La marginación de las lesbianas en los grupos gays y en el mov. feminista


Los años 70 y gran parte de los 80 fueron los años en los que las lesbianas no concebíamos estar al margen del movimiento feminista. Es más, fueron los años en los que afirmábamos que cualquier mujer podía ser lesbiana y en los que tratábamos de transformar el feminismo en feminismo lesbiano (1). Después por razones internas al movimiento, que abordaré más adelante, y también externas: la necesidad de transformar la legislación para que recogiese los derechos de gays y lesbianas, las agresiones homófobas y el SIDA, las lesbianas comenzamos a integrarnos en los colectivos gays (2). En la actualidad, en España no hay apenas grupos autónomos de lesbianas fuera del movimiento gay y los que hay no tienen casi presencia. Tampoco dentro del movimiento feminista las lesbianas están organizadas como tales ni su voz tiene fuerza para ser escuchadas. Las lesbianas en la actualidad subsistimos como grupos minoritarios dentro de los grupos gays. Después de una década de militancia conjunta quizá sea hora de replantearnos esa alianza.

Para las que no hemos conocido los “años gloriosos” dentro del movimiento feminista (3), para las que comenzamos en el feminismo en los años 80 y después hemos militado en grupos mixtos de gays y lesbianas, la conciencia y la experiencia de la permanente marginación de las lesbianas en estos espacios ha sido una constante. Y esta marginación es tanto más grave cuanto que se produce en dos ámbitos en principio favorables a nuestras reivindicaciones, dos ámbitos que se supone que deberían ser acogedores para nosotras y en los que, por tratarse de espacios en los que la no discriminación se da por supuesta y por superada, es muy difícil plantear reivindicaciones radicales. Mientras que denunciar la marginación que padecemos las lesbianas en la sociedad es un argumento que encuentra buena acogida en los colectivos y asociaciones gays y feministas, hacer esta misma denuncia haciéndola extensiva a estos mismos colectivos y, aun más, denunciar que existe una discriminación y una marginación específica dentro de estos grupos es, lo sé por experiencia, peligroso. Pero si no conseguimos habilitar un espacio específico para la militancia política lesbiana (aunque sea en el interior de otros colectivos) corremos el riesgo, ya está sucediendo, de terminar asumiendo como propias reivindicaciones que no son nuestras o que incluso están claramente en contra de nuestros propios intereses. En las siguientes páginas explico brevemente, desde mi propia experiencia militante,  que no tanto intelectual, qué es lo que está ocurriendo con nosotras en el seno del movimiento gay y qué ocurre desde siempre en el seno del movimiento feminista.

 

Invisibilidad de las lesbianas en los colectivos gays

 

Tradicionalmente, tanto entre los gays como entre los heterosexuales, la “invisibilidad” de las lesbianas se ha convertido en un axioma cómodo para explicar todas las situaciones en las que una lesbiana puede encontrarse. Generalmente se admite que las lesbianas somos en buena medida invisibles, tanto para el mundo heterosexual como para el mundo gay. También tradicionalmente los gays han mantenido que esta invisibilidad es, o ha sido, una ventaja porque nos ha permitido vivir nuestra vida lésbica con mayor libertad y, sobre todo, con mayor seguridad. El hecho de que el lesbianismo fuera, y en buena medida aun sea, algo inimaginable para la sociedad ha permitido que pudiera vivirse sin la feroz persecución de que ellos eran objeto. Así las leyes modernas contra la homosexualidad eran por lo general aplicables, y aplicadas, únicamente contra la homosexualidad masculina. Todo el mundo conoce la anécdota de la reina Victoria negándose a tomar en consideración una ley que prohibiera el lesbianismo, simplemente porque no podía imaginar que tal cosa pudiera siquiera existir. En todas las épocas ha sido bien tolerado que dos mujeres vivan juntas e incluso que  demuestren en público su mutuo afecto. Siempre se ha sabido de la existencia de “amigas especiales” o en todo caso de amigas íntimas sin que eso por sí sólo fuera motivo de persecución. En el siglo pasado a esas amistades especiales se les llamaba amistades románticas y el hecho de que existiera esa denominación ya indica que se aceptaba que dichas parejas eran “algo más que amigas” (4).  Cierto que vistas así las cosas, podría parecer que ha sido más fácil, que todavía lo es, ser lesbiana que ser gay. Pero esto no es más que una manera un tanto superficial de ver la cuestión. En ninguna situación es más fácil ser mujer que ser hombre y ser lesbiana tiene más que  ver con el hecho de ser mujer que con el hecho de ser  homosexual.

En primer lugar hay que decir que, aun admitiendo que ser lesbiana sea una ventaja social respecto de ser gay, enseguida vemos que esta ventaja se convierte en un inconveniente cuando comprobamos que la invisibilidad afecta a todos los aspectos de nuestra vida, y  que si nos hace la vida más sencilla en algunos aspectos, también nos invisibiliza a la hora de reivindicar nuestra especificidad como mujeres lesbianas, a la hora de hacer que nuestra voz se escuche, a la hora de hacer visible en el Movimiento gay nuestra diferente experiencia vital, nuestra diferente manera de estar en el mundo;  de explicar y hacer ver que vivimos una situación social distinta, una situación política distinta, una situación económica diferente, etc. Somos invisibles para todo, incluso para ser percibidas dentro del movimiento gay y por los propios gays. La invisibilidad nos condena al silencio, y la palabra homosexual que se usa tanto para hombres como para mujeres se ha convertido en un falso neutro que denota únicamente la realidad masculina, del mismo modo que la palabra hombre en el sentido de humanidad recoge únicamente la experiencia y la visión masculina del mundo. Nuestra voz ha quedado sepultada. Las consecuencias de esta ocultación son de una gravedad incalculable, no solamente porque se ignora que lesbianas y gays  somos diferentes y tenemos diferentes experiencias que contar, sino fundamentalmente porque mediante esta operación se nos oculta también que las estrategias para superar la situación de desigualdad en la que nos encontramos tienen por fuerza que ser distintas. Si nos adherimos sin más, sin un previo posicionamiento crítico, a las estrategias que el movimiento gay hace suyas, acabaremos encontrándonos marginadas también dentro de este movimiento, y eso es lo  que  está sucediendo en la actualidad, que las lesbianas nos encontramos en una clara situación de marginación dentro de lo que muchas habíamos creído que iba a ser nuestro  movimiento de liberación.

