“La lactancia materna”. Una crítica razonada del mandato de lactancia


La escritura de Beatriz Gimeno es impetuosa y beligerante a la vez que rigurosa y razonable. Tras sus ensayos hay estudio, documentación y contraste, por eso escribe lento. En ella, no todo vale para defender o condenar una idea, tesis, propuesta o actividad. Tampoco vale exponer sólo aquello que parece apuntalar una tesis mientas que se calla lo que podría ponerla en duda. Leer a Gimeno es reencontrarse con la práctica de la deliberación, tan poco frecuente hoy pese a que su ausencia convierte cualquier “argumentación” en retórica.

La lactancia materna es un libro político. No es un libro a favor o en contra de la “leche materna” o de “la leche de fórmula”, del amamantamiento o del biberón, ni un manual de autoayuda. No aconseja tal o cual procedimiento de alimentación infantil, ni exagera virtudes o defectos de cualquiera de ellos. De hecho, más bien viene a decir que el uso de lecha materna o de leche de fórmula, del amamantamiento o el biberón, o de sus combinaciones, tiene muy escasa influencia en el futuro de la criatura, siempre y cuando que lo que se haga se haga de la forma adecuada y en condiciones saludables. Y esas condiciones dependen ante todo de Libro de Beatriz Gimenola clase social, el entorno socioeconómico y cultural, factores que sí que condicionan con mucha fuerza el futuro desarrollo de las y los bebés y de sus propias madres.

La mayor parte de los ataques a Gimeno por este libro o por artículos anteriores sobre el mismo tema la presentan como enemiga de la “lactancia materna”, aunque para cualquiera que lea sin fanatismo es evidente que ni aconseja ni desaconseja el amantamiento o el biberón (con leche de fórmula o con leche materna) ni cualquier combinación de esas opciones, salvo en condiciones especiales muy determinadas. Gimeno dice que la leche materna es habitualmente más segura para los bebés cuando no hay acceso a agua limpia en la preparación de los biberones así como que debería recomendarse el uso de leche de fórmula a las mujeres con VIH por ser la leche materna un transmisor del virus. Esa actitud contrasta con la cerrazón de las organizaciones prolactancia que se negaron a que en caso de VIH se recomendera la leche de fórmula. No es casualidad que grupos como La Liga de la Leche (LLL) trabajen con negacionistas de los virus del SIDA y del Ébola (pp. 235-237).

Tal y como comenta Gimeno en la introducción, en su propia experiencia vital encontró que “en la actualidad existe un claro mandato de lactancia que sufren las madres cuando paren; que la lactancia materna es ahora el centro de un conglomerado ideológico llamado maternidad intensiva” (p. 12). Su beligerancia no es contra la lactancia materna, sino contra el mandato de lactancia y contra la militancia para imponerlo: “Hoy día, el derecho a amamantar está fuera de duda, pero lo que ha desaparecido es cualquier alusión o defensa del derecho a no amamantar”. Sin embargo, su crítica del lactivismo no puede interpretarse como mera condena de las activistas implicadas ni como reducción de ellas a víctimas de una manipulación, pues gran parte del libro se dedica a entender ese fenómeno y comprender sus causas, incluyendo qué sienten las lactivistas, qué sienten como positivo para ellas en ese compromiso, o por qué muchas lo viven como una especie de empoderamiento individual pese a que colectivamente esté reproduciendo los roles de género. Igualmente nos recuerda que el sufrimiento y el sacrificio “puede llegar a convertirse en un poderoso aglutinante y constructor de identidad” (p. 115), como ocurre en muchas sectas o semisectas. Cuarenta páginas del libro, todo el capítulo IV, se dedican íntegramente a esa reflexión sobre la identidad lactivista, también presente en las páginas previas o posteriores.

