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La sal y la hez de la tierra


Claro que hay dos Españas. Este es un país que ha estado casi siempre partido en dos, no en dos mitades, sino simplemente en dos partes, la de arriba –pequeña- y la de abajo, -muy grande. Igual que el mundo, se me podría decir, y es cierto: el mundo se divide entre los que tienen –muy pocos- y los que no; entre los que tienen todo y los que no tienen nada. Lo que ocurría hasta ahora es que ese avance civilizatorio que ha significado el Estado del bienestar logró, en algunos –pocos- países, hacer que la pirámide dejara de ser tal, que hubiera poca gente sin nada, que aumentara el número de gente que tenía lo suficiente y que, sobre todo, aumentara el número de niños que tenían acceso a una buena educación, lo que les abría un mundo de posibilidades. Y logró, y es muy importante, que la gente fuera consciente de que tener una vida digna es posible y es un derecho. No obstante, en España nunca hemos tenido un estado del bienestar completo y de la misma forma que hemos sido de los menos igualitarios entre los países europeos, una vez que los poderes financieros han decidido privatizar el bienestar, también somos de los más desigualitarios, de los más pobres y de los más injustos.

Vuelve a haber dos Españas. Por una parte está la de la gente que no ha notado nada, que sigue conservando su trabajo, que incluso tiene la suerte de que aun no le han bajado el salario, o que incluso le va mejor que antes. Hay una España que llena los centros comerciales los domingos, que se va de vacaciones y que manda a sus hijos a estudiar a EE.UU. Y luego está otra España que pasa hambre, como han denunciado Cáritas y Save de Children. Niños y niñas con hambre, personas durmiendo en la calle, familias a las que les echan de su casa, – más de 400.000 desde el comienzo de la crisis-, millones de personas en paro y sin esperanza de encontrar trabajo nunca, jóvenes que tienen que irse fuera o que, por el contrario, no pueden irse de casa de sus padres, personas mayores a las que no les llega la pensión. Esta otra España, que los políticos del PP ignoran y dan la espalda, que desprecian y que invisibilizan con sus falsas proclamas de recuperación, está compuesta también por personas que viven entre nosotros y que se han quedado sin su tarjeta sanitaria, por personas que no pueden pagar sus medicamentos o la silla de ruedas que necesitan, o por aquellas que por tener la desgracia de padecer un cáncer se encuentran sin trabajo.

Siento decir que también hay dos clases de personas. Están los que estando personalmente en la situación en la que estén, incluso en una buena situación, son conscientes del sufrimiento de tanta gente; los que protestan, se solidarizan con los otros, salen a la calle a luchar por los derechos de todos, se indignan, se organizan. Son las mujeres que luchamos por nuestros derechos, todos y todas los que se han unido a las Mareas, a la PAH, los que salen a la calle inasequibles al desaliento, los Yayoflautas, los ancianos que no cejan en su lucha porque les devuelvan lo que Blesa, Rato y compañía les han robado, los estudiantes que exigen sus becas, incluso la gente que no sabe qué hacer pero que se indigna en su casa, son la gente digna, valiente y luchadora, la sal de la tierra. Son los millones de personas que podría representar Ada Colau.

Y está la gente que emulando las bromas de Montoro o las proclamas que rozan la estulticia de Fátima Báñez, lo niegan todo, convierten a esos otros seres humanos en cosas, los desprecian, se niegan a verlos, les culpan de su situación y piensan y dicen que es inevitable, que la pobreza ha existido siempre. Son todos esos ladrones, embusteros, cínicos, aprovechados, miserables, sinvergüenzas…que seguramente se sientan perfectamente representados por Alfonso Rojo y le rían las gracias. La pobreza no es inevitable, como dice Maruhenda que añade que “nadie sabe cómo acabar con ella”. No dice la verdad, se sabe muy bien cómo acabar con ella, lo que ocurre es que, los suyos, la hez de la tierra, no quieren acabar con ella porque en la pobreza de la mayoría, está la riqueza de unos pocos.

Y perdóneme las metáforas bíblicas, son consecuencia de mi formación.

Publicado en: El Plural

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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