Homofobia


Celia Amorós ha explicado en muchas ocasiones su consideración de que el paradigma de la Ilustración que proclamó la igualdad universal mientras teorizaba al mismo tiempo la desigualdad de las mujeres, se configuró, sin embargo y es de suponer que a su pesar, como el marco teórico que  permitió que el feminismo fuera pensable; porque esa teorización imperfecta de la igualdad puso la semilla de una voluntad y de un deseo que superó con mucho los límites que los propios ilustrados le impusieron. Eso ocurrió primero con el feminismo, que la filósofa Amelia Valcárcel llamó “hijo bastardo de la Ilustración”, hijo por tanto no querido, y ocurrió después con muchos otros grupos sociales excluidos de la Igualdad, de la Libertad y la Fraternidad revolucionarias.  En ese sentido, la teorización de los derechos LGTB sería el hijo más ilegítimo de la Ilustración, pero uno de los que con más fuerza ha venido a exigir que le sea reconocida su filiación ilustrada. Es evidente que ni los derechos humanos ni los derechos civiles se teorizaron pensando en los que pronto serían llamados perversos sexuales, pero sin embargo han terminado siendo nuestro marco de referencia imprescindible.
Ese es, en mi opinión, uno de los grandes éxitos del Movimiento de Liberación homosexual y transexual en España, que fue capaz de incorporar la reivindicación de un derecho concreto, como la modificación de la ley de matrimonio, al marco de los derechos humanos y civiles. Hasta el momento, la extensión de nuestros derechos era percibida socialmente como una cuestión casi exclusivamente económica (pensiones de viudedad, de separación, indemnizaciones laborales, herencia…) y, aunque justa, susceptible de ser otorgada por una vía especial que no afectara al derecho general. Por eso, siendo importante la consecución de cualquier derecho del que estemos privados, mucho más importante era, en nuestra opinión, situar el debate en un terreno desde el que el cambio cultural fuera posible. Así, “asaltar” el matrimonio significa arrebatarle en parte su carácter de herramienta privilegiada y secular de la heteronormatividad y del régimen genérico y resaltar su carácter moderno de institución civil sujeta a transformaciones y de institución democrática oscurecida por la tradición y la historia; significaba escenificar socialmente ese carácter, de manera que esa institución fuera devuelta al lugar que le corresponde: el Parlamento.

Es en ese sentido en el que, en el transcurso del debate público, siempre aseguramos que la consecución del derecho al matrimonio nunca fue nuestro objetivo final. El matrimonio es más bien el principio de una lucha que sabemos que será mucho más larga. Una reivindicación de derechos que no se preocupe, al mismo tiempo, de que se produzcan las condiciones de posibilidad para el cumplimiento efectivo de esos derechos, se queda en una mera reivindicación liberal. El objetivo final del Movimiento de Liberación homo-transexual es, obviamente, la desaparición de la homofobia.

La homofobia, la lesbofobia, como cualquier otra forma de intolerancia hacia los otros, como el racismo, la misoginia, la xenofobia, etc., son mecanismos destinados a mantener un ideal de sociedad coherentemente estructurada. Para ello se crea un adentro y un afuera, un afuera al que se expulsa a todo el que no forma parte del ideal social. El adentro necesita, pues, mecanismos de exclusión que marquen la diferencia del Otro respecto al Uno, al modelo hegemónico. El Otro absoluto es deshumanizado al presentarlo como inferior, anormal, contrario a la naturaleza, contrario a todo lo que significan los valores humanos y se impide así cualquier identificación o empatía con el grupo excluido. Como nos explica perfectamente Daniel Borrillo, a quien sigo aquí, la homofobia se articula alrededor de emociones (creencias, prejuicios, convicciones, fantasmas…), de conductas (actos, prácticas, procedimientos, leyes…) y de un dispositivo ideológico (teorías, mitos, doctrinas, argumentos de autoridad…).

