La política, los votantes y los corruptos


abra lo ha dicho clarito, clarito. “A los votantes no les importa si Camps o Fabra son culpables”. No ha dicho “los votantes creen que somos inocentes y por eso nos votan”, no. De hecho, los votantes sospechan que son culpables y, a pesar de eso, les votan. Y todos aquellos que jamás votarían a un corrupto se sorprenden. Yo creo que es normal. Una sociedad democrática no es nunca completamente inocente de lo que son ni de lo que hacen los que gobiernan. Los políticos (o los empresarios) no vienen del más allá, sino del más acá, de la misma sociedad que sus votantes, que sus accionistas, que sus trabajadores. Hay muchas elecciones, municipales, autonómicas, generales, europeas, y hay formas de control, de protesta social para librarse de los que roban, mienten, se lucran injustamente, especulan…¿Quién podría creerse que estos años de capitalismo corrupto y salvaje, de liberalismo extremo, de poder hacer dinero sin control y sin principios, era algo que afectaba sólo a las empresas? Es mucho más profundo, nos ha infectado a todos. Es cierto que unos son más responsables que otros pero los responsables lo han podido ser tanto tiempo (y aún ahora lo siguen siendo) porque la sociedad se lo ha permitido, porque ellos son también nosotros, no nos engañemos; porque los ideales que guiaban a esas empresas, impregnan ya a la sociedad en su conjunto, por más que nos duela oírlo. Impregnan también el mundo de la política. Hay que decirlo porque sólo así podemos entender lo que pasa, aquí y en toda Europa; en Italia, en Polonia y en Alicante. Todos hemos visto cómo en los últimos años se extendía la sensación de que en la vida hay que ser rico o se fracasa; que para hacerse rico vale todo, que las leyes son sólo molestos impedimentos que intentan obstaculizarnos en el camino hacia la riqueza y el éxito… En medio de esto conceptos como bien común, bien público, servicio público etc. han desaparecido. Y como no es fácil, partiendo de la nada, poner en marcha un negocio de éxito, siempre queda la política. Porque la política se ha convertido, desgraciadamente, en una de las pocas ocupaciones en la que una persona normal, de clase media o trabajadora, puede llegar a enriquecerse más fácilmente.

Ya sé que hay multitud de políticos honrados pero también tenemos decenas de cargos públicos procesados por diferentes corruptelas, mayores o menores, y muchos otros sobre los que recae la sospechas; y todos esos políticos no sólo no son castigados, sino que más bien son premiados por unos votantes que, como los italianos con Berlusconi, querrían para sí la posibilidad de que unas cuantas actuaciones corruptas les hicieran millonarios. No sólo los bancos han especulado queriendo ganar dinero a toda costa, también hace muchos años que vemos como en España la política les servía a algunos para ganar dinero. Durante años no pasó nada, y aún ahora pasa muy poco. La palabra clave era “recalificación”, lo que significaba que se podía hacer casi cualquier cosa con el territorio, construir en donde a uno le viniera en gana, es decir, vender o especular con el suelo, que es de todos. Nunca pasa nada. Contratos que se ofrecen a amigos o parientes, regalos que se aceptan o se entregan a unos y a otros, fraudes a Hacienda por parte de famosos que no sufren ningún tipo de sanción social, sobornos, espionajes… Se ha impuesto el “hago lo que quiero porque puedo y ya le gustaría a usted hacer lo mismo”. Así funcionaban muchas empresas, muchos políticos, así funcionan muchos ciudadanos, así les gustaría funcionar a otros tantos. Nos hemos convertido (el sueño neoliberal) en clientes, nada más. Hemos abdicado de la ciudadanía.

Si las leyes que tienen que ver con lo público son las menos respetadas por algunos poderes públicos y son, al mismo tiempo, las que menos le importan al ciudadano ¿cómo va a pasar su incumplimiento factura a nadie? Ser alcalde o concejal, político, ha sido durante mucho tiempo una oportunidad para algunos de hacerse rico de la noche a la mañana…y una vez que uno es millonario lo más que parece que puede pasar es que te echen del partido ¡qué disgusto! (excepto si eres del PP porque entonces puede que te hagan presidente de algo) Los vecinos alaban y votan a los corruptos esperando que se les pegue algo y éstos deben pensar que varios millones bien valen unos meses de cárcel.

Como no hay descalificación pública ni social, ni política, ni judicial, hacia maneras de hacer dinero que rozan o que están directamente dentro de la ilegalidad, todos comprenden, y si acaso, envidian a quienes lo consiguen. Y como se condonan estos delitos públicos que son los que se dan en los partidos, especialmente en la derecha, se tiene que parecer muy duro contra los delitos privados, se alienta la histeria acerca de la seguridad, se piden penas más duras, se entra en el debate incluso de la cadena perpetua, mientras se deja que se extienda la sensación de que los delitos públicos son cosas muy menores; tanto que incluso pueden servirle a uno para acabar dictando un curso de verano en alguna universidad.

No sé por qué nos vemos tan diferentes de la Italia de Berlusconi si somos lo mismo. Me repugnan Fabra, Camps y sus trajes, los concejales de Aguirre, los alcaldes y alcaldesas que han puesto su cargo en venta; los que construyen urbanizaciones ilegales, hoteles ilegales, casas ilegales y también aquellos que después no las mandan derribar. Todos aquellos y aquellas que entran en la política sin dinero y salen ricos; los votantes que condonan esos comportamientos, los jueces que no son lo suficientemente duros, los partidos que no legislan más o mejor en contra de la corrupción pública, un sistema que permite que alguien imputado o procesado siga ocupando un cargo público, una clase política que no es capaz de explicar o defender la idea de bien público, de interés público o servicio público. En fin, la verdad, no nos engañemos, Berlusconi está entre nosotros y ha llegado para quedarse. El final de toda esta aventura será duro, pero aun no podemos siquiera atisbarlo.

Publicado en: El Plural

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