La semana de la iglesia


Llevamos un mes que si pretendíamos olvidarnos de la Iglesia…no nos lo han puesto fácil. Casi ningún comentarista lo ha dejado pasar, así que es difícil decir nada original, sólo expresar el hartazgo y la impotencia de siempre. Todo comenzó con la niña de nueve años violada por su padrastro y cuyo necesario aborto generó una cadena de excomuniones, aúnque ninguna recayera en el violador que, por cierto, era contrario al aborto de su hijastra violada; mira qué bien, tenía opinión al respecto y todo. Después continuó con el milagro (científico, que no divino) de Andrés y su hermano: el primero salvado gracias a las células del cordón umbilical del segundo. Todo el mundo se emocionó con las imágenes de Andrés y de sus padres, menos la iglesia que declaró que esa curación se producía sobre el asesinato de no sé cuántos hermanos no nacidos.

Un poco más adelante, apenas unos días, el Papa viajó a África y no se cortó un pelo: el preservativo extiende el sida en lugar de combatirlo. Yo, que tengo amigos y familiares con VIH, pienso que alguien debería ya, de una vez, callar a ese hombre por peligroso, por inmoral y por malvado, pero nadie lo hace por ahora. Después, vino la mentirosa campaña del aborto donde se pretende equiparar a un embrión, a un feto, con un bebé de casi un año y donde, por cierto, las mujeres han desaparecido de la ecuación, eso sí que es un milgaro: no hay mujeres en esa campaña, no hay úteros, no hay vientres ni cuerpos femeninos portando el feto, parece que salieran de la nada, gateando y todo, limpitos y peinados.

Y por si no tuviéramos bastante con eso, el Ayuntamiento de Madrid va y les regala unos terrenos en una de las mejores zonas de la capital para que se construyan un aparcamiento sobre una zona verde. El día 29 hay una manifestación en contra de esta cesión, pero no sé si seremos muchos, la gente ni lee ni escucha las noticias que se refieren a la Iglesia. La gente sabe que la iglesia no dice más que tonterías, pero no parece que se den cuenta de lo perniciosas que éstas pueden llegar a ser; la gente pasa, pero no se indigna lo suficiente. Por eso siguen ahí, con nuestro dinero y con nuestra connivencia. Escándalos sin fin por todo el mundo. La Casa Pía en Portugal que era una red de prostitución infantil, el maltrato a los niños en Irlanda, donde los sádicos daban rienda suelta a sus pasiones, la pederastia en EE.UU, las violaciones en África… ¿Qué más tiene que hacer la iglesia para que se le pierda el respeto que aún atesora? ¿Qué más tiene que hacer para que los líderes mundiales le den la espalda y le digan al Papa que su miniestado viola todos los derechos humanos? ¿Cuánta gente tiene que morir de sida, cuántas mujeres aún tienen que ser madres a la fuerza, cuántos niños y niñas ser abusados o violados? ¿Qué más tiene que hacer la Iglesia para que la ciudadanía indignada salga a la calle de una vez y se manifieste frente a sus locales (iglesias)? ¿De qué otra manera puede la Iglesia ofender y menospreciar a las mujeres para que se vacíen sus templos de las feligresas que aún asisten a ellos? ¿Qué tiene que pasar para que exijamos de manera inequívoca que los gobiernos no les den ni un euro de un dinero que nos cuesta tanto ganar?

El prestigio de la Iglesia es algo que me inquieta, además de enfurecerme, porque nada parece hacerle mella y porque la única manera de acabar con su poder es acabar con ese prestigio; que la gente se dé cuenta de lo que es verdaderamente esa organización; de lo que son sus sacerdotes, sus ministros, su jerarquía y diga: No. Sólo entonces los gobiernos no tendrán miedo de negarles privilegios y sólo entonces tendrán ellos quizá que cuidarse de lo que dicen. Me parece que ese momento no está cerca. No en vano nuestra cultura aún considera que el dolor y el sufrimiento es más “serio”, más importante, más trascendente, que el placer y que la felicidad y, mientras esto sea así, esos profetas de la desgracia seguirán tratando de amargarnos la existencia. A ver hasta cuándo les dejamos.

Publicado en: El Plural

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