El caso Dolores Vázquez: autopsia de la lesbofobia


Eduardo Mendicutti
El caso Dolores Vázquez: autopsia de la lesbofobia
En torno al libro La construcción de la lesbiana perversa, de Beatriz Gimeno.
(Editorial Gedisa. Intervención en la presentación del citado libro en Madrid).
(Revista Trasversales, número 13, invierno 2008-2009)

Beatriz Gimeno ha escrito uno de los libros más lúcidos y rigurosos, pero también más entretenidos, que yo he leído en mucho tiempo.

Beatriz ha escrito un libro sobre la lesbofobia, un asunto grave y un desorden colectivo todavía muy enraizado en la sociedad, para desgracia de todos, y no sólo de las lesbianas, no sólo de los homosexuales, sino también de cualquiera con un mínimo sentido de la justicia y de la dignidad compartida sin prejuicios. Es un libro, como digo, riguroso, erudito, lúcido y regido por la exigencia intelectual, por el análisis minucioso, por el compromiso, y por la pasión. Es un ensayo cargado de ideas y de argumentos, entreverado de citas y referencias cultas, apoyado en una bibliografía importante, y desarrollado con perspicacia y avidez de comprensión y de comunicación, a partir de una estructura firme y ramificada, que va de lo esencial a lo periférico, para volver una y otra vez a lo fundamental: la existencia y persistencia de ese desorden de la inteligencia y de la emoción que consiste en ignorar, todo lo posible, a las lesbianas y, cuando ya no es posible esa ignorancia, recargarlas de rasgos negativos, y demostrar contra ellas hostilidad permanente, hostilidad a veces encubierta incluso de manifestaciones de aparente respeto que, en el mejor de lo casos, no superan la condescendencia.

Pero Beatriz Gimeno ha tenido el enorme acierto de fijar esa reflexión sobre la lesbofobia a partir de un caso de lesbofobia clamorosa y conocido y recordado por todos: el “caso Wanninkoff”. O quizás sea preferible decir el “caso Dolores Vázquez”, pues ella es la lesbiana que fue acusada y condenada en primera instancia, injustamente, por un crimen que no cometió. Condenada a pesar de no existir una sola prueba contra ella, incluso de existir en un momento dado pruebas que la exculpaban. Condenada porque el fiscal, el jurado popular, el juez, los medios de comunicación y, en definitiva, la sociedad, convirtió en prueba irrefutable de su culpabilidad un solo dato: su lesbianismo.

¿Por qué digo que este recurso de ilustrar la reflexión sobre la lesbofobia con un caso tan potente como el asesinato de Rocío Wanninkoff, y la condena de Dolores Vázquez, me parece un acierto brillante?

El libro, de carácter específicamente ensayístico, desde luego, tiene, como es lógico, un planteamiento, un arranque y un desarrollo de contenido fuertemente teórico, pero ya desde el primer momento consigue que reflexionemos sobre rasgos de la lesbofobia que nos pueden pasar desapercibidos  incluso a quienes pensamos que estamos al cabo de la calle. Por ejemplo:

– La distinta percepción de la homosexualidad femenina y la homosexualidad masculina, y la persistencia del fenómeno de la invisibilidad prácticamente estancada de las lesbianas y la visibilidad creciente de los gays (aquí, subraya la diferencia del “caso Dolores Vázquez” con “el caso  Arny”).

– La lesbofobia interiorizada por las propias lesbianas y, desde luego, por los homosexuales hombres. Y aquí  Beatriz recuerda con implacable honradez intelectual, y yo he recordado, aquella primera reacción suya contraria a quienes pronto vimos en el “caso Dolores Vázquez” un ejemplo evidente de lesbofobia.

– El ingrediente lesbofóbico que tienen algunas posiciones de reivindicación, por parte de historiadores y analistas culturales, de determinados periodos históricos como modelos de aceptación de la homosexualidad. Creo que Beatriz no llega a citarlo expresamente, pero, por si acaso, yo lo hago ahora: la Grecia clásica, por ejemplo.

– Los indicios de lesbofobia oculta, disimulada, enmascarada, que podemos descubrir, en cualquier momento, en cualquiera de nosotros; incluso, repito, los que podemos parecer más concienciados. Y aquí, y un poco por mi cuenta, yo quiero insistir en hacer una especial llamada de atención sobre la lesbofobia, demasiadas veces nada oculta ni disimulada, que pervive en muchos homosexuales hombres (y la parálisis que en muchos casos, y desde luego en este caso, ataca a colectivos de militancia homosexual y feminista).

