Fantasía sexual y realidad ¿cuál es el problema?


Últimamente hablo mucho, escribo mucho y leo mucho sobre fantasías sexuales. A raíz de la presentación de mi novela Deseo, Placer he dado varias conferencias y estoy preparando alguna ponencia sobre el asunto. Además es un tema que siempre me ha intrigado y que siempre he tenido en la recámara para escribir sobre ello en algún momento. ¿Por qué nos excita lo que nos excita? ¿Por qué a una persona le excita sexualmente lo que a otra le parece asqueroso?

¿De qué depende, dónde se forma? ¿Tenemos que avergonzarnos de alguna fantasía? Creo que podemos tener claras algunas cosas. La primera es que las fantasías sexuales son el lubricante sexual por excelencia, sin ellas es imposible masturbarse y muy difícil tener orgasmos aun en compañía. Todo el mundo tiene fantasías aunque alguna gente (sobre todo las mujeres) no quiere recrearse en ellas e incluso las inhiben, no quieren usarlas para aquello que sirven. Las razones son variadas: por miedo, pudor, desconocimiento…o bien por qué no saben qué hacer con ellas. La segunda cosa y que tiene que ver con la primera es que parece que las fantasías sexuales están íntimamente ligadas (aunque no absolutamente ligadas) a la transgresión. Es decir, son casi siempre políticamente incorrectas. La mayoría de la gente no fantasea con tener relaciones sexuales como las que tiene, sino que fantasea con hacer (o que le hagan) cosas que no querría necesariamente que se hicieran realidad, o que no pueden hacerse realidad o que no deben. Por eso son fantasías. Aquello que nos excita, lo que usamos para excitarnos, tiene que ver con lo transgresor, lo prohibido, lo oculto, lo perverso o lo incorrecto, de ahí que muchas mujeres teman enfrentarse a ello: fantasías de violación (que nos violan y violamos) fantasías de dominación y sumisión, fantasías violentas, fantasías con menores, con excrementos… Todo lo que se nos pueda ocurrir, es el objeto de la fantasía de alguien. Por supuesto que también hay fantasías más “normalizadas”, pero la gente que deja volar la fantasía acaba topándose con algo que le perturba.

Tercero, las fantasías sexuales se dan en el plano imaginario y no en un plano real y en el plano imaginario deben permanecer la mayor parte de ellas, alimentando el deseo. No es cierto en absoluto que lo que imaginas lo quieras hacer en realidad. Es más, suele ser lo contrario. Aunque hay personas que se esfuerzan por hacer realidad sus fantasías, son las menos y, en algunas ocasiones (no en todas) la necesidad de hacer realidad determinadas fantasías sexuales puede llegar a ser un trastorno. En realidad podemos asegurar que la mayor parte de la gente no encontraría excitante sexualmente una fantasía hecha realidad. Por ejemplo, excitarse fantaseando con una violación no quiere decir que quieras violar a nadie, ni que te violen. Realidad y fantasía están en planos distintos, usan lenguajes distintos y beben y se alimentan de cosas distintas. Confundir ambas cosas es uno de los errores que más se comenten y también la razón de que muchas mujeres no quieran pensar en sus fantasías, que las creen relacionadas con la realidad y se avergüenzan de ellas. La relación entre fantasía y realidad es difusa y poco entendida todavía. Pero, por definición, las fantasías sexuales no pueden ser sino libres, no pueden someterse a ninguna ortodoxia ideológica o política, por mucho que se intente, y al ser inevitables y libres, hay que aceptarlas como lo que son, uno de los materiales del placer. No son ni buenas ni malas y por supuesto no son nunca culpables de nada. Las fantasías no admiten juicio moral de ningún tipo, las prácticas sí, por supuesto.

Nadie sabe exactamente por qué y con qué objeto nacen las fantasías sexuales; ni por qué son las que son y no otras. En general l@s expert@s suelen admitir que el deseo (y con él la fantasía sexual) se construye socialmente, es decir, se aprende, pero sólo hasta cierto punto. La sociedad y la cultura son uno de los constructores de las fantasías, pero no el único porque, de lo contrario no se entendería por qué tanta gente desea lo contrario de lo que se supone que debe desear. Es decir, es cierto que las fantasías sexuales suelen ser distintas en hombre y en mujeres y que más hombres tienen, por ejemplo, fantasías de dominio mientras que muchas mujeres tienen fantasías de sumisión pero, al mismo tiempo, en todas las épocas históricas ha habido hombres cuyas fantasía era ser dominados por mujeres, aun cuando eso fuera impensable socialmente en su época; y al revés, mujeres que fantaseaban con violar a los hombres, por ejemplo. Así, se admite que la cultura es uno de los componentes que contribuye a crear las fantasías sexuales, pero no es el único ni el más importante. El resto no se sabe bien; se supone que tiene que ver nuestra propia e intransferible historia personal, con nuestras primeras experiencias eróticas como bebés, con nuestras particulares relaciones con el ambiente en los primeros años. Sí bien es cierto que muchas de las fantasías, de hombres y mujeres, están relacionadas de alguna manera con el dominio y la sumisión eso no parece estar relacionado, como podría parecer, únicamente con el (des) poder que experimentamos socialmente como hombres y mujeres, aunque sí potenciado desde la diferencia sexual, sino que dichas fantasías tienen su origen erótico en la mezcla entre desamparo y omnipotencia que pueden experimentar los bebés en relación a su cuidador o cuidadora, con esos cuidados y cómo han sido satisfechos, con la mezcla entre necesidades fisiológicas y placer sensual que se experimenta en esa etapa de la vida. Las fantasías evolucionan con la cultura y deben seguir evolucionando. Aunque hay temas universales, la biografía es lo que determina el contenido exacto de cada fantasía. Si cambiamos de manera profunda la sociedad, las fantasías irán cambiando; de hecho, están cambiando. El hecho de que la mayoría de los hombres sigan fantaseando con experimentar poder, y que la sociedad lo potencia, y el hecho de que la mayoría de las encuentre erótica la experiencia de la sumisión, y la sociedad lo facilite, es algo que tiene que cambiar. No es que esas fantasías vayan a desaparecer, sino que lo ideal es que se repartieran igualitariamente, sin tener en cuenta el sexo de la persona. Y no olvidemos que ni las fantasías, ni siquiera las prácticas, tienen por qué tener una lectura social necesariamente, es decir que lo que disfrutamos en la cama no tiene necesariamente que corresponderse con nuestra vida social. Una mujer sumisa en la cama puede ser una aguerrida feminista, un hombre dominante sexualmente puede ser sensible y tierno y nada machista.

Todo puede pensarse pero no todo puede, ni debe, hacerse porque el sexo tiene, como cualquier otro comportamiento, límites éticos muy claros. El límite ético de cualquier práctica sexual es que el deseo de una termina donde comienza la libertad y el deseo de la otra persona.

Una respuesta

  1. Magnífico. Nunca antes había leído una reflexión tan profunda sobre la sexualidad y su representación imaginaria. Espero impaciente la tercera novela.

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