Tras la introducción, el libro se desarrolla a través de seis capítulos: “La lactancia desde una perspectiva histórica”, “Hacia un reconstrucción de la maternidad”, “La lactancia como imperativo moral”, “Construcción subjetiva de la identidad lactivista”, “Construcción natural / construcción científica” y “Lactancia, clase social y raza”.

En el primer capítulo se hace un recorrido por la lactancia hasta el siglo XIX. Frente a las tesis naturalistas o instintivistas ese recorrido muestra que “la lactancia se ha construido y practicado a lo largo de la historia de muy diferentes maneras” (p. 30). y que “es incentivada o desincentivada según los intereses políticos de cada momento (especialmente incentivada siempre que los roles de género se desdibujan) y según el papel que se desempeñe en cada momento la política sexual” (p.31).

A lo largo del segundo capítulo se pone la mirada en la “reconstrucción de la maternidad” a partir de los años 50 del siglo XX, punto de inflexión en el que “decir que la lactancia estaba claramente en declive en los países desarrollados es quedarse corto. Sería más ajustado decir que son muy pocas las madres que dan de mamar” (p. 95). Entonces hay una reacción patriarcal, en torno a la “maternidad total” y al mandato de lactancia materna, iniciada en los mismos años 50 -la Liga de la Leche (LLL) fue fundada en 1956 en Chicago por siete madres vinculadas al “Movimiento por la Familia Cristiana”- e intensificada en los años 80, como respuesta al feminismo de la Segunda Ola de los años 60-70 y en estrecha vinculación con la agenda neoliberal, pese a que parte del lactivismo se considere punta de lanza de una lucha contra las multinacionales fabricantes de la leche de fórmula y crea que el mandato de lactancia materna es una alternativa a la mercantilización de la maternidad y la crianza, como “contrapunto necesario del mundo capitalista” (p. 101).

Gimeno presta gran atención, y con razón, a la experiencia de la Liga de la Leche (p. 109-130 y otras), que hoy por hoy es una de las mayores y más influyentes organizaciones internacionales. Refiriéndose a las fundadoras de LLL, Gimeno dice que “Para su filosofía es central la idea de que la familia es el pilar que sostiene la sociedad y esa familia está basada en una diferencia de género esencial, biológica e irreductible, por lo que LLL defiende la pertinencia de no desafiar los roles tradicionales masculino y femenino” (pp. 115-116). Ahora bien, la habilidad e inteligencia de LLL residen en su capacidad para dejar esa filosofía en segundo plano, atrayendo incluso a muchas mujeres que se consideran -y no decimos que no lo sean, nadie reparte ese título- feministas. LLL actúa como una plataforma de tema único, que víncula la idea de “buena madre” con la práctica del amamantamiento y que hace de la ausencia de éste un “riesgo” para el bebé y para la persona adulta que será, predeterminada por la existencia y duración del amamantamiento. Esa definición de “buena madre”, que en ocasiones deberá sufrir para serlo, determina inexorablemente una definición de “mala madre”, que en ocasiones sufrirá por serlo.

LLL elude pronunciarse sobre cualquier asunto que no se refiera directamente a la lactancia materna. Siendo una organización esencialmente ultraconservadora ha logrado que su tesis sea compartida por franjas de la población que se sienten ecologistas, feministas, anticapitalistas y que incluso se comprometen y destacan en esas luchas sociales.

No es posible entender a LLL sin entender las condiciones sociales en que ha prosperado, al menos tan bien como las entendió y entiende la propia LLL, incluyendo en ello la frustración que produce el que la mayor incorporación de las mujeres al mundo laboral no haya ido acompañada por una nueva redistribución de los cuidados ni se produzca en condiciones de equidad laboral entre mujeres y hombres, o la funcionalidad de LLL al proyecto neoliberal a partir sobre todo de los años 80, en aspectos como la irresponsabilización de la sociedad respecto al futuro de cada uno de sus miembros (dado que ese futuro depende de haber sido “bien” amamantado, sólo es responsabilidad de las madres), el desmantelamiento de los sistemas sanitarios públicos, etc. Sobre esto, por cierto, Gimeno nos dice que el amamantamiento no ha reducido el gasto sanitario, sino que ha sido una de las excusas para reducirlo.

