Cansada de ser lesbiana


¿Existen las lesbianas? Y si existen ¿dónde están?

Parece que todos tenemos claro que existen los gays. Son políticos, actores, escritores, cantantes, presentadores de televisión, son gente maja y glamourosa a la que cualquier persona progresista quiere tener cerca. Hace años, en la principal organización de lucha por los derechos de las personas homo-transexuales decidimos emplear técnicas de acción positiva y situar a lesbianas a la cabeza de nuestras organizaciones. Así ocurrió que fuimos lesbianas las que llevamos a cabo la lucha por los principales cambios ocurridos en materia de derechos de gays, lesbianas y transexuales en este país. Hubo un momento en concreto que éramos lesbianas casi todas las presidentas de los principales grupos del país, empando por la FELGTB que agrupa a todos los demás, cuya presidenta era yo misma.  Teníamos la esperanza, de que nuestra visibilidad animara a las demás lesbianas a visibilizarse también. Teníamos la esperanza de que nuestra visibilidad constante en los medios rompiera esos armarios de plomo (de plomo y de cristal) en los que las lesbianas refugian su miedo, porque ya no se puede llamar de otra manera; su miedo y su comodidad; su miedo,  su comodidad, su hipocresía.

A estas alturas de mi vida no tengo nada claro que me haya compensado salir del armario como lesbiana. En realidad estoy harta de ser lesbiana. Una de las preguntas que se nos hacen más repetidamente en estos años cuando salimos de España es ¿cómo lo hemos hecho?¿Cómo hemos conseguido que nuestra lucha haya sido tan efectiva?  Quizá el hecho de que hemos sido mujeres las que hemos dirigido el movimiento haya tenido algo que ver. España ha sido en ese sentido un caso único. Pero, ¿alguien se acuerda? Por supuesto que no. Una vez hecho el trabajo nuestros compañeros han sido llamados por los partidos políticos, han acaparado visibilidad, han sido, muchos de ellos, convertidos en héroes. Nosotras no, por supuesto. Una lesbiana sigue siendo algo demasiado fuerte para que un partido, un sindicato, una organización cualquiera, apueste por ella. Podrán ser lesbianas, por supuesto, siempre que se mantengan prudentemente en el armario.

Dice Amelia Valcarcel que las feministas debemos apoyarnos siempre unas a otras excepto en el caso de que esas mujeres públicas mantengan posiciones antifeministas. Yo mantengo que todas las lesbianas ocultas que son alcaldesas, concejalas, profesoras, periodistas, políticas, personas populares y que lo ocultan o no lo hacen público son antifeministas. Son antifeministas porque las lesbianas somos mujeres, porque somos mujeres que nos hemos puesto en una situación difícil para que también ellas, y todas las mujeres se beneficien. Somos mujeres que hemos expuesto nuestra vida sexual a la curiosidad pública, lo cual es duro cuando la curiosidad pública relacionada con el lesbianismo es pornográfica en su mayor parte, para ensanchar las fronteras de la libertad sexual de todas las mujeres.

Al declararnos lesbianas, nos hemos situado en una posición en la que cualquier hombre se creía con el derecho a hacernos insinuaciones sexuales, nos hemos situado voluntariamente en lo más bajo de la jerarquía sexual en el trabajo y en la sociedad, hemos tenido problemas familiares, problemas en la calle y problemas con las demás mujeres. Las demás mujeres, llamadas feministas, no quieren para sí ese estigma; deben pensar que ya tienen bastante con los inconvenientes que supone ser mujer como para encima asumir el de lesbiana, que puede ocultarse sin mayores problemas. Pero nos han dejado completamente solas.

Ni un solo plan de igualdad reconoce a las lesbianas como un grupo doblemente excluido, ninguna campaña, ningún programa de ningún instituto de la mujer, ninguna mujer heterosexual nos nombra, y mucho menos si es una lesbiana armarizada. Simplemente no existimos. Nadie reclama nuestra presencia, nadie nos ha dado las gracias por nuestra lucha y, lo que es peor, ahora sentimos que, para las feministas, cuanto más lejos mejor. En todos estos años las únicas mujeres que se han puesto en la cabecera de nuestras manifestaciones, que nos han recibido con naturalidad han sido las que son evidentmente heterosexuales, aquellas sobre las que no cabe la duda. Las demás, feministas que se dicen, han estado en todas las batallas menos en esta.

Las lesbianas que llenan los armarios, a pesar de ser feministas, no han querido o no han podido renunciar a ese lugar que ocupan las mujeres en la jerarquía sexual, un lugar inferiror al de los hombres, pero superior al de las lesbianas y en todo caso, un lugar susceptible de acumular algún tipo de influencia o de poder derivado. Las lesbianas armarizadas están ocluidas por sus constreñimientos internos y únicamente reconocen la lucha por la libertad desde un punto de vista liberal, como la obtención de derechos y de igualdad formal. En lo que se refiere a la sexualidad, ésta ya no es política y mucho menos si hace referencia a su sexualidad.

Las lesbianas que hemos optado por acabar con los armarios que oprimen a hombres y a mujeres no reconocemos la dicotomía entre las restricciones internas y externas, toda restricción es opresiva. Como lo describe Erich Fromm, la libertad encarna la idea de ser libre también de las restricciones internas. La libertad positiva se enfoca también  en las barreras internas que inhiben la libertad, como las adicciones, los miedos y las compulsiones. Una tiene que tener la voluntad de ser libre y serlo.

Porque entre otras cosas, las restricciones internas hacen que estas mujeres que se llaman a sí mismas feministas  actúen de una manera particular: siempre lejos de las lesbinaas, nunca una declaración que pueda ser ambigua, ni una sola actuación que pueda llevar a alguien a considerar que dicha persona pertenence a ese grupo al que se refiere como de lejos. Desde el punto de vista político, para mí, dichas feministas son unas impostoras. “El único punto de vista que realmente importa, dice Davaney  es el del nivel de las consecuencias prácticas y concretas”.

Si no eliminamos las restricciones internas, la libertad no penetrará en la sociedad tan profundamente como lo hace la libertad cuando es completa. Una  de las grandes ironías del individualismo es que al perseguir liberarse tan sólo de las restricciones externas acentúa las similaridades más que defiende las diferencias. Es aquella lucha que pretende que las mujeres se iguales a los hombres, que los inmigrantes se conviertan en iguales que los ciudadanos del país de acogida. La norma se convierte en el estandar. Aliviar las barreras para que las mujeres puedan parecerse a los hombres no significa que cambie la cultura.

Acabar con las barreras internas que nos constriñen es más invasivo. ¿Cómo puede ser una mujer libre en un mundo de hombres que perpetua como norma y estandar el deseo heterosexual y masculino y las mujeres lo aceptan no exteriorizando ni mostrando otro tipo de deseo, ni desligándose claramente de este?  Cuando era presidenta de la FELGTB me tocó acudir a reuniose de organizaciones feministas en las que había más lesbianas que mujeres heterosexuales. Recuerdo una en concreto en la que se discutía la ley de igualdad. Al mencionar yo la posibilidad de incluir a las lesbianas se hizo un tremendo silencio. Todas comenzaron a dirigirse a mí como si fuese la única lesbiana de la reunión. Me he cansado.

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