Derecho a la intimidad


El otro día me peleé con una amiga a cuenta del caso del magnate de la Fórmula Uno, Max Mosley, sorprendido por un medio de comunicación en plena orgía sadomasoquista. Desde todas partes se le pide su dimisión, pero Mosley no sólo no ha dimitido, sino que ha demandado a la revista y ha defendido su derecho a hacer lo que quiera en su vida sexual. Yo estoy de acuerdo con él y, es más, pienso que los que deberían ir a la cárcel son los de la revista. No puedo comprender cómo es posible que se considere normal que te fotografíen en tu casa, en plena actividad sexual y que después esas fotos se publiquen en una revista y nadie se escandalice por eso. Me parece muchísimo más grave eso que lo que Mosley hiciera o dejara de hacer en el ámbito de su privacidad.

Kinsey demostró en los años 50 que lo que hacemos en la cama no es lo que se supone públicamente que hacemos en la cama. Estoy segura de que si se supiera, de verdad, lo que hacemos en la cama, o lo que nos gustaría hacer, el concepto de perversión quedaría hecho trizas. Todos, todas, somos perversos pero el secreto respecto al sexo permite mantener la ilusión de normalidad para la mayoría y perversión para unos pocos. Por eso, hablar de sexo, escribir sobre sexo, si es de verdad, contribuye a desmontar la idea de normalidad y anormalidad, conceptos que no responden a la realidad y que, además, sólo sirven para mantener cierta idea de sexualidad: homogénea y coherentemente estructurada que es falsa. Hay que sacar al sexo del armario, pero no a base de invadir el derecho a la intimidad de las personas.

No entro a juzgar lo que hace Mosley en esa especie de orgía que se montó. Y no lo juzgo porque en lo que hace no hay nada ilegal y, por tanto, me tiene que dar igual. Pero lo que sí es, o debería ser, ilegal es la manera en que sus actividades sexuales se han visto expuestas al conocimiento general. Si la policía necesita una orden judicial para entrar en un domicilio en el que se supone que se está cometiendo un delito, si cualquier prueba conseguida sin dicha orden no tiene validez ante un tribunal (aun cuando se pueda demostrar con ella que se estaba cometiendo un delito) es increíble que todas esas precauciones lógicas no sean de aplicación en este caso y en otros parecidos. Es repugnante que esos llamados periodistas puedan violar de esa manera clamorosa la intimidad de nadie y no se les pidan cuentas legales.

Lo cierto es que esa cosa llamada “prensa del corazón” nos ha acostumbrado a ver todos los días cómo se viola la intimidad de cualquiera que sea más o menos conocido. Se entra en los domicilios, se fotografía a las personas sin su consentimiento y en espacios privados, se ponen cámaras o micrófonos ocultos…pero, ¿cómo es posible? Estamos alimentando a un monstruo que, tarde o temprano, nos pasará factura.

Publicado en: El Plural

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