Que ardan todas las hogueras


Estoy en casa viendo las noticias y en las mismas sale un tal Renzi que es el futuro primer ministro italiano. Luego le escucho hablar y no puedo evitar acordarme de una película de Nani Moretti, Aprile. En ella hay una escena antológica en la que el protagonista, el mismo Nani Moretti, está viendo por televisión un debate político en el que participa Berlusconi y el entonces líder de la izquierda (es un decir) D’Alema. Moretti se desespera viendo cómo un mentiroso crónico, un demagogo y un populista, como Berlusconi, es capaz de hilar un discurso político sin que el por entonces líder de la izquierda sea capaz de oponerle otra cosa que banalidades y lugares comunes más o menos bienintencionados. Moretti  grita a la televisión, se mesa los cabellos, se tapa los ojos e increpa a un D’Alema incapaz de oponer nada a la verborrea demagógica y embustera de Berlusconi: “¡Di algo” le grita Moretti. Pero D’Alema está paralizado porque no quiere decir nada que asuste a nadie.

Moretti le grita entonces en plena desesperación: “¡Di algo de izquierdas!”. Pero D’Alema no tiene nada de izquierdas que decir, ni de nada en realidad. Berlusconi simplemente lo dice todo, contenta a todos, dice a cada uno lo que quiere oír,  copa el espacio de la derecha, el de la izquierda y el de centro porque todo eso se ha convertido en lo mismo. Por supuesto Berlusconi se llevó las elecciones de calle. Podemos cambiar a D’Alema por cualquiera de los líderes de la aún llamada izquierda que vinieron después y que son materialmente indistinguibles: Bersani, Letta y ahora Renzi. Entonces, me pregunto qué ha podido ocurrir para que un país que tuvo una izquierda poderosa y fecunda haya terminado sin izquierda. Qué ha pasado en Francia, qué está pasando en Europa con la izquierda.

Y ahora vuelvo a Italia, porque a entender esta situación me ayuda un pequeño libro  (apenas 90 páginas) que me regaló mi padre hace muchos años. Se llama  Servabo. Memoria de final de siglo y su autor es Luigi Pintor. Pintor fue combatiente en la resistencia antifascista, detenido, torturado, miembro del Comité Central del PCI, contrario a la invasión rusa en Checoslovaquia, co-fundador y director de  Il Manifesto  y, sobre todo, un activista y un político para quien la política era una experiencia ética muy profunda. En su libro hace, en apenas 90 páginas, un recorrido emocionante por su propia vida; una vida que se confunde con la política del siglo XX. Voy a dejar que Luigi Pintor me escriba hoy el artículo y que hablando de su vida, interpele a las nuestras. Recién terminada la guerra contra el fascismo, que le costó la tortura y contemplar la muerte de muchos amigos, él escribe: “Ahora no había tantos uniformes, todos vestían trajes sin distinciones, pero la diversidad de los destinos, aquella división en dos entre superiores e inferiores que tan bien se ve en la guerra, reaparecía, idéntica, bajo las formas de la convivencia civil. Quién volvía a mandar en las nuevas instituciones tenía los mismos rasgos que sus predecesores, quien volvía a obedecer en la vida cotidiana, conocía las mismas humillaciones, los más fuertes y los más débiles volvían a representar el mismo papel sin variaciones”.

Años después viaja a China y se produce la gran desilusión, que él explica en este terrible párrafo: “Hice otro viaje al legendario Oriente en donde los hombres inferiores, los soldados y los obreros habían ganado su revolución por primera vez en milenios. Más que otras malas señales (…) me asombró que en las calles de aquellas ciudades las prostitutas se calentaran al fuego, como en nuestras afueras. No me sorprendió que la gente siguiera siendo pobre, sino que hubiera olvidado la fraternidad. No dejaré de pensar que los mundos son dos, pero aprenderé que la línea divisoria no está señalada en ningún atlas y que pasa por dentro del corazón del hombre. Tomar partido se hará más complicado, pero más necesario”.

Sobre lo que pasó después… La traición de la izquierda, la renuncia, la abdicación de los principios y de la ética, Pintor, simplemente, consigna con asombro: “No sospechaba que en nuestros campos hubieran crecido las mismas ortigas que queríamos extirpar en los campos de los demás”. Y ya, finalmente, para describir el momento en el que vive al final de sus días (murió en 2003) escribe: “El viejo engranaje se ha hecho pedazos, pero el momento de la resignación y de la rendición no ha llegado todavía. El orden no reina todavía bajo el cielo, todavía arden hogueras por todas partes, en las ínfimas periferias del mundo y en las exuberantes metrópolis. Si provocarán un nuevo incendio o si son solamente humeantes residuos esparcidos es algo difícil de establecer, pero el estado de emergencia no puede ser revocado todavía. La única diferencia es que ahora hay que caminar sin ayuda de nadie”.

He pensado mucho en este libro y en Luigi Pintor estos días viendo la inanidad, la insoportable banalidad, de ese político italiano, Renzi, que los medios apodan de “centro izquierda”, seguramente para darnos, como si se tratara de marcas comerciales, cierta impresión de variedad que resulta imprescindible para que nos animemos a consumir una lista electoral u otra. Y he pensado también en las periferias del mundo al ver a los 15 inmigrantes ahogados y las explicaciones de un tipo que, al parecer, es de misa diaria; después he pensado en las hogueras que no pueden dejar de arder.  Ojala que llegue el momento en que provoquen un incendio regenerador; ojala que encontremos el camino.

Publicado en:  eldiario.es

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