La polémica con Muñoz Molina


Hace unos días se desató una enorme polémica por el hecho de que Antonio Muñoz Molina aceptara y recogiera el premio Jerusalén concedido por el gobierno de Israel. Su actitud ha sido fuertemente criticada por intelectuales y activistas de los derechos humanos y el escritor, para defender su postura, ha esgrimido argumentos algunos de los cuales pueden ser ciertos,  pero que él ha utilizado de manera torticera. Por razones que ahora explico he seguido la polémica con mucho interés.

Soy licenciada en lengua y cultura hebrea. Estudié hebreo en la Universidad porque me fascina la historia del pueblo judío y su cultura. Aunque me cuesta hacer afirmaciones del tipo “los judíos son, los franceses son…, o los gitanos son…”, algo cierto hay siempre en ese tipo de afirmaciones que desvelan y ocultan al mismo tiempo. Los judíos pueden ser algo de lo que se dice y muchas otras cosas que no se dicen, como los latinos o los escandinavos. La historia del pueblo judío en Europa es la historia de un pueblo pequeño que se centra en la cultura escrita para no desaparecer y que concentra en sí un porcentaje desproporcionado para su tamaño de poetas, filósofos, científicos, historiadores, filólogos, estudiosos, médicos… Es una historia luminosa. Pero es también una historia negra, una historia de siglos de racismo, persecuciones, exclusiones, pogromos, matanzas, expulsiones y discriminaciones de todo tipo que concluyeron, como sabemos, con el genocidio.

La historia de la humanidad puede seguirse desde el horror, desde la intolerancia, desde el aniquilamiento de los que son percibidos como “los otros”. El caudal de sufrimiento que unos seres humanos han ocasionado a otros es imposible de contabilizar o medir; en el mundo ese sufrimiento y ese horror se siguen produciendo cotidianamente. Y aun así, a pesar de lo parcial, injusto o falto de sentido que es hacer una medición de qué matanzas, torturas, genocidios, discriminaciones o qué exclusiones son peores que otras, lo cierto es que el genocidio es especial, único en muchos aspectos. Superó todo lo conocido y es muy difícil que ningún horror pueda igualársele. Por la cantidad de personas que fueron asesinadas: millones (no sólo judíos); por el método industrial empleado, por el plan trazado en algunas cabezas enloquecidas desde años antes para edificar una industria cuyo único objetivo era asesinar, por todo lo que fue necesario hacer para poder llevar a cabo ese asesinato masivo,  por su crueldad extrema y sin sentido (no había ninguna razón excepto la maldad en estado puro).  En fin, todo esto es conocido.

Después de la debacle que supuso la II Guerra Mundial, se produjeron movimientos políticos, con los que se puede estar de acuerdo, que se pueden ver como inevitables o con los que se puede estar profundamente en desacuerdo, pero que produjeron un reordenamiento geopolítico a través de los procesos de descolonización y esto, sumado a muchos otros factores, condujo, entre otras cosas, a la creación del Estado de Israel. Independientemente de lo que se opine de esto, lo cierto es que hasta ese momento los judíos habían sido un pueblo perseguido y oprimido; lo cierto también es que desde ese momento el Estado de Israel se convirtió en un estado opresor. Esto no es nada extraño ni único en la historia porque, como dijo la poeta Adrianne Rich “la opresión no es la madre de la virtud” y así ocurrió también en este caso. Lo cierto es que los sucesivos gobiernos de Israel han llevado a cabo una política perfectamente comparable al apartheid que se instauró en Sudáfrica. Una política que consiste en despojar a los palestinos de todo, de sus bienes, de su nacionalidad,  de sus tierras, de su cultura, de sus casas, de su libertad y, por supuesto, de sus derechos. Una política sistemática de exterminio cultural para convertirlos en personas que no tengan derecho a nada y uno de cuyos ejes es confinarlos a todos en un territorio cercado a modo de inmenso campo de concentración. No es una política de exterminio físico, como fue la de los nazis (aunque contenga elementos de muerte). Es una política para mantener a los palestinos como mano de obra barata y sin ningún derecho, sin derecho siquiera a moverse libremente por su país. No veo ninguna diferencia entre esta política y la que creó y mantuvo el apartheid sudafricano.

Es verdad, como dice Muñoz Molina, que las críticas justas que generan las políticas del estado de Israel están teñidas muchas veces de antisemitismo primario. Es verdad que, como también dice, es injusto atribuir a todos los israelitas culpa por las políticas de sus gobiernos. Yo misma he abandonado indignada alguna manifestación propalestina por las barbaridades racistas que se decían de “los judíos” (confundiendo ahora etnia o religión con nacionalidad) Todo eso es cierto. Es cierto también que en Israel hay ciudadanos y ciudadanas israelitas disidentes que luchan contra las políticas de sus gobiernos, por la paz, por los derechos del pueblo palestino; que hay israelíes que se organizan  que trabajan en los territorios ocupados. Todo eso es cierto y es verdad también que es reduccionista (y puede que antisemita)  pasarlo por alto como suele hacerse y convertir a los israelistas en los “judíos malvados” y depositarios de todos los tópicos racistas que han circulado por Europa durante siglos. Es verdad que se cae en eso con mucha facilidad.

Pero también es verdad que la Sudáfrica racista era una democracia en la que los blancos podían votar (solo ellos), que había muchos blancos que no eran racistas y que militaban contra el racismo, que se jugaban la vida en la lucha contra el apartheid; y no por eso los organismos internacionales, con la ONU a la cabeza y todos los gobiernos, dejaron de boicotear a ese país, de denunciarlo internacionalmente. Se juzgaban políticas de estado no a la población blanca en su conjunto. El reconocimiento de la pluralidad ideológica de los blancos no impedía ni desaconsejaba el aislamiento internacional del país, su boicot en todos los ámbitos posibles: deportivos, culturales, empresariales, políticos etc. Seguro, además, que los blancos antirracistas apoyaban esas políticas que finalmente terminaron derribando al régimen sudafricano. Esto es aplicable a Israel.

Decir que las políticas de los sucesivos gobiernos de Israel, erigidas en política de estado por encima de cualquier discusión, son racistas, discriminatorias, antidemocráticas, que atentan contra los derechos humanos básicos… no quiere decir asumir que todos los ciudadanos de Israel las comparten; no quiere decir negar la disidencia interna, no quiere decir afirmar que los israelíes son un todo indistinto entre ellos y con sus gobiernos. Solamente quiere decir lo que dice: que ese estado, en tanto no cambie sus políticas hacia el pueblo palestino, es un estado racista que viola constantemente los derechos de una parte de su población, así como la legalidad internacional repetidamente y que, por tanto, no merece estar en ningún organismo internacional y merece, además, la condena y el boicot de cualquier persona a la que de verdad le importen la democracia o los derechos humanos. Un premio otorgado por el Estado de Israel sólo puede aceptarse si se aprovecha la tribuna pública que ofrece para condenar la política de Israel respecto al pueblo palestino; si se acepta y no hay condena ninguna eso sólo puede querer decir que se apoyan dichas políticas. En fin, Muñoz Molina ha estado en el corazón de un estado que practica la limpieza étnica, que discrimina, expolia, humilla, niega y persigue a una parte de su población y no le ha parecido conveniente decir nada excepto que él se siente perseguido. Ha sido penoso y para mí Muñoz Molina se ha deslegitimado como defensor de los derechos de nadie, porque los derechos humanos son universales y su defensa tiene que serlo también.

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