En estos momentos, con la consecución de derechos y con la progresiva visibilización y normalización social y cultural de la homosexualidad, ésta ha dejado de estar en el centro de la cuestión, que ha pasado a estar ocupado por la homofobia. Es decir, más o menos se asume que la homosexualidad no es el problema y ya no se combate ni se penaliza; ahora la cuestión objeto de debate debe ser la existencia de la homofobia en cuanto estado psicológico alienado de muchas personas. La homofobia es, además, el principal obstáculo para que a pesar de la igualdad legal de la que disfrutamos, nos quede mucho para poder hablar de Igualdad. La homofobia que queda en nuestras sociedad es mucho más fuerte de lo que en general estamos dispuestos a asumir y existe de manera individual, en sujetos que muchas veces no son conscientes de ella y también pública: la que se da en el Estado y sus instituciones.

En cuanto a la homofobia individual

Debido a los avances en derechos LGTB en las sociedades más desarrolladas, la homofobia agresiva o más evidente ha pasado a ser patrimonio de las personas más conservadoras o incluso de algunos inadaptados sociales que se manifiestan violentamente;  pero eso no quiere decir en absoluto que haya desaparecido. Hay una homofobia sutil que pregona una cierta tolerancia hacia gays y lesbianas, a los que se dice respetar, a cambio de atribuirles un lugar marginal y silencioso, el de una sexualidad secundaria. Es la homofobia de esas personas que afirman enfáticamente el derecho de cada uno a hacer lo que quiera en su vida privada pero a quienes, al mismo tiempo, se les hace insoportable contemplar la ocupación visible y ruidosa del espacio público que se produce, por ejemplo, en la manifestación del Día del orgullo Gay o en los llamados barrios gays; es la de aquellas personas que se sienten profundamente incómodos ante la llamada “pluma” de muchos gays. Son personas que afirman respetar pero que no soportan la absoluta equivalencia, en el espacio público, entre homosexualidad y heterosexualidad. Es la homofobia que Daniel Borrillo llama “homofobia liberal”.  En una sociedad en la que muy poca gente se reconoce como  racista, xenófobo o misógino u homófobo, la homofobia liberal asume que la homosexualidad como comportamiento privado es legítimo pero que, como comportamiento público, es desestabilizador del orden.

La homofobia liberal está condensada y perfectamente expresada en esas preguntas que todos los gays y lesbianas hemos escuchado en muchas ocasiones: “¿Por qué tienes que decirlo? ¿A quién le importa lo que eres?” La respuesta obvia es: a todos. Al Estado, a la familia, a los amigos, a los compañeros de trabajo… A la famosa pregunta “¿Por qué tienen que pregonarlo? ¿Acaso yo pregono mi heterosexualidad?”, la respuesta es también obvia: sí, la heterosexualidad se pregona constantemente. Este es un régimen sexual sustentado en la visibilización constante de la heterosexualidad, que es permanentemente ritualizada, exteriorizada, visiblizada, actuada, contada… ¿o es que la heterosexualidad no tiene ritos públicos? ¿o es que el estado civil no figura en los documentos? ¿o es que la heterosexualidad no es en todo el mundo la base de la familia? ¿o es que no son visibilizaciones, ritualizaciones de la heterosexualidad, el anillo de boda, las despedidas de solteros, la pedida de mano, los noviazgos? ¿o es que cuando un hombre y una mujer van de la mano por la calle o cuando se besan no están visibilizando con despreocupación su heterosexualidad? Naturalmente que la heterosexualidad no tiene que salir del armario ya que el espacio público es todo suyo, que somos las personas LGTB las encerradas en armarios irrespirables. Para conquistar el espacio público que nos corresponde no hay otra opción que visibilizarse y cuanto más ruidosamente, mejor.