Marginación dentro del movimiento gay.

Muchas de las lesbianas que en la actualidad militamos en grupos mixtos provenimos de grupos feministas o de grupos separatistas lesbianos. Para muchas de nosotras la integración en los grupos gays no se debió a una cuestión ideológica, sino únicamente a una cuestión práctica, el viento soplaba en esa dirección.  Nunca hemos dejado de saber que aunque tenemos reivindicaciones comunes con los gays, es más lo que nos separa de ellos que lo que nos une. La situación ideal para nosotras sería la existencia de grupos de lesbianas que tuvieran la misma fuerza que los grupos gays, y que establecieran alianzas políticas, sólo para determinadas cuestiones, con ellos. Así, podríamos mantener una política de alianzas estables siempre y cuando dichas alianzas se negociaran desde posiciones de igualdad para ambos grupos y únicamente hicieran referencia a las cuestiones que compartimos y que previamente hubiéramos acordado. Por lo demás, por lo que hace a nuestras respectivas agendas políticas y a nuestras militancias, los gays tienen que hacerse conscientes de que las lesbianas tenemos nuestros propios asuntos internos que debatir, nuestras propias reivindicaciones que hacer; todavía tenemos que plantearnos qué imagen es la que queremos ofrecer al exterior y cómo manejarla y en qué condiciones; tenemos que trabajar para  superar la tan mentada invisibilidad, tenemos que aprender a movernos por los vericuetos administrativos que nos son generalmente tan hostiles; tenemos que discutir entre nosotras qué temas son prioritarios para nosotras y cuáles son secundarios. Pero sobre todo, para poder ser lesbianas en igualdad, tenemos que combatir las desigualdades que como mujeres, condicionan nuestra vida entera y que como lesbianas inciden especialmente sobre nosotras. En realidad, la pregunta que las lesbianas tendríamos que empezar a formularnos sería la de si más allá de una común discriminación legal  tenemos algo que en común con los gays. Nuestra situación como ciudadanas y ciudadanos que no gozan de los mismos derechos  puede ser similar, pero nuestra posición social, económica y cultural como mujeres y hombres es radicalmente distinta, y diferentes son también las subculturas y los espacios que nos hemos ido abriendo y en los que nos movemos cotidianamente. La diferente posición que ocupamos en la sociedad tiene su exacto reflejo en los colectivos gays.

En la actualidad, ha pasado el tiempo en el que la lucha era simplemente por poder existir. En la urgencia de entonces, las lesbianas, como por otra parte siempre han hecho las mujeres en las luchas de los hombres, abandonamos nuestras posiciones en pro de unas posiciones supuestamente comunes. Ahora es tiempo de revisar el lugar que nos han dejado, el lugar que ocupamos en los colectivos que se dicen mixtos. Los temas que podríamos comenzar a discutir son muchos, pero a modo de ejemplo podríamos hacernos las siguientes preguntas: ¿Afecta de la misma manera el SIDA a los gays que a las lesbianas? ¿Es el SIDA un tema prioritario para nosotras?(5). ¿Se destina algún recurso en los colectivos a prevenir o a  informar de cualquier enfermedad propia de mujeres como el cáncer de mama, por ejemplo? No, naturalmente que no. Durante una década las lesbianas nos hemos implicado en la lucha contra el SIDA, hemos participado en las campañas de prevención, hemos entregado condones, hemos recaudado dinero y hemos admitido que todo el dinero y todo el esfuerzo se dedicara a ese tema. Todo quedó pospuesto. Aun cuando en este momento no hay apenas ningún caso demostrado de contagio de VIH entre lesbianas por relación sexual, se sigue insistiendo y gastando dinero y energía en el sexo seguro entre lesbianas. Todavía nadie ha dicho que el sexo entre lesbianas en realidad es el sexo más seguro. Más allá de la solidaridad que sintamos por un tema tan importante para los gays, las lesbianas llevamos diez años sin hacer otra cosa que trabajar en SIDA. Seguramente pasaremos los próximos años lamentándonos de esta década perdida,  Pero hay muchos otros temas de gran importancia que nos afectan de muy diversa manera a lesbianas y gays, por ejemplo el tema de la visibilidad, de gran importancia en los grupos que pretenden hacer un trabajo político. Es difícil encontrar hombres o mujeres que sean visibles en los colectivos gays/lésbicos, que den la cara ante la sociedad y ante los medios de comunicación. La presencia pública es muy importante y  “salir del armario” es un tema político de primer orden. Pero a la hora de hacernos visibles, a la hora de prepararnos para dar ese salto ¿se tiene en cuenta que no es lo mismo para una mujer reconocerse lesbiana públicamente que para un hombre reconocerse gay? ¿Se tiene en cuenta la situación de especial vulnerabilidad en la que se coloca una mujer que se ha autonombrado públicamente como lesbiana?  Que entran en funcionamiento los mecanismos que hacen soñar con lesbianas al imaginario sexual masculino heterosexual y que el quiosquero de la esquina, el portero, el vecino del quinto y, sobre todo, el compañero de trabajo y el jefe, se pueden empeñar en demostrarte que eres lesbiana porque no has encontrado a un hombre de verdad. Eso puede significar desde el acoso permanente en el trabajo hasta la violación (6), y  la presión puede ser imposible de sobrellevar, especialmente si nada nos ha preparado específicamente para esa situación. Pero, además ¿cómo afecta a nuestra vida pública, a nuestra militancia, a nuestra disponibilidad el tener hijos o  padres ancianos o enfermos que cuidar? El tema de los hijos no es simplemente un tema manido por el feminismo. Ocurre que las lesbianas tenemos hijos. Y esto no sólo afecta a nuestra disponibilidad horaria, sino que “salir del armario” se convierte en algo que ya no nos afecta únicamente  a nosotras, sino también a  nuestros hijos. Y al mismo tiempo, no es únicamente una cuestión de visibilidad, sino que para  las que mantenemos juicios por la custodia de los niños, “salir del armario” se convierte en una cuestión de ganar o perder el juicio (7). Tener hijos afecta además, y grandemente, a nuestras posibilidades económicas, (sin olvidar el paro, el subempleo y el trabajo en precario, todos ellos femeninos) (8), lo que nos sitúa a años luz de esa cultura del ocio y del dinero en la que, cada vez más, se mueven los gays. No tenemos las lesbianas nada que ver con el modelo DINK (Double Income No Kids) que la prensa refleja últimamente.

