Transexualidad, derechos humanos y medios de comunicación


A mediados de agosto se hizo público -en España- el caso de una adolescente transexual que pidió permiso para una reasignación quirúrgica de sexo. Se trata de una persona que fue asignada como varón al nacer, que es en realidad una mujer y que ya ha comenzado el tratamiento necesario para cambiar de sexo. Ahora, apoyada por sus padres quiere someterse a cirugía. Como tiene 16 años, que pueda o no someterse a esa cirugía, depende del juez al parecer. Las leyes están hechas un lío, la verdad. Resulta que la ley 41/2002 reguladora de la autonomía del paciente concede a este a partir de los 16 la mayoría de edad legal para someterse a tratamientos o para renunciar a ellos.

A pesar de esa ley, el Partido Popular (derecha española) puso el grito en el cielo porque las chicas puedan decidir abortar a esa edad sin permiso de los padres y ahora, cuando esta chica transexual tiene todo el permiso y apoyo de sus padres, además del de los especialistas que la tratan, resulta que es un juez el que debe decidir si puede operarse o no. En todo caso, ¡qué difícil está resultando globalmente ganar esta batalla por la autonomía personal! Pero… ¿no era la libertad individual sagrada para el liberalismo? Pues no, obviamente no. A ver si nos enteramos que cuando ellos dicen libertad se refieren a libertad para comprar y vender; al parecer nunca quisieron decir que uno/a pudiera gobernarse a sí mismo/a, menudo libertinaje. No creo que ya nadie se engañe: es el mercado el que es libre, no las personas.

Conseguir la autonomía básica para decidir cómo gobernamos nuestros cuerpos y nuestras vidas: a quién amamos, cómo sentimos el deseo, de qué sexo somos, cómo queremos morir o en qué momento, cómo queremos ser tratados en la enfermedad, si queremos o no ser madres… eso está costando mucho. Ampliar al límite las fronteras de la autonomía personal fue sin duda una de las grandes batallas del pasado siglo y lo será de este siglo que comienza.

Respecto al caso de la chica transexual hemos vivido una semana dolorosa en la que hemos podido comprobar cómo los medios de comunicación que pretendían informar ni siquiera eran capaces de hacer el pequeño esfuerzo de informarse ellos mismos acerca del tratamiento correcto de la noticia. Hubiera bastado una llamada a una asociación de personas transexuales. Han dado una imagen penosa de su profesionalidad y de cómo ésta puede quedar empañada por los prejuicios y el desconocimiento.

A la chica trans lo mismo la nombraban en masculino, que en femenino o en ambas cosas en un mismo párrafo. Y por otra parte la única persona que he visto aparecer en la televisión ha sido un médico que comparaba la transexualidad con la leucemia, con lo que demostraba que, quizá algo de cirugía, pero de transexualidad no sabe nada. Hay muchos profesionales médicos en España que llevan años tratando a personas transexuales y que jamás hubieran hecho unas declaraciones tan penosas y ofensivas.

La transexualidad no es una enfermedad. Aún se encuentra, efectivamente, incluida en la lista de enfermedades que recoge la OMS pero ya hay muchas voces y un importante movimiento, también de profesionales de la medicina, a favor de que salga de esa lista y saldrá, naturalmente; como salió la homosexualidad y otras supuestas enfermedades que no eran más que realidades socialmente penalizadas.

La identidad de género es un derecho, lo mismo que la orientación sexual. El derecho a la identidad de género hace referencia al derecho básico de todo ser humano a decidir si se siente hombre o mujer, independientemente de cómo se le haya catalogado al nacer. A veces puede requerir tratamiento quirúrgico, (a veces no), como puede requerir tratamiento médico un embarazo.

La transexualidad es una condición de la persona, una muestra de la diversidad humana que ha existido desde siempre; y la misma condición transexual en sí misma es variada, múltiple y compleja. Demasiado, al parecer, para los medios de comunicación que este mes se han cubierto de gloria.

Publicado en: www.elciudadano.cl

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