencias cerebrales entre hombres y mujeres ya es una toma de postura ideológica porque, dada una situación determinada, no es lo mismo investigar las diferencias que las semejanzas entre los sexos.

Se puede investigar y reseñar que hombres y mujeres somos iguales en un 98% de nuestro cuerpo, y que incluso puede que no sea verdad que existen sólo dos sexos, o se puede dedicar tiempo y recursos a buscar obsesivamente ese 2% que nos hace diferentes. No es lo mismo resaltar en un artículo científico, por ejemplo, que “hombres y mujeres tienen cerebros diferentes” a decir que “hombres y mujeres tienen cerebros sustancialmente iguales”. Es más, también se sabe que las diferencias sociales o culturales pueden generar cambios físicos en diferentes partes del cuerpo o incluso del cerebro, así que no es posible determinar del todo si las diferencias observadas se deben a diferencias adaptativas o no. Es decir, no se sabe hasta qué punto el uso de ciertas partes del cuerpo o del cerebro y el menor uso de otras durante millones de años puede terminar produciendo alteraciones biológicas y en qué medida. Pero como resultado de esa investigación obsesiva en nuestros cerebros acaban encontrando lo que es una realidad, por ejemplo que las mujeres tenemos más facilidad para el lenguaje que los hombres y menos para las matemáticas y para el cálculo o la imaginación espacial. Naturalmente esa investigación lo que demuestra es lo que ya existe. Las niñas hablan antes y se les dan peor las matemáticas o la arquitectura. Dada esa realidad, que no se cuestiona, se investiga y se encuentra una base biológica que la justifica. No se sabe si el mayor desarrollo de un determinado hemisferio cerebral tiene que ver con la realidad de que las niñas son dirigidas hacia determinadas actividades y los niños a otras. En todo caso, el hecho de que cada vez haya más y mejores arquitectas, por ejemplo, ¿qué significa? ¿Que son excepciones genéticas? ¿mutaciones? Y ¿qué pasa si, como ocurre ya, cada vez son más y más mujeres las que desafían esa realidad? ¿Qué pasa entonces con sus hemisferios cerebrales? ¿Se modificarán hasta igualarse, o es que la voluntad humana, la inteligencia, la capacidad… pueden superponerse a una determinada predisposición genética contra la que la consciencia se rebela?

Es reseñable que la avalancha de información científica referida a la conducta que aparece en los medios de comunicación de masas en los últimos años jamás contradice lo existente. Los estudios encuentran que los hombres son más promiscuos que las mujeres, que necesitan trabajar fuera porque se ahogan en los espacios cerrados, que son mejores arquitectos que las mujeres, que son más violentos, que son más seguros y asertivos… El hecho de que no sé qué hormonas aseguren al parecer que los hombres son más violentos, ¿qué quiere decir exactamente? ¿Debemos justificar esa violencia porque se nos dice que es natural? ¿Es una especie de atenuante? ¿Tenemos que esforzarnos más con nuestros hijos varones o que dejarlos porque no tienen arreglo? ¿Renunciamos, pues, a educar en la no violencia? Ante la avalancha de informaciones científicas, las personas progresistas siempre tenemos que ponernos en guardia. Ninguna explicación biológica justifica la desigualdad. La biología no puede decir que las mujeres no pueden ser matemáticas o arquitectas porque de hecho muchas lo son, y eso que no lo tienen fácil. La biología no puede decir que los hombres no pueden ser maternales con sus hijos porque muchos quieren serlo y lo son y tampoco lo tienen fácil. ¿Se trata entonces de no creer en la ciencia? No, se trata de pensar que el comportamiento y la voluntad humanas están por encima de cualquier determinismo biológico, de tener más fe en la libertad que en el determinismo.