En cuanto al trabajo dentro de los colectivos, llevo años escuchando que nos implicamos en menor medida. Dejando aparte las razones de por qué las mujeres nos implicamos políticamente en menor medida que los hombres, asunto que por supuesto afecta también a las lesbianas, y que ha sido profusamente estudiado y explicado, hay una razón que sería en mayor medida que las otras (más estructurales) fácil de solucionar. ¿Alguna vez, en alguno de estos grupos, se ha tenido en cuenta, a la hora de programar reuniones o actos, nuestra disponibilidad horaria?(9) Esto continúa siendo considerado un tema estrictamente personal y pobre de la que diga que le viene mal reunirse tan tarde. Además de que muchas de algunas de nosotras tenemos hijos, la manera en que distribuimos y gestionamos nuestro tiempo de ocio, parte del cual se emplea en la militancia, no es igual para los gays que para las lesbianas. Nuestro ocio, nuestro tiempo libre, continúa siendo más diurno que nocturno; para nosotras reunirnos a esas horas significa un esfuerzo y un sacrifico mayor del que supone para los gays, para los varones en general. Lo grave es que desde grupos presuntamente sensibles a las desigualdades y a las discriminaciones de las que son objeto otros colectivos, como el de las mujeres, no se ha hecho absolutamente ningún esfuerzo por alcanzar un consenso en este tema. Somos nosotras las que tenemos que adecuarnos a sus tiempos, las que tenemos que acostumbrarnos a tener reuniones que terminan a las dos de la madrugada. En último extremo, ¿Se tiene en cuenta que no es lo mismo para un hombre que para una mujer regresar sola a las dos de la madrugada por determinados barrios? Y respecto al tema de los horarios aun habría otras consideraciones a tener en cuenta, como el hecho de que las lesbianas jóvenes o adolescentes aun ahora no disponen de la misma libertad horaria en sus familias que los adolescentes gays. Los horarios, en los grupos gays como en el resto de la sociedad, están hechos a la medida de los hombres, nunca a  medida o conveniencia de las mujeres, nunca teniendo en cuenta nuestras necesidades.

Todas estas cuestiones siguen sin resolverse o, mejor dicho, ya están resueltas pero en contra de nuestros verdaderos intereses. Aparte de las cuestiones ideológicas que, en su momento, llevaron a muchas lesbianas a integrarse en grupos gays, que así pasaron a ser mixtos, existen otras consideraciones que nunca han sido admitidas pero que fueron igual de importantes a la hora de privilegiar el modelo de militancia mixta frente al modelo separatista. Son cuestiones de tipo práctico y económico. Algunas de nosotras, con años de militancia detrás, nos cansamos de movernos en grupos de lesbianas compuestos por menos de una docena de mujeres, de reunirnos en locales húmedos y helados que no pueden atraer a nadie, de no tener nunca dinero para organizar ninguna actividad, para editar ningún periódico, ni folleto ni propaganda. El mayor compromiso  político de los varones, de los gays por tanto, (siempre son más que nosotras en la militancia), su mayor dominio de los vericuetos administrativos, su mayor capacidad de organización y de movimiento, les dan la posibilidad de disponer de más dinero, de más subvenciones, de más apoyos. Las razones por las que las mujeres militamos menos, nos movemos peor en la Administración, obtenemos menores recursos etc. También han sido objeto de múltiples estudios, y las feministas sabemos que ese es otro techo que tendremos que romper, pero mientras eso continúe siendo así ellos tienen locales, dinero, recursos y los medios de comunicación más a su alcance que nosotras. Y algunas de nosotras en su momento nos vimos empujadas o atraídas hacia donde estaban ellos, pensando, es verdad, que el movimiento gay era un lugar que no había de ser extraño ni incómodo a las lesbianas.

Llegamos a los grupos gays llenas de los mismos prejuicios que tiene el resto de la sociedad acerca de la supuesta empatía que existe entre el mundo gay y las mujeres. El tiempo y la experiencia nos han demostrado que esto, no sólo es un prejuicio, sino que además ocurre más bien lo contrario. Independientemente de que haya gays que se declaren y se sientan cercanos a las mujeres o a los postulados ideológicos del feminismo, la verdad que la cultura gay actual, en la que la mayoría de ellos se mueven, ha derivado hacia una especie de masculinismo en el mejor de los casos y de machismo declarado en los casos más extremos pero no poco frecuentes(10).. La cultura gay urbana en la que la mayoría viven inmersos se ha convertido no sólo en un lugar inhóspito para las mujeres, sino en un lugar especialmente sangrante para las feministas.

