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Las mujeres, a votar el 4 de mayo


El otro día, en Getafe, en un acto con el círculo feminista de Podemos, una cuidadora domiciliaria, militante de este partido, nos explicaba cómo era su día a día. Lo que significaba pasarte el día de casa en casa, de casa pobre en casa pobre habría que decir, para mover a las personas que las necesitan, para cambiarles el pañal, ya con muchas horas de retraso, para intentar que coman un poco. Nos contaba lo que significaba entrar en esas casas en las que huele a pis y a miseria, abrir la nevera y no ver nada, llegar en invierno y comprobar que dentro hace tanto frío como fuera y, sobre todo, saber que están ofreciendo a esas personas una hora cuando necesitarían una atención mucho más larga.

Y nos contaba que las empresas que las contratan para hacer este trabajo no les dan ni el material. Que a veces les dan un par de guantes para varios meses; que no han tenido ninguna protección durante la pandemia, que el Ayuntamiento paga la hora 17 euros, que la empresa se queda con 10 euros y que a ellas, a las trabajadoras, les llegan 7 euros; que ninguna se jubila porque a los 60 años todas ellas están destrozadas y acceden a una incapacidad laboral que les proporciona 500 euros al mes. Toda la vida en el trabajo, durísimo e imprescindible, de cuidar a otros/as y haciendo luego una doble jornada en la casa porque, cada vez más, los servicios públicos son inaccesibles para ellas. Y con contratos de días, de meses, discontinuos, sin saber nunca con antelación el horario.

Como Concha están las cajeras, las trabajadoras domésticas, las profesoras, las enfermeras, las médicas, las limpiadoras, las trabajadoras de las escuelas infantiles, las trabajadoras de las residencias… todas ellas han estado en primera línea de la pandemia, en primera línea de la vida, en primera línea del trabajo más duro y menos valorado pero absolutamente imprescindible. En primera línea de explotación. Muchas de ellas con hijos e hijas a cargo, solas, desesperándose y sin poder dejarlos solos cuando se cerraron los colegios por el confinamiento. Muchas de ellas entrando en las casas de los barrios ricos por la mañana, entrando en las oficinas para limpiarlas y volviendo luego a sus barrios, después de más de una hora de transporte público, caro y cada vez más lento y escaso.

Son, como dijo la misma Concha, trabajadoras pobres. Y son trabajadoras pobres porque son mujeres, porque sus trabajos, más duros que muchos y más esenciales para todas nosotras y nosotros, siguen considerándose subsidiarios de algún supuesto trabajo más importante. No tienen derechos, no tienen tiempo propio, no tienen futuro, les cuesta mucho organizarse, no tienen tiempo para militar, muchas no tendrán pensión. Ellas son Madrid.

El Madrid que defiende la derecha (el que ya ha construido a base de expropiar y explotar a la gente) es ese en el que los servicios públicos han sido desmantelados y regalados a empresas que reciben de todas nosotras 17 euros por cada servicio de limpieza que realiza una trabajadora que gana siete y que, además, ve cómo le regatean el abono transporte, los guantes, la sindicación y los días libres.

Los servicios públicos (Sanidad, Dependencia, Educación, Escuelas infantiles, Transportes…) son la condición de posibilidad de que las mujeres puedan estar en el mundo público en igualdad de condiciones que los hombres. Pero son también quienes emplean a esos miles y miles de mujeres y quienes pueden ofrecer sueldos dignos y trabajos con derechos. No hay mayor redistribuidor de la riqueza que los servicios públicos. Entre ricos y pobres, sí, pero también entre mujeres y hombres. Cuando la derecha desmantela los servicios públicos no hace que las mujeres dejen de trabajar fuera; hace que trabajen mucho más barato, en condiciones de mayor explotación, y hace también que tengan, necesariamente que doblar o triplicar sus jornadas porque nadie cuida de sus hijos e hijas, nadie les limpia a ellas la casa, nadie cuida de sus padres o madres. ¿Quién cuidará de ellas?

Esas son las mujeres a las que los techos de cristal les importan poco a nada porque lo que les importa es despegarse de su suelo pegajoso. Es sorprendente la cantidad de noticias relativas al número de mujeres que hay en los Consejos de Administración de las empresas comparadas con la escasez de noticias relativas a las condiciones de vida y trabajo de las empleadas de las residencias, por ejemplo, o de las cuidadoras domiciliarias. Son invisibles, pero son imprescindibles. Sí, Audre Lorde tenía razón, muchas hemos podido hacer una carrera académica o profesional gracias a ellas. Y no sólo gracias a ellas, sino gracias a que su trabajo es barato. Esa es la realidad.

Si su trabajo estuviera pagado con justicia muchas no hubiéramos podido pagarlo… por eso también quienes no estamos en esa situación necesitamos que estos trabajos sean servicios públicos dignos; para no explotar a ninguna otra mujer, para no levantar nuestras vidas sobre otras vidas. Los servicios públicos son nuestro patrimonio, los hemos pagado con nuestros impuestos y nuestro trabajo. Los servicios públicos son lo que la mayoría podemos dejar a nuestras hijas e hijos. Por eso escribe Fraser que la reproducción social es en la actualidad el ámbito de oposición principal al neoliberalismo en todo el mundo. Sin justicia no hay democracia, sin feminismo tampoco.

Madrid no es Pozuelo y el barrio de Salamanca. Madrid es Usera, Getafe, Leganés, Villaverde, Vallecas, San Blas. Madrid son esos barrios en los que viven millones de mujeres que necesitan una red de servicios públicos universal, gratuita y de calidad para poder llevar vidas dignas e iguales. En realidad, cuando hablamos de Madrid estamos hablando fundamentalmente de las mujeres porque las mujeres son la mayoría de los habitantes de Madrid. Y si hasta ahora se está gobernando desde los barrios ricos y sólo para los barrios ricos es porque la gente de los barrios pobres no sale a votar, porque muchas mujeres de los barrios pobres no salen a votar. Necesitamos que todas ellas salgan el 4 de mayo a decirle a la derecha que somos más y que hacer políticas contra las mayorías sociales se paga tarde o temprano. Las mujeres somos la mayoría social, no lo olvidemos. Ese es el poder que tenemos.  Por una sociedad que ponga el bienestar de las mujeres en primer plano, todas a votar el 4 de mayo, que podemos echarles. Y también digamos al votar “Fascismo nunca más”, porque estas elecciones también van de esto.

Publicado en: Público

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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