La iglesia y la ciudadanía


Después de pasarse el verano lanzando mensajes apocalípticos de todo tipo que van desde la quiebra de la Seguridad Social, la destrucción de la familia o el secuestro de la democracia por parte de lobbys tan poderosos como para socavar la influencia milenaria y millonaria de la Iglesia, pero no lo suficiente al parecer como para acabar, en cambio, con las discriminaciones que les afectan, el obispo de Mondoñedo, ha dicho al fin una cosa que es cierta: que la sociedad se ha secularizado y que el mensaje de la Iglesia ha perdido su capacidad de influencia social. Por fin alguien lo dice, porque con la iglesia pasa lo que con el traje del emperador, que nadie se atreve a decir que está desnudo. De manera que sigue funcionando “como si”, como si representara a alguien, como si sus mensajes tuvieran influencia, como si mantuviera su capacidad de influencia e interlocución política. Claro que el obispo abomina de esta situación y le echa la culpa a los medios de comunicación (querrá decir, supongo, los medios de comunicación que no son suyos), pero el diagnóstico en sí es acertado. Conociendo como funciona la Iglesia, habrá que esperar 500 años a que admita que tiene buena parte de culpa en su declive. Y puede que para entonces sea demasiado tarde y se hayan convertido en una organización residual.

El mensaje que sale de la jerarquía eclesiástica ha dejado de llegar a la ciudadanía simplemente porque ésta ha cambiado profundamente en los últimos 50 años, mientras que la Iglesia no lo ha hecho. La iglesia clama contra la desaparición de los valores éticos, sin llegar a darse cuenta que lo que ocurre es que los valores éticos que ella defiende han sido sustituidos por otros nuevos acordes con un nuevo tipo de ciudadano, y sobre todo de ciudadana, que ha surgido en las democracias occidentales. La iglesia no se ha dado cuenta que la profundidad del cambio es tal que existe ya un evidente consenso social alrededor de estos nuevos valores, es decir, que la aceptación de los mismos ha dejado de depender estrictamente de la ideología política y ha pasado a ser patrimonio de todos, patrimonio de la democracia misma. Ni los conservadores escuchan el mensaje de la iglesia o, aunque lo escuchen, desde luego no se lo aplican. En las sociedades occidentales no sólo se ha democratizado la vida social y política, sino que se ha producido una democratización también del individuo al amparo del concepto de igual dignidad e igual valía que es el fundamento de las constituciones modernas. Los individuos/ciudadanos y ciudadanas, ya no aceptan que ninguna instancia presuntamente superior a ellos mismos se inmiscuya en su derecho a construir su vida, a modelar su historia personal, su cuerpo, su individualidad. Ya nadie está dispuesto a aceptar que nadie, ni el estado, ni una ideología política o religiosa, le diga si debe casarse o no, cuántos hijos debe tener, qué relaciones sexuales debe mantener y con quién, qué familia debe formar, como gestionar su erotismo o su propio cuerpo, como relacionarse con los demás, como educar a sus hijos; los individuos quieren disponer absolutamente de sus vidas y de sus cuerpos, máximo exponente de la individualización liberal. Los individuos construyen sus vidas y su intimidad, y disponen cada vez de más opciones para hacerlo. En cincuenta años, ha desaparecido la noción de pecado, y con ella los estigmas sociales que le estaban asociados, así como también la idea de perversión o enfermedad relacionada con las prácticas sexuales. Y este cambio se ha producido, es evidente, con la aquiescencia y participación de los que se dicen católicos, la mayoría de la población en este país. Simplemente, las narrativas religiosas ya no son efectivas ni asumibles en tanto conjunto de normas que pretenden regir las vidas de los ciudadanos, pero en cuya elaboración el individuo no participa. Por eso, los ciudadanos occidentales han fabricado un dios a la medida de cada uno que les resulte democráticamente asumible. La misma iglesia tiene crecientes dificultades para conseguir que sus propios miembros acepten gustosamente y cumplan con unos preceptos morales que están absolutamente desvalorizados, el celibato impuesto, por ejemplo, o el rechazo al preservativo para combatir el sida o los embarazos no deseados, o el papel que reservan a las mujeres. Y estas dificultades que tiene la iglesia para cumplir con unos preceptos que intenta imponer a los demás son percibidas, cada vez más, como escandalosas por la ciudadanía, y contribuyen a deslegitimar su discurso en todos los órdenes.

