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Hombres normales haciendo cosas normales


Me puse la foto de los siete violadores de la Universidad de Cornell durante un rato y los miré fijamente. Creo que intentaba ver en ellos algún rasgo que les delatara como monstruos, a pesar de saber de sobra que no lo voy a encontrar; que tengo ante mí los rostros de siete violadores, criminales, que son chicos normales. Miro esas fotos y veo a un asiático, varios negros y latinos. Seres humanos que son a menudo cosificados y agredidos por una cultura que es estructuralmente racista y que, sin embargo, viven su normalidad sexual en el pacto deshumanizador con otros hombres.

Escribieron en un chat “coño gratis”, y eso no es siquiera “chica gratis”, ni “mujer” gratis”, ni “amiga gratis”, ni “Jane gratis”. Coño es una pequeña porción del cuerpo de ella que muchos hombres han aprendido a ver como misteriosamente separado de un cuerpo humano que vive, que respira; un pedazo de cuerpo que imaginan como algo que tienen el derecho de violentar, de herir, de apropiarse, y de hacerlo juntos, porque si no están juntos no hay tanta diversión. Nada extraordinario, es lo normal. Por eso también son normales los otros 50 chicos que en el chat común leyeron ese mensaje y no denunciaron, sino que jalearon, animaron o, en el mejor de los casos callaron.

Exactamente igual de normales son los responsables universitarios que no denunciaron un delito a la policía, que expulsaron a dos y que a los otros les mandaron a escribir un trabajo. Y también está en el mismo nivel de normalidad el periodista que está buscando identificar a la víctima para desacreditarla socialmente y hacer más difícil que gane el caso. Desacreditarla aun más, cuando ella ya se ha marchado de la universidad, cuando no ha encontrado ningún paliativo a su dolor, cuando ellos sí han podido seguir con sus vidas como si nada, igual que los 50 del chat, los policías, los responsables universitarios.

Todos estos hombres, los que lo ven, los que jalean, los que se ríen, los que no dicen nada… todos son normales

La drogaron y la violaron durante horas, siete horas, y sí, son normales. Se espera de ellos que sean médicos, abogados o arquitectos, y seguramente lo serán. Era su amiga, la conocían, habrían pasado horas sentados con ella en clase, en el césped, en los bares, en la biblioteca, hablando de su futuro, de sus familias, de las clases, de la vida. Puede incluso que ella deseara tener sexo con su amigo… hasta que dejó de desearlo. La violaron durante siete horas, los siete, hasta que su cuerpo, ese cuerpo palpitante, esa persona con la que habías hablado en clase, se convirtió en una piltrafa llena de sangre. Y en ningún momento ninguno de los siete propuso parar, preguntar cómo estaba ella, ayudarla. Que tu amiga del aula se hubiera convertido en una piltrafa llena de sangre y sin conocimiento no le quitaba ni un ápice de diversión al asunto.

Este verano hemos leído que lo que ocurrió a Gisele Pelicot no fue tampoco nada extraordinario. Hemos conocido otros casos: marido que droga a su mujer durante años y que ofrece a otros hombres la posibilidad de violarla, que lo deja escrito en chats con cientos, o miles, de hombres. Casos en Manchester, en Austria (en el que la mujer murió), en Alemania. Una red alemana de Telegram, de un grupo denominado “German Driving School”, otra red investigada en Reino Unido, varias redes en las que miles de hombres comparten fotos de sus mujeres e hijas para que otros hombres las sexualicen…y muchos otros casos que no conocemos, porque no son casos aislados. Es un patrón. Todos estos hombres, los que lo ven, los que jalean, los que se ríen, los que no dicen nada… todos son normales.

Estos hombres se levantaban cada día, desayunaban con sus mujeres, comentarían las cosas del día, cenarían juntos viendo la televisión. Durante años, irían de vacaciones, criarían a sus hijos, hablarían de amigos, familiares, de la hipoteca, irían al cine, comentarían la película. Se contarían preocupaciones, enfermedades, ilusiones, seguramente ella les cuidó cuando estuvieron enfermos. Durante años vivieron en la misma casa, durmieron en la misma cama, se contaron “casi” todo. A pesar de eso, de todos esos años, de todas esas conversiones, intimidad y cercanía, ellos la drogaban y la ofrecían a otros hombres para que la violaran. A pesar de todo, ella nunca dejó de ser para ellos un coño gratis. Todos ellos, los que las drogaban, los que las violaban y los que leían los chats y no hacían nada, eran, son, hombres normales: trabajadores, buenos padres, buenos vecinos.

