Las consecuencias de la ley de matrimonio


Hace poco más de un año que se aprobó en el Congreso de los Diputados la Ley de modificación del Código Civil en materia de matrimonio que es como técnicamente se llama la ley a la que todo el mundo se refiere como  la ley “de matrimonio homosexual”. Esta ley significa, en la práctica,  acabar con la única discriminación legal que nos quedaba a gays y lesbianas para poder ejercer la ciudadanía plena. En esos días aparecieron en todos los diarios y revistas del país y de fuera de él multitud de reportajes, declaraciones, entrevistas, de distintas personalidades públicas y políticas que opinaban sobre la ley y sus consecuencias; sobre la enorme trascendencia social que tendría una medida de estas características. Los políticos profesionales se han convertido en los interlocutores para todo tipo de temas que, finalmente, tienen que pasar por el Parlamento lo cual, aunque previsible, implica una cierta injusticia con los verdaderos actores y actrices de cualquier proceso social.

A veces pareciera que el responsable de una ley de este tipo es el Ministro de Justicia o, en último extremo, el Presidente del gobierno de turno, ignorando que ambas figuras (o cualquier otra involucrada) son en muchas ocasiones el último eslabón, y no el más importante, de una cadena de voluntades que comienza muy atrás y que realiza todo el trabajo desde un lugar muy alejado del Parlamento: desde las asociaciones, desde el voluntariado. Este artículo es, por tanto, una reivindicación de los protagonistas de este cambio: los y las activistas.

Las más importantes asociaciones que agrupan en España al activismo homosexual y transexual escogieron hace ya 14 años unirse en una Federación de carácter estatal que respetando la idiosincrasia y la autonomía de cada uno de los grupos fuera capaz de establecer un discurso político unificado respecto a las reivindicaciones más importantes. Una de las consecuencias de esa unidad fue la de cambiar la reivindicación tradicional establecida por algunos grupos más conservadores de una Ley de Parejas de Hecho por la de la igualdad completa, esto es, el matrimonio.

A partir de aquí, los políticos no nos han regalado nada. Hemos recorrido un largo camino en el que en muchas ocasiones nos hemos sentido muy solos.  Hemos tenido que ganar primero el debate social para que los partidos comenzaran a fijarse en la justicia de nuestras reivindicaciones. A partir de aquí los y las voluntarias de las distintas asociaciones han trabajado en pueblos y en ciudades en su tiempo libre y en condiciones materiales que asombrarían. Poniendo en el empeño no sólo su tiempo sino su dinero también. Nos hemos pagado los viajes, el teléfono, hemos trabajado desde nuestras casas renunciando a cualquier tiempo libre. Hemos trabajado en grandes capitales donde, poco a poco, nos fuimos ganando el respeto de otras asociaciones, pero hemos abierto locales también en pueblos o en ciudades pequeñas donde no es nada fácil visibilizarse como gay, lesbiana o transexual. Hemos participado de manera frenética en cualquier ocasión que se nos diera de visibilizarnos, para que la sociedad nos conociera, para que nos viera, para que nos escuchara: debates, artículos, otras manifestaciones, otras causas, reuniones, conferencias…Así, con el correr de los años fuimos convenciendo a la sociedad de que lo que pedíamos era, más que justo necesario. Hemos tenido voluntarios dando charlas por toda España, ante los auditorios más extraños que pueda imaginarse, en algunas ocasiones también ante los más hostiles.

No hemos renunciado ni dejado pasar ninguna oportunidad. El objetivo era que la sociedad comprendiera que no somos unos extraños venidos de Marte, sino que somos parte de esta misma sociedad, que somos ellos, que somos sus hijos, amigas, vecinas, compañeros de trabajo…sujetos a una discriminación injusta e intolerable. Y así, poco a poco, muy poco a poco, hemos ganado un debate social y político del que partíamos como perdedores o, al menos, como invisibles, inexistentes.

Entonces sí, sólo entonces, los partidos políticos nos hicieron un hueco en sus agendas y aun entonces, siempre con prevención. Siempre parecer que hemos alcanzado el tope de lo que los partidos están dispuestos a asumir. Pero para nosotros el único límite es la igualdad completa y total, y no sólo legal, sino también social.

Cuando se aprobó la ley de matrimonio, los protagonistas fueron los políticos, pero los y las activistas lloramos de emoción en el Congreso de los Diputados;  por el camino recorrido, por todo el trabajo hecho, por tantas tardes mandando correos y haciendo llamadas, por tantísimos kilómetros de autobús por carreteras imposibles, por esas fotos que ahora miramos con nostalgia en reuniones a las que asistíamos cuatro, después diez, más adelante cien; por esas manifestaciones a las que la gente acudía con careta y unos pocos con la cara descubierta. Por momentos muy difíciles, pero también por muchos momentos de complicidad y compañerismo que toda lucha lleva consigo.

La ley de matrimonio nos ha convertido en ciudadanos y ciudadanas de pleno derecho. Ha dado legitimidad a nuestras vidas desde el momento en que se la da a nuestras parejas, a nuestras familias, a nuestros afectos. Con esta ley en la mano, el estado reconoce que tan legítima es la homosexualidad como la heterosexualidad y que ambas son orientaciones sexuales iguales, y que las familias formadas bajo esta orientación tienen la misma importancia social. Este es un paso que tiene consecuencias que van mucho más allá de la consecución de unos determinados derechos. Hemos ganado derechos sí, pero sobre todo hemos ganado en legitimidad social, en igualdad.

Publicado en : Revista Éxodo nº 85, Octubre 2006

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