El debate abierto que el feminismo todavía mantiene, y que no hemos resuelto, acerca de temas como la pornografía, la promiscuidad sexual, la separación absoluta de sexualidad y afectividad, la cosificación del cuerpo humano, la imagen del cuerpo de las mujeres, el sadomasoquismo, la prostitución…todo eso que nosotras estamos en nuestro derecho de continuar debatiendo,  nos lo vamos a encontrar ya resuelto en los grupos gays donde poca gente se muestra crítica o disconforme con la cultura dominante .Y en los grupos contamos, además, con el inconveniente añadido de que este es un espacio en el que las prácticas culturales dominantes de la cultura gay actual se confunden con lo gay, de manera que manifestarse en contra de alguna de ellas es estar  del lado del opresor. Lo que la mayoría de los gays del grupo aceptan por bueno , es bueno y a las mujeres se nos acepta sólo en la medida en que estemos de acuerdo.  Podremos discutir estos mismos asuntos en el mundo heterosexual, en el que se ha impuesto la conciencia de que las mujeres somos un grupo oprimido, podremos discutirlo en cualquier grupo de mujeres, donde sabemos que todavía no hay nada resuelto y sí mucho todavía que debatir, pero no podemos discutirlo ni hablarlo  en los grupos gays, donde ellos tienen la exclusividad de la opresión. Pocos gays están dispuestos a escucharnos. Si alguna mujer, ciertamente despistada e ignorante de por donde sopla el viento, osa decir que se ha sentido agredida por determinadas fotos que se han colgado en espacios supuestamente comunes, ellos simplemente dirán que miremos hacia otro lado y, en el mejor de los casos, dirán de nosotras que estamos reprimidas y que tenemos que reeducarnos sexualmente. Llegadas a este punto, y sea nuestra opinión la que sea respecto de las fotos pornográficas, tendremos que preguntaremos si verdaderamente ha merecido la pena recorrer el camino que hemos recorrido para acabar escuchando las mismas descalificaciones salidas de la boca de los mismo hombres(11).  No hay ningún asunto sobre el que nosotras tengamos la última palabra, la política del colectivo es común, es decir masculina, el discurso es común, el espacio, por supuesto es común. El grupo es mixto, es decir tan sesgado androcéntricamente como los discursos, las políticas y los espacios heterosexuales.

Mi experiencia de muchos años me ha enseñado que en los grupos mixtos no se valora ni se respeta de la misma manera nuestra experiencia y nuestros deseos como lesbianas que su experiencia y sus deseos como gays, hombres gays. Existe un orden jerárquico en cuanto a la valoración de nuestras experiencias vitales. Los gays que luchan por una integración justa en la sociedad heterosexista, sin que tal integración tenga porque significar asimilación inmediata y total, nos obligan a nosotras a asimilarnos a sus formas de vida, a su cultura, siempre más poderosa y valorada socialmente que la nuestra. Si como mujeres disentimos, entonces ya no están tan cerca de nosotras como decían estar.

Como dije antes, en la actualidad es más fácil para las mujeres, sean o no lesbianas, encontrar su lugar en la sociedad heterosexual. Los hombres heterosexuales, al menos desde un punto de vista sexual, están interesados en nosotras. Y por supuesto que ellos no quieren ser únicamente servidos, o temidos,  no quieren de nosotras únicamente que les hagamos la cama y les demos hijos. Ellos buscan también (la mayoría al menos) ser deseados y ser amados  por las mujeres por lo que, aunque sea desde la desigualdad, tienen que buscar con nosotras un punto de confluencia. Desde la superioridad jerárquica de su posición de varones tienen que pactar con nosotras  algunas cuestiones, y cuanto mayores sean las victorias del feminismo, mayores serán los campos donde los hombres heterosexuales estén obligados a pactar(12). Sin embargo,  los gays no nos necesitan para nada, no quieren nada de nosotras, ningún pacto, ninguna componenda. Mi experiencia de militancia en un grupo mixto es que los gays, en principio, no nos ven. Somos nosotras entonces las que tenemos que hacernos ver, y, a partir de aquí ellos van a tolerarnos siempre que no pongamos en duda su posición (ni la nuestra) dentro del discurso ideológico gay. El discurso político de las lesbianas será siempre un discurso particular, mientras que ellos se continuarán arrogando el estatuto de lo general; sus reivindicaciones serán siempre las propias de todos y todas, mientras que las nuestras son únicamente propias de las mujeres, etc.

A esta lucha constante que las lesbianas feministas tenemos que librar con la mayoría de los gays, se une la que libramos también con las lesbianas no feministas que militan en los colectivos gays. Estas lesbianas se caracterizan generalmente no sólo por no ser feministas, sino por mantener una postura furiosamente antifeminista. Como ocurre a veces en la sociedad heterosexual, estas mujeres les hacen a los hombres el trabajo sucio con las mujeres  Para estas lesbianas, que se han acercado al movimiento sin conocer previamente la lucha de las mujeres, lo masculino, o más concretamente lo gay, tiene siempre un marchamo de verdadero y superior del que carecen nuestros planteamientos. Así las lesbianas “pro gays”, por llamarlas de alguna manera, nos acusan a las lesbianas feministas de prácticamente lo mismo de lo que nos acusan generalmente los gays, de poco sexuales, porque no tenemos las mismas pautas de comportamiento sexual, de poco solidarias con los temas verdaderamente importantes, como el del SIDA, de cobardes y conservadoras, puesto que no “salimos del armario” con tanta facilidad. Más rabiosamente gays que muchos gays, las lesbianas no feministas se empeñan en que nos comportemos exactamente igual que ellos, y cuanto más diferentes seamos, menos valemos. Para ellas,  los planteamientos feministas dentro de los colectivos gays sólo sirven para crear división dentro del Movimiento  y para debilitarlo (13).

¿Sería entonces la solución a estos problemas que planteo que abandonáramos los grupos mixtos? Creo que no, porque los problemas con los que nos encontraríamos las mujeres continuarían siendo los mismos. En la actualidad, además, el ambiente, es decir, los comercios gays, los lugares de ocio gays, los barrios mayoritariamente gays etc., se ha desarrollado de tal modo que casi no puede entenderse la vida de un gay en una ciudad sin ese espacio. El ambiente ejerce una enorme atracción también sobre las lesbianas (aunque los espacios para lesbianas son escasos, cuando no inexistentes) que pueden vivir allí su lesbianismo con cierta libertad. Ejerce también gran atracción sobre los medios de comunicación, para quienes gay/lesbiana se ha convertido en sinónimo de ambiente. Separadas de los gays, ahora seríamos más invisibles que nunca.

