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Nomadland, una visión alternativa


Lo cierto es que la historia parte, sí, de uno de esos “no lugares” que tras la crisis del 2008 han ido desapareciendo por toda la geografia de EE.UU. Donde hubo prosperidad, no quedan sino cenizas, como la vida de la protagonista, arrasada por la muerte de un marido que se muestra como similar a la muerte de su pueblo de arraigo y de su comunidad. La muerte de la persona amada, la muerte del pueblo y un paisaje desolador del que la protagonista sale en su camioneta sin apenas pertenencias. Porque lo cierto es que la película es la narración de un viaje interior, el de la protagonista, incapaz de encontrar un lugar propio, incapaz de asentarse en otra ciudad o en otra casa porque no puede aposentarse en otra vida después de haber perdido aquella de la que fue expulsada, incapaz de abandonar su soledad cuando ya es elegida. Y en ese viaje encuentra a otros seres humanos tan solitarios como ella que forman una especie de comunidad frágil de nómadas contemporáneos que encuentran alivio en sus propias soledades y en el contacto con la naturaleza.

La narración de un viaje interior desde el destierro vital hasta la paz, es un tema clásico que ha dado origen a maravillosas obras de arte en la literatura, el cine o el teatro; y es posible que esta película tenga esas hechuras. Y seguramente la hubiera apreciado más si, quién sabe si influida por algunas críticas, no hubiera esperado otra cosa y si no hubiera encontrado en ella algunas cuestiones que me parece que abren un abismo entre lo que pretende y el resultado final. El principal escollo que le encuentro es que me parece, en parte, una romantización de la pobreza real y una oda a la individualidad como solución a los problemas sociales.

Las personas que transitan por EE.UU en camionetas o caravanas son, como dice la hermana de la protagonista; “parte de una tradición norteamericana, casi como los antiguos pioneros”. Y es verdad que esa tradición existe. No lo hacen empujados exactamente por la pobreza o la necesidad. En realidad dicha pobreza solo marca el precio de los vehículos que conducen. Los personajes que muestra la historia no tienen en la pobreza su principal problema. De hecho, algunas de las caravanas que conducen cuestan mucho dinero. Son nómadas, buscadores de libertad, solitarios y solitarias, personas dañadas, con heridas, seres humanos que buscan y no encuentran o que encuentran unicamente en esas comunidades que se forman a la luz de una hoguera en pleno desierto y que resultan también puramente norteamericanas en su caracter religioso, no político. Y son personas todas extraordinarias, solidarias, amables que intercambian cosas en una especie de mercadillo sin dinero. Eso existirá, sin duda, pero no deja de ser un modo de vida específico de la cultura norteamericana que no puede traducirse por lo que entendemos por pobreza. Y que tampoco implica ninguna crítica real al sistema y mucho menos propone ninguna solución en común. Ellos se encuentran, se cuentan, hablan, se alivian con la palabra y luego parte cada una y cada uno por su lado, a seguir su propio camino.

Por si fuera poco, los dos protagonistas tienen familias acomodadas, con casas magníficas, que les acogerían si quisieran (sorprendentemente, diría yo) que les buscarían sin duda buenos trabajos. Los trabajos de mera subsistencia, como el de Amazon, aparecen también romantizados, dulcificados. Casi puedo escuchar a Jeff Bezos diciendo que Amazon ofrece la posibilidad de tener un trabajo que te permita movilidad máxima, que te ofrece libertad absoluta, la posibilidad de estar hoy aquí y mañana allí; un discurso parecido a este lo escuché hace poco de un ejecutivo de Uber cuando explicaba como una gran ventaja que los trabajos del futuro permitirían la máxima movilidad, la posibilidad de no anclarse a una ciudad concreta. El Amazon de la película no es un monstruo explotador, sino un trabajo del siglo XXI con muchas ventajas sobre el antiguo trabajo estable.

Y todo esto no tendría nada de malo si la película no buscara también cierta confusión entre la historia de unos nómadas heridos y el capitalismo financiarizado de la primera década de siglo. Y ahí es dónde a mi me parece que la película hace trampas. Ante el desastre (social o personal) me parece que la película propone un camino de búsqueda interior, de reencuentro con la naturaleza y los valores sencillos, una búsqueda y un reencuentro que se tiene que hacer en soledad. Pero el desastre personal o social no son equiparables, no se curan de la misma manera. Los trabajos que no permiten tener una casa donde vivir son explotadores y no ofrecen libertad, sino cadenas. No tener una casa no es una oportunidad para recorrer el mundo en una caravana, sino que supone el desarraigo absoluto, nunca deseado. Y la gente que es pobre, muy pobre, la que no tiene ni casa, no suele tener familias ricas con casas inmensas; tampoco suele suele ser solidaria y amable. Lo cierto es que la pobreza absoluta es muy jodida. Lo cierto es que los sin techo se emborrachan, duermen entre cartones, no se preocupan por lavarse la ropa, y no intercambian nada porque no tienen nada que intercambiar; tampoco es maravilloso intercambiar un abrelatas por una paño de ganchillo. Eso es lo que yo llamo romantización de la pobreza y hacer trampas en la narración. O es un viaje interior buscado y deseado o es una condena; ambas cosas no pueden ser. Y la película busca que confundirlas para poder hacer pasar lo que es una historia personal por crítica social.

