Los testículos de Fernando Lugo


El Presidente de Paraguay, Fernando Lugo, ha sido saludado como la esperanza de la izquierda en un país empobrecido por la corrupción política, la injusticia y las sucesivas dictaduras militares. Lugo fue obispo de una de las regiones más pobres de Paraguay antes de ser presidente. Ahora se ha sabido que mientras era obispo tuvo, que se sepa y por ahora, dos hijos con dos mujeres diferentes. Las dos mujeres tenían menos de 20 años en el momento de quedarse embarazadas, él sobrepasaba los 50. Siendo él, se supone, un hombre de izquierdas y preocupado por las injusticias sociales, no parece que le preocupara, sin embargo, que la Iglesia, la asociación en la que él ocupaba un alto cargo, siguiera prohibiendo el preservativo, condenando y dificultando el uso de cualquier método anticonceptivo (y el aborto por supuesto) que pudiera librar a las niñas y jóvenes de países muy pobres de ser más pobres todavía. A él no le importó nada que siendo el primero en saltarse las reglas de su iglesia las más pobres se vieran sin embargo sujetas a ellas. A Fernando Lugo no pareció importarle en su momento la suerte de esas dos mujeres y de sus hijos. No sólo no reconoció su paternidad, sino que la ocultó y ni siquiera les pasaba dinero o ayuda a las madres.

Al ahora presidente de Paraguay no pareció importarle demasiado que esas dos mujeres, casi niñas, criaran solas a sus hijos, ni le importó tampoco que esos niños crecieran en la miseria. Mientras, él seguía hablando de igualdad y de justicia. Al final, el ex obispo ha tenido que reconocer su paternidad porque una de las jóvenes comenzó un juicio por filiación y la otra amenaza con hacerlo. El presidente dice que en su caso no se trata de un abuso sexual, como los de tantos sacerdotes, sino de una historia de amor. Magnífico. Un amor que no incluye la suerte de las chicas, a las que dejó abandonadas y embarazadas en medio de una sociedad terriblemente machista; un amor que, al parecer, no se extiende a sus propios hijos de los que no se ha ocupado sino cuando ha sido amenazado judicialmente. Un “amor” que no empujó al obispo a arriesgar ninguno de sus entonces muchos privilegios, sino que se esforzó por mantener dicho “amor” en la más absoluta clandestinidad; privilegios en cambio, a los que renunció con facilidad cuando la alternativa era ser presidente. Ser presidente es una cosa, ser padre es otra.

Resulta que ahora la derecha paraguaya (la cómplice de todas las dictaduras, la dueña de la riqueza del país) acosa a la izquierda por la paternidad de Lugo, por lo que la izquierda ha sentenciado que criticar al presidente es hacer el juego a la derecha. “A lo hecho, huevos” ha escrito el diario Popular. El médico Enrique Stola por su parte ha declarado que si la primera mujer no hubiera denunciado al ex obispo éste seguiría “con sus testículos ocultos”. Todo esto nos señala la importancia de los testículos en esta historia, importancia que, como sabemos, va mucho más allá de su papel en la concepción. Además de inscribir a su primer hijo en el Registro Civil -y ya veremos que hace con el segundo, o con los que vengan- el presidente ha anunciado que tendrá que volver a pedir la mitad del sueldo presidencial (al que había renunciado) para pasarle alimentos a la mujer y al niño. Pobre hombre. Ahora resulta que con el medio sueldo de presidente de un país no le da para mantener a una pequeña familia (o no tan pequeña ya se verá)

En fin, debajo de todo esto late el drama de una sociedad en la que siete de cada diez niños o niñas son inscritos como de padre desconocido, con lo que eso significa de condena a la pobreza para ellos y también para sus madres que tienen que criarles solas y en muy difíciles condiciones. Eso y lo de siempre, que para la izquierda o la derecha, los derechos y la igualdad de la mitad de su población, las mujeres, son prescindibles. Cuando hablan de igualdad están hablando de la igualdad de ellos porque la de ellas es otra cosa que pasa, al parecer, porque ellos se envainen los testículos.
Publicado en: El Plural

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