Tenemos que organizarnos dentro de los grupos mixtos y trabajar a favor de que el grupo adopte medidas de acción positiva a favor de la representatividad de las lesbianas en las estructuras de dirección de los grupos. Al igual que las feministas heterosexuales trabajando en sus respectivos ámbitos, también nosotras tenemos que luchar en pro de la democracia paritaria. Tenemos que constituirnos en un colectivo fuerte que presione constantemente para situar a lesbianas en la dirección de los grupos y, de esta manera, hacernos visibles ante la sociedad y ante las demás lesbianas reticentes a integrarse en grupos en los que hay pocas lesbianas. Podemos trabajar a favor de que todos los documentos del grupo, las revistas o folletos que edite, la información que ofrezca al exterior, y también todo el trabajo interior, incluya una perspectiva de género desagregada para gays y lesbianas. Podemos presionar para que ante los medios de comunicación aparezcan siempre un gay y una lesbiana y para que sus discursos incluyan también dicha perspectiva de género, para que los discursos puedan, y sean de hecho, diferentes, como lo son aquellos que responden a realidades distintas. Tenemos, en fin, que constituirnos en un grupo de presión dentro de los colectivos mixtos.

Creo que el futuro de las lesbianas, por el momento, pasa por la integración en los grupos mixtos y por el trabajo en común. Pero no una integración a cualquier precio. Es muy importante tener en cuenta, además, que puede que la militancia gay esté tocando techo en países como el nuestro. El futuro de los grupos puede estar en adelante en las lesbianas, puesto que la proporción de afiliación es todavía de cinco a uno y de diez a uno en ciudades pequeñas. Si los grupos sitúan a lesbianas en puestos representativos, si estas lesbianas comienzan a aparecer en los medios, si las actividades que se organicen son atractivas para las mujeres, si las lesbianas comienzan a sentir el espacio también como suyo, entonces todavía quedan muchas mujeres que irán saliendo de las catacumbas para unirse a nosotras(14).

Marginación en el movimiento feminista

 

Ante todo lo dicho anteriormente la pregunta obvia entonces sería ¿Por qué no nos vamos las feministas lesbianas, si tan a disgusto estamos en los grupos gays, con el movimiento feminista? La respuesta es que las lesbianas también nos encontramos marginadas dentro del movimiento feminista. La mayoría de nosotras, feministas lesbianas, hemos militado durante años en el feminismo sólo para darnos cuenta de la dificultad, cuando no imposibilidad, de que las cuestiones que como lesbianas nos afectan y que nos diferencian de las mujeres heterosexuales, sean tomadas en cuenta y se les dé la misma importancia que el resto de los temas. Por el contrario, dichas cuestiones son siempre pospuestas en todas las discusiones; las campañas que se centran en asuntos relacionados con las mujeres heterosexuales se llevan la mayor parte del presupuesto, del tiempo y de la energía; nuestros asuntos se dejan siempre para más adelante o son tratados de manera marginal; nuestra postura, nuestras reivindicaciones son siempre particulares y asumidas y defendidas sólo por las lesbianas, mientras que nosotras, lesbianas, tenemos que asumir y defender asuntos que afectan exclusivamente a las mujeres heterosexuales, y hacerlo  como si nos afectaran en la misma medida. Es cierto que dentro del movimiento feminista somos una minoría, pero somos una minoría activa y politizada y la mayor parte de las veces nuestra fuerza real no se corresponde con la presencia que se nos concede. He estado en grupos pequeños  en los que éramos más las lesbianas que las heterosexuales y en los que los problemas que describo se daban con la misma intensidad. Las razones de que nos encontremos en esta situación son múltiples y no responden simplemente a una cuestión aritmética. Dada la situación de marginación social a la que se nos condena a las lesbianas, dadas las discriminaciones, acosos, y abusos de que podemos ser objeto, y teniendo en cuenta que uno de los calificativos más habituales con el que se he pretendido, desde los orígenes, descalificar a las feministas, a las mujeres disidentes en general, ha sido  el de “lesbiana”, todavía hoy la mayoría de las feministas heterosexuales temen ser tomadas por tales si asumen claramente nuestro discurso. Como por otra parte, las mujeres no controlamos absolutamente nuestra propia imagen, sino que ésta está, la mayoría de las veces controlada por los medios y la cultura patriarcales, puede ocurrir que si hay alguna lesbiana en el grupo, todas las mujeres que se integren en él sean tomadas por lesbianas, lo sean o no. Existe, debido a todo eso, por parte de las feministas no lesbianas, una clara intención, consciente o inconsciente, de marcar diferencias con respecto a nosotras, por lo que en los grupos de mujeres acabamos encontrándonos siempre en un segundo plano y, desde luego, en un armario impuesto por la propia organización en este caso. Esto ocurre muy frecuentemente en grupos que funcionan en ciudades pequeñas o en pueblos, en los que las mujeres tienen mucho miedo a ser confundidas o tomadas por lesbianas. Y aun hay otra razón, y esta es cuanto menos sorpresiva para algunas de nosotras, por la que las feministas lesbianas podemos no encontrarnos a gusto en grupos feministas heterogéneos. Esta razón puede parecer no pertinente, e incluso puede no darse efectivamente en grupos grandes y muy organizados o burocratizados, pero ocurre en estos  grupos pequeños que todavía funcionan asambleariamente, como todavía muchos de los pertenecientes al movimiento feminista. En estos grupos, las feministas heterosexuales pueden llegar a acusar a las lesbianas de dar demasiada importancia a los temas relacionados con la sexualidad, y de “perturbar sexualmente” al grupo (15). Que se pueda dar demasiada importancia a los temas relacionados con la sexualidad es algo ajeno al feminismo o, por lo menos, a una parte importante de él. Supongo que lo que en realidad se nos está diciendo, es que damos demasiada importancia a los temas relacionados con la sexualidad lesbiana. En este caso nos encontramos simplemente en la cuestión que mencioné antes sobre la permanente postergación de nuestra agenda. La segunda cuestión es la que tiene más importancia y es la que más a menudo sale a la luz, esto es, que la presencia de las lesbianas perturba al resto de las mujeres. Ante esto sólo puedo decir que, desde luego, es así. Lejos de negarlo, tengo que decir que las lesbianas no podemos, ni debemos, ni queremos hacer nada para evitarlo.