Lo cierto es que la mayoría de las personas tienen cierto grado de homofobia inconsciente (gays y lesbianas incluidos) ya que ésta se inscribe en la misma construcción de la subjetividad occidental, especialmente de la subjetividad masculina. La homofobia, como el sexismo en los hombres, requiere, para librarse de ella, un trabajo consciente y trabajoso de reconstrucción del propio yo, de la propia masculinidad, que no todo el mundo quiere o puede hacer. La homofobia, en el caso de los varones, se manifiesta en la angustia de ver desaparecer la frontera entre homo y heterosexualidad y la jerarquía entre ambas; como consecuencia de esta desaparición se produce una interpelación directa a la masculinidad tras la cual el sujeto ve  la suya puesta en cuestión y tiene problemas para  situarse en un lado o en otro.  La homofobia, aunque no sea dirigida a nadie en concreto, se constituye así como una especie de “vigilancia de género”. Por eso, cualquier manifestación pública de la homosexualidad les resulta a muchos incómoda,  porque amenaza con debilitar un edificio inestable que muchos varones (y mujeres) levantan con sacrificio y dolor: con la negación de una parte de sí mismos, con la negación de sentimientos que son puramente humanos. La visibilización de la homosexualidad hace daño porque demuestra que esa pendiente por la que cualquiera podría despeñarse está ahí.  Porque ésta es una sociedad homosocial a la que a las relaciones intragenéricas sólo les falta el sexo y, en muchísimas ocasiones incluye el sexo, aunque un sexo silenciado: el sexo en grupo de los adolescentes, las masturbaciones mútuas, el sexo en los cuarteles o en las cárceles… Esta homofobia cotidiana es percibida como banal y se da más bien en el orden simbólico, y las víctimas o bien la interiorizan y la hacen suya, o bien no la perciben, o bien, aunque la perciban, les parece natural.

La heteronormatividad, el régimen de la sexualidad obligatoria, como buen sistema represivo, oculta de manera casi perfecta el armazón ideológico sobre el que se construye; cuanto menos evidentes sean los andamios sobre los que se levanta cualquier construcción ideológica más natural nos parece y, por tanto, más difícil nos resulta enfrentarnos a ella.  El objetivo de cualquier construcción ideológica que tiene como fin mantener un sistema de sometimiento de las mujeres, las lesbianas, los gays, las razas no blancas, las clases sociales etc., es, precisamente, parecer natural. Estos sistemas de sometimiento ejercen sobre sus víctimas una violencia simbólica que, como dice Bourdieu acerca de la dominación masculina, “es violencia amortiguada, insensible e invisible para sus propias víctimas, que se ejerce esencialmente a través de los caminos puramente simbólicos de la comunicación y del conocimiento o, más exactamente, del desconocimiento”. A Bourdieu le sorprendía que “el orden establecido, con sus relaciones de dominación, sus derechos y sus atropellos, sus privilegios y sus injusticias, se perpetúe, en definitiva, con tanta facilidad (…) y que las condiciones de existencia más intolerables puedan aparecer a menudo como aceptables, por no decir naturales”.

Por eso, que cada vez más gente se resista a declararse homófoba no quiere decir que la homofobia no exista; existe y está muy viva. Como explica muy gráficamente el filósofo Eribon, un gay tiene siempre ante sí el horizonte de la injuria. Cuando un niño escucha en el colegio o en el instituto el insulto “maricón” (el insulto más utilizado en todos los colegios del mundo) siente esta palabra, aunque no vaya dedicada a él en particular,  como una agresión que se inscribe para siempre en su cuerpo y su memoria. Cuando la palabra “maricón” se escuche en un discusión de tráfico, un gay que pase por allí sabrá que se refieren a él; cuando un padre o una madre utilizan esa palabra de manera despreocupada, su hijo maricón o su hija “tortillera” tendrán que crecer con ello.

Homofobia institucional

Cuando la homofobia individual está desacreditada, es difícil hacer entender a la sociedad que la no implicación activa del Estado en el combate contra la homofobia no es sino otra manifestación más de la misma. Porque todas las minorías que se enfrentan a los prejuicios y a la discriminación social necesitan apoyo institucional para alcanzar la plena ciudadanía y para acabar con desigualdades que, en ocasiones, están profundamente enraizadas en nuestra cultura y en nuestras subjetividades. Hay, además, una diferencia esencial entre cualquier minoría y las personas homosexuales. Una mujer negra o gitana, un extranjero, un niño inmigrante discriminado en el colegio, cuentan todos ellos con el apoyo fundamental de sus respectivas comunidades de origen o, en su defecto, de sus familias. Por muy discriminado que esté social o culturalmente, cualquier miembro de una minoría tendrá por lo menos el apoyo y la valoración de su comunidad. Tendrá sus recursos culturales, un legado, la solidaridad de los suyos en la vivencia de la opresión. Las personas LGTB formamos comunidades (y bien que se nos critica) pero no surgimos de ellas y no es hasta tener ya cierta edad cuando conseguimos encontrarlas y aprendemos la manera de integrarnos. Si hay una experiencia que todos los gays y lesbianas hemos compartido en algún momento de nuestra vida es la experiencia de una profunda y aterradora soledad. Por eso necesitamos más que muchas otras minorías del apoyo del Estado si es que decide que somos ciudadanos/as plenos que tenemos derecho a desarrollarnos en libertad e igualdad.

