El suicidio de una trabajadora de Iveco ante la difusión de un vídeo suyo de contenido sexual es un compendio perfecto de lo que significa el patriarcado y de cómo actúa. Quizá sea más sintomático incluso que las violaciones o la violencia machista porque la brutalidad evidente genera un enorme rechazo social y por tanto más acuerdo.
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Rabia, pero no impotencia
Rabia pero no impotencia. Rabia que va a dar frutos, estoy segura. Hermana, todas te creemos.
Me pongo a escribir esto llena de rabia y sabiendo que no hay nada que pueda decir que no se haya dicho ya esta mañana, nada que no se vaya a decir en estos días porque, en realidad, de nuestras gargantas ha salido un único grito de rabia. Tenemos que convertir esa rabia en potencia transformadora. Y lo vamos a conseguir.
El aprovechamiento por parte de la derecha de los peores crímenes para tratar de imponer un sistema securitario que pueda ser usado con facilidad para controlar y castigar a toda la población es conocido; que las reformas de corte neoliberal van siempre acompañadas de aumentos en las penas también. Así como que es evidente que esto cala en la mayoría de la población y que es muy difícil combatirlo.
Juana y el derecho a la desobediencia
La situación a la que se enfrentan Juana y sus hijos no es un caso aislado. Hay muchas mujeres que se encuentran en una situación similar: en algunos casos sus ex parejas y padres de sus hijos son maltratadores, en otras son abusadores sexuales. Sabemos que la Justicia no responde protegiéndolas sino, en demasiadas ocasiones, priorizando los derechos de estos. Y no se trata únicamente de cuestionar la ley actual, que desde luego necesita ser cambiada. Es un avance que desde 2015 la ley contemple a los hijos de mujeres maltratadas como víctimas directas, pero no es suficiente: cinco niños han muerto en lo que va de año en manos de sus padres maltratadores. En algunos casos, como el de un niño en A Coruña de sólo once meses, la madre había interpuesto dos denuncias. En otros casos, como en el caso de Ángela González eran más de 30 las denuncias. No surtieron ningún efecto y el padre mató a la niña durante una de sus visitas.
He escrito bastante últimamente sobre la necesidad de cambiar el marco ideológico en el que todas nos movemos respecto a la violencia machista porque me preocupa que esa retahíla de mujeres asesinadas, termine provocando dos cosas: cierta impotencia del movimiento feminista al centrarse en un asunto que no va a desaparecer si no se produce un cambio en las condiciones que la provocan; y, por otra parte, la asunción generalizada, pero acrítica, de que “la violencia machista es mala” por parte de actores políticos que declarando que es mala o que “todos estamos contra la violencia”, se liberan así de tener que tomar medida real alguna dirigida a combatir, precisamente, las causas que provocan esa misma violencia que es tan mala.
¿Que hacemos con la violencia machista?
No solo continuamos con la cadencia imperturbable de asesinatos machistas, semana tras semana, sino que ahora se suma la certeza de que las agresiones sexuales, las violaciones, son mucho más frecuentes de lo que quizá algunxs pensaban. En las fiestas de los pueblos, parece que la cosa se agrava por las razones conocidas: la pandilla, el alcohol, la ocupación del espacio público por parte de las mujeres, los controles sociales se relajan, etc. Cada pocos días hay un asesinato machista y cuando eso ocurre tiembla todo en el mundo feminista. Lo condenamos, nos movilizamos, sacamos un comunicado que es igual que el anterior y en el que sólo hemos cambiado el nombre de la asesinada; las instituciones guardan minutos de silencio; todas inundamos las redes con nuestra inmensa rabia. Pero habrá otro asesinato, y otro, quizá mañana mismo, a mucho tardar.
En los últimos años leemos noticias que nos espantan en relación a la vida de las mujeres. Desde las matanzas indiscriminadas y extremadamente crueles de las que Ciudad Juárez es un ejemplo, hasta la imposición de 50 años de cárcel a mujeres que han sufrido abortos (incluso involuntarios) en El Salvador o Guatemala.
EconoNuestra La manifestación del 7N, su organización, su celebración, ha ocurrido en mis primeros meses de diputada y portavoz de Podemos en la Comisión de Mujer. Tanto en la Comisión de Mujer, como cada vez que tienen oportunidad, las diputadas del PP expresan su repulsa absoluta por los asesinatos machistas y su decisión de luchar contra esa lacra. No sólo contra la violencia, las mujeres del PP están, decididamente del lado de la igualdad de género, contra la brecha salarial, contra cualquier muestra de machismo, contra la precariedad de las mujeres en el empleo, en la lucha contra la feminización de la pobreza, por una educación igualitaria etc. Algunas de ellas fueron incluso a la manifestación del 7N. Cualquier crítica que yo haga a las políticas de su partido respecto a la igualdad, las enerva muchísimo y levantan la voz para apabullarme y abroncarme por saltarme la cortesía parlamentaria y por atreverme a cuestionar su combate contra el machismo “como si la lucha por la igualdad y contra el machismo fuera únicamente cosa de la izquierda”, me dicen. ¿Cómo me atrevo a cuestionar que ellas también son feministas? ¿Cómo me atrevo a patrimonializar a las víctimas del machismo?
Terrorismo machista. Ya basta
Si entendemos que, por lo general, llamamos terrorismo al intento de imponer una idea política por medio del terror y del uso de la violencia, entonces podemos llamar terrorismo machista a la violencia de género, aunque en este caso no se busque revertir una situación, sino perpetuarla. Históricamente, el sistema patriarcal ha minusvalorado, cuando no alentado, la violencia contra las mujeres de manera que la violencia usada contra unas pocas sirviera como amenaza y correctivo para todas. Todo sistema de dominación, y el patriarcado lo es, tiene que usar la violencia para imponerse y luego para mantenerse, aunque esa violencia no sea utilizada masivamente. Basta con que ocurra de vez en cuando, basta la mera amenaza para que todas las víctimas potenciales sepan que es mejor no rebelarse. Históricamente esto no admite discusión posible. El asesinato o la violencia contra las mujeres por el hecho de ser mujeres –es decir, por el hecho de no ajustarse a lo que, como mujeres, se espera de ellas, ya sea lo que la sociedad espera de ellas o lo que un hombre cualquiera espera o desea-, no ha estado penada o mucho menos penada que la situación contraria. Eso quiere decir que este tipo de violencia estaba permitida, alentada como correctivo o socialmente legitimada, aun cuando existiera una pena formal. Aun ahora esto sigue ocurriendo en muchos países. En aquellos países en los que la igualdad formal es un hecho y el reproche penal por matar a un hombre o a una mujer es el mismo, aun en estos casos, la legitimación cultural se sigue dando en el caso de los asesinatos machistas.