En primer lugar, porque para muchas lesbianas los grupos de mujeres juegan el papel que los colectivos gays juegan para los hombres gays. Además de la militancia política, estos grupos son también lugares de socialización, y de encuentro donde muchas mujeres acuden a conocer a otras mujeres, sobre todo teniendo en cuenta lo limitado de la oferta de espacios exclusivamente femeninos en nuestra sociedad. En estos casos el elemento sexual o emocional puede ser importante, pero no tendría que ser más perturbador de lo que lo es en otras asociaciones a las cuales la gente acude a relacionarse sin excluir la posibilidad de mantener relaciones sexuales o afectivas. El problema surge cuando nos encontramos con que muchas feministas no se sienten todavía cómodas con la presencia de las lesbianas, y que incluso algunas de ellas sufren de una marcada lesbofobia internalizada o no.  Esta es una cuestión aun no resuelta ni suficientemente discutida en el seno del feminismo español y que continua levantando ampollas. No contábamos con que muchas feministas se iban a sentir profundamente incómodas con la posibilidad de ser ellas mismas objeto de deseo de otras mujeres. No contábamos con el miedo que podían tener algunas feministas a soltar todas las amarras con la sociedad patriarcal y a  perder del todo eso tan importante para la situación social de las mujeres que es la respetabilidad que nos otorgan los hombres. En este caso el “contagio del estigma” funciona con especial virulencia. Mientras milité en el movimiento feminista tuve la impresión de que las feministas heterosexuales cuando hablaban en público siempre tenían que dejar bien claro, para ganar a costa nuestra algo de la respetabilidad perdida que “ellas no eran lesbianas”. Tengo que decir que pocas veces me encontré con una feminista heterosexual que se negara a desmentir que no era lesbiana cuando circulaba ese bulo sobre ella y que dejara tranquilamente que un rumor como ese se propagase. Todavía ahora en los grupos feministas con importancia política, o cultural, las lesbianas permanecen ocultas.  La historia y la actualidad de las relaciones entre el feminismo no lesbiano y el feminismo lesbiano está por hacer. Quizá no ha pasado todavía suficiente tiempo.

En todo caso, además de las razones anteriormente expuestas, existen otras más inaprensibles que hacen que las relaciones entre feministas no lesbianas y lesbianas no sean nunca sencillas. Entre ellas destacaría el temor que muchas mujeres sienten no ya a ser objeto de deseo, sino a desear ellas mismas a otras mujeres. Este es un tema, el del lesbianismo oculto o al menos el de la posible bisexualidad de muchas mujeres (más mujeres que hombres), que requiere un profundo estudio que está por hacer. Sin embargo es cierto que muchas mujeres que se declaraban no lesbianas, terminan teniendo relaciones lésbicas  cuando la militancia feminista las lleva a relacionarse con lesbianas. Esto es cierto y ha sido causa de problemas en muchos grupos en los que las relaciones personales mezcladas con las sexuales terminan por enturbiar el ambiente hasta hacerlo impracticable para el trabajo político.

Me considero a mí misma antes feminista que lesbiana porque en mí el lesbianismo es consecuencia de mi práctica feminista y no al revés. Es por eso que la marginación que vivimos las lesbianas dentro del movimiento feminista, en el que querríamos estar al lado de nuestras compañeras heterosexuales, es especialmente dolorosa para nosotras. Sigo pensando que el feminismo es nuestra casa común, la de todas las mujeres, y no los colectivos gays.

El lesbianismo como opción política.

Este es un tema que se debatió ampliamente en los años 70 y primeros 80 y que ahora se encuentra completamente acallado. Ya no se lleva, aquella moda ya pasó. Sin embargo como feminista que ha escogido ser lesbiana creo que es hora de volver a reivindicar que esa opción existe realmente para muchas de nosotras, aunque no olvidemos que otras mujeres sean lesbianas sin haber podido elegirlo. Volver a introducir esta cuestión es importante además, no sólo por lo dicho anteriormente, sino también porque introduce una diferencia fundamental entre gays y lesbianas. Tan fundamental que puede que en el futuro la pregunta que tengamos que hacernos no sea la de qué tenemos en común lesbianas y gays, sino la de si tenemos algo en común.

Ser lesbiana o ser gay es tan diferente como ser hombre y mujer. Es decir, es completamente diferente. Somos socializados de muy diferente manera, vivimos en una sociedad sexista que hace recaer sobre hombres y mujeres expectativas diferentes, que  genera en hombres y en mujeres deseos diferentes, que proporciona a cada género una estructura mental completamente diferenciada. La pregunta a hacerse sería entonces  si la discriminación que padecemos como lesbianas y gays es parecida, la misma o también diferente. Mi opinión es que como pertenecientes al colectivo homosexual padecemos en ocasiones marcas o pautas de discriminación parecidas. Compartimos todo lo que hace referencia a la discriminación legal o jurídica y esa es la discriminación que necesita de nuestra alianza para ser combatida. Para todo lo demás, incluso para todo lo que hace referencia a la discriminación social, partimos de puntos de partida completamente distintos.

Y aquí es donde aparece la cuestión del lesbianismo entendido como opción política mucho más que como orientación sexual. Este tema de la opción sexual de algunas mujeres, no suele ser entendido por los gays, para quienes la homosexualidad no ha sido, en ningún caso, una verdadera opción sino siempre una orientación dada y no elegida. Es una cuestión, además, especialmente difícil porque nos lleva al asunto del origen de la homosexualidad, asunto no resuelto, debatido e incluso falto de toda trascendencia para muchos gays y lesbianas. Entiendo y comparto las prevenciones que puedan tener los gays a los estudios sobre el origen de su homosexualidad. El estudio del deseo gay sólo tiene sentido si se encuadra dentro  del estudio de las diferentes orientaciones sexuales humanas. Sin embargo, algunas de nosotras hemos escogido ser lesbianas y, como dije antes, esta es una posibilidad a la que nunca se enfrentan los gays. Si esa posibilidad existe para algunas mujeres habrá que aceptar que hombres y mujeres construyen su deseo de manera diferente. Los diferentes estudios realizados hasta la fecha sobre el origen del deseo gay admiten que las conclusiones a las que dichos trabajos llegan, (muy variadas en todo caso y hasta el momento escasamente probadas) no pueden considerarse válidas para las lesbianas. Por otra parte, estudios específicos sobre el deseo lesbiano no existen. Sea cual sea el origen del deseo homosexual todo indica, pues, que puede estar en lugares diferentes para los hombres y para algunas mujeres. No es este el lugar para entrar en la discusión de si existe o no un “gen gay”(16) o de si el desarrollo de una personalidad gay se debe a factores ambientales y educacionales o es una mezcla de todo. No obstante, y sea cual sea la teoría que según nuestra experiencia nos parezca más cercana a la realidad, no se puede obviar, como dije antes, que todos los investigadores de esta cuestión no resuelta han destacado que ninguna de las conclusiones a las que hasta ahora se han llegado son aplicables a la homosexualidad femenina..