¿Por qué he querido subrayar la palabra rasgos al destacar estos indicios de las actitudes y las acciones fóbicas hacia las lesbianas y el lesbianismo? Pues porque, a partir de esos rasgos iniciales, se va construyendo ya, en este ensayo, un personaje: el de la lesbofobia. A partir de esos rasgos se crea el personaje de la lesbofobia, cuando se entra ya en la reconstrucción del caso del asesinato de Rocío Wanninkof y cuando se fija el escenario para la representación del caso, un escenario que es el de los medios de comunicación, en general, y en particular los tres periódicos de información general cuyas crónicas, entrevistas, editoriales y artículos de opinión utiliza Beatriz (El País, ABC y El Mundo. Y con ese personaje y ese escenario Beatriz Gimeno compone y desarrolla una verdadera narración. Una narración apasionante. Porque Beatriz Gimeno demuestra, en este libro, que no sólo es una estupenda ensayista, una gran teórica, sino también una gran narradora.

Me da reparo utilizar la palabra novela en este caso, ni siquiera para decir que el libro se lee, en gran medida, “como una novela”. Me da reparo decir eso porque temo ser malentendido, temo restarle, sin querer, hondura y rigor intelectual a este trabajo, frivolizarlo un poco. Nada más lejos de mi intención, pero tampoco quiero renunciar a destacar ese aspecto del libro, así que utilizaré la palabra “narración”. Más aún: utilizaré la fórmula “narración de intriga”, o de investigación, o incluso policial.
En el “caso Wanninkoff” -como en toda buena narración de este tipo- hay algunas víctimas indiscutibles. La primera, claro, la muchacha asesinada. Pero también Dolores Vázquez, por supuesto. Y, ya en un territorio algo más escurridizo, la madre de Rocío – Alicia Hornos, su comportamiento, aunque trágicamente condicionado por la pérdida de su hija, es de una constante hostilidad incitada por su propia experiencia lésbica con Dolores, e incluso el jurado popular que condenó a Dolores y al que todo el mundo vapuleó cuando se encontró al verdadero culpable.

Hay en el caso -en la narración-, obviamente, un culpable inequívoco, Tony King, el asesino de Rocío y, después, de otra chica, Sonia Carabantes. Y, sin abandonar ese territorio de lo narrativo, hay otros culpables –los investigadores, el fiscal, el juez y los medios de comunicación, representados por esos tres periódicos– que actuaron, a veces sucesivamente, pero a veces al mismo tiempo, como inductores, cómplices, colaboradores necesarios o encubridores.

Hay, sin embargo, una culpable que permanecía sin desenmascarar: la lesbofobia. A hacer el retrato robot de la lesbofobia, a identificarla, a seguir su rastro, a acorralarla, a desenmascararla y a acusarla, se dedica Beatriz Gimeno, con armas de narradora de fuste, en ese plano narrativo de este libro.

En este sentido, este libro tiene mucho de investigación policial o criminalista. Se identifican personajes cómplices o encubridores como el silencio, el prejuicio, la arbitrariedad, la hipocresía, el cinismo. Se desvelan los escondrijos donde se refugia y desde los que opera la lesbofobia. Se siguen sus huellas, se descubren sus trucos, sus disfraces, sus valedores poderosos –importantes firmas de opinión–, sus representaciones más disimuladas o más descaradas e impunes, sobre todo, repito, en lo que publicaron, cada uno en su estilo, periódicos tan asentados desde el punto de vista profesional como ABC, El Mundo y El País. En este sentido, la autora, la narradora, encarna con resultados sobresalientes a una verdadera investigadora privada.

También a una forense criminalista. Porque, en ese plano narrativo, el libro puede recordar los episodios de algunas series de televisión en los que asistimos a sofisticadísimas técnicas forenses. El libro tiene algo de autopsia individual y colectiva: de autopsia del propio pensamiento y de los reflejos mentales y emotivos de todos los lectores en relación con el lesbianismo –con la mujer lesbiana, con la familia lesbiana–, y autopsia de la sociedad y de los medios de comunicación en relación con la realidad lésbica. Es una autopsia minuciosa, en la que no se desecha nada, en la que se sigue el menor indicio, en la que se identifican y subrayan los tejidos y fluidos delatores de la acción lesbofóbica, y en la que se airean encubrimientos desoladores –en especial, por medio del silencio, de la “no verbalización”–, se subrayan contradicciones y se desmontan falsas coartadas. Asistir, mediante la lectura, a ese magnífico ejercicio de investigación y descripción del delito de lesbofobia, resulta apasionante. Por eso, al principio, dije que Beatriz Gimeno ha escrito uno de los libros más lúcidos y rigurosos que yo he leído en mucho tiempo, y también más entretenidos.

Para terminar, sólo me queda confiar en que libros como éste consigan que nunca más se vuelva a juzgar y a condenar a nadie por su lesbianismo, por su homosexualidad. Que no lo haga nadie: ni un juez, ni un jurado popular, ni los medios de comunicación, ni los articulistas, ni los políticos, ni esa señora casada con Juan Carlos de Borbón, ni ninguno de los hombres y mujeres con los que convivimos y con quienes tenemos derecho a compartir la visibilidad, la respetabilidad, la legalidad, la igualdad real, la libertad.

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