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Un cuarto propio con una puerta que se pueda cerrar

El expolio máximo al que son sometidas la mayoría de las mujeres a lo largo de sus vidas es el del tiempo, un bien muy precioso que hombres y mujeres no poseemos ni en la misma cantidad ni de la misma calidad. El llamado altruismo de las mujeres, ese “ser para otros”, tan bien conceptualizado por las feministas, supone, resumiendo, la entrega del tiempo; ese bien limitado, irrecuperable, finito. En cierto sentido ser mujer supone vivir luchando para conquistar un tiempo propio. No hay habitación propia que valga si no se dispone del tiempo para ocuparla. El tiempo es siempre un campo de batalla para las mujeres que se pasan la vida buscando un equilibrio entre el tiempo que entregan y el tiempo que buscan o desearían para sí mismas.

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Los cuidados, un vector de desarrollo social y democrático

La división sexual del trabajo es, seguramente, la principal causa de la desigualdad de las mujeres y a combatirla lleva el feminismo dedicado mucho tiempo. La división sexual del trabajo es tan profunda que es un pilar de toda cultura, construye el mundo y construye subjetividades. Es lo que hace que las mujeres nos dediquemos a cuidar de manera supuestamente desinteresada, que nos construyamos como seres para otros y que la idea de cuidarnos y querernos a nosotras mismas parezca egoísta. Esa división sexual del trabajo supone que las mujeres pongan el cuidado de otras personas por delante de todo, por supuesto, de su propio bienestar. Decía Rousseau que el altruismo femenino es un pilar socialmente necesario, así pues, según el filósofo, es obligatorio.

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¿Elogio al cuidado o elogio al vacío?

Tras las últimas movilizaciones feministas, especialmente después del 8M, pero ya antes, hemos visto como muchas de las reivindicaciones feministas han sido rápidamente objeto de mercadeo ideológico, asimiladas y utilizadas por todo el mundo, incluidas notorias personas o proyectos antifeministas. Por ejemplo vemos a Ciudadanos, el partido que exigía hace poco acabar con la ley contra la Violencia de Género a la que llamaba “violencia doméstica”, erigirse en adalid del feminismo. Ver a los machistas convertidos en feministas en dos días, es risible. Con todo, lo más preocupante no es que algunos de los conceptos feministas sean utilizados a izquierda y derecha acríticamente, como comodines sin contenido, sino que más peligroso es que dichos conceptos puedan servir como dique de contención a las verdaderas potencialidades transformadoras del feminismo, invisibilizando las opresiones, pervirtiendo su significado o, peor aún, haciendo pasar por transformadores contenidos claramente reaccionarios. Pensamos que esto puede estar ocurriendo con el término “cuidado”, que ha pasado a ser un término multiusos que se pretende que designe todo lo bueno del feminismo (en algunos casos lo único bueno), y casi cualquier virtud ética y moral, sin más.

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Feminismo y Neoliberalismo

La crisis general del neoliberalismo que estamos viviendo y que es también una crisis de la democracia, ha introducido tensiones dentro del feminismo que podríamos considerar novedosas y que van a tener un largo recorrido. En este momento histórico concreto, las feministas vamos a tener que hacer frente a nuevos desafíos relacionados con el imperio del neoliberalismo y lo tenemos que hacer desde posiciones no consolidadas en relación al poder político. El modelo neoliberal actual se caracteriza por la intrusión del mercado en el núcleo mismo de la ciudadanía; una ciudadanía que es, de partida, problemática para las mujeres, como ha teorizado perfectamente el feminismo.

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El bebé de Bescansa, el feminismo y la nueva política

El feminismo se mueve al ritmo de las vidas de las mujeres. Y que siempre está en movimiento es algo que no parecen haber entendido algunas diputadas del PSOE (de las del PP ni hablo) cuando criticaron el gesto de Bescansa. Yo, que no soy sospechosa de alentar la lactancia ni el apego, que he luchado por no dar de mamar y que apoyo a las que eligen este camino, entiendo que criticar a Bescansa no sólo no es feminista, sino que es muestra de no entender por dónde va el feminismo y por dónde van las mujeres jóvenes.

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¿Es compatible ser feminista y tener empleada doméstica?

Ya tenía en mente escribir sobre el trabajo doméstico remunerado cuando, leyendo el libro ‘Cómo ser mujer’ de Caitlin Moran, que me habían recomendado algunas amigas, me encontré con la siguiente opinión de la autora: “Tener una empleada del hogar no tiene nada que ver con el feminismo” (p. 99). Y me di cuenta de que esta es una opinión muy extendida, muchas amigas feministas piensan así. Casi al mismo tiempo, revisando algunos textos, me encontré con que en Suecia la socialista Kristina Hultman se hacía la siguiente pregunta: “¿Pueden las mujeres que contratan a otras mujeres para que limpien sus casas ser llamadas feministas?”. Estas dos opiniones, ambas expresadas por mujeres feministas, me sirven para enmarcar un debate que siempre he considerado fundamental y que, aunque se abordó muy ampliamente en los años 80, en España hace tiempo que está silenciado.

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Cuidado con el cuidado

Hace un tiempo que los cuidados se han convertido en un tema central de análisis y discusión en el feminismo. Generalmente, se entienden por “cuidados”, esas actividades que  realizan las mujeres de manera gratuita para mantenimiento de la vida y la salud; todo el trabajo para la sostenibilidad de la vida, tal y como se dice ahora. Sin embargo, tengo que reconocer que siempre he sentido cierto rechazo por este concepto aunque sólo últimamente he podido comenzar a concretar mi descontento, gracias a enfoques feministas que han comenzado a poner en cuestión el término, al menos en su sentido más amplio. Ciertamente que visibilizar en su momento el trabajo inmaterial y gratuito que realizan las mujeres resultó de gran efectividad política, pero sin embargo creo que haber dado a todas estas actividades el nombre de “cuidado” sin cuestionar algunas de sus definiciones, no es lo más acertado.