Cambiarlo todo


Hace un par de semanas el compañero Alba Rico publicó un artículo en CTXT en el cual exponía su visión del momento actual del feminismo y lo hacía planteando algunas dudas respecto a las reivindicaciones feministas que nos han conducido finalmente a vivir este 8 de marzo distinto a todos.
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Una respuesta

  1. No voy a discutir sobre la desigualdad jurídica y procesal que existe entre hombres y mujeres, entre otras cosas porque no conozco ningún caso de cerca. Tampoco voy a discutir sobre el contrato sexual, en el que los hombres, buenos por naturaleza, no solo se reparten la riqueza de las mujeres, sino que también se pervertirían al entrar en contacto con ellas siguiendo las máximas de Rousseau, porque es obvio que es así para el patriarcado, y ni qué decir tiene, sobre la brecha salarial entre ambos sexos.
    Voy a hablar de algo tan controvertido y sangrante (al menos a mí así me lo parece), como es la solidaridad que pueda haber entre nosotras mismas. Más de una vez me he sorprendido (y me da pena decirlo) al ver la disciplina que se lleva a cabo en los espacios que fomentan precisamente esta práctica, unida al empoderamiento femenino entre otras cosas. Y es que muchas veces todas y todos hacemos malas asociaciones entre ciertos conceptos, de forma que asociamos violencia con un sexo en concreto, cuando la violencia es inherente a la persona con independencia de su sexo; asociamos conflicto con guerra o con vida desasosegada, mientras que la paz sería sinónima de la vida tranquila y deseable, cuando el conflicto, en mayor o menor medida, es inherente a cualquier sociedad.
    Pues ocurre en estos espacios, como decía, que las propias directoras ponen en práctica actitudes tan machistas como las que puedan tener los hombres, de forma que, si hay un conflicto entre nosotras, la acusada de “romper la paz” es expulsada temporalmente de dicho espacio, pues al ser violenta, permanente o puntualmente, no puede estar allí. ¡Eso contando con que la mujer sea “normal”. Otro error de base del que no están exentos estos centros, es el de asociar normalidad con lo deseable y anormalidad con lo no deseable.
    Como decía, si la mujer que puntualmente provoca un conflicto en estos espacios es normal en el sentido de que no tiene ninguna diversidad funcional, y por supuesto su orientación se presume heterosexual, se la expulsa temporalmente; si tal mujer no es normal en este sentido y su orientación sexual también molesta, se la trata de muy distinta manera, de forma que, ante la misma situación de conflicto, se le aplica una pena mayor.
    Ante esto, creo que la pregunta es muy obvia: ¿qué podemos esperar del mundo, si ni siquiera hay solidaridad entre nosotras? Insisto, me da mucha pena decirlo, pero creo que, mientras no empecemos educando a los niños en igualdad, y esto sea una asignatura obligatoria durante toda la enseñanza, tanto primaria como secundaria, en lugar de cosas tan personales como la religión, no haremos nada realmente productivo, de forma que los hombres seguirán siendo machistas y muchas mujeres también, incluso en los espacios sororos, y por lo tanto ellas tendrán comportamientos idénticos a los de ellos. En lugar de ir estas mujeres de forma puntual a los colegios e institutos (lo cual me parece estupendo) a dar charlas y a que las llamen feminazis entre otras cosas, deberían hacerlo de forma más frecuente, sistematizada y oficial. Es hora de que nosotras mismas prediquemos con el ejemplo, si realmente queremos la igualdad, en lugqar de hablar y dejar todo en papel mojado no pocas veces.

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