Esa es la cuestión, en realidad. A los hombres normales les cuesta ver a las mujeres no ya como a iguales, sino simplemente como a seres humanos. Y no es necesario que sean violentos o violadores, la inmensa mayoría no lo son, pero no se extrañan cuando se deshumaniza a las mujeres, cuando se las compra y vende, cuando se las convierte en coños en el porno, cuando se las convierte en cuerpos que sirven para vender cualquier cosa en la publicidad, cuando aparecen violadas, drogadas, cosificadas en las películas, en todas partes. Todo esto es lo normal. Son hombres normales que hacen cosas normales, de hombres, a las mujeres. Ojalá fueran monstruos, porque así podríamos señalarlos, identificarlos, cuidarnos de ellos. Pero son nuestros familiares, compañeros de trabajo, de universidad, pueden ser amigos.

Cómo no pensar en lo que Celia Amorós llamó “la fratria”, el pacto patriarcal que une a todos los hombres del planeta. Cómo no pensar en Rita Segato cuando explica que los hombres se relacionan entre ellos a través de los cuerpos de las mujeres: cosificadas, troceadas, compradas y vendidas, dañadas. El pacto patriarcal garantiza que la misoginia se mantenga sin necesidad de que todos los hombres sean violentos o agresores. Basta con que casi todos callen o sonrían ante una broma machista. El pacto patriarcal es tan potente que unos violadores se sienten con la suficiente confianza como para comentar que van a cometer una violación en un grupo de chat con 50 personas o con mil.

A los hombres normales les cuesta ver a las mujeres no ya como a iguales, sino simplemente como a seres humanos

¿De dónde sale la confianza que permite contar abiertamente en un chat que vas a cometer un delito? De crecer sabiendo que “todos los hombres” van a sonreír ante un chiste machista, que ninguno va a protestar, que los comentarios misóginos van a dar una medida de tu hombría y no una medida de tu miserabilidad. Sale de la confianza en que la fratria te arropa, te defiende y te comprende. Sale de la confianza en que todos los hombres piensan que tratar así a una mujer es posible. Sale de que su hombría se está jugando ahí, en la violencia, en el chiste, el comentario machista. Sale de que vivimos en una sociedad que tiene una institución social justamente para que los hombres puedan acceder al cuerpo de las mujeres por precio, se llama prostitución. Sale de esa pedagogía de la crueldad que, explica Segato, nos convierte en cosas a sus ojos. Sale de que la identidad masculina se forma sobre la idea de la degradación femenina: “Si ellas no son nada, yo soy mucho más”, sale de que los hombres aprenden a relacionarse con otros hombres, a los que admiran, a los que temen, a través de los cuerpos femeninos. Por eso follan juntos, por eso hay tantas manadas, por eso las redes de hombres que comparten fotos de mujeres que deberían ser queridas y cuidadas. Y sale también de que los dueños son ellos y saben que ellas no van a ser creídas ni apoyadas porque ellos están en todas partes: en la policía, en las autoridades educativas, en los juzgados, en los periódicos. Ellos, todos esos hombres normales, están en todas partes para ocultar, callar, reír, quitarle importancia.

Jamás se acabará con esta violencia si no se rompe el pacto patriarcal; el de los hombres que escuchan, sonríen, callan, o animan. Unos cuantos son agresores, pero millones son cómplices. Y todos ellos son normales, esa es su normalidad y la nuestra.

Publicado en Infolibre el 06/10/2026

Avatar de Beatriz Gimeno

De Beatriz Gimeno

Nací en Madrid y dedico lo más importante de mi tiempo al activismo feminista y social. Hoy, sin embargo, soy un cargo público. Estoy en Podemos desde el principio y he ocupado diversos cargos en el partido. He sido Consejera Ciudadana Autonómica y Estatal. Del 2015 al 2020 fui diputada en la Asamblea de Madrid y ahora soy Directora del Instituto de la Mujer. Sigo prefiriendo Facebook a cualquier otra red. Será la edad.
Tuve la inmensa suerte de ser la presidenta de la FELGTB en el periodo en que se aprobó el matrimonio igualitario y la ley de identidad de género. He dado lo mejor de mí al activismo, pero el activismo me lo ha devuelto con creces.
Estudié algo muy práctico, filología bíblica, así que me mido bien con la Iglesia Católica en su propio terreno, cosa que me ocurre muy a menudo porque soy atea y milito en la causa del laicismo.
El tiempo que no milito en nada lo dedico a escribir. He publicado libros de relatos, novelas, ensayos y poemarios. Colaboro habitualmente con diarios como www.eldiario.es o www.publico.es entre otros. Además colaboro en la revista feminista www.pikaramagazine.com, así como en otros medios. Doy algunas clases de género, conferencias por aquí y por allá, cursos…El útimo que he publicado ha resultado polémico pero, sin embargo es el que más satisfacciones me ha dado. Este es “Lactancia materna: Política e Identidad” en la editorial Cátedra.

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