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Nuestras vidas por encima de todas las heridas


Ha querido el destino, o lo que sea, que esta semana haya coincidido en Oviedo con activistas LGTBI y feministas de Argentina y EEUU que nos han podido contar durante las comidas cómo es la vida con Milei o bajo Trump, especialmente para las mujeres y personas LGTBI, y me voy a ahorrar contar lo que seguramente ya sabemos casi todos a estas alturas. Estamos ante la posibilidad muy cierta de encontrarnos dentro de muy poco con el Gobierno más derechista de la democracia que además contará, si es que gana, con más poder del que ha tenido ningún otro Gobierno: Gobierno central, Gobiernos autonómicos y locales, Congreso, Senado (ojalá lo evitemos), medios de comunicación, jueces, fiscales, sindicatos policiales, la mayoría del cuerpo policial (que más parece un cuerpo de escuadristas que una policía democrática) y, por si fuera poco, la posibilidad de cambiar la composición del Tribunal Constitucional… Sí, todo ello por culpa de la inacción del PSOE en todos estos años, por su complicidad incluso, pero eso ahora me da un poco igual. Ya pediremos cuentas. Antes tenemos que ponernos a salvo.

Son las elecciones más importantes de la vida de la mayoría. Nos jugamos el modelo de sociedad, nos jugamos la democracia y eso, bajándolo a tierra, quiere decir que nos jugamos la vida, literalmente: sanidad, pensiones, dependencia, derechos laborales, derechos civiles… Es la primera vez desde que recuerdo que veo unas elecciones en las que a nadie le importa el programa, porque ya todos lo conocemos. Conocemos lo que hacen los fascistas y conocemos que nuestra obligación, la de todas las demás, es parar al fascismo. Es una guerra por un modelo social y, por eso, todo lo visto esta última semana ha sido desastroso. No solo porque los partidos de izquierdas no hayan sido capaces de construir una única lista, sino por la incapacidad para hacer política desde un lugar distinto a la propia herida, el propio yo y los cálculos políticos. Y eso vale para los dirigentes y también para los y las militantes y simpatizantes. En todo este tiempo no hemos leído ni escuchado un solo desacuerdo programático o ideológico. En eso que se llama la izquierda alternativa hay demasiados rencores, odios, heridas mal curadas, emociones recubiertas de excusas políticas; subjetividades heridas. Y sí, claro, yo también pienso que no todos son igual de culpables, que algunas cosas se torcieron hace tiempo por culpa de determinadas personas; yo también tengo fobia a según qué gente, pero no me voy a molestar en poner nombre a nada ni a nadie porque todo eso ahora me da igual.

Heridas tenemos todas (y yo tengo muchísimas) pero no es posible hacer política desde las heridas

De hecho, incluso la unidad, tal como se planteaba al final, daba igual. Firmar un papel en el último segundo del último día, como tantas veces, no iba a significar mucho. Lo importante no era la llegada en este caso, sino el proceso. Y el proceso no podía repetir los mismos errores de la otra “unidad”, falsa, con su misma miopía, con sus vetos y con su falta de visión y de generosidad. Después vendría una campaña arrastrando los pies y no queriendo compartir escenario con según quién; no transmitiendo ninguna ilusión, sino más rencor y malos tratos. El proceso tenía que haber empezado hace tiempo, con buena voluntad por todas las partes y con ganas de triplicar los votos y de cortar el paso al fascismo. ¿Qué tal hubiera sido una coalición entre todos por el derecho a la vivienda y los servicios públicos como catalizador? ¿Qué tal un proceso que incorporara a los jóvenes activistas de las plazas, o que incorporara ese ánimo y esa fuerza, aunque no fueran en listas? ¿O una gran coalición por la democracia, que está en riesgo? ¿Una coalición por el derecho a una información veraz y contra las mentiras que nos inundan?

