Sexualidades iguales


En el siglo XX que ahora termina se comenzó una revolución que ha transformado, por más que no todo el mundo quiera reconocerlo, las sociedades occidentales. En palabras de un famoso historiador británico “la única revolución exitosa e incruenta del siglo”, la revolución feminista. Es una revolución, como he dicho, comenzada, que no terminada. Falta mucho para que podamos considerarla concluida; al ritmo actual, y según la ONU, harán falta unos 500 años más o menos para que la igualdad entre mujeres y hombres sea real y completa. Esperemos que el ritmo se acelere. sin embargo es cierto que algunas cosas son más difíciles de cambiar de lo que pensábamos, que algunos avances han sufrido un retroceso, que las estructuras se resisten a ser desmontadas.

Una de las cosas sobre las que más se incidió en su día, que significaron un cambio radical y que ahora viven, si no una vuelta atrás, si un parón ha sido la sexualidad femenina. Aunque ahora parezca superfluo recordarlo hubo un tiempo en el que la sexualidad femenina tenía todo que ver con la maternidad, con la sumisión a la sexualidad masculina y nada que ver con el placer sexual. La reivindicación del orgasmo clitoridiano que se hizo negando el orgasmo vaginal significó nada menos que la reivindicación del orgasmo de las mujeres. Enseñar a las mujeres, y a los hombres, que el orgasmo tenía que venir de la estimulación del clítoris supuso toda una revolución en las técnicas sexuales al uso. La penetración (autentica obsesión masculina) dejaba así paso a otras muchas variantes sexuales, casi todas ellas más placenteras para las mujeres. La reivindicación del clítoris como principal órgano sexual femenino, entre otras cosas, contestaba a la estúpida pregunta de “¿qué pueden hacer dos mujeres juntas en la cama?”. En algunos momentos de aquellos años, la pregunta parecía que en adelante podría plantearse como “¿qué hacen un hombre y una mujer en la cama?”.

Un hombre y una mujer, dos mujeres, dos hombres, o más de dos personas deberían hacer en la cama exactamente lo mismo: besarse, acariciarse, tocarse, chuparse, morderse…Ahora, pasados bastantes años desde aquella revolución, las cosas han cambiado y de aquellos tiempos han quedado vivas menos cosas de las que quisiéramos. Es cierto que algunos avances no tienen retroceso posible, como los derechos políticos de las mujeres, sus derechos sociales… Pero la revolución sexual no vive ya uno de sus mejores momentos. Quizá porque significaba demasiado. Reivindicar el orgasmo clitoridiano ya no está de moda. Por supuesto que las mujeres tienen que tener orgamos, que ya no es como antes, cuando una mujer orgásmica era una puta. Ahora las mujeres no sólo pueden tener orgasmos, sino que tienen que tenerlos. Es más, una relación sexual consentida no  termina hasta que los dos actores de la misma no han tenido sus respectivos orgasmos. Pero como la manera de conseguir éstos ha vuelto a ser la misma de antes, las mujeres heterosexuales fingen más orgasmos que nunca. La diferencia es que ya no se habla de ello. La penetración se puso en cuestión en los años 70. Fue como un fogonazo del que nunca más se supo. Ahora nadie la discute. Pero la penetración es una práctica sexual que sólo gusta masivamente a los hombres. No se trata de negar el orgasmo vaginal, porque la mujer puede tener orgasmos hasta de cuello, de codo,. de tripa, si está suficientemente excitada y se pone a ello, pero sí parece necesario  volver a recordar que la penetración no es especialmente placentera para nosotras y que sólo con ésta es más que improbable que la mujer  que está debajo de un hombre y que gime como en las películas, está fingiendo.

