El Papel de las víctimas


No puedo ni imaginar lo que significa que te maten a un hijo. Por eso es muy delicado, o al menos a mí me cuesta mucho hacerlo, criticar la iniciativa de los padres de Marta del Castillo, como antes del padre de Mari Luz, de Sandra Palo y de tantos padres y madres que, ante la muerte injusta y terrible de sus hijos, pretenden modificar las leyes para aumentar las penas. Su afán de buscar justicia es legítimo y puede, además, que ayude a calmar su dolor; es posible que su movilización pública les distraiga por un tiempo y les ayude a pasar esos momentos terribles y a no pensar en su pérdida. A ellos les comprendo. Pero que les comprendamos no quiere decir que estemos de acuerdo. No lo estoy.

En mi último libro: “La construcción de la lesbiana perversa. El caso de Dolores Vázquez”, describí cómo siempre que se produce un asesinato especialmente terrible, y el de un/a menor siempre lo es, se repite el mismo argumento: padres y madres que se entrevistan con los políticos, que recogen firmas, que piden el aumento de las penas; y para ello cuentan con la connivencia de los medios de comunicación que les entrevistan, que les pasean por programas de entretenimiento y de una parte de la sociedad, que les jalea. Y también de los políticos, que no se atreven a parecer insensibles y les animan o les dan, directamente, la razón.

Pero no la tienen. En nuestro sistema judicial las víctimas tienen delimitado cual es su papel: la acusación particular. Es la sociedad, a través del fiscal quien asume la acusación y las leyes delimitan la extensión del castigo. Por terrible que sea el crimen, nuestra constitución impone la obligación de intentar la reinserción de los criminales, por lo que la cadena perpetua sería anticonstitucional. Siempre he creído en una frase que leí hace muchos años y que he tenido presente desde entonces: que la calidad de una sociedad se mide por la manera en que trata a sus presos. Obviamente que es cuando los crímenes son especialmente repugnantes, como cuando las víctimas son menores, cuando se pone a prueba la humanidad del sistema. No creo que nadie pida la cadena perpetua para los rateros; por eso, es ante crímenes como el de Marta del Castillo cuando se pone a prueba la madurez de una sociedad.

No hay sociedad absolutamente segura a menos que se sacrifiquen valores y libertades fundamentales, y aun así no se conseguiría la seguridad total. Pero en el camino que busca esa ilusión, se van abandonando cosas que una sociedad democrática no puede permitirse perder: la idea de que la pena que se imponga al criminal tiene que incluir siempre la posibilidad de reinserción, la idea de que justicia no es venganza, la idea de que no son las víctimas las que imponen el castigo, sino que lo es la sociedad mediante sus instituciones de justicia, la idea de que la compasión no ampara la venganza… De otra manera, caeremos en la dictadura de las víctimas, en eso que Sánchez Ferlosio ha denominado con mucho acierto victimato. Y las víctimas son las personas menos adecuadas para organizar la justicia porque su pérdida o su dolor las inhabilita para ello. S

i hemos de ser una sociedad civilizada, tenemos que reservar compasión y toda la ayuda posible para las víctimas, pero la justicia la imparten en exclusiva los tribunales, y las leyes las hace el Parlamento y siempre después de un proceso de reflexión y debate, político y social. Nunca a golpe de crimen. De sobra se sabe que leyes más duras no impiden los crímenes ni los delitos. Todos tenemos que defendernos del “ojo por ojo” que nos cerca.

Por cierto que un tribunal popular acaba de declarar inocente a un tipo que mató a otros dos de 57 puñaladas. Como los muertos eran gays, el jurado ha estimado que el hombre los mató en defensa propia y llevado por “miedo insuperable”. El hombre alega que temía que le fueran a violar. Es que los gays dan mucho miedo, siempre le pueden violar a uno. Por eso el miedo insuperable le llevó a asestar 57 puñaladas, a perseguir a uno de los supuestos violadores, que se había refugiado en una habitación huyendo del que temía ser violado, a romper la puerta a patadas para entrar (han leído bien, no para salir o escapar, no, para entrar y seguir apuñalando); el miedo le impulsó a robar a las víctimas todas sus pertenencias, a permanecer varias horas en la casa para destruir las pruebas y provocar un incendio. En fin, que el jurado le ha absuelto. Supongo que lo que ha ocurrido es que el jurado comparte el “miedo insuperable” a los gays. Menos mal que otro tribunal más alto arreglará el desaguisado, como ocurrió con Dolores Vázquez.
Pulicado en: El Plural

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