¡Qué vergüenza!


Dos días después de que aquí el rey se viera obligado a abdicar si quería tener una mínima posibilidad de que la institución perdurase, Isabel II de Inglaterra pronunciaba su discurso de apertura del Parlamento. Con ocasión del acto el periódico The Guardian publicaba un artículo en el que criticaba duramente la monarquía británica. Eso en el mismo país en el que todo el mundo se ha enterado por los medios de que el príncipe Andrés se aprovecha de su cargo para hacer dinero o que el heredero desearía ser un tampax. Normal. A pesar de todo, Gran Bretaña conserva usos y libertades de democracia.

No es nuestro caso. Una democracia no puede existir sin una prensa libre y en España en estos días sólo los medios digitales han informado y han publicado opiniones discordantes y libres acerca de la monarquía. La prensa escrita se ha mostrado monolítica en su defensa cerrada y genuflexa de la institución, contribuyendo así a dar la impresión de que, efectivamente, estamos en un régimen del que forman parte el bipartidismo, los principales diarios escritos, las instituciones supuestamente independientes, el poder económico: todo es uno, todo es lo mismo y la disidencia se castiga.

La disidencia se castiga aunque sea ridícula, como la simple mención a Corinna en El Mundo. La amante del rey es citada en los medios europeos sin problema ninguno, pero en los nuestros y aunque no debe haber español/a que ignore quién es esta señora su mención fue, al parecer,  censurada en El Mundo. La portada de El Jueves siguió la misma suerte y se autocensuraba para evitar no sé sabe qué males mayores. El País, por su parte, un periódico que creo que ya solo compra mi madre y algunas personas de su edad, ha resultado indistinguible del ABC y algunos de sus titulares han tenido que provocar vergüenza a los periodistas vocacionales que sigan trabajando ahí.

En estos días ningún diario escrito ha publicado apenas algún artículo crítico sobre la monarquía de Juan Carlos, ni sobre la institución monárquica en general o sobre el debate monarquía o república, inevitable en todo caso en un momento como este. Y todo esto con una opinión pública que, por supuesto, debate libremente sobre el asunto y que tiene acceso a los medios digitales que se han convertido en el refugio del periodismo sin más apellidos; de esa noble profesión que requiere de libertad e  independencia respecto de cualquier poder.  La actitud de los medios en papel, así como de todas las televisiones, sólo ha contribuido a acentuar la impresión de que el régimen tiene miedo a una ruptura y eso nos da alas a los que apoyamos y deseamos un proceso constituyente. No hay mejor manera de debilitarse que mostrarse débil. Y esa es la impresión que el poder ha dado en estos días pasados.

Que a los ciudadanos y ciudadanas nos hayan tratado como a menores de edad, como a súbditos, ha supuesto una especie de humillación colectiva (otra más). Nos han dejado claro que en cuestión de libertad de prensa, no somos como Alemania, Gran Bretaña o Francia. En lugar de defender el funcionamiento democrático de la sociedad, sus instituciones y sus medios, asumiendo que la libertad de expresión es un pilar fundamental en cualquier país libre,  el poder, aquí, ha hecho lo contrario; se ha lanzado en tromba a censurar, a combatir y cercenar la libertad de expresión y de prensa. En lugar de asumir que el debate público libre puede contribuir a fortalecer las instituciones, el régimen las ha debilitado al reconocer que ya está tan debilitado que no aguanta ni la crítica ni el debate. En España ha quedado claro que el poder tiene miedo a la libertad y que no la asume como una parte normalizada de la vida democrática, sino como una especie de purulencia inevitable que se esfuerza en combatir. Ha quedado claro que el poder del régimen, el poder económico, posee los medios de comunicación y las televisiones para usarlas como medios de propaganda indisimulada pero, por eso mismo, completamente inútil. Tan inútil como los folletos publicitarios que se echan en los buzones. Toda Europa está bajo el poder de las instituciones financieras, cierto,  pero aquí, además, seguimos vinculados al poder de una oligarquía que creció al amparo del franquismo y que jamás ha tenido la intención de respetar siquiera unos mínimos democráticos.

Pero además, otra vez, han hecho el ridículo. Ha hecho el ridículo el PSOE cuando ha exigido a sus diputados y diputadas disciplina de voto un mes después de pedir a las diputados del PP que votaran en conciencia en el tema del aborto; han hecho el ridículo sus dirigentes soltando un rosario de frases absurdas sobre un alma republicana que vota monárquica. Han hecho el ridículo todos los medios que se han esforzado en publicar informaciones que no lee nadie si no es en clave irónica y que siguen sin enterarse de que buscamos la información en los medios digitales, o de otros países,  o en lo que nos decimos unos a otros en las redes.

En estos días alguien escribió un tuit muy gráfico: “Diarios en papel y televisiones a favor de la monarquía: 99%. Tuits a favor de la monarquía: 1”.  Pues eso.

Publicado en : el plural

2 comentarios

  1. Pero desear ser un támpax, en una conversación privada, no creo que sea nada malo. Mangar pasta aprovechando el cargo (Urdangarín style), sí, pero son cosas distintas.

    1. ¿Quién ha dicho que sea malo? Pero los periódicos lo contaron sin problemas. Claro que son cosas distintas, pero la censura allí no existió y aquí ni siquiera han dejado que se publique el nombre de Corrinna, a la que nadie se atreve a llamar “amante”

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