Fumar o no


Reconozco que me han sorprendido algunas reacciones ante la llamada Ley antitabaco, la verdad. En primer lugar porque no es una ley antitabaco (cómo podría serlo si el tabaco se vende libremente). Es una ley que prohíbe fumar en determinados espacios públicos cerrados y compartidos. Por supuesto que era de esperar que los tontos dijeran tonterías porque las dicen a menudo y no dejan pasar ocasión. Ya es curioso (o no) que el inefable alcalde de Valladolid haya coincidido en la misma tontería con otro inefable, Pérez Reverte. Ambos han comparado el que se prohíba fumar en lugares cerrados para no fastidiar a los que no fuman con la persecución sufrida por los judíos a manos de los nazis. Mira qué oportunidad de oro ha dejado pasar el embajador de Israel para protestar contra lo que es la grosera, estúpida y terrible equiparación de un holocausto humano con una nadería.

Pero sí que me ha sorprendido que personas que, en general, son ponderadas y exhiben buen criterio sacaran aquí artillería pesada para expresar que se sienten perseguidos, y para recalcar que fuman y que seguirán fumando mostrando una especie de orgullo un poco tonto también de fumadores, como si más que fumar defendieran una ética o una actitud vital en peligro. Pues muy bien, yo les apoyo; que sigan fumando, están en todo su derecho. Estas reacciones nos demuestran que a veces es difícil ponernos en la piel de los demás cuando estamos convencidos de tener razón. La verdad es que no puedo entender a qué viene este escándalo. Nadie ha prohibido fumar. Nadie ha prohibido vender tabaco, nadie ha exigido que los fumadores fumen en secreto. Nadie lo considera vergonzoso, inmoral, pecaminoso o falto de ética. Que fume quien quiera; hasta aquí todos de acuerdo. Pero resulta que además de eso, del derecho a fumar, a muchas personas nos molesta muchísimo que los demás nos fumen cerca. Y no sólo por salud, la razón que más se arguye. A mi, por ejemplo, no me preocupa mi salud en relación con el humo del tabaco. A mí el tabaco me huele mal, me dan arcadas, me hace toser, me da asco. ¿Por qué mis sensaciones valen menos que sus sensaciones? Habrá que encontrar un punto de convivencia.

Pero encima resulta que, por su fuera poco, el 70% de los españoles no fuman así que de alguna manera resulta que nos imponen a la mayoría sus humos. Así que la pregunta que yo me hago es la siguiente: ¿Cómo es posible que no se den cuenta? ¿Por qué no sienten el más mínimo respeto por nuestras toses, nuestro asco, nuestra salud, lo que quiera que nos produzca el tabaco y que es, como poco, tan importante como su derecho a fumar? Parece bastante razonable que en los espacios públicos cerrados en los que hay que fijar normas de convivencia no se fume. Igual que no se escupe, no se canta, no se molesta, hace tiempo que eso debería haberse entendido como una cuestión de educación, de delicadeza con los demás, delicadeza que muchos de estos fumadores sí tienen para otras cuestiones. ¿Por qué los fumadores no sólo no han entendido que su hábito es muy molesto para la mayoría, sino que además se sienten indignados, víctimas de persecuciones imaginarias?

Pues creo que los fumadores de cierta edad, los más remisos a salir a fumar fuera (los jóvenes lo han aceptado mucho mejor) comenzaron a fumar cuando fumar era algo que empoderaba. Según exitosas campañas de publicidad, los adultos fumaban, las personas independientes fumaban, los hombres resultaban poderosos cuando fumaban, las mujeres atractivas y seductoras. Fumaban las actrices, los gansters, los policías, las escritoras y los revolucionarios. No es una tontería, es la manera en que mucha gente que hoy tiene más de cincuenta empezó a fumar.  Sólo esa sensación de empoderamiento personal ha podido hacer que personas normales, por lo demás, empáticas y solidarias, hayan sido todos estos años incapaces de comprender que fumar en lugares públicos y compartidos no es más que una imposición injusta sobre los no fumadores. Y sólo esa característica pueda quizá explicar que una minoría haya podido, durante tantos años y con tanta soberbia  imponer sus humos en espacios que son de todos y en los que la ley debe garantizar la convivencia sin atropellos. Sólo echando mano de complejos mecanismos psicológicos puedo explicarme que personas fumadoras, por lo demás inteligentes y muy respetables, manifiesten públicamente ahora ese desdén teñido de superioridad, esa especie de manía persecutoria, esas palabras despreciativas por los derechos de los demás, esos gestos de divas heridas con las que los que han recibido esta ley que por fin nos permite a muchos entrar en los bares y no sentir ganas de vomitar. Ellos seguirán ejerciendo su derecho a fumar y nosotros podremos no tener que fumar lo que fuman ellos.

2 comentarios

  1. En realidad no creo que se trate de fumar o no fumar, sino de no hacerlo no porque quieran no fumar, sino porque una autoridad externa lo exija. No se trata tanto de un “yo tengo derecho a fumar” sino más bien de un “tu no me dices lo que yo tengo que hacer”.
    Tengo una compañera de trabajo que dice que ahora no deja de fumar porque solo lo dejará cuando no sea una imposición y lo haga porque a ella le de la gana (no se lo cree ni ella que es por eso, pero ahí ya se ve que es lo que le molesta de la ley), no es una ley para la convivencia sino una orden, esa es la perspectiva que han tomado ciertos fumadores. También tengo una amiga que no fuma pero entiende que “a ella tampoco le gustaría nada que la obligaran a hacer algo”, y para rematar, una ministra de sanidad que prácticamente parecía pedir perdón por alentar a los ciudadanos a denunciar a quienes violen la nueva ley antitabaco, es decir, por alentar a que la ciudadania colabore en el cumplimiento de una ley ya vigente. Yo no sé si efectivamente Pajín lo dijo o no, pero tampoco me importa, ¿dónde estaría el problema si alentara a la ciudadania a denunciar el tráfico de drogas, por ejemplo?.
    Al lado de mi casa hay un bar donde todos los ceniceros se mantuvieron el día dos de Enero en las mesas. A ver si llaman por teléfono también al dueño o dueña del local y le piden que explique si está alentando a la ciudadanía al no cumplimiento de la ley, a ver si va a estar diciéndole a nadie lo que tiene o no que hacer…

    1. Son opiniones, pero no lo veo así. No se trata de prohibir a nadie fumar, sino de prohibir hacerlo dónde haya gente que no quiere que le fumen cerca. Si yo odio que fumen y siguen fumando cerca mío ¿qué hago? ¿agredo a esa persona? Porque de lo contrario ella me agrede a mí al fumar. En casos así las leyes tienen que regular la convivencia y lo más lógico es decir: que salgan a fumar y vuelvan a entrar porque de lo contrario los que no fumamos no es que tengamos que salir, es que no podemos entrar. Pero sigo viendo una enorme prepotencia entre los que rechazan la ley, no consideran en ninguno de sus argumentos a los no fumadores, como si no existiéramos, como si nuestras razones, voluntad, no contaran para nada.

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