Cuotas, cuotas…


Otra vez estamos con las famosas cuotas. Esta vez la discusión viene a cuento de la decisión del parlamento francés de imponer la paridad en las listas electorales por la vía legislativa, es decir, por ley.

Y la gente se enfurece, y los periódicos se llenan de cartas protestando, y aquellos que antes la defendían, cuando era voluntaria, ahora piensan que se ha ido demasiado lejos. Muchas mujeres dicen sentirse humilladas pues, según ellas, les molesta y les avergüenza la posibilidad de ser tomadas en adelante por “mujer cuota”, supongo que algo terrible para ellas. Y muchos hombres se rasgan las vestiduras preocupadísimos porque ahora las listas electorales, y por tanto el Parlamento Europeo, se van a llenar de mujeres incompetentes elegidas por la única razón de ser mujeres. Otros, en fin, se preocupan porque esta decisión abre la puerta a que todas las minorías exijan su derecho a estar representadas en forma de cuota y que, a partir de ahora, tengamos una cuota de inmigrantes, discapacitados, gays y lesbianas…

Por el contrario, la mayoría de las feministas, feministas de todas las tendencias políticas, moderadas o radicales, están a favor de las cuotas. También los organismos internacionales, desde aquellos que desde la ONU se ocupan de los derechos de las mujeres, hasta la OIT, la FAO…todos han manifestado reiteradamente que las cuotas son un instrumento imprescindible para que las mujeres salvemos la desigualdad histórica que nos separa de los hombres. Sin una activa política de discriminación positiva, según la ONU, las mujeres alcanzaríamos algo parecido a la igualdad ¡dentro de 500 años! Y eso si nada se tuerce, que retrocesos en los derechos de las mujeres ha habido muchos a lo largo de la historia. Podría citar resoluciones de organismos internacionales y de tribunales que vendrían a demostrar que las cuotas son perfectamente acordes con la legalidad internacional, pero todo eso no convencería a ninguno de los que ahora se manifiestan tan escandalosamente contra esta medida.

Lo que hace falta es darle la vuelta al argumento, a la situación. ¿Por qué se considera normal que después de 50 años, más o menos, desde que las mujeres tenemos acceso al voto seamos únicamente el 10% de los diputados? ¿Por qué se considera normal que, mientras que somos la mayoría de los estudiantes universitarios, sea en cambio insignificante el número de rectoras, decanas, directoras de departamento…? ¿Por qué es normal que siendo casi el doble de funcionarias que de funcionarios los altos cargos estén ocupados mayoritariamente por hombres? ¿Por qué se considera normal y no motivo de extrañeza o preocupación que estudiemos, trabajamos, militemos en organizaciones y partidos y, sin embargo no mandemos, no contemos, no tengamos acceso al poder ni a la riqueza? ¿Por qué se considera que esta situación es lo normal y, en cambio, los intentos de igualar la situación descabellados?

¿No será que existe una cuota masculina que lleva siglos funcionando, y que estamos tan acostumbrad@s a esta situación que ya nos pasa desapercibida?

En realidad, eso es lo que sucede. Los hombres se aprovechan de una cuota que les asegura la mayoría de los puestos de poder, de responsabilidad, de acceso a la riqueza etc. Todas las investigaciones que se han realizado sobre el modo en que los puestos de poder son repartidos o elegidos, y sobre el modo en que se confeccionan las listas electorales, demuestran que los hombres, que por ahora son quienes eligen y reparten, mandan y deciden, tienen una tendencia, muchas veces inconsciente, otras muchas veces no, a confiar en otros hombres y a repartirse el poder entre ellos. Unicamente se fijan en las mujeres cuando estas llaman su  atención por ser extraordinariamente capaces, extraordinariamente inteligentes, cuando tienen una capacidad de trabajo superior a la media, superior a la de ellos mismo. Entonces, por fin, nos ven.

Durante siglos, los hombres se han elegido unos a otros sin que nadie proteste por lo incompetentes, incapaces o estúpidos que son muchos de los que nos gobiernan. ¿Por qué se nos exige a nosotras lo que no parece que se les exija a ellos? El mundo está lleno de hombres incompetentes en puestos de poder y responsabilidad, mientras que las mujeres que llegan tienen que ser las mejores. Creo que harán falta otros tantos siglos para que las mujeres consigamos librarnos de nuestros complejos y nos atrevamos a ser tan torpes, tan incapaces, o no, como muchos de los hombres que cuentan. La cuota masculina lleva siglos, milenios funcionando ¡y de qué manera!

Y en cuanto a aquellos que se preocupan de que todas las minorías vengan ahora a exigir su cuota de representación, les diría lo siguiente: las cuotas, en todo caso, son un instrumento de progreso y de lucha contra las desigualdades estructurales de la sociedad. No hay que tenerles miedo, sino pensar en la cuota inversa, que esa sí que funciona: la cuota que reserva para los blancos, para los ricos, para los hombres, para los físicamente agraciados, los mejores lugares de la sociedad. Esta cuota sí que funciona y esta es la difícil de erradicar. Si las minorías exigen una cuota de representatividad será cuestión de estudiarla y, en muchos casos de aplicarla. No todas las minorías pueden exigir una cuota, pero otras muchas sí. Esa cuestión requeriría otro artículo. Pero, en todo caso, las mujeres ya estamos hartas de que se nos ponga del lado de las minorías. En realidad, aunque no lo parezca por el lugar en el que siempre se nos coloca, somos la mayoría de la población. No se nos pueden seguir aplicando criterios pensados para las minorías. No se nos puede continuar pensando como una minoría, porque eso es irreal y no hace otra cosa que perpetuar una concepción de nosotras, en el mejor de los casos, discriminatoria e injusta.

Si la cuota masculina que ha inundado de hombres los gobiernos, los parlamentos, la dirección de todas las instituciones, los consejos de administración de empresas y bancos, las direcciones de los partidos, de los sindicatos…se resiste a desaparecer, la única manera de que nosotras consigamos hacernos el sitio que legítimamente nos pertenece en esta sociedad, será legislar para igualar.

La cuota femenina es necesaria, es imprescindible, es igualitaria y nunca discriminatoria porque viene a tratar de remediar la discriminación más antigua, más profunda y más arraigada que existe. Porque está arraigada incluso en las conciencias de la gente y nos impide a todos ver la realidad tal como es.

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