Si algunas mujeres, entre las que me cuento, escogemos ser lesbianas, esto introduce una diferencia radical con respecto a los gays, una diferencia ideológica que habría que tener en cuenta. Porque la cuestión, naturalmente, es preguntarse por qué puede querer una mujer ser lesbiana, y la respuesta no puede ser otra que la que las feministas lesbianas ofrecemos: que para nosotras el lesbianismo no es únicamente una cuestión sexual, ni una cuestión de preferencia erótica, sino una forma de vida entera, un compromiso político con las mujeres que nos conduce, en último término, a escogerlas no sólo como compañeras de lucha, sino también, pero no necesariamente, como amantes. Es el continuo lesbiano del que habla la poeta y feminista Adrienne Rich: “lo único que quiero evocar con la palabra lesbiana es a la mujer que se autoelige, a esa prohibida intensidad primaria que se da entre mujeres y también a la mujer que ha rehusado obedecer, a la que dice “no” al padre”(17). Sin embargo, es necesario  considerar que para que esta situación pueda darse, para que algunas mujeres podamos elegir una vida y una sexualidad lesbiana, tiene que existir, anterior a la elección ideológica consciente, la posibilidad de que tal cosa pueda darse. Es decir, no se trata de forzar el deseo, sino de que éste sea, de por sí flexible. ¿Es el deseo de las mujeres, más flexible que el de los hombres, gays y no gays? La experiencia, que no los estudios contrastados, nos demuestran que sí. Esa es la razón de que muchas mujeres se vuelvan lesbianas después de acercarse a la militancia feminista. Esa es la razón de que muchas mujeres elijan ser lesbianas y de que, para muchas de nosotras, nuestro lesbianismo sea una opción política que merece la pena explicar y defender.

Si según Freud la madre es el primer  objeto de deseo sexual para los niños, nosotras siguiendo a Chodorow, Irigaray, Cixous, Muraro…, y entendiendo que es normal que el deseo sexual conduzca a los niños hacia el ser humano de quien les viene todo, nos preguntamos ¿qué ocurre con las niñas? ¿Acaso son los padres quienes se encargan de proveer de los primeros cuidados físicos y emocionales de las niñas? Por supuesto que no. También las niñas son amamantadas, alimentadas, cuidadas y amadas por las madres, y esto es así en todas las culturas y en todas las épocas. El complejo de Electra freudiano¸ el mismo Freud lo reconocía, no puede ponerse al mismo nivel que el Edipo. Un padre casi siempre ausente y lejano no puede ocupar un lugar ni siquiera parecido a una madre omnipresente y omnipotente en los primeros años de vida del bebé. Las explicaciones de la americana Nancy Chodorow(18) nos parecen más plausibles. Las niñas también sitúan su objeto en las madres y de ahí surgirá lo que algunas psicólogas han llamado “lesbianismo primario” de las mujeres. Según esta teoría, los bebes de ambos sexos son originalmente matrisexuales. Así, niños y niñas estarían sexualmente comprometidos con la madre. A la mayoría de los varones no les será difícil después orientar su deseo sexual hacia otras mujeres,     ( no así los gays naturalmente), pero las mujeres tendrán que invertir su deseo sexual primario y dirigirlo hacia los hombres. Sin entrar en consideraciones más profundas, todos sabemos que la bisexualidad está más extendida entre las mujeres que entre los hombres y que la misma sociedad sanciona esa actitud siempre que no ponga en peligro el compromiso primero que las mujeres deben a los varones.

Esta bisexualidad o quizá lesbianismo primario es el que hace posible ese otro aspecto de la cuestión, que pocas veces es tomado en consideración, esto es, la posibilididad de entender el lesbianismo como una opción política y no sólo como una orientación. Opción esta que en este momento apenas es mencionada en los debates sobre la orientación sexual, (entre otras cosas porque el lesbianismo pocas veces es debatido cuando se habla de la cuestión gay). Hasta ahora me he referido al lesbianismo elegido conscientemente, al lesbianismo entendido como una práctica política consecuencia de la militancia o de la práctica feminista. Pero aun hay otro aspecto de la cuestión relacionado con el anterior, y es el lesbianismo que se elige  de una manera inconsciente, pero que se elige al fin y al cabo. En mi experiencia de militancia me he encontrado en muchas ocasiones con mujeres que jamás en su adolescencia o juventud se habían visto a sí mismas como lesbianas, mujeres que se casaron enamoradas, mujeres con fantasías sexuales heterosexuales, mujeres que verdaderamente deseaban a sus hombres, pero a las que sus experiencias con esos hombres las llevaron a desear a las mujeres. He tenido ocasión de conocer a mujeres a las que el patriarcado literalmente ha machacado y que han terminado siendo lesbianas. Sabemos que la orientación sexual no se puede cambiar. Tendremos, por tanto que entender que, si debido a los malos tratos, a la incomprensión, al rechazo a una manera de vivir, al rechazo a una manera de vivir la sexualidad, al deseo insatisfecho, a la soledad… al rechazo al patriarcado en definitiva, aunque muchas de ellas no lo sepan nombrar, una mujer que nunca había sentido deseo sexual por una mujer, acaba siendo  lesbiana, esa orientación existía  antes en ella.

