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Ser lesbiana tiene más que ver con ser mujer que con ser homosexual

DONOSTIA. “En todas las culturas, el lesbianismo se utilizaba para designar a las mujeres que eran libres”. Ese es el hilo conductor de la nueva publicación de Beatriz Gimeno. A la hora de escribir este libro, ha repasado la actitud con
la que distintas culturas han acogido la homosexualidad femenina. ¿Con qué se ha encontrado? En todas las culturas, el lesbianismo no ha ido unido necesariamente a prácticas sexuales. La palabra lesbiana siempre se ha utilizado para mujeres que se salían del rol que la sociedad establecía para ellas, tuvieran relaciones con otras mujeres o no.

Leer entrada completa: http://www.siis.net/documentos/hemeroteca/64242.pdf

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Las lesbianas y el holocausto

En los últimos años, y de forma paralela a la consecución de derechos por parte de la comunidad gay, se ha producido un esfuerzo por recuperar la memoria de la persecución nazi sobre los homosexuales. Paradójicamente este recordatorio, necesario y justo, ha contribuido a perpetuar la invisibilidad de las lesbianas.

Históricamente, la presunción de heterosexualidad sobre las mujeres, y la persecución y control sobre su sexualidad han sido tan fuertes, que las acciones explícitas sobre aquellas que disienten, pueden no ser tan siquiera necesarias. En 1935 el ministro de Justicia se negó a incluir a las lesbianas en la ley que penalizaba la homosexualidad masculina. Esencialmente arguyó que las lesbianas eran muy difíciles de detectar. En realidad eso no tenía importancia porque las que eran muy fáciles de detectar eran las mujeres. Los nazis creían más en el poder de la intimidación que en el de la legislación. Los lugares de reunión de lesbianas fueron cerrados y ellas obligadas a parecerse al ideal de feminidad nazi. El camuflaje se hizo necesario para la supervivencia. Después de 1933 muchas lesbianas se casaron para evitar la presión social sobre las mujeres solteras. Pero ser mujer era peligroso en el régimen nazi.

Cualquier mujer podía ser detenida y encarcelada por casi cualquier cosa. como ocurre todavía, cualquier mujer independiente puede ser tachada de lesbiana. Lo peligroso no eran las lesbianas, sino las mujeres, el sexo de las mujeres, la independencia de las mujeres. Cualquier marido podía denunciar a su mujer por lesbiana, por prostituta, por no cumplir con sus deberes de buena alemana. Cualquier mujer no casada, cualquiera que no tuviera hijos, cualquiera que fuera promiscua o lo pareciera, era sospechosa, sino culpable. El crimen era ser mujer en una sociedad misógina, ser lesbiana un agravante,  una circunstancia más. Las mujeres, las lesbianas, eran identificadas en los campos de concentración con el triángulo negro de las “asociales”, el color que los nazis adjudicaban a los socialmente desajustados, y dentro de esta categoría entraba cualquier mujer que desafiara las normas. Su crimen era su propia existencia. Su crimen no era un crimen identificable como el de los gays.

Poco después de que se decidiera erigir en Berlín un monumento a los homosexuales víctimas del nazismo, las disensiones se hicieron patentes en la comunidad gay. Lo que se discutía era si las lesbianas debían ser incluidas como víctimas. Mientras algunos hacían notar que las leyes contra la homosexualidad fueron empleadas específicamente sólo contra los gays, las mujeres enfatizaban que las lesbianas habían vivido en el terror.

El problema es que las lesbianas a veces vienen a subvertir lo que la mayoría de la gente entiende por homosexualidad. Por decirlo simplemente, no todos los homosexuales son hombres y esto no siempre es bien comprendido. Por ejemplo, en el Museo del Holocausto que hay en los EE.UU, las lesbianas no existen más que en relación a los gays . En la Enciclopedia que allí se puede consultar, la palabra “lesbiana” remite invariablemente a la palabra gay. El triángulo rosa y el párrafo 175 de la ley antihomosexualidad de Alemania aparece en la pantalla, asumiendo que el triángulo y la ley hacían referencia a las lesbianas.

Los historiadores también se han negado a comprender la realidad de las lesbianas en los campos y, muy a menudo, explican las relaciones lésbicas que allí se desarrollaban como provocadas por la falta de hombres: “como en muchas prisiones, en los campos de concentración mujeres que en cualquier otra situación hubieran aborrecido el lesbianismo, podían aquí gradualmente deslizarse hacia una aceptación de dichas prácticas”. Esta explicación es tan corriente que las mismas lesbianas han acabado por creerla. Annalise W. Es una superviviente del campo para mujeres de Ravenbruck que escribe “…había muchas lesbianas allí, pero no sé si éramos antes así o fue el hecho de estar allí encerradas lo que nos hizo así”.

Si entendiéramos la heterosexualidad como resultado de la vivencia de una situación desesperada, nuestro recuerdo de Ana Frank se vería considerablemente alterado. Después de todo ella escribió en su diario que, antes de vivir encerrada, se sentía activamente atraída por las chicas. Esta parte del diario ha sido convenientemente ignorada, pero conviene recordarla en toda su extensión.

“Ya había tenido ese tipo de sentimientos inconscientes antes de estar aquí porque recuerdo que, una vez, mientras dormía con una amiga, sentí un fuerte deseo de besarla y lo hice. Me sentía terriblemente curiosa con respecto a su cuerpo. Pero ella lo mantenía siempre oculto y escondido para mí. Le pedí que, como prueba de amistad, nos tocáramos una a otra el pecho. Ella se negó. Entro en éxtasis cada vez que veo a una mujer desnuda, como a Venus por ejemplo. Me parece tan maravilloso y tan exquisito que tengo dificultad para controlar las lágrimas. ¡Ojalá tuviera una novia!”