El proceso tenía que haber sido ilusionante, uno en el que se aprovechara al máximo el ímpetu de las acampadas, de las huelgas de profesores, de las movilizaciones que están ocurriendo en todo el mundo. Pero lo que ha ocurrido es que, en uno de los momentos de máxima movilización social de los últimos años, llevamos días hablando de puestos en las listas, de nombres, de viejos agravios, de odios enquistados. Se está tirando por la borda esa movilización, esa ilusión; y varios días después de cerradas las listas y puesta en marcha la campaña, yo sigo viendo por las redes a los simpatizantes insultándose unos a otros, confundiendo al enemigo, aferrados a sus traumas. Se nos ha deprimido más allá de lo soportable y, aunque cada uno es culpable de su parcela, los y las líderes lo son más aún. Tenían que haber sido capaces de romper este círculo vicioso de culpas hace mucho.

Esta izquierda que dijo que estaría cuatro años como vacuna contra eso mismo que ahora está ocurriendo, contra la política como profesión, contra el individualismo en la política; que luego dijo que serían ocho, lleva más de una década y aún quiere seguir ahí. Que nadie se extrañe de que Adelante Andalucía crezca: son coherentes, tienen argumentos políticos para explicar por qué van solos, no están paralizados en sus viejos traumas y, sobre todo, no paran de renovar sus liderazgos y de incorporar a gente nueva. En este otro lado no hay nada de eso: son los de siempre con sus odios particulares y sus daños emocionales. Heridas tenemos todas (y yo tengo muchísimas), pero no es posible hacer política desde las heridas. Este ciclo está acabado, y no me refiero al ciclo político del cambio, que se acabó hace mucho, sino al ciclo político de los líderes que surgieron de allí.

Siento decir que es un problema casi ontológico y que nos afecta a todas; somos muy de izquierdas, pero tenemos el virus del individualismo neoliberal, del narcisismo, que es un modo de subjetivación, metido hasta el tuétano en todas nosotras. No hay más que ver lo que se dice por las redes: “nosotros” contra “ellos”; donde “nosotros” no es más que una forma de decir “yo”. El militante que pone la causa por encima de todo, que se niega a hablar en primera persona, que se sacrifica, es de otra época. Ya nadie se toma en serio que el partido es una herramienta que puede cambiarse, desaparecer, que sirve sólo mientras es útil. El partido ahora parece haberse convertido en una marca personal, en una identidad. No es culpa de nadie, todos somos susceptibles y estamos a merced de esta forma neoliberal de construir identidades, pero frente a ese virus intentemos, al menos, no equivocarnos tanto de enemigos; seamos generosos con nuestros votos, seamos sensatos y, al mismo tiempo, militantes, al votar en según qué provincias. No tiremos ni un voto. No pensemos en nuestro partido, ni en nuestras heridas, ni en lo que nos han hecho, ni siquiera pensemos en lo que antes de ayer pensábamos. Pensemos en mañana, en el futuro.

Está resultando difícil encontrar ilusión en esta situación que se nos presenta, así que intentemos construirla por nuestra cuenta. Intentemos esperanzarnos con la posibilidad de detener al fascismo votando y, sobre todo, movilizándonos en estos días que quedan. Tenemos que movilizarnos por la huelga, vayamos a las manifestaciones, acompañemos lo más posible cualquier movilización en marcha. Votemos en defensa propia, en defensa de la democracia, de nuestro futuro; votemos pensando en que nada está escrito y que podemos cambiar la historia. No dejemos que las diferencias enquistadas nos hagan equivocarnos de enemigo; eso sería una traición a nosotros mismos y a las luchas en las que tantos se han dejado la vida. Votemos en defensa de nuestra dignidad y de la dignidad de todas esas luchas.

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De Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y después Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad. Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. He escrito en varios medios, hoy escribo en Infolibre. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…Escribo libros y sueño con un mundo sin machismo y sin desigualdad social. Mi lema vital es uno de Samuel Beckett: “Lo intentaste. Fracasaste. No importa. Inténtalo de nuevo. Fracasa otra vez. Fracasa mejor” Hago lo que puedo y, total, para morir un día.

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