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En contra del mundo entero


Lo siento, siento lo que voy a decir a continuación y lo siento si alguien se indigna, pero es que a mi, todo esto del lío que se ha montado con la nevada me parece una pequeña banalidad propia de una sociedad que no soporta la más mínima frustración. Y no lo digo desde lejos, sino que lo digo con causa. El día 2 de enero me encontraba en el aeropuerto de París tratando de regresar a Madrid. Ese día había caído una inmensa nevada, preludio de la que días después iba a caer en Madrid. Una vez en el aeropuerto los vuelos comenzaron a retrasarse e incluso a no poder despegar. Me imaginé entonces lo que me esperaba. Una noche (o más) en el aeropuerto, todos mis planes truncados, mi trabajo esperando; y luego la incomodidad, no tener dónde dormir…Me senté en el suelo, compré revistas y libros, bebidas y comida, y esperé. Incómoda, fastidiada, con frío…esperé hasta que mi vuelo salió.

Las pistas estaban imposibles. Había máquinas trabajando pero nevaba con más intensidad de la que podían combatir. Lo mismo ocurrió en Madrid dos días después. Si cae una nevada así en zonas donde casi nunca nieva tan fuerte, ¿cómo no va a haber embotellamientos en la carretera?; y… ¿cómo van a salir los aviones si no pueden despegar? ¿Quién tiene la culpa de que nieve de esa manera? Sí, ya sé, siempre se pueden hacer las cosas mejor, y a todo esto se suma una huelga encubierta. Pero tengo la sospecha de que, por mucho mejor que se haga, hay cosas que no se pueden evitar. Los aviones no pueden despegar con esa nieve sin poner en riesgo la seguridad. Francamente, mientras esperaba sentada en el suelo en París, prefería que mi avión no volase a que volase inseguro. Si hay que esperar, se espera. No pasa nada, es un día, o dos. ¿Qué importancia real tiene que uno esté un día al año cuatro horas en la carretera o sentado en el suelo del aeropuerto? Y sí, también sé que para alguna gente puede ser una tragedia: trabajos que se pierden, asistencias imprescindibles…pero son los menos. Lo más que nos ocurre a la mayoría es que tenemos que esperar en condiciones incómodas, cambiar planes, soportar la tensión, la frustración.

Grave sería que hubiese desgracias personales, que las carreteras fuesen tan malas que un vehículo derrapase y hubiese muertos o heridos; que la presión fuese tanta que los aviones despegasen en malas condiciones y se accidentasen. También sé que a veces no se trata bien a los pasajeros y eso habría que corregirlo pero el otro día, mientras esperaba mi avión, me compadecí del personal de la compañía que trataba de calmar a cientos de enfurecidas personas que parecían dispuestas a linchar a esa persona que no tenía la culpa de nada: ni de que nevara, ni de que la compañía no contrate más gente…Hay que tener en cuenta que cuando se produce un caos de esta magnitud, pocos empleados tienen que enfrentarse a una masa enfurecida. Pocos tratando de atender a miles; es imposible, también doy fe de ello; estaba allí. Puede que las compañías no hagan lo que debieran, pero la masa rabiosa que vi ese día daba miedo y tengo que decir que también entre los pasajeros se pierde la educación y se insulta a los empleados. A veces se llega incluso a situaciones cercanas a la violencia.

Creo sinceramente que nos hemos convertido en una sociedad que no soporta la más mínima contrariedad; que no entiende que a veces nieva, o llueve, o que hace más frío o calor de lo normal y que eso puede tener alguna consecuencia incómoda; una sociedad que tiende a pensar que los poderes públicos son los responsables de todo, incluido el tiempo atmosférico o las contingencias inesperadas e imprevisibles. Me gustaría decir que en la vida pasan cosas y que algunas son graves e irreparables y que otras son incómodas nada más. Tenemos mucha suerte de vivir en un lugar en el que una nevada enorme e inesperada causa horas de atascos, que pasamos metidos en nuestros coches, o enormes retrasos en los aviones. Puede que lo que digo no sea compartido por nadie. Pero aquella noche, sentada en el aeropuerto de París, cansada, helada y con ganas de llegar a mi casa, esto fue lo que pensé.

Publicado en: www.elplural.com

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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