Por descontado, ese éxito no se debe sólo a las condiciones en que se produce, sino también a una práctica política inteligente: “Si ha triunfado ha sido porque ofrece a las mujeres algo que no encuentra en otros ámbitos” (p. 118), “mujeres que estaban descontentas con el aspecto de sus cuerpos consiguieron asumirlos y sentirse mejor” (p. 118), “LLL hace suyo el lenguaje” del feminismo y otros movimientos sociales (p. 120), “el éxito de LLL se basa en que hace que muchas madres se sientan mejor en un mundo que no es justo ni con las mujeres ni con las madres” (p. 123), “LLL triunfa porque es extremadamente hábil en su transversalidad y supuesta despolitización” (p. 130)… Todo esto acompañado también de la creación de mucho sufrimiento para las mujeres que no quieren o no pueden amamantar, una vez que la ideología LLL se ha convertido en ideología oficial de las instituciones internacionales y estatales, de la OMS, de las asociaciones pediátricas, de los servicios sanitarios, de los hospitales…; sufrimiento también para parte de las mujeres que han seguido los consejos de la LLL, ya sea voluntariamente, ya bajo presión social o incluso a consecuencia de políticas que condicionan beneficios sociales a la práctica del amamantamiento.

La Liga de la Leche es inflexible en su objetivo, pero no en sus argumentaciones. Éstas cambian porque se adaptan al ambiente de cada época. Gimeno relata y documenta la manera en la que LLL ha sabido ir modificando sus relaciones con los estamentos médicos y con una supuesta “objetividad científica”. En su nacimiento, LLL invita abiertamente a las mujeres a rebelarse contra la “medicalización” de la maternidad, a poner la naturaleza (el plan de Dios) por encima de los expertos y la ciencia, a hacer frente o engañar a los pediatras favorables o no contrarios al biberón y a la leche de fórmula, etc. Por el contrario, una vez que las tesis que identifican a la leche materna como “líquido de oro” se han impuesto en las instituciones sanitarias y que desde ellas se generaliza el “mandato de lactancia materna”, sometiendo a presiones a las mujeres que se resisten a él, la LLL ha incorporado en su argumentario una capa “científica” sobre los beneficios de la leche materna y ejerce una presión de lobby para que esas instituciones y los Estados se reafirmen en esa línea y la extremen, para invisibilizar y marginar los muchos estudios científicos rigurosos que cuestionan las tesis lactivistas, etc. No obstante, el objetivo de la LLL no es en realidad la alimentación con leche materna sino el amamantamiento en sí mismo, sean cuales sean las propiedades “naturales” de la leche materna.

Tanto en el capítulo 2 como en el capítulo 5, Construcción natural / construcción científica, Gimeno hace referencia a muchos estudios científicos que han sido invisibilizados e ignorados en beneficio de las tesis hoy sostenidas por la OMS o por la Academia Americana de Pediatras (AAP). Convendría aquí recordar que la OMS, que hasta 1990 consideró la homosexualidad una enfermedad mental y que sólo en 2018 ha sacado la transexualidad de la lista de enfermedades mentales (aunque para incluirla en una de “incongruencias de género”), está regida por delegaciones de los Estados -entre ellos Arabia Saudí, Irán o Afganistán- y no es una institución científica transnacional sino una institución política interestatal.