En realidad, no es contradictorio ni extraño que España tenga una ley de matrimonio y no la tengan países como Suecia o Dinamarca. La razón es que en los Países Nórdicos tienen una tradición muy antigua de lucha contra la desigualdad desde las políticas públicas. En los países de gran tradición igualitarista el Estado se ha involucrado con decisión en la lucha por la igualdad y en este caso contra la homofobia; ésa es la razón de que la ley de matrimonio no fuera vista allí como tan necesaria. Aquí no existe esa tradición y por eso pusimos todo nuestro empeño en cambiar la ley. Resultaba más fácil cambiar cualquier ley que toda una tradición política. Hicimos lo que consideramos que estaba más fácilmente a nuestro alcance. La ley salió y se aplica sin problemas. Pero en cambio está siendo muy difícil conseguir el compromiso de las instituciones en la lucha por la igualdad social. Ahí tenemos el ejemplo de la asignatura de Educación para la Ciudadanía en donde ha sido casi imposible introducir referencias claras a la homofobia, a la diversidad sexual o a las nuevas familias.

En España no existen apenas políticas públicas a favor de la igualdad LGTB y en contra de la homofobia. La excepción es Cataluña, donde se ha aprobado el Plan Interpartamental para la no discriminación de las personas homosexuales y transexuales que responde a un mandato del Estatut. En la medida en que se han aprobado otros estatutos en los que el Movimiento LGTB ha conseguido introducir menciones similares, como en el andaluz, eso abre una puerta a la posibilidad de implementar esas políticas.

Es cierto que trabajamos con dinero público y que la concesión de ayudas, financiación o subvenciones es una forma de política pública. Pero es una forma que no supone una implicación directa del Estado, con lo que se sigue manteniendo la idea de que esta lucha es cosa nuestra, de que sólo nos incumbe a nosotros. Si bien es normal que se nos financie para trabajar contra el sida, el Estado tuvo que asumir también que le corresponde abanderar la lucha contra esta enfermedad; y además de financiar a organizaciones feministas, el Estado también entendió que debía implicarse  en la lucha contra la violencia machista. Lo cierto es que por mucho dinero que se nos de para desarrollar programas, no podemos educar, ni podemos denunciar cada actuación homófoba o discriminatoria; ni podemos controlar a las empresas, ni controlar las imágenes culturales, ni el lenguaje…

Al no haber ningún tipo de intervención en los colegios se está produciendo un desfase terrible entre lo que es la niñez y la adolescencia de las personas LGTB y su posterior vida adulta. Plenos derechos como adultos, ningún respeto como niño. Es hora de decir que los niños y adolescentes LGTB existen; que detrás de cada adulto que es homosexual o transexual ha habido un niño o niña que ya lo era. Y todos sabemos que esos niños y niñas siguen sufriendo mucho, siguen siendo víctimas de acoso, siguen inmersos en el silencio más absoluto, lo que les hace especialmente vulnerables a los abusos, a la infección por VIH, al fracaso escolar. Los adultos saben protegerse, disponen de información, los niños no y el resultado es que según estudios realizados en EEUU los adolescentes LGTB son tres veces más proclives a las tentativas de suicidio que sus compañeros heterosexuales. El colegio sigue siendo, con la aquiescencia general, un desierto de soledad y miedo para los niños y adolescentes LGTB y sólo algunos colegios e institutos están adoptando medidas en ese sentido, como el de Rivas, por ejemplo, con un consejero para estos adolescentes. Pero son iniciativas individuales que no cuentan con el apoyo decidido de las instituciones. Por eso nos queda mucho por hacer; y ante la violencia de la derecha y los sectores más reaccionarios no podemos descartar que existan retrocesos.

Revista Trasversales número 9,  invierno 2007-2008

http://www.trasversales.net/t09bg.htm

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