Penetrar pueden hacerlo un hombre a una mujer, un hombre a otro y una mujer a otra ayudada con un dildo o un consolador. Hemos pasado de oponernos a la penetración a reivindicarla para las lesbianas. Después de aquel tiempo en el que se negaba, ahora, la buena sexualidad estimula un poquito el clítoris, pero la penetración es inevitable. Si leeis revistas femeninas o consultorios sexológicos, a aquellas mujeres que dicen que no tienen orgasmos, o que no lubrican lo suficiente y que, por tanto la penetración les resulta dolorosa, se les enseña a pedir a sus novios que, antes de penetrarlas, les estimulen el clítoris. A las que no lubrican se les recomiendan cremas o más exitación. La respuesta correcta sería decir, si no te gusta especialmnete la penetración, si te es incómoda o nada placentera, no la practiques ni dejes que la practiquen contigo; es sólo una posibilidad más y, desde luego, no la más placentera.

Hace poco en una asociación gay-lesbiana en un cursillo sobre salud sexual, se definía el vaginismo como una especie de patología que consiste en que la vagina no se dilata lo suficiente como para que nada la penetre. La causa, al parecer, es que la mujer no se relaja lo suficiente y a veces necesita ayuda con lubricantes etc. Nadie dice que puede que los músculos de la vagina no se dilaten porque a la mujer en cuestión no le gusta nada que la penetren.El vaginismo se continúa considerando una especie de patología sexual en todos los manuales y por todos los especialistas.

Y si esto ocurre con las lesbianas, la situación entre las heterosexuales es mucho peor. Donde hay hombres implicados, negar la posibilidad de que una relación sexual implique penetración es imposible. Los gays han avanzado algo en este sentido y reivindican y practican una sexualidad sin tantas ataduras. Los hombres heterosexuales, si no penetran es como si no practicaran sexo. La no penetración es la mejor manera, la más sana, de prevenir embarazos no deseados. Una auténtica cultura sexual incluira enseñar a los adolescentes, especialmente a las adolescentes, que no dejarse penetrar vaginalmente, o enseñar a sus compañeros formas alternativas de sexualidad, evita cualquier peligro de embarazo. Nada de anticonceptivos químicos, nada de píldora del día después, nada de abortos. Y no hablemos de las enfermedades de transmisión sexual. Sexo libre y sin problemas. Y es sexo, y es igual de divertido para ellos, y más divertido para nosotras. Algo importante, simbolicamente hablando, tiene que jugarse en este campo cuando no hay sexólogo, ni experto, que recomiende prescindir de ella, se le tomaría por loco. Si la penetración se conviertiera en una práctica más, poco utilizada por los riesgos de embarazo que conlleva, poco utilizada porque a las mujeres no les proporciona excesivo placer, se vería con mayor claridad, entre otras cosas, que lo que te hace un hombre te lo puede hacer una mujer, y viceversa. El sexo dejaría de ser tan ferreamente heterosexual como es.

Nunca olvidaré como  mi primer día en el grupo de lesbianas en el que actualmente milito consistió en que, una de ellas, llevó hasta el grupo su colección particular de dildos y consoladores. Los sacó de un maletín y todas los miramos, nos lo pasamos de mano en mano. Los admiramos con mucho cuidado. Después aprendimos a ponerles un condón y a quitárselo. yo estaba maravillada de que nadie diejera nada, ni se riera siquiera. La penetración entre lesbianas puede ser divertida si te apetece. En el sexo cualquier cosa puede serlo. Pero a la mayoría de nosotras no es una práctica que nos apetezca hacer. Es mucho menos habitual de lo que la gente cree. Sin embargo, la mayoría de las revistas para chicas están llenas de anuncios de dildos de unos tamaños imposibles. Algunos son un peligro para la salud de una lesbiana. Dentro de nada todas tendremos un par de ellos en casa, de distintas  las formas y tamaños.

Las feministas no conseguimos en su momento que la penetración pasara a ser una práctica minoritaria, que es lo que a las mujeres les pediría su cuerpo, no conseguimos que pasara a ser ni siquiera optativa. Continúa siendo tan obligatoria como siempre. Espero que por lo menos, las lesbianas no caigamos en el mismo error. La sexualidad sólo será autenticamente libre cuando las mujeres dejemos de fingir la mayoría de nuestros orgasmos.

Revista Nosotras. 1999

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