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Combatir al fascismo no sólo en las urnas


Hay un cambio de paradigma evidente. Decía Esperanza Aguirre que, para ganar plenamente, había que acabar con la superioridad moral de la izquierda. Es evidente que esa llamada superioridad moral no lo es de la izquierda, sino de la sociedad en su conjunto desde, al menos, la Ilustración.  Y es cierto que eso puede resultar un hándicap para una determinada derecha, al menos la derecha neoliberal. Los principios morales que son aceptados mayoritariamente como más deseables por la sociedad en su conjunto, que se han universalizado, parecen -al menos hoy- más cerca de la izquierda que de la derecha.  Para la mayoría de la gente es mejor tener empatía con los otros/as, ser generoso, ser solidario; es mejor la igualdad que la desigualdad, la fraternidad que el odio, la convivencia que la guerra,  la escucha que el grito; es mejor que la mayoría viva bien a que lo hagan sólo unos pocos. La defensa de la igualdad y los derechos humanos tiene tal potencial que se han convertido en los principios básicos de cualquier democracia, el terreno común compartido. Ha habido momentos históricos en los que las derechas compartían una gran parte de ese terreno común. Sin embargo, esto ha cambiado radicalmente.  La deriva neoliberal del capitalismo ha acelerado de tal manera la rapiña que, ahora mismo, la derecha necesita no sólo gobernar, sino combatir ideológicamente los derechos sociales básicos. Necesita una sociedad que no crea ni defienda, por ejemplo, que tener acceso a la vivienda es un derecho, o que lo es  disponer de una buena sanidad. El neoliberalismo no es sólo un sistema económico, es también una racionalidad y, en su camino hacia el abismo, llega a sobrarle la democracia. Entonces la derecha tradicional se convierte en fascista.

Las derechas siempre han defendido (y esa es la base de todas sus políticas) sus privilegios de clase, pero excepto en determinados momentos históricos no se atrevían a negar abiertamente ese terreno común que es la base de cualquier democracia. Estamos en uno de esos momentos. Ya no sólo se hacen políticas contra los derechos humanos básicos, sino que se niegan abiertamente los principios en los que se basan esos derechos. Así, se defiende (primero tímidamente, luego abiertamente, como está ocurriendo) que la empatía humana es perjudicial, que las personas que no tienen para vivir se lo merecen, que los enfermos o pagan o que se mueran, que los migrantes mejor se ahogan, que los pobres son una lacra, que todos los derechos dependen del dinero que tengas, que no somos ciudadanos/as sino clientes, que el supremo derecho es el del consumo etc. Y para imponerse todo vale, la democracia sólo sirve si ganan, si pierden la democracia sobra. Eso es lo que hace el fascismo. El fascismo crea una identidad basada en el orgullo de atreverse a defender aquello que, hasta hace muy poco, resultaba indefendible. Crea el orgullo del que defiende su privilegio de raza, de clase, de sexo e incluso crea el orgullo del que no sabe muy bien que defiende porque no tiene gran cosa pero consigue un sentido en el odio a los otros/as y en hacer de ese odio la columna vertebral de su existencia.

Lo estamos viendo en una aceleración difícil de asimilar. De un año a otro vemos a políticos de un partido que se llama democrático decir que el fascismo es el lado bueno de la historia y le vemos reivindicando impúdicamente políticas antidemocráticas y de destrucción de derechos humanos básicos.  Y cuentan, además, con el apoyo de todo el aparato mediático. Es un momento fascista y un momento descarnado de defensa de la democracia. Escribe Enric Juliana que es evidente que la extrema derecha cuenta ya con fuertes apoyos mediáticos y que la pregunta es qué debe hacer el espíritu democrático para no acabar aislado.  

Creo que el espíritu democrático se defiende todos  los días y no sólo en las urnas. La destrucción de los valores democráticos es una operación que no se hace de un día para otro, hay que crear un estado de ánimo y exige la participación de mucha gente que no se definiría a sí misma como siquiera de derechas. Y es que no basta con refutar lo que dicen los fascistas, no basta con decir verdades como puños, ni con escribir tuits, hablar alto en las tertulias o escribir artículos. Todo eso no es depreciable, pero estamos viendo como es posible participar en un clima cultural fascista incluso para defender posiciones de izquierdas. Lo decía en mi artículo acerca de la  sociedad trol (https://ctxt.es/es/20181024/Firmas/22477/beatriz-gimeno-trolls-redes-amenazas-totalitarismo.htm, si nos convierten en trols, nos ganan. Está ocurriendo en muchos espacios políticos cercanos. Nos relacionamos entre nosotras manejando presupuestos totalitarios, de expulsión absoluta de las otras. No debatimos con los diferentes cercanos,  queremos borrarlas, que desaparezcan, matarlas simbólicamente, cualquier intento de matizar es acallado con insultos y gritos (siquiera sean virtuales), la expansión del odio en los espacios en los que podríamos convivir (y lo hemos hecho) es evidente. Utilizamos los bulos y las mentiras si nos vienen bien para defender posiciones, no hay argumentos, hay trincheras, sectarismo extremo. Se condena el intento de empatizar y la propia empatía como rasgo de debilidad y no como una virtud necesaria en la relación con los otros/as. Insultamos gravemente, utilizamos la deshumanización y negamos la palabra a otras con las que ayer compartíamos mucho. Esto es fascismo cultural. Las redes han exacerbado estas tendencias, pero, obviamente, no son las responsables. El fascismo no ha necesitado de las redes para imponerse antes. Las redes son sólo el instrumento actual que usan, si no hubiera redes utilizarían otro. En todo caso, perdemos siempre que aceptamos sus marcos y eso incluye el comportamiento público. Por eso, tomar la decisión, a veces dura, de no contestar a los insultos, no dejarse sectarizar, no tener miedo a la exclusión y luchar por construir, como sea, espacios de convivencia, es fundamental y es una decisión personal. El fascismo está llamando a las puertas y se nos llevará por delante si no le ponemos freno. Las urnas no son el único camino y, después de las urnas, habrá que seguir luchando.  

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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