Poder feudal


La presidenta del Círculo de Empresarios, Mónica de Oriol, propone que se baje el salario mínimo para los trabajadores menos cualificados y rebajar aún más el coste del despido, así como reducir las cotizaciones para las empresas. Además, considera que es un desacierto que la normativa obligue a pagar a los trabajadores “que no sirven para nada”, un salario mínimo. Estos jóvenes que no sirven para nada deben ser como los negros para los esclavistas, unos vagos redomados, o las criadas para las señoras bien, unas inútiles porque hay qué ver cómo está el servicio. La casta empresarial se ha quitado las caretas (la reforma laboral se lo ha permitido) y se relaciona con los trabajadores como siempre ha hecho y como le gusta hacerlo; como lo que son: los dueños.

Mónica de Oriol dice muchas más cosas. Habla de contratos “blindados” para los trabajadores que, según los empresarios, son unos vagos, parásitos, privilegiados que siempre cobran más de lo que merecen y que, además, resultan dificilísimos de despedir. No sabemos de dónde habrán salido los 25 millones de parados, ni los salarios de hambre, ni la desesperación. Ésta última parece más bien encontrarse del lado empresarial que todavía se ven obligados a pagar a los trabajadores por mucho que se nota que aspiran a que trabajemos gratis. La prestación por desempleo es una de sus bestias negras porque es lo que vuelve a los desempleados “parásitos”. Se supone que cobrar ese inmenso dineral que supone esa prestación, que además dura tantísimo como para poder montarse una vida, eso hace que estos mismos trabajadores no acepten trabajar todo lo barato que a los empresarios les gustaría. Todos estos discursos que repiten machaconamente muchos de ellos (algunos días antes de ser denunciados por delitos varios) se enmarcan en una estrategia empresarial cuyo final suponemos que es acabar con cualquier regulación laboral y con cualquier garantía para los trabajadores. Los mismos empresarios que no tienen reparo en recibir miles de millones de euros que salen de nuestros bolsillos y de nuestros derechos, son los que nos acusan de parásitos. Los mismos empresarios que inician grandes obras que nadie les ha pedido, como la construcción de autopistas, que no se molestan en calibrar sus riesgos porque saben que, si fracasan, el gobierno acudirá en su ayuda, son los que nos acusan de “no servir para nada”; los mismos que defraudan, pagan en negro y delinquen, son los que nos acusan de mafiosos. En un sistema normal, con una justicia justa y una democracia efectiva, muchos de estos empresarios estarían en la cárcel. Estos parásitos son modernos señores feudales. La lucha de clases está más que viva y está, además, en las trincheras.

Porque esa es otra: la justicia. Tenemos una muy dura con los débiles y extraordinariamente benevolente con los poderosos. No voy a repetir aquí lo que todos y todas podemos ver y algunos (incluso de los suyos) se atreve a denunciar. En un país normal, que el Fiscal General diga que no hay medios para luchar contra la corrupción y que ésta se infiltra libremente por todos los resquicios del sistema, hubiera sido un escándalo. Aquí no porque esa corrupción es ya parte de este sistema. Es también una justicia feudal. Ayer nos enteramos de que al mamarracho que entró en casa de Bárcenas con una pistola de juguete le han caído 22 años. ¡22 años! ¿Quieren mirar –por curiosidad- las penas que les caen a los hombres que asesinan a sus mujeres? Aquí se ve, sin lugar a dudas, que puede que esté caído en desgracia, pero que Bárcenas sigue siendo, a pesar de todo uno de los suyos.

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