Si la violencia contra las mujeres es la muestra más evidente del patriarcado ejercido en nombre de hombres particulares sobre las mujeres (aunque apoyados por el sistema), la prohibición del aborto es la muestra más evidente del poder patriarcal ejercido por el propio sistema. Ambas cosas nos recuerdan cada día donde estamos las mujeres y ambas cosas nos recuerdan que, aunque en el cómputo global avancemos, los retrocesos son siempre posibles, e incluso habituales, casi siempre después de una época de avances. La violencia ejercida por los hombres contra las mujeres es muy complicada de combatir y no bastan las leyes (aunque son imprescindibles) ni la voluntad política, sino que requiere de un cambio cultural profundo que implica trasnversalizar el feminismo en todos los aspectos de la vida. Es complicado y, sobre todo, a los políticos les basta con manifestarse en contra de la violencia mientras que no hacen nada para combatirla; les permite mantener una posición relativamente cómoda.