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Una verdad común


Si desaparecen los códigos compartidos mediante los que nos relacionamos, si la realidad constatable desaparece y no hay manera de encontrar cómo llegar a ella e incluso, al contrario, “otra” verdad parece de fácil acceso y se mete en tu casa, el mundo se convertirá en un terreno salvaje en que gane el que tenga más capacidad para esparcir mentiras. No es que sea nuevo; los poderosos siempre han controlado la información y siempre han mentido, pero nunca se han tenido medios técnicos tan sofisticados como para meter dicha información en cada casa, para amplificarla hasta el infinito por medio de cada persona con un ordenador. Eso ocurre al mismo tiempo que la ofensiva polarizante, que no es sino una ofensiva brutal por la conquista del poder a costa de lo que sea: socabar las instituciones democráticas, debilitar la separación de poderes y la independencia informativa.

Viendo el otro día un documental sobre Steve Bannon, comprobaba que uno de sus mantras es destruir en el imaginario colectivo cualquier relación entre la política (los políticos) y la verdad. Lo que importa es que cada vez más gente se identifique con quien dice las mentiras. No hace falta que le crea, basta con que se genere un mecanismo interno de identificación, con que se ponga a funcionar una identidad que se sienta cómoda con esa mentira en concreto. Bannon afirma que no pasa nada por decir un día una cosa y al siguiente la contrario y al tercer día otra distinta. La mayoría de la gente sabe que Ayuso miente; a la mayoría de la gente que la vota le da igual porque se ha impuesto que la verdad es irrelevante, que lo que importa y lo que se valora es justamente la capacidad de imponer un relato, la capacidad de imponer una verdad, la suya, la que comparten quienes la votan. Que dicha verdad sea mentira, es lo de menos. Es la política del odio.

Al mismo tiempo, las fake news campan a sus anchas por todas partes y ya las usa todo el mundo como argumento “de lo suyo”, y nos acostumbramos a creer aquello que conviene a nuestra visión de las cosas, en lugar de cuestionar incluso aquello que parece confirmar nuestras creencias….al final, la verdad factual puede llegar a resultar imposible de encontrar. Imaginemos por un momento que Trump, perdedor de las elecciones,  dijera que ha ganado y sus medios dijeran que ha ganado, y sus jueces dijeran que ha ganado, aunque no lo hubiera hecho. Y que todos los medios de comunicación a los que la mayoría tiene acceso anunciaran su victoria, que los políticos partidarios la reforzaran, que lo dijeran la mayoría de las televisiones. Existirían voces que querrían explicar la verdad…pero ¿a quién llegarían? ¿cómo? Podríamos asistir al momento en que la mayoría de la ciudadanía de un determinado país no tuviera manera de comprobar, por ejemplo, el resultado electoral o, al menos, que una parte muy significativa no tuviera acceso a esa verdad. Es una distopía, sí. Hemos visto comosas parecidas en Brasil y en los EE.UU una parte significativa de la población seguirá creyendo que Trump ha ganado.

Hasta hace relativamente poco tiempo, un periódico podía informar de manera ideológicamente sesgada, pero no solía inventarse la realidad. Comenzó con el 11M y ETA; ahora ya lo hacen sin rebozo. El periodismo ha sucumbido a otra cosa que no tiene nada que ver con lo que se solía llamaba así y se admite con ese título a mentirosos evidentes y a panfletos cuya relación con la verdad o con los hechos es absolutamente inexistente. Y por supuesto que ni las asociaciones profesionales, ni los dueños de las televisiones, ponen en duda ese proceder. Mentir ahora desde algo llamado medio de comunicación se considera parte del juego. Es evidente que los poderosos ya no quieren meter tanques, sino mentiras. Destruyendo los códigos democráticos comunes, se destruye la democracia y se llega al autoritarismo.

El objetivo final es destruir el terreno común compartido, los códigos morales o éticos que toda sociedad digna de ese nombre comparte, aunque sean básicos: que la democracia es mejor que la tiranía, que es mejor la paz que la guerra, que la pobreza es mala, que es mejor sentir empatía por los semejantes que odio etc. Si eso desaparece es complicado que un sistema democrático pueda subsistir. Cada vez es más evidente que para los poderosos la democracia solo es aceptable si ganan ellos, pero si pierden es legítimo hacer cualquier cosa para expulsar a los ganadores. Es decir, ya no hay un terreno común reconocido. La democracia es una herramienta que puede ser útil o prescindible. Y si a esta situación le sumamos que la intoxicación puede venir de otro país interesado en crear el caos, o de determinados grupos económicos, no es de extrañar que las instituciones europeas estén preocupadas por salvaguardar al menos una parte de la realidad.

Durante años, la derecha se ha esforzado en destruir eso que llamaban la “superioridad moral de la izquierda”. Precisamente porque la superioridad de dichos valores morales, sí, se identifican en general con el espacio ideológico de la izquierda, por mucho que durante años la derecha pretendiera haberlos asumido. La mayoría de dichos valores políticos proceden de la Ilustración y por tanto surgen de un momento revolucionario contra la tiranía. La izquierda ha tenido victorias y derrotas pero su gran victoria fue imponer unos ciertos valores civilizatorios compartidos. Eso es lo que en los últimos años está en claro riesgo.

Por eso es tan valiosa la victoria de Trump, porque es mucho más que una política concreta lo que estaba en juego. En realidad, Trump ni siquiera ha aprobado grandes leyes que puedan marcar el rumbo de su país durante varios años; casi diríamos que no ha hecho política. Lo que ha hecho es imponer un terreno de juego en el que no hay valores, ni nada parecido a la verdad o a la humanidad siquiera. Lo que ha hecho la gente al salir a votar masivamente a Biden ha sido luchar por derrotar una manera de ejercer el poder y de pervertir la democracia. Esta victoria civilizatoria tiene que tener consecuencias en todo el mundo. Nos guste más o menos la batalla ahora es por la democracia y esta batalla necesita un régimen de verdad común. Sin eso nos ahogaremos.

Por Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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