La AAP, que es una asociación profesional, no una institución científica, ha ido evolucionando hacia posiciones cada vez más favorables hacia la lactancia materna y la alimentación con leche humana. La AAP enumera supuestos beneficios de la lactancia materna o la leche humana, por ejemplo en el documento de su sección de lactancia Lactancia materna y alimentación con leche humanaSin embargo, muchos de los resultados presentados, nos dice Gimeno citando numerosas fuentes, están muy lejos de estar confirmados. De hecho, en el antes citado documento de la sección de lactancia de la AAP se reconoce que “Han surgido determinadas cuestiones metodológicas acerca de la calidad de estos estudios, especialmente en lo referente al tamaño de la población analizada, la calidad de los datos, el ajuste inadecuado de los factores de confusión, la ausencia de diferenciación entre ‘cualquier tipo de lactancia’ y ‘lactancia exclusiva’ y la ausencia de una relación causal definida entre lactancia materna y un resultado específico. Asimismo, existen determinadas cuestiones de índole ética y práctica que impiden estudios de intervención aleatorizados prospectivos acerca de diferentes tipos de alimentación. Por lo tanto, la mayoría de los informes publicados son estudios observaciones de cohorte así como meta análisis y revisiones sistemáticas“.

Pero, una vez reconocido eso, la sección de lactancia de la AAP pasa por alto esas·”cuestiones metodológicas” y plantea sus hipótesis como tesis sobre las que hubiera un “consenso científico”, cuando no lo hay y en las mismas revistas científicas se publican textos con opiniones diferentes, aunque los procedentes del lactivismo alcanzan relevancia pública y los otros son socialmente ignorados, salvo cuando el lactivismo organiza campañas contra ellos o contra los artículos de divulgación que los citan.

Esas “cuestiones metodológicas” de las que la AAP habla para luego eludirlas son sin embargo bastante claras para cualquier práctica de investigación social rigurosa. Por ejemplo, muchos de los estudios que se utilizan para presentar la “leche materna” como el “líquido de oro”·ignoran sesgos sociales muy claros, presentando falsas correlaciones entre incidencia de enfermedades y lactancia materna. En los países desarrollados la práctica del amantamiento prolongado es mucho más frecuente entre los grupos sociales acomodados y con mayor nivel sociocultural que entre los grupos sociales empobrecidos. Y, señala Gimeno, “En realidad, hay ya muchos estudios que demuestran que aquello que verdaderamente es decisivo para la salud y la esperanza de vida de los bebés son otras cosas, como la desigualdad de clase y de rentas (p. 240).

El sesgo social del amantamiento lo confirma la AAP respecto a Estados Unidos en el citado informe, apartado “Epidemiología”, pero da por válidos estudios que no tienen en cuenta ese sesgo de clase -muy condicionante de la salud futura de la madre y de la criatura- y se limitan, por ejemplo, a comparar resultados de grupos seleccionados según el tiempo de amantamiento exclusivo sin tomar en cuenta que no son grupos homogéneos socialmente, cuando la “cuestión social” es determinante en lo que se refiere a la salud. La AAP señala con preocupación, por ejemplo, la baja tasa de amamantamiento de las mujeres negras no latinas en EEUU, pero no capta la dimensión social (entorno social, cultural y sanitario) ni la dimensión de resistencia política y afirmación de identidad (muy interesante al respecto el capítulo VI, en las páginas 267-278, del libro de Gimeno) que eso tiene, sino que más bien parece sacar como única conclusión que hay que modificar las prácticas hospitalarias (¿para hacerlas más “lactivistamente” compulsivas aún?). Gimeno cita un “estudio” que comparaba datos de alimentación con biberón en Afganistán con datos de amamantamiento en un país desarrollado, lo que es descabellado.

