Fascismo de baja intensidad


Ya sé que estamos en elecciones y que los políticos se desgañitan, que hay crisis y primas de riesgo, que el paro es estratosférico, que todos vivimos peor (y peor que vamos a vivir) y que todos y todas estamos muy preocupados con esa cuestión, que no hablamos de otra cosa, que estamos viendo como en Italia y Grecia ha ocurrido algo que si no son movimientos antidemocráticos se le parecen mucho: se ha quitado a presidentes elegidos democráticamente y se ha puesto en su lugar a banqueros que no ha elegido nadie. Los nuevos presidentes son banqueros, financieros, personas que nos llevaron a esta crisis y que no son técnicos por encima de las ideologías, como a veces parece que se nos explica, son especialistas en aplicar soluciones neoliberales, especialistas en ahondar en el neoliberalismo aun más. Con todo, no pasa nada, o muy poco. Estamos tan absolutamente machacados, asustados, aterradas por nuestro futuro, nuestras hipotecas y nuestro trabajo que sólo queremos que el tsunami pase y no se nos lleve por delante. Es cierto que hay un enorme movimiento global de protesta que aun está en gestación y que no sabemos cómo va a germinar. Todo eso está por ver.

Pero al mismo tiempo pasan otras cosas que tienen que ver con aquellas y a las que tampoco hacemos mucho caso, ocupados como estamos en sobrevivir, conservar el trabajo y llegar a fin de mes. Un sistema económico cada vez más injusto y que genera cada vez más pobreza, se apoya en muchas cosas, en la manipulación informativa, en la expansión de la ignorancia, en la invisibilización de las alternativas, en la expansión de la corrupción a gran y pequeña escala…pero también, de manera inevitable, en la represión. No sólo los mercados están ya dirigiendo las democracias, es que la represión ya funcionando y generando el inicio de un fascismo de baja intensidad al que no nos estamos resistiendo. Si volvemos a la situación de siglos pasados no va a ser sólo en la cuestión económica, tendrá que darse un aumento de la represión.

La criminalización de la pobreza, al estilo medieval, ya ha comenzado. Lo vimos en los disturbios en Gran Bretaña cuando se afirmó que lo social no tenía nada que ver con la rabia de los pobres, que la culpa era suya; pero lo estamos viendo también cuando se acaban de aprobar en Hungría o en España multas a los sin techo o a los que hurguen en las basuras. Nadie cree que vayan a cobrar las multas, de lo que se trata es de convertir a los más pobres en delincuentes. Lo hemos visto en Francia o en Italia con las deportaciones de gitanos ante la complacencia de los gobiernos llamados de izquierdas, y lo vemos cotidianamente en las condiciones de vida de los inmigrantes retenidos en cualquier país europeo.

Los aspirantes a gobernar EE.UU. han apoyado públicamente la tortura como “muy efectiva”. Son republicanos pero apostaría a que los demócratas no querrían distanciarse mucho de esa opinión; ni siquiera han cerrado Guantánamo. La tortura ha acompañado a la humanidad casi desde el comienzo de los tiempos y sólo muy recientemente quedó deslegitimada. En dicha deslegitimación tuvo que ver el auge y caída del nazismo. El mundo quiso distanciarse del horror y aquella voluntad de distanciamiento ha sido uno de los mayores avances civilizatorios de la historia,  pero ha durado muy poco. En España se reivindica la cadena perpetua en contra de la Constitución y los linchamientos populares animados por los medios, de cualquier delincuente están a la orden del día.

Acompañando al aumento de la barbarie, vemos también como vuelve la religión. Se acabó la laicidad como reivindicación de la razón democrática. Se terminó, esto no da más. Lo hemos visto cuando el estado se ha puesto a los pies del Papa, pero ya Rubalcaba lo ha adelantado, de modificar el Concordato, nada. de nada.  Acabamos de ver al nuevo gobierno griego, no salido de las urnas, jurar todos a una ante una Biblia y unos sacerdotes. En realidad, es lógico. Si a los gobiernos ya no los elige el pueblo ¿de dónde sale su legitimidad? ¿Ante quién van a jurar?  Los órdenes sociales y económicos no democráticos necesitan sus propias legitimidades y, además la irracionalidad religiosa ayuda al sometimiento. Todo esto es muy antiguo y de sobra conocido, y por conocido da miedo.

Y podríamos seguir. Las protestas pacíficas se criminalizan. Se persigue a profesores porque llevan camisetas verdes, se despide a gente que hace huelgas legales, los gobernantes piden nombres y listas de ciudadanos/as que sólo quieren ejercer sus derechos. Y en todo el mundo: de París a Nueva York, se detiene a los jóvenes indignados que únicamente protestan, que protestan pacíficamente ocupando algo que, en democracia, es de la gente: la calle.

Los derechos económicos, los derechos sociales son fundamentales en democracia pero la defensa de los derechos humanos y ciudadanos, la libertad de disentir, de protestar, de salir a la calle, de organizar y manifestar el descontento, también lo es. Todo va junto y todo junto está en retroceso, a ver qué hacemos.

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