La igualdad para gays y lesbianas más cerca


Este mes de julio estaba de vacaciones en Perú cuando se produjo la histórica aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo en Argentina. La alegría fue inmensa porque desde que en el año 2006 realizase una gira política por diversos países de Latinoamérica, me sentí tan comprometida con el avance de nuestros derechos en este continente como lo había estado antes en mi país, donde el matrimonio igualitario fue una realidad en 2005. En el curso de esa gira estuve en Argentina donde los compañeros y compañeras entendieron con rapidez que, después de lo ocurrido en España, la reivindicación no podía ser otra que la de igualdad total. Ya entonces teníamos claro algo que aun ahora es fundamental repetir: para conseguir la igualdad hay que pedirla. Si pedimos menos, conseguiremos menos. Nuestros avances irán en paralelo a nuestras exigencias. La realidad es que o se es igual o no, la igualdad no puede parcelarse.

Desde 2006 han pasado sólo cuatro años y lo que entonces era casi impensable es ahora una realidad. A las personas homosexuales y transexuales nos importa que nuestros derechos se consoliden en todo el mundo, no sólo por una cuestión de solidaridad con personas que son como nosotros y nosotras y que sufren discriminación, cuando no persecución, sino también porque sólo cuando nuestro derecho a vivir en igualdad sea reconocido como un derecho humano irrenunciable en todos los países, sólo entonces todos podremos sentirnos a salvo de retrocesos que ya se han producido en otros momentos históricos. La igualdad conseguida en España con la aprobación del matrimonio entre personas del mismo sexo fue muy importante para América Latina. Esa misma conquista ahora en Argentina es aun mucho más significativa para toda la región. Ya no es posible, o no debería serlo, exigir otra cosa que la igualdad total a la que, como ciudadanos y ciudadanas, las personas gays y lesbianas tenemos derecho. Ya no valen subterfugios ni leyes de segunda o leyes apartheid, como las denominamos nosotros. Ya no valen leyes de parejas, ni leyes de concubinato o de patrimonio. Esas leyes no son más que excusas para dilatar la igualdad y por el contrario puede ocurrir que su aprobación sea a la larga negativa para las aspiraciones políticas de igualdad puesto que ralentizan los procesos.

Son los activistas de cada país, obviamente, los que tienen que decidir el ritmo al que pueden avanzar. Sólo ellos conocen las circunstancias sociales particulares en las que puede darse la presión política o la negociación, pero en la medida en que estoy convencida de que todas las personas homosexuales y transexuales estamos en el mismo barco, y en la medida en que cada vez tenemos más experiencias exitosas con las que contrastar nuestro trabajo, estamos en condiciones de asegurar que el activismo no puede conformarse con la petición de leyes de segunda y que tiene que empezar ya a pedir matrimonio, con todas sus letras. Los activistas que entiendan que esa es la cuestión serán luego los encargados de dirigir el cambio histórico en sus respectivos países. Los que no se atrevan verán como otros que sí se atrevieron serán los encargados de comandar ese cambio aunque finalmente el triunfo será, desde luego, un éxito para  todos y todas. Y no sólo para gays y lesbianas, sino que será para toda la ciudadanía que vivirá en una sociedad más justa y más igualitaria.

Este es el momento. El gobierno de Bachelet no ha significado cambio alguno en Chile para los derechos de las personas homosexuales. La llegada de la derecha puede ser, en cambio, el momento perfecto para colocar el asunto en el debate social y ganarlo como se está ganando en todo el mundo. Una vez ganado el debate social, el cambio legislativo es inevitable. Los enemigos de la igualdad tienen la batalla perdida.

Publicado en: www.elciudadano.cl

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