En la parte final del libro Gimeno expone una contradicción interna al movimiento lactivista y al mundo de los negocios construidos en torno a él -como lo hay en torno a la leche de fórmula-, ya que si bien provisionalmente el lactivismo tipo LLL ha asumido una construcción pseudocientífica como punto de apoyo adicional a su inicial construcción pseudonaturalista (siendo ambas realmente una construcción de género), no debemos olvidar que ese lactivismo lo que defiende es el amantamiento en sí mismo y en cualquier circunstancia (incluso cuando genera sufrimiento para la madre y/o riesgos para la criatura), mientras que poco a poco se ha ido generando una amplia industria en torno a la leche materna en cuanto producto separado del pecho, desde los sacaleches que permiten alimentar en diferido con la propia leche materna -y cuya utilidad nos parece evidente para quien así lo quiera– hasta la venta mercantil de leche materna por Internet que reinventa, con riesgos sanitarios claros, una especie de “nodrizas” sin rostro y que tiende a convertirse en otra forma de explotación de las mujeres pobres bajo la mitología de “la libre elección”.

Gimeno no forma parte de esa tradición oscurantista que se opone a la ciencia, niega el virus del VIH, combate el uso de vacunas, propaga el valor milagroso de la homeopatía, difunde cualquier doctrina extravagante y conspirativa, considera anticapitalista cualquier disparate sólo porque atribuya algún crimen a los “yanquis” o parezca ir contra la industría farmaceútica o alimentaria, cree en curanderos milagreros, etc. Todo lo contrario, su tradición es ilustrada, racional, a la vez que activista. Pero también es la tradición que, desde la razón y el rigor, han creado tantas mujeres durante siglos al alzar su voz para oponerse a la construcción desde las instituciones políticas, sociales, académicas, religiosas o profesionales, desde el “supuesto saber” patriarcal, de falsas “evidencias” dirigidas a mantener a las mujeres en una condición subalterna.

Insistamos en esto: lea usted el libro, en esta reseña no caben argumentos, pero el libro está lleno de ellos. Gimeno, activista de tantas causas, no es una activista por la leche de fórmula y el biberón. No está en campaña contra el amamantamiento. Simplemente, se opone a que éste sea un mandato social al que las mujeres deben someterse, o sentirse malas madres si no lo hacen, y a que se construyan falsas “evidencias científicas” para sostener ese mandato que refuerza los roles de género asignados.

Lo que en definitiva dice es que “Asegurar que vivimos más y mejor porque tomamos biberón es igual de poco objetivo que lo contrario. Lo cierto es que dar de mamar o alimentar con leche de fórmula no altera significativamente la salud ni la calidad de vida futura en los países en los que preparar la leche de fórmula es seguro: son otros factores, a veces invisibilizados por razones políticas, los que alteran significativamente esos indicadores” (p. 223) y que “La realidad es que el biberón es un método de alimentación perfectamente seguro y, por eso, porque las ventajas de la lactancia son pequeñas, estas no pueden considerarse aisladas sin tener en cuenta los costes que a veces pueden ir aparejados, costes personales y sociales, para las madres o para la igualdad (p. 226).

No es un mensaje agresivo. Es un mensaje tranquilizador: hay varias opciones razonables, utilízalas como te apetezca y mejor te vaya. Sin criminalizar y sin presionar a quienes eligen una u otra opción.

Nos gustaría acabar con una pequeña deriva y analogía. Las políticas contra las y los “sin papeles” no pretenden acabar con la inmigración ilegal, sino mantenerla en una situación lo más precarizada posible, lo que permite altísimos niveles de explotación y crear fuertes tensiones dentro de la población empobrecida Pues bien, el mandato de lactancia materna no pretende que todas las mujeres lo cumplan, ya que en ese caso se aplicarían políticas sociales y laborales que lo facilitasen a quienes lo quieran -y facilitasen no amamantar a quien no quiera o no pueda- pero sin provocar en las mujeres mayor desvinculación del mundo laboral que la que tienen los hombres. El objetivo del mandato de lactancia materna es reafirmar unos roles de género, unos estereotipos, una definición de “buena madre” a través del sacrificio de su propia identidad y, también, un modelo social en que el sistema y las instituciones no se hacen responsables del futuro de quienes nacen “ya que” ese futuro sólo dependería del “apego” y de la capacidad de sacrificio de su madre para no ser “mala madre”.

Publiado en: Trasversales

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