La militancia feminista ha conducido a muchas de nosotras, que entramos en el feminismo manteniendo relaciones heterosexuales, a vivir como lesbianas. El maltrato y la opresión han conducido a muchas otras al mismo sitio. En ese caso, el lesbianismo es para todas una manera de vivir la sexualidad pero, sobre todo, una  búsqueda de un lugar bajo el sol de la cultura patriarcal. Y esta es una experiencia que nada tiene que ver con la experiencia que los gays tienen de su orientación. Es una experiencia que está indisolublemente ligada a una práctica política, la feminista, y que no siempre es aceptada, y ni siquiera bien vista, en los colectivos gays.

Y somos precisamente las que hemos recorrido ese camino, es decir, las lesbianas con una conciencia feminista profundamente arraigada, las que denunciamos la marginación de las lesbianas, no sólo en la sociedad, sino también dentro de la sociedad gay. Nuestra condición de lesbianas es un peso añadido a nuestra condición de mujeres. Unicamente entendiendo que situación ocupamos como mujeres en esta sociedad, enfrentándonos a la desigualdad, podremos comenzar a vernos reflejadas en una identidad lesbiana construida por nosotras mismas y que no sea una mala copia de la identidad gay.

7 comentarios

  1. Me ha parecido interesantísimo. Gracias.

  2. Como siempre, una reflexión acertadísima, Beatriz. Maravilloso recorrido por las preguntas y cuestiones sin resolver a propósito del lesbianismo y su implicación en los movimientos lgbt y feministas. Agradezco mucho, y relaja saber que existe la posibilidad de otras miltancias ahí afuera y que personas con recorrido como tú, perciben estos problemas y también han sufrido ninguneos y sabotajes tanto por parte del patriarcado como por parte de las propias mujeres. Tampoco es usual la autocrítica en el colectivo y sí la asimilación de conductas filogays o heterofeministas a ultranza.
    Y no, no somos iguales, claro. Ni con hombres, ni con gays, ni con heteros. Sólo en derechos, pero la riqueza y el matiz abre una brecha que sólo puede rellenarse con el diálogo y con la reivindicación clara y sin miedo, en voz alta, de lo que somos. Hay que empezar de nuevo en el camino (ahora que el fascismo y el machismo arrecia de nuevo), y esta vez priorizándonos -mujeres lesbianas, por elección política o emocional-, con sus particularidades, necesidades, problemas y bondades.

  3. Genial! Como siempre digo soy sexualmente hétero (por ahora…) pero políticamente lesbiana!

  4. Aunque no estoy al 100% de acuerdo con todo lo expuesto (o al menos hay varios puntos a los que tendré que dar muchas vueltas antes de asimilarlos) creo que es una exposición clara, detallada y brillante. Una excelente base para el debate. Con vuestro permiso, lo comparto.

    1. DE todas formas José Antonio, para ser honesta este artículo lo escribí hace más de diez años. Entonces el análisis era ese, ahora algunas cosas han cambiado para bien. Es posible que ahora yo no escribiera exactamente lo mismo o, por lo menos, expondría que después del trabajo realizado por las lesbianas feministas en el interior de los grupos lgtb las cosas han mejorado y en la actualidad y después de militar en muchos sitios puedo asegurar que “algunos” grupos lgtb son lugares más acogedores, más feministas, que muchas asociaciones no específicamente lgtb.

  5. A eso me refería con lo de no estar al 100% de acuerdo en todo con el texto, hay cosas que parecen ir algo mejor. Veo un debate más abierto en torno a temas como la sexualidad lésbica o los problemas familiares. Pero la invisibilidad permanece. Salvo algunas acciones puntuales el Orgullo* este año era una marea masculina. Y esa invisibilidad se traduce en desinformación. La imagen que la sociedad tiene de las mujeres lesbianas sigue tachonada de tópicos y falsedades, como la no femineidad de las lesbianas, el reparto de roles masculino-femenino en las parejas de mujeres y similares.

    Gente de mi entorno, que encuentran la homosexualidad masculina como algo asumido y natural, siguen manteniendo un poso de lesbofobia completamente irracional. Has hablado de la elección del lesbianismo. Algo que debería ser totalmente natural**, se ve como una especie de problema psicológico, cuando no algún tipo de vicio contagioso, en la mejor tradición victoriana. La mejor amiga de mi sobrina C encontró con otra mujer lo que no había encontrado en sus relaciones con hombres. Sigue encontrando atractivos a los hombres, pero ha elegido otra opción y suma ya tres años de afecto y autoestima. Yo lo siento así, mi sobrina también, es una alegría verla feliz, pero otras personas siguen con el sambenito de “es que no ha encontrado al hombre adecuado” cuando no van directamente a groserías bastante peores.

    * Si el próximo año se organiza algo en la línea de 100 lesbianas visibles no fallaré: este año me pilló con muchísimos follones de trabajo, pero le he prometido a una buena amiga que para la próxima contará conmigo

    ** Desde el momento en que podemos separar sexo-placer, afecto y reproducción, debería ser lógico poder elegir nuestra orientación, o modificarla de acuerdo a cada vivencia. Yo soy heterosexual, pero he conocido hombres que me resultaron de lo más atractivos y, en según que circunstancias, podría haberme planteado una relación homoerótica puntual. Y no me considero por ello una especie de enfermo mental.

  6. Me ha parecido muy interesante tu artículo, Beatriz, y estoy bastante de acuerdo con lo que dices. Sin embargo, me gustaría preguntarte, o al menos compartir las reflexiones que siguen con quienes sean capaces de dar respuesta a las mismas, qué ocurre con las lesbianas que tenemos una discapacidad, y no solo nos invisibilizan las instituciones que nos representan (que ya es triste, dado que son entidades públicas), sino que, hasta en los espacios pensados para mujeres en general se nos rechaza y estigmatiza, dándonos a entender que, ni ese es nuestro sitio, ni tenemos derecho a ser lesbianas, debiendo exigir respeto, no ya a nuestra discapacidad, que también es bastante grave, sino incluso a nosotras como personas. Probablemente te parezca inverosímil lo que estoy diciendo, pero te hablo de un hecho tan corriente como el que me ha pasado hace poco, llegándoseme a negar la entrada a dicho espacio. Creo que cosas como estas deberían ser tenidas en cuenta para actuar con manifestaciones contundentes de repulsa hacia estos actos humillantes y discriminatorios.

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