Quizá la película me ha generado dudas porque esperaba una cosa y me encontré con otra. No le quito hermosura, que la tiene. Y no le quito verdad, que la tiene, siempre que sea lea como un viaje interior hacia la soledad que sana las heridas; como una aventura existencial. Siempre que sea vea como una foto de una forma de vida particular y muy específica, la de los modernos nómadas americanos que prefieren recorrer el mundo en sus caravanas antes que ligarse a nada; que prefieren sentirse parte de la naturaleza porque en ella se funden más facilmente la vida y la muerte que en la permanente huida de esta última tan propia de la cultura contemporánea, en la que hemos conseguido ocultarla casi del todo.

Las películas, como los libros, se van coloreando en la memoria con distintos colores según va pasando el tiempo. Puede que en un tiempo Nomadland signifique otras cosas para mí. Este es un escrito de primeras sensaciones.

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

5 respuestas a “Nomadland, una visión alternativa”

Jessica Bruder, que en su libro narra la investigación llevada a cabo durante tres años acompañando a estas personas en su vida y trabajos, sí destaca las condiciones de vida y trabajo. Habla con toda crudeza de este sistema de explotación que deja en la indigencia a un sector muy vulnerable de la población, muy mayores y expulsados definitivamente a una vida errante desde la crisis de 2008 y antes.
Sin embargo la película suaviza, camufla, no resalta y deja a tu interpretación la crudeza de esa realidad como si fuera una opción personal, no efecto del sistema. Esconde bajo una aparente belleza desoladora y una supuesta recreación de western crepuscular, con la heroína alejándose hacia el horizonte, lo que elude de crítica.
Conviene leer su libro y sus entrevistas para entender de qué estamos hablando: de personas con más de 70 años que tienen jornadas de más de 10 horas, a cubierto en el caso de Amazon al que muestra como un mecenas sin explicar que recibe un subsidio por contratar a personas mayores (entre un 25% y un 40% de su sueldo), por eso la compañía tiene tanto interés en emplearlos. Compañía a la que le sale más rentable instalar expendedores gratuitos de ibuprofeno en sus pasillos o tener en la puerta de sus naves ambulancias esperando a que caigan desfallecid@s, antes que cambiar las condiciones de trabajo de sus emplead@s sean fijos o temporales.
Es obvio que esta estetización de la pobreza no está en el libro, es una visión elegida por la directora de la película, que prefiere plantear como una opción personal de libertad lo que no es más que la vida precarizada, desarraigada y desoladora de l@s marginad@s de un sistema depredador de personas, paisajes, riquezas y vida. Sistema al que le interesa tenerlos ahí, exactamente ahí, en los márgenes, disponibles hasta que mueran. Un sistema sin conciencia, no lo edulcoremos.
También conviene investigar qué compañías y distribuidoras están detrás de esta película, igual así lo entenderíamos mejor.
Eso sí, la McDormand magnífica y tremenda, como ella es.

si, muy buen comentario. Completamente de acuerdo con lo que dices. No he leído el libro, pero lo leeré.

Detrás de ‘Nomadland’ está Searchlight Pictures (antes Fox Searchlight Pictures), la filial ‘indie’ y ‘arty’ (o al menos así se lo creen ellos) de la 20Th Century Fox, tradicionalmente la Major por antonomasia del género conocido como ‘Americana’, y cantora de los valores fundacionales y tradicionales de los USA. Fue la casa madre de grandes maestros como Ford, King, Walsh o Dwan. Desde 2018 está en manos de Disney, el estudio más reaccionario que existe. Cabría preguntarse, aunque la respuesta es obvia, porqué la Fox en 2020 con Disney es incapaz de hacer una película tan valiente (por humana y también por socialista, al señalar el problema y a los culpables, cosa que no hace ‘Nomadland’) como la que John Ford y Darryl F. Zanuck (entonces jefazo del estudio) hicieron en 1940: ‘Las uvas de la ira’. Desgraciadamente, el éxito de ‘Nomadland’ oculta y silencia muchas grandes obras (que tratan de lo mismo pero con honestidad, valentía… y también con cine, pero en mayúsculas) de este año y del pasado: desde los desclasados abandonados por la historia que sembraron las raíces de Estados Unidos en la memorable ‘First cow’ (Kelly Reichard; a la que, sin éxito, intenta desesperadamente parecerse Chloé Zhao) a la monumental pobreza esculpida en claroscuro de los caboverdianos del portugués Pedro Costa (‘Vitalina Varela’) pasando por quienes se dejaron su vida en Estados Unidos luchando contra ese sistema devorador de sueños y esperanzas: ‘Her socialist smile’ (John Gianvito). Ninguna de ellas se verá en nuestros cines comerciales (aunque creo que a Reichard le está dedicando un ciclo la Filmoteca de Catalunya, la película de Gianvito se pudo ver en Documenta Madrid, mientras que la de Costa se ha editado en BD/DVD en un precioso pack por los amigos gallegos de Númax) ni les dedicarán una sola línea es@s mism@s crític@s tan encantad@s con ‘Nomadland’. Un cordial saludo.