No había una novia para Ana en su escondite. En cambio estaba su mejor amigo y pronto adorado Peter Van Daan. El día después de escribir lo anteriormente expuesto, Ana confesaba: “mi necesidad de hablar con alguien ha llegado a ser tan intensa que de alguna manera me he convencido de que he elegido a Peter”, la elección de esta compañía la repelía al principio: “cuando estoy en la cama y pienso en la situación, la encuentro lejos de ser estimulante, y la idea de tener que rogar a Peter, me parece simplemente repelente”.

No obstante todo lo anterior, la relación de Ana Frank con Peter nunca ha sido minimizada por ser considerada propia de una adolescente o causada por las circunstancias o por la falta de compañía femenina. Ana Frank vivió y murió en un mundo similar al nuestro, un mundo que presume que ella era (y debía ser) heterosexual.

Este artículo está basado en uno de Amy Elman “Lesbians and the Holocaust”

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Lesbianismo y vejez : una combinación no demasiado mala.

Vivimos en una época que ha convertido la vejez en una palabra sucia. La gente gasta mucho dinero, esfuerzo, tiempo, salud, en parecer más joven de lo que es realmente. Operaciones, cosméticos, tratamientos muy costosos y dolorosos… en una loca carrera para huir de algo que, indefectiblemente, nos terminará alcanzando. El mito de la juventud se ha instalado definitivamente entre los gays, quienes han creado y sostienen una subcultura en la que se rinde culto a la juventud y en la que se desprecia y se denosta, hasta límites increibles, a los ancianos.  He escrito recientemente un artículo referido a la discriminación que los gays ancianos padecen, tanto entre la propia comunidad gay como en la sociedad heterosexual en general; en este artículo hacía referencia a los estudios y a los artículos que se han escrito sobre el tema de la vejez entre los gays en los últimos años.

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El amor que no osa decir su nombre: La invisibilidad de las lesbianas

A distancia. Revista de la UNED. Vol. 21 Nº3 Octubre 2003


En los últimos años es evidente que, más allá de las conquistas políticas
concretas, se ha alcanzado un cierto consenso social en las sociedades
occidentales acerca de la reivindicación gay-lesbiana a la igualdad de derechos. Este consenso social se ha conseguido gracias sobre todo a la visibilidad de las personas que llamaré desde ahora, a la manera americana, GLTB (es decir, gays, lesbianas, transexuales y bisxuales). La visibilidad no es una moda ni es tampoco un asunto de exhibicionismo del que a veces se nos acusa. La visibilidad para gays y lesbianas es un asunto político de primer orden, es el punto primero en la agenda de cualquier asociación que luche por los derechos de las personas GLTB. Pero, aceptado lo anterior, es el momento de pararnos a reflexionar dónde han quedado las lesbianas en este asunto de la visibilidad y dónde están las lesbianas cuando decimos población GLTB u homosexual o, simplemente, gay-lesbiana.

Entrada completa: http://www.felgtb.org/files/docs/2c146aab0fc5.pdf

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La mirada masculina

Hace poco alguien de COGAM me comentó que  las mujeres del grupo de Lesbianas éramos, la mayoría muy feas. Y aunque ese es un comentario que las lesbianas escuchamos habitualmente, el hecho de que esta vez proviniera de un gay hizo que le prestara un poco más de atención. Esa misma tarde observé atentamente a las mujeres que nos habíamos reunido para la actividad habitual de los viernes y me dije que no tendría problema en reconocer que, más allá del tópico, muchas de nosotras resultaríamos poco atractivas para la mayoría de los hombres, tanto gays como no gays que en esto, al parecer, su mirada es exactamente la misma.

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La marginación de las lesbianas en los grupos gays y en el mov. feminista

Los años 70 y gran parte de los 80 fueron los años en los que las lesbianas no concebíamos estar al margen del movimiento feminista. Es más, fueron los años en los que afirmábamos que cualquier mujer podía ser lesbiana y en los que tratábamos de transformar el feminismo en feminismo lesbiano (1). Después por razones internas al movimiento, que abordaré más adelante, y también externas: la necesidad de transformar la legislación para que recogiese los derechos de gays y lesbianas, las agresiones homófobas y el SIDA, las lesbianas comenzamos a integrarnos en los colectivos gays (2). En la actualidad, en España no hay apenas grupos autónomos de lesbianas fuera del movimiento gay y los que hay no tienen casi presencia. Tampoco dentro del movimiento feminista las lesbianas están organizadas como tales ni su voz tiene fuerza para ser escuchadas. Las lesbianas en la actualidad subsistimos como grupos minoritarios dentro de los grupos gays. Después de una década de militancia conjunta quizá sea hora de replantearnos esa alianza.

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Sexualidades iguales

En el siglo XX que ahora termina se comenzó una revolución que ha transformado, por más que no todo el mundo quiera reconocerlo, las sociedades occidentales. En palabras de un famoso historiador británico “la única revolución exitosa e incruenta del siglo”, la revolución feminista. Es una revolución, como he dicho, comenzada, que no terminada. Falta mucho para que podamos considerarla concluida; al ritmo actual, y según la ONU, harán falta unos 500 años más o menos para que la igualdad entre mujeres y hombres sea real y completa. Esperemos que el ritmo se acelere. sin embargo es cierto que algunas cosas son más difíciles de cambiar de lo que pensábamos, que algunos avances han sufrido un retroceso, que las estructuras se resisten a ser desmontadas.