En cuanto a la orientación sexual, también es abrumadora la información que viene apareciendo sobre una presunta determinación genética de aquella. Lo cierto es que si bien los intentos por naturalizar las diferencias entre hombres y mujeres vienen de muy lejos, nadie había intentado justificar la disparidad en el deseo hasta el siglo XIX. Hasta entonces no había individuos homosexuales, sólo personas que pecaban, pero no eran un tipo especial de personas, cualquiera podía incurrir en esos comportamientos. A partir del XIX los científicos crean a los homosexuales como individuos diferentes del resto y a partir de ese momento comienza la búsqueda de las diferencias biológicas. Desde ese momento hemos leído de todo: dedos más largos, sudor más intenso, hipotálamos, feromonas, frentes abultadas, pechos pequeños… Todas esas explicaciones ignoran que el deseo se ha construido de manera cambiante a lo largo de la historia y también que es diferente en cada cultura, que cada cultura cuenta con un universo particular de prácticas y deseos sexuales. Las categorías usadas actualmente (y dadas por ciertas) para definir, medir y analizar el comportamiento sexual humano han cambiado con el tiempo, y la historia social de la sexualidad humana muestra que la expresión de la sexualidad no es universal ni atemporal, por lo que todos los intentos de medir ésta según criterios actuales no tiene mucho sentido. Lo único que podemos decir es que hasta donde existe evidencia histórica los humanos nos hemos visto inmersos en actividad sexual, pero que toda la variedad de prácticas, deseos o identidades existentes han estado siempre ligadas a contextos históricos.

Ni siquiera hay acuerdo en lo que es sexo a lo largo del tiempo y en las distintas culturas. Ignora también esta concepción reduccionista que el deseo, aunque pueda descansar sobre la libido y ésta pueda entenderse como biológica, tiene que ver también con componentes puramente humanos como la felicidad, el bienestar, la plenitud… La simple evidencia muestra también que mucha gente cambia de orientación a lo largo de la vida, que una orientación homo o heterosexual no excluye la posibilidad de deseos contrarios a la propia orientación en algún momento de la vida; que la mayoría de la gente ha sentido algún deseo homosexual; que, en definitiva, hay todo tipo de casos individuales en relación con el propio deseo. La heterosexualidad, la homosexualidad, la bisexualidad tienen historia, pueden historiarse. No han existido siempre tal como los conocemos y pueden cambiar, pueden desaparecer o reinventarse. De poder verlo sin prejuicios nos parecería evidente que el deseo, la mal llamada orientación sexual, es algo que interactúa con el mundo en el que se vive, como todo lo humano. Que es, en todo caso, mucho más mudable y flexible de lo que se nos enseña, que puede variar (o no) a lo largo de la vida y que en todo caso la mayoría de los seres humanos se sitúan en posiciones no absolutas respecto a ella. Cuando se hacen estudios genéticos buscando el origen de la homosexualidad, ¿dónde queda la gran mayoría de la gente que se posiciona en puntos intermedios de la escala de Kinsey y no como heterosexuales u homosexuales absolutos? ¿Esa gente tiene genes, cromosomas y hormonas a medias? Toda esa gente, que es la mayoría, desaparece de hecho en las investigaciones científicas que se empeñan en clasificar a las personas como inherente y establemente homo o heterosexuales. Ubicar la variedad de prácticas, deseos, identidades, en sólo tres casillas (homo, hetero o bi) no dice nada de la verdad de la gente porque la mayoría de los ahí encasillados podrían estar en otras casillas si las hubiera y podrían cambiar de casilla en distintos momentos de su vida.

En todo caso, toda esta avalancha científica a favor de que la homosexualidad es únicamente genética ha terminado por ser aceptada sin resistencia por casi todos, gays y lesbianas incluidos. Gays y lesbianas se suman con entusiasmo a esta explicación porque nos libera de toda culpa: si la homosexualidad es natural entonces no se nos puede culpar ni castigar por ello, y por tanto tenemos que tener los mismos derechos. La premisa de partida de esta aseveración es falsa: no hay nada que desculpabilizar, los derechos son una cuestión moral y ética, no biológica. No importa por qué amamos así; amamos como seres humanos, amamos buscando felicidad, plenitud, trascendencia, bienestar… eso es lo único que cuenta, y no podemos renunciar a la libertad ni siquiera cuando hablamos de deseo porque también el deseo es mudable, cambiante, diverso, modificable.
Por tanto, ante la avalancha de informaciones científicas que pretenden de manera sibilina justificar desigualdades, las personas progresistas siempre nos tenemos que poner en guardia; ninguna explicación científica justifica la injusticia y siempre tenemos que sospechar de explicaciones que pretendan confirmar como inmodificable un orden social que, desde una perspectiva de izquierdas, es injusto. Y no hay hipotálamo que cambie eso.

Revista Trasversales número 3,  verano 2006

http://www.trasversales.net/t03beagi.htm

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