Muy buena observación, Rosabel. Yo opté por leer el libro antes de ver la película y ocurre como señalas. En el capítulo 3, Jessica Bruder compara precisamente las relaciones laborales de la Empire Gypsum (donde en la ficción trabajaba el personaje de McDormand), con una relación similar a las que habían en las colonias industriales, y que se ve obligada a cerrar a consecuencia de la crisis de 2008, con las de Amazon, que considera a los trabajadores como “quita y pon” en palabras de Bruder. De hecho, Bruder se compró una furgoneta para hacer el trabajo de campo y entró a trabajar unos meses en Amazon y después en la recolección de remolacha (que también aparece en la película). También recuerdo que Bruder critica la romantización de la pobreza, diciendo que los periodistas que recurren a ello no han tenido un contacto prolongado con las personas que viven en las casas rodantes y por tanto no han sido capaces de ver las dificultades que les empujó a esa situación.
La mayor parte de los personajes que aparecen en la película son reales (Lidia May, Swankie, Robert…) y, en efecto, en el testimonio que dan a la autora del libro, vemos que se esfuerzan en distinguirse de los sintecho, porque ellos no se ven a sí mismos pobres. En un punto del libro, Jessica Bruder dice que los “furgorresidentes” viven con la pesadilla de degradarse hasta el punto de caer en la misma situación que los “sin techo”, una circunstancia que para ellos se concretaría, según le cuentan a Bruder, cuando un “sintecho” que se está preparando para pasar la noche entre cartones, te ve y te saluda. Eso indicaría que has caído en lo más bajo. Por eso, en la película vemos a Fern explicándole a su ¿sobrina?, que ella no era una “homeless”, sino una “houseless”.
Quizá porque leí el libro tan excelente de Bruder, un libro más antropológico que periodístico, y porque ya conocía a las personas que aparecen (entré en los facebooks de algunas de ellas; me detuve, mientras leía, para ver con el streetview del google maps las calles de Empire, de Quartzsite, para ver los restaurantes que menciona Bruder, para ver los aparcamientos donde tenía que pasar la noche, o los campamentos donde Linda May trabajaba como anfitriona, o para ver el “rincón cultural” de Quartzsite, el “Oasis del libro”) y conocía también las circunstancias que les llevó a esa situación, he visto en la película algunas pequeñas pinceladas que conectan con aquella realidad tan brutal (memorable la reflexión que hace Bruder sobre el sistema de pensiones estadounidense), por ejemplo, cuando ella se ve obligada a reconocer que “no puedo vender la furgo, porque esa es mi casa”, o cuando dice “no puedo jubilarme, porque no me llega el dinero, necesito trabajar”.
Coincido, como no puede ser de otra manera, la imagen edulcorada de Amazon que transmite el film, incluso vemos a una supervisora (que seguramente, por lo que sabemos del libro, también será nómada) dando consejos sobre cómo prevenir accidentes, cuando en el libro se nos describe casos de trabajadoras que tuvieron accidentes laborales y la empresa después no les pagó el tiempo en que estuvieron impedidas. Imagino que esa edulcoración fue una condición sinequanon para permitir a la directora rodar las secuencias en el interior de la compañía.
En el libro, todos los nombres son reales menos uno, el de un hombre mayor, antiguo ejecutivo internacional que cayó en desgracia (es el caso de la mayoría de los miembros de la ·tribu”) y que, en el último momento, Amazon le ofreció un contrato indefinido. Ese hombre le dice a Bruder: “no pongas mi nombre, porque no me perdonarían que hablara de Amazon; los de recursos humanos simulan ser tus amigos, pero no son tus amigos”.
Saludos.

Hola Beatriz, aún no la he visto en el cine pero como tú he leído críticas muy buenas de Nomadland. Gracias por tu crítica, seguro que me ayuda a verla desde otro prisma.

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