El papa viene a España


El Papa viene en 2011 al parecer. Sólo espero que durante su visita no se nos impongan restricciones a la libertad de expresión como ha sucedido en Australia y dispongamos, al menos, del derecho al pataleo, y podamos quejarnos tanto como nos pida el cuerpo, que será mucho. La visita en sí no es excesivamente molesta: apenas un par de días que se salen de lo cotidiano y que vienen a ser como cuando ganamos la Eurocopa: multitudes enfervorizadas llenando las calles por donde pasa ese señor; especialmente imagino, la Plaza de Colón. Lo que me ocurre cuando el Papa celebra actos multitudinarios es que éstos me producen angustia. Una angustia que me retrotrae a mi infancia.

No sé si recordarán una película de ciencia ficción de los años sesenta, de cuyo nombre no me acuerdo, cuyo argumento era el siguiente: unos extraterrestres venían para invadir la tierra y lo hacían mediante la “ocupación” de los cuerpos de los terrestres. Los alienígenas venían en una especie de vainas de judías y desde ahí iban introduciéndose en los cuerpos de las personas que pasaban, desde ese momento, a tener una mirada extraña y a comportarse de una manera más extraña aun, aun conservando su aspecto físico. Esa película me aterrorizó durante muchos años de mi infancia. La película jugaba con el terror que puede producir la transformación súbita de personas conocidas en completos extraños. Recuerdo que mi hermano me asustaba poniendo de repente una mirada perdida que pretendía hacerme creer que había sido poseído por una vaina. Todavía me estremezco.

Cuando el Papa celebra uno cualquiera de sus actos multitudinarios me invade la misma inquietud. De repente vemos a miles de jóvenes, más o menos normales, de los que seguro hacen botellón, escuchan música heavy y tienen sexo a los quince, poner una mirada y una expresión extraña y perdida, caminar como autómatas todos en la misma dirección, cantar sevillanas a las primeras de cambio aunque sean de Valladolid, corear slogans como si la selección española acabar de meter un gol y, sobre todo, mostrar mucha alegría, una alegría que no tiene fin y que no se sabe a qué obedece. Todo es muy desasosegante. Especialmente si tenemos en cuenta que esa alegría exuberante la provoca un anciano aburrido de voz inaudible que les está prohibiendo hacer todo lo que seguro hacen durante los fines de semana y que les dice cosas ininteligibles acerca de la gracia y la expiación. Y ellos venga a animarle, como si lo que el Papa dice fuera muy normal o muy divertido.

Por si fuera poco, en esos días, no son sólo los jóvenes los que parecen poseídos, sino que los medios de comunicación que están allí, los políticos que se sientan en primera fila vestidos de fiesta a pesar del calor y aunque se sepa que son ateos, los programas del corazón que no podían faltar…en fin, el mundo entero parece poseído. Y a mi ese espectáculo me produce angustia y una sensación de vacío terrible, como si las vainas les hubieran robado la personalidad a todos ellos y fuera yo la única que me diera cuenta viendo la televisión de que se han vuelto locos, la única que me doy cuenta de lo ridículo que es todo eso.

Parece ser que por un artículo como este, en Australia, durante la visita del Papa, me hubieran puesto una multa. Por eso lo escribo ahora, por si acaso.

Publicado en: El Plural

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