La nueva ciudadanía democrática se abre paso de manera irreversible, aun cuando la traslación a las leyes vaya siempre más despacio y se vaya haciendo en medio de debates más o menos encarnizados, como el del matrimonio homosexual, o el derecho a la eutanasia, o la ampliación del aborto, o el derecho al cambio de sexo. Pero todo forma parte del mismo debate y de la misma sociedad en la que se reconoce que ninguna opción personal es mejor que otra y en la que se niega que el estado pueda privilegiar un tipo de relación sobre otra, un sexo sobre otro, una tipo de familia sobre otro…Lo que ya no se acepta es que las circunstancias personales de nadie, sus historias íntimas, su libertad en definitiva, puedan afectar a su calidad de ciudadanos y ciudadanas. Nos encontramos ante un nuevo modelo de ciudadanía al que Ken Plummar ha llamado de manera provisional ciudadanía íntima.

Y si el mensaje de la iglesia no cala es porque el concepto de autodeterminación personal ha triunfado de tal manera que ni siquiera en el campo conservador puede ya la iglesia hacer que su mensaje sea escuchado. Aunque en este campo la derecha va siempre a rebufo de la izquierda, lo que es cierto es que lo que la izquierda regula legalmente en este campo de la moral sexual, la ética y los derechos individuales, la derecha lo asume después y no lo cambia cuando llega al poder. Así se opusieron a los anticonceptivos, al derecho al aborto, al divorcio, a la clonación terapéutica, a la investigación con células madre, al reconocimiento de las familias monoparentales, a las nuevas tecnologías reproductivas, …pero ellos y ellas, hombres y mujeres conservadores, se divorcian, se casan de nuevo, controlan su natalidad, abortan, practican el sexo fuera del matrimonio, tienen hijos también fuera del matrimonio, conviven sin casarse, son gays y lesbianas, defienden la eutanasia cuando tienen a un familiar enfermo; a ellos les gusta, como a Aznar, la “mujer-mujer”, pero ellas se hacen concejalas o presidentas y defienden, por supuesto, su autonomía personal. Por eso, cuando se apruebe el matrimonio homosexual veremos a políticos, e incluso altos cargos del Partido Popular, casarse, y después divorciarse, y volverse a casar, gracias a ese matrimonio del que ahora abominan con la boca pequeña. Conozco personalmente a algunos altos cargo del Partido Popular que ya han hecho sus planes de boda a lo grande, (y ya sabemos cuánto le gusta ala derecha las bodas a lo grande).

Se tarde lo que se tarde, y espero que sea cuestión de meses, el matrimonio entre personas del mismo hecho es irreversible en España y en Europa, dado que también las instituciones europeas se han pronunciado inequívocamente en este sentido. La iglesia saldrá derrotada una vez más de este envite porque no es al matrimonio homosexual a lo que se opone, no nos engañemos, sino a una sociedad en la que cada individuo sea dueño de su cuerpo y de su vida, y pueda construir su historia personal en libertad sin que eso le suponga ningún tipo de sanción social. La jerarquía eclesiástica es una estructura que, por su propia naturaleza no democrática, se dirige a súbditos y no a ciudadanos y ciudadanas, y es por tanto un discurso cada vez más extraño a la sociedad a la que, presuntamente, se dirige El discurso de la iglesia católica, si sigue así, no es sólo que sea reaccionario o conservador, es que está tan alejado de la realidad que corre el riesgo de volverse ininteligible para los que no conciben otra organización que la democrática. Es un discurso que se dirige a un mundo que, simplemente, ya no existe.

Dicho todo esto, me gustaría añadir, que somos muchos los que pensamos que este nuevo modelo de ciudadanía íntima es irreversible y liberador, pero siempre que vaya acompañado del desarrollo de los derechos sociales y económicos, sin los cuales hasta esa autodeterminación individual será privatizada y disfrutada por tanto sólo por los que puedan pagarla. Los demás, la mayoría, pasaremos a ser propiedad, no ya de la iglesia, sino del capitalismo, de los bancos y de nuestras hipotecas;  pero esa es otra historia y otra lucha. Todo a su tiempo.

Publicado en